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<< ENERO / 2006 - No.148

Tras cinco años consecutivos de en general buen cine latinoamericano, algunos rápidamente se apresuraron en colocar al cine del subcontinente como envuelto en una especie de boom, similar al que vivió la literatura de estos lares en los años 70 , lo visto en este vigésimo séptimo Festival del Nuevo Cine Latinoamericano vino a demostrar cuán apresuradas pueden ser las etiquetas, cuando se refieren a boom o alza sea de una cinematografía o varias englobadas como es el caso de la latinoamericana. Entonces lo más correcto es hablar de períodos cíclicos de altas y bajas, como bien se refirió Enrique Colina, uno de los miembros del jurado oficial –y cito de memoria– en una entrevista publicada por el diario Juventud Rebelde en los días del Festival.
El aura (Filme argentino).
El aura (Filme argentino).
por Arístides O ’FARRILL.

A la baja calidad de los filmes en competencia, los cuales la mayoría no pasaron de la mera corrección, se unieron serios problemas organiza-tivos, enumerados extensamente por el crítico Joel del Río en la edición 47, también en el citado diario Juventud Rebelde, bajo el elocuente título de Festival para cinéfilos estoicos. A lo dicho por del Río poco me queda agregar, salvo que en el otras veces vilipendiado Cine Payret, al cual por razones de cercanía y afectivas tuve que ir más de una vez, las cosas en cuanto a organización de las largas colas de espectadores y calidad de proyección –dos de los aspectos señalados por del Río– funcionaron a la altura que se merece el Festival.

Dicho esto, sobra decir que las situaciones aludidas provocaron que los diferentes jurados tuvieran que hacer malabares a la hora de escoger sus premios. SIGNIS, tuvo que echar mano a Habana Blues, filme que ya comenté en estas páginas, para su premio, el cual competía en la categoría de mejor director extranjero sobre un tema latinoamericano, aunque al final lo incluyeron en la sección oficial. Y a la postre el jurado que representó a la Iglesia Católica fue el más sólido en su filme galardonado, pues Habana..., superaba con creces cualquiera del resto de los filmes en concurso.

El jurado oficial optó para su primer premio por Iluminados por el fuego del veterano realizador argentino Tristan Bauer. Iluminados... es un ajuste de cuentas con la desastrosa aventura militar de la junta castrense argentina por recuperar las Islas Malvinas de manos de los ingleses, 150 años después de haber sido ocupadas. El filme con valentía pone el dedo en la llaga en cómo la sociedad argentina, en su mayoría, se dejó arrastrar por el manipulador, chauvinista discurso de la junta encabezada por el general Fortunato Galtieri que los arrastró a esta irracional invasión, como bien demuestran las imágenes de archivo que inserta la película en que aparece una multitudinaria manifestación de apoyo a Galtieri, paradójicamente, el mismo que les había coartado su libertad y uno de los máximos responsables de la tortura y asesinato en ese país.

Igual de elocuente resulta ya en territorio bélico, la secuencia del discurso populista del militar argentino a cargo de una de las operaciones militares, interrumpido por un caza inglés que le pone literalmente boca abajo, premonición de cual sería el resultado final de la guerra. Exhibida esta última con pasmoso realismo, en unas escenas de combate magníficamente realizadas y que recuerdan el verismo de lo mejor del cine bélico norteamericano reciente (Pelotón; La caída del halcón negro), o igual la falta de ayuda y equipamiento elemental que sufrieron los militares argentinos envueltos en la liza, mostrada con una cruda exactitud, demostrando que todo en el fondo fue una maniobra política destinada a apuntalar al desprestigiado régimen. Pese a estos aciertos, Iluminados... no deja de tener fallas de contenido y forma. Por un lado, Bauer no quiere faltar a esa espina clavada en los argentinos que es la pérdida de Las Malvinas, e insiste en presentarnos como héroes a los soldados simples y como ineptos a los militares. “La guerra de Las Malvinas la perdieron ustedes por su ineficacia”, le espeta el protagonista (Gastón Pauls) a su jefe, incluso en la cinta se obvia que gracias al fracaso de Las Malvinas, la Argentina logró volver a la democracia, siendo éste el único logro de la infausta contienda, y se insiste en el pomposo final que Las Malvinas son argentinas, algo que repitió Bauer al recoger el premio, pero es que el propio Bauer se traiciona sin querer mediante sus propias imágenes, pues en las primeras secuencias del filme vemos a Las Malvinas sólo como un terreno pedregoso, que refuerza la idea de lo irracional de la contienda y al final, cuando el protagonista vuelve, vemos un lugar próspero y pacífico. Con esto no quiero decir que Argentina no tenga derecho sobre las Islas, pero el camino no era ese, sino el de la diplomacia a la que hicieron oídos sordos los represores. Y el populista cierre de Bauer, parece inconscientemente entroncarse con el mismo que utilizaron Galtieri y sus colaboradores. También desde el punto de vista estético, el final del filme desentona con el conjunto dejándolo sólo en correcto, pues carga las tintas melodramáticas con guiños a las escenas más sensibles de Salvar al soldado Ryan, que aquí resultan fortuitos e impostados, como esa escena en que el personaje de Pauls visita el refugio que compartió con un compañero muerto en combate y encuentra la foto de éste, su esposa e hijo, secuencia cuya planificación y música recuerda algunos sensibleros dramas bélicos-épicos del Hollywood de posguerra.

El segundo coral fue a manos de otro veterano, el mexicano Felipe Cazals, por Las vueltas del citrillo, que al igual
–aunque desde otra perspectiva– que Iluminados... va al pasado y enjuicia a los militares. Las vueltas... es una sátira escabrosa a los ambientes castrenses, una de las instituciones que más poder ha tenido en la historia mexicana. La cinta ambientada en los albores del siglo xx en medio de una de las tantas revueltas que asoló al territorio azteca, desmitifica al bravo soldado mexicano, mostrándolo como pandillero borracho, extorsionador y asesino sin ninguna catadura moral, capaz de traicionarse a sí mismo y hasta llevar al cadalso a un compañero por problemas de faldas.

También se burla de otro mito mexicano, la muerte, con ese “resucitado” que regresa cual Bancuo a atormentar a su victimario. En una puesta en escena minimalista, pero original a base de primeros planos a los rostros de los actores, que dan exactamente la revulsión que busca Cazals en el espectador, muy bien todos dicho sea de paso, en especial Damián Alcázar que se llevó un justo premio de actuación masculina. Pero el regusto autoral de Cazals por lo sórdido, llega en Las vueltas... al summun, resultando nauseabundo y repelente, como botón de muestra la secuencia del asesinato del dueño de la confitería, y luego el militar sicario comiendo queso mezclado con la sangre de la víctima.

Por otra parte su burla del ejército no tiene un ápice de matiz, resulta difícil creer que no hubiera en esas personas un viso de humanidad. Tal vez se deba a ese afán posmoderno, como alguien me apuntó, de querer teñir el pasado de negro para decir que nada valió, por tanto debe ser suprimido. Lo mismo sucede con la Iglesia católica, otra institución que sin dudas tuvo sus pecados –como siempre sucede cuando confunde su misión con el poder temporal– representada por un caricaturesco y adiposo cura, al que sólo parece interesarle la buena mesa y el bolsillo lleno. Las vueltas... en fin, constituye lo mismo una aguda reflexión sobre el lado más oscuro del ser mexicano que, paradójicamente, una agresión al espectador y otro nihilista acercamiento a la historia.

La sociedad chilena y por ende el cine, tras la férrea censura pinochetista y alejarse en el tiempo su compromiso moral con la Iglesia católica, tan activa proféticamente durante ese duro período, parece encaminarse a lo que en España se denominó el destape, referente a lo sexual, y así en los últimos años, los filmes chilenos si bien han aumentado en calidad, colocando a esta cinematografía como cimera en la región, a la vez han aumentado las producciones en que abunda lo sexual, con motivo y sin él. Este año no fue la excepción. De las varias películas sexuales chilenas la mejor fue En la cama del joven Matías Bize, tercer premio coral. Esta cinta que se desarrolla en un espacio limitado
–literalmente en una cama y con una pareja– logra una intensa advertencia sobre el sexo sin amor y la responsabilidad personal de nuestros actos ante los demás. Aunque le sobra metraje y un par de escenas de sexo explícito, tiene diálogos bien elaborados (ganó el premio de guión) que logran mantener la atención del espectador y lo más importante, demostrar no sin cierto pesimismo y cinismo, el vacío y la soledad que dejan el sexo ocasional.

Muy discutible a mi juicio es el premio especial del jurado a Barrio Cuba, de otro veteranísimo: Humberto Solás. Pienso que a la hora de concedérselo pesó más el nombre de éste que la obra que presentó. Barrio... es un filme coral que se acoge a los presupuestos estéticos del folletín lacrimógeno. Ambiciosa por abarcadora, pretende mediante varias historias dar un panorama de la vida en la Cuba de hoy de la gente común, presentándolos en un cúmulo de situaciones límites que rayan en su resolución en lo risible: padre que desprecia a su hijo recién nacido pues su esposa murió de parto; otro padre que desprecia a su hijo por homosexual, a la vez su hija se debate entre la pasión que siente por un gigoló amante de señoras europeas acaudaladas; otra pareja a punto de romper pues le es imposible concebir un hijo, un
Barrio Cuba (Filme cubano).
Barrio Cuba (Filme cubano).
alcohólico otoñal en busca de un tardío amor imposible. No tengo nada en contra del folletín ni del melodrama. Grandes realizadores se han acercado a este modo de hacer de manera airosa. Pero no se puede filmar hoy en día con los códigos narrativos de Ramón Peón. La cinta acumula así un número de situaciones estrambóticas: Santo (Rafael Lahera, muy sobreactuado por demás), al que se le quiere como su nombre indica darle un cariz místico, pero que lamentablemente no resulta, pues la caída de éste por el despeñadero que quiere evocar uno de los desplomes de Jesús durante las estaciones del vía crucis, o el regreso de Santo en una suerte de remedo de la parábola del hijo pródigo, en este caso el regreso del padre pródigo, bordean lo risible. O el segmento que involucra a Ignacio (Mario Limonta) con La China (Luisa María Jiménez) que parece extraído de un bolero de Orlando Contreras, o el cierre final de la reconciliación de los personajes, facilón cual clásica mala novela mexicana; lo mismo la música erráticamente con aires de grandiosidad épica-trascendental. Obsta sin embargo su humano retrato de las capas más desfavorecidas del país, y en general su lucha digna por salir adelante, su clamor por la reconciliación familiar por donde pasa la aletargada reconciliación nacional como única vía para una nación verdaderamente plena.

Iluminados por el fuego (Filme argentino).
Iluminados por el fuego (Filme argentino).
Es justo igual resaltar el plantel de deliciosos secundarios: el citado Limonta, Manuel Porto, Enrique Molina y Coralia Veloz, que demuestran que hay que seguir contando con ellos, o Ángel Toraño en su interpretación póstuma a la altura de los mencionados. No se puede decir lo mismo de Luisa María Jiménez en una actuación que no pasa de ser ajsutada, aunque es justo decir que en este Festival también faltaron las actuaciones femeninas descollantes.

Si SIGNIS mostró solidez en su premio, igual sucedió con FIPRESCI al dar su galardón a El aura, a mi juicio el mejor filme de la competencia. El aura es una nueva incursión en el cine negro del argentino Fabián Bielinsky (Nueve reinas), con la que demuestra que es el heredero directo del primer Aristarain. Es un filme con aires de Sin ley y sin alma, el clásico que en 1949, filmara Robert Siodmak, en la que un autista epiléptico que sueña con dar un gran golpe se
ve envuelto por azar en un atraco. Con todas las señas del noir (sustracción de la identidad, ambivalencia moral, misoginia soterrada), Bielinsky, también guionista, construye una trama al principio algo lenta que va in crescendo hasta llegar a un inesperado clímax, gracias a una desasosegante atmósfera, un Ricardo Darín en estado de gracia y una música incidental seca y áspera evocadora de los parajes donde se desarrolla el filme. Y la turbia trama que relata, virtuosa también, es el uso del fuera del campo para las escenas de violencia, que la desglamouriza, mostrándola en toda su sordidez. Más allá de sus virtudes formales resulta atendible su tesis subyacente sobre los renglones torcidos de Dios: ¿ lo que le ocurre al protagonista es providencia o azar?, este taxidermista venido a menos que involuntariamente asesina a un delincuente que prepara un atraco, salva a la mujer de éste de sus continuas golpizas, desbaratando después el acto criminal y quedándole de paso algo para él y la mujer, ¿es el destino o la mano de Dios? Parece preguntar El aura.

En un Festival donde el grueso de las películas en competencia apostaron por el nihilismo feroz y desencantado, vale la pena destacar a tres filmes, que sin ser grandes obras, están pletóricos de valores humanos. Uno de ellos fue El viento, cinta con la que el argentino Eduardo Mignona, construye una hermosa parábola sobre la culpa, el perdón y la redención a través de la relación que se establece entre un anciano recto, que recuerda a los personajes fordianos y su rebelde nieta. La cinta asume los códigos del melodrama clásico, pero sin estridencias sensibleras, tiene todo el verbalismo rimbombante de cierto cine argentino, pero no llega a tener las frases discursivamente pontificadoras que los últimos Aristarain y Lecchi, suelen poner en boca de los grandes actores argentinos como si de una novela se tratara. Sin ser el mejor Mignona (El faro, 1998),es el humanista de siempre, y viene a recordarnos que si bien ante todo existe el perdón, también la culpa, y esta hay que asumirla con verdadero arrepentimiento. El viento recibió otro discutible premio, el de actuación ex aequo, para Antonella Costa,
Habana Blues (Filme cubano-español).
Habana Blues (Filme cubano-español).
actriz inexpresiva, que aquí asume los mismos registros que la secuestrada y torturada joven de Garaje Olimpo (2000) y para más inri, le toca enfrentarse en un duelo actoral con Federico Luppi, del que no sale bien parada.

Otro filme a destacar fue Cine, buitres y aspirinas (Cinema, Aspirinas e Urubus) del debutante realizador brasilero Marcelo Gomes, una road movie que narra una cálida historia de amistad entre un alemán vendedor ambulante que huye del conflicto que asola a su país, y un nordestino cuasi analfabeto, relación que se ve cercenada por la entrada de Brasil en la Segunda Guerra Mundial. Cine..., arranca lenta, árida, pero a medida que avanza se torna dinámica y sutil: nos vamos enterando por la radio de cómo la situación mundial se va encrespando, mientras va creciendo la amistad entre los dos hombres, pero igual vamos presintiendo que la locura de la guerra les va a afectar su cristalina relación. Alejándose de todo maniqueísmo la cinta viene a decirnos que el mal uso del poder, no tiene que ver con raza, grupo étnico, ni nacionalidad. Pues mientras en Alemania se encerraba a los judíos en campos de concentración, en Brasil –por supuesto no tan cruentos e inhumanos como los de los nazis– se encerraba a alemanes que nada tenían que ver con la guerra.

Por último Maroa, coproducción española-venezolana, dirigida por la veterana Solveig Hoogestejin afincada en Venezuela, es otra parábola sobre la redención y la superación personal, contada a partir de la amistad entre un profesor de música clásica y una niña de la calle. La película es convencional y a ratos suena a cuento de hadas, como alguien me sugirió. Pero vale una película que hable de la entrega generosa como don de sí mismo, que la persona por mucho que esté dañada puede ser salvada, que es falso el determinismo geográfico o racial. Frente al cartel chavista, filmado con toda intención por la Hoogestejin de que Solo Dios puede vencer al pueblo unido, la realizadora parece decir Solo Dios puede salvar al ser humano, sólo salvando se salva.

El Festival ya es historia. De los problemas organizativos, tendrán que tomar cuenta los organizadores y enmendarlos en la medida de sus posibilidades. En cuanto al bajón de calidad de los filmes presentados, no siempre se pueden esperar grandes obras y si este año no fue de los mejores, seguro que días mejores pueden venir, que así sea.

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