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<< ENERO / 2006 - No.148

   
por Diana ECHEVARRÍA y Lázaro J. ÁLVAREZ
 
 
 
Fue de vacaciones a su pueblo de Bay Saint Louis, Missisipi, pero la furia de la naturaleza lo sorprendió allí. El Padre Gilbert Walker C.M.  narra sus experiencias durante el paso del huracán Katrina por el estado sureño, en agosto pasado.
 
 
Destrucción al paso del Katrina




Se aunaron esfuerzos
no solo católicos,
sino ecuménicos,
para atender a los evacuados,
ofreciendo comidas calientes, ropas.



 
EL PADRE GILBERT WALKER, DE LA CONGREGACIÓN de la Misión de San Vicente de Paúl (Padres Paúles), bien puede pasar por cubano sin mucho esfuerzo. Su buen acento y sus frases criollas –de las que salpica sus homilías– ilustran cuán poco le ha costado “aplatanarse”, y qué huella perdurable dejará en la vida de este norteamericano sureño su estancia entre nosotros.

Él fue testigo de toda la violencia descargada por la naturaleza contra su pueblo de Missisipi, el 29 de agosto del pasado año, cuando el ojo del huracán Katrina lo atravesó y dejó tras de sí un rastro de destrucción que, paradójicamente, sirvió después para unir los esfuerzos de cristianos de diferentes denominaciones. Quizás porque Dios escribe derecho en renglones torcidos...

Sobre este tema conversamos una mañana, tras el oficio dominical, en la comunidad de La Inmaculada, donde el Padre Gilbert ha sabido ganarse el respeto y el cariño de los fieles:

“Mi familia vive en un pueblo costero de Missisipi, Bay Saint Louis, de 8 mil habitantes, y dista de Nueva Orléans unos 100 kilómetros hacia el este. Yo llevaba allí una semana de vacaciones cuando vino el ciclón Katrina.

“Los días previos fueron de mucha actividad, de preparativos. Ya para el viernes se había dicho que el huracán iba hacia la costa de Missisipi y Louisiana. Inicialmente se había hablado de la Florida, pero cambió de rumbo y venía hacia nosotros. Las autoridades civiles emitieron sus advertencias y pidieron encarecidamente a la gente que evacuara los lugares más propensos a inundaciones, y que las personas que vivieran en estructuras débiles fueran a los albergues que ya estaban abriendo para los afectados”.

– ¿Y sus familiares?

– Mi madre y mi hermana salieron con los nietos hacia la Florida, antes del ciclón, y yo me quedé, no en la casa, sino en otro edificio, con mis hermanos y mi padrastro.

– ¿Cómo fueron las horas del paso de Katrina?

– Bueno, el ojo del ciclón pasó por nuestro condado. Los cristales del edificio donde nos refugiamos se reventaron.
Además, eran quince pisos, y tuvimos que ir bajando piso a piso, hasta el segundo, porque en la primera planta ya había entrado el ras de mar.

“Por supuesto, se fue la electricidad, y comenzó a entrar la lluvia por los cristales reventados. Fue una experiencia difícil. Éramos unas 20 personas allí, y aunque el edificio es fuerte, lo sentíamos oscilar con el viento.

“Finalmente, como los pisos inferiores ofrecían más protección, nos refugiamos en un pasillo que no tenía salida al exterior. Todos, hombres y mujeres, y hasta las mascotas de algunos”.

– ¿Llevó agua y comida?

– Sí, algunas cosas para hacer unos sandwiches. Mantequilla de maní, una barra de pan, mermelada, jamón, algunos refrescos, leche. Otras personas también llevaron alimentos. Todo lo que había lo compartimos.

– En medio de aquella tormenta, ¿le vino a la mente la Iglesia de Cuba?

– Por supuesto. Pensé en la gente de aquí. Sabía que me tenían en oración. Y cuando a los cuatro días del paso del ciclón pude comunicarme con las Hijas de la Caridad aquí en Cuba, me aseguraron no solo su preocupación, sino su oración y solidaridad, y la de toda la comunidad de la Inmaculada.

– ¿Por qué no se evacuó también usted hacia la Florida?

– ¡Buena pregunta! (Se ríe) El asunto es que yo quería estar ahí con mis hermanos para volver a la casa lo antes posible. El pueblo dónde mi madre y mi hermana se evacuaron, Destin, al noroeste de la Florida, queda a cuatro horas de donde estábamos. Mami me cuenta que aun allí se vio un oleaje tremendo.

– ¿Cuánto duró todo?

– Fue más largo de lo que yo esperaba. Normalmente un ciclón pasa en cuatro o cinco horas, pero este tardó muchísimo en salir. Fueron diez o doce horas de vientos huracanados.

– ¿Recorrió después el pueblo? ¿Cuándo volvió usted a su casa?

– Al otro día. Vi techos levantados por completo, botes arruinados, muchos edificios antiguos destruidos, precisamente por el violento ras de mar y el paso tan lento del ciclón.
 
Techos levantados por completo, botes arruinados, muchos edificios antiguos destruidos... Numerosas viviendas resultaron seriamente dañadas, y murieron muchas personas. No tengo la cifra exacta, pero en toda la costa de Missisipi murieron cerca de 230 personas. Les cuento que la calle donde vive mi familia es el malecón del pueblo, y solo quedaron allí cuatro casas en pie. Las demás fueron barridas, o son inhabitables ya. En la nuestra, que está en un sitio bastante alto, el agua llegó hasta la sala. Los vientos se llevaron una parte del techo también.

– ¿Se podía transitar por la calle?

– A duras penas. Pero llegamos. Mi mamá también volvió para recoger ropas y otras cosas de importancia. La casa todavía se está reparando, pero mi familia no ha podido volver a vivir allí.

– ¿En algún momento fue usted a Nueva Orléans?

– No. No después del ciclón.

– ¿Qué nos puede decir acerca de las afectaciones a las iglesias en Missisipi y Louisiana?

– En realidad, estoy más familiarizado con la situación de la diócesis de Biloxi, en el sur de Missisipi. La mayoría de las iglesias sufrieron daños. Algunas fueron completamente destruidas, principalmente en la zona de la costa. Hay por lo menos cuatro o cinco destrozadas. La infraestructura de la diócesis se dañó enormemente, incluyendo las escuelas parroquiales y las casas de los sacerdotes.

En un gesto muy noble, los obispos de la Florida han hecho el compromiso de apadrinar a la diócesis de Biloxi, para reconstruir y hacerles llegar ayuda a los damnificados. Ya se está restableciendo la parroquia en la que yo me ordené, y que fue destruida. El sacerdote, el domingo después del ciclón, ofició misa en un colegio, y todos los domingos están celebrando la misa en una pista de patinaje. La escuela parroquial también se ha abierto, en una especie de trailer.

– ¿Tuvo la Iglesia un papel específico en las tareas humanitarias?

– Desde luego. En el pueblo al que fuimos tras el ciclón –Destin, en Florida– se aunaron esfuerzos no solo católicos, sino ecuménicos, para atender a los evacuados, ofreciendo comidas calientes, ropas... Mis sobrinas, por ejemplo, están matriculadas ahora en una escuela pública en esa localidad, y se han mostrado muy solidarios. Gestos pequeños, gestos concretos, de preocupación por las personas evacuadas.

Y todas las iglesias del pueblo han dado su aporte. La bautista, la católica, la metodista, la presbiteriana, la pentecostal, la episcopal. Ha sido un esfuerzo ecuménico para tratar de aliviar los sufrimientos de los evacuados. La voluntad no solo de una, sino de muchas iglesias. Iglesias hermanas que, como respondiendo al llamado de Cristo, han querido servirlo a Él en las personas más necesitadas.

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