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por Miguel Sabater


 
Declaró el escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez en entrevista con este reportero. “Cuando pongo a mis personajes en situaciones límites y grotescas de la existencia, no quiero sino conseguir otro efecto que exponer a los seres humanos con sus conflictos cotidianos para que el lector quede choqueado y vea hasta dónde el odio, el rencor, los excesos carnales, las adicciones y penurias pudieran llevar a las personas…”
 

Pedro Juan Gutiérrez es uno de los narradores cubanos más renombrados y polémicos de la actualidad. Después de haberse dedicado al periodismo durante 26 años, en 1998 publicó en España un libro de relatos conocido como Trilogía sucia de La Habana, cuya relevancia lo sacó de las sombras en que hasta entonces había vivido como escritor. La obra llamó la atención por el modo desenfadado de expresar aspectos insólitos de la vida cotidiana de los sectores marginales de la sociedad habanera. A este libro le siguieron las novelas El Rey de La Habana, Animal tropical, y los de cuento Carne de perro y El insaciable hombre araña, los cuales forman el ciclo literario de Centro Habana.

Desde entonces la crítica sobre su obra se ha dividido en pro y contra Pedro Juan.
Trilogía sucia de La Habana

En Cuba sólo se han publicado dos obras suyas por Ediciones UNION: el libro de relatos breves, de gran aliento poético, Melancolía de los leones, y la novela Animal tropical, y hay una novela en preparación.
Independientemente de los criterios favorables y adversos, y de la magnitud de la reciedumbre de su obra –lo cual el tiempo será el mejor juez–, lo cierto es que sus libros han ocasionado toda suerte de opiniones cuya confrontación de ideas, pensé, bien valía la pena comentar con el propio autor. Para eso era preciso una entrevista, pero yo no tenía idea de cómo podría encontrar al escritor, de quien se decía que era un tipo difícil de tratar. Después de mucho bregar contra aparentes imposibles, llegamos a conocernos del modo más insospechado: por teléfono.

Le expliqué los motivos que tenía para hacerle una entrevista, y no lo pensó dos veces para concedérmela. Tres días después asistí a la cita.

Melancolía de los leones   Pedro Juan Gutiérrez acaba de cumplir 56 años. Sus padres, de origen humilde, se dedicaron al cultivo del tabaco en Pinar del Río, en cuya ciudad adquirieron un bar restaurante, pero el negocio quebró. Luego pasaron a Matanzas donde él nació el 27 de enero de 1950, y su padre fue dueño de un negocio de helados Guarina. Desde muchacho, Pedro Juan alternó su vida en dos actividades fundamentales: ayudando a su padre en los menesteres del negocio y asistiendo a las dos bibliotecas de la ciudad: la Antonio Guiteras y la Gener y del Monte, entre cuyos libros, aire acondicionado y aroma a rosas y agua de lavanda halló el escape a una realidad muy fuerte, muy violenta, según él prefiere decir.

Vive en un modesto apartamento situado en la azotea de uno de los tantos edificios de la calle San Lázaro, donde su pequeña casa esquinada parece una especie de baluarte. De un lado da al malecón, con el mar y el faro del Morro a la vista. Del otro da a un conjunto abigarrado de azoteas, antenas, tanques, tendederas, ventanas, balcones y puertas.

La entrevista se realizó en una habitación, alrededor de una mesa sobre la cual había algunos libros, una libreta de abastecimiento y papeles con cuentas de gastos de víveres escritas a lápiz. En un ángulo una mesita en la que descansa una máquina de escribir con la página de una nueva novela que está redactando. Sobre las paredes pendían dos o tres cuadros abstractos hechos por él.

Era un día de verano. Pedro Juan prefirió tomar té y yo café. La entrevista empezó a las diez de la mañana. Al principio hablamos sobre algunos temas personales. Luego entramos en materia.

MIGUEL SABATER: ¿Cuándo decidiste ser escritor?

PEDRO JUAN: A los 17 o 18 años. Leía tanto que ya lo que me gustaba era escribir. Incluso a los 16 o 17 años leo la novela de Truman Capote Desayuno en Tiffany’s, y recuerdo que me dije: “esto es perfecto; si algún día fuera escritor me gustaría escribir de esta manera.” Quería estudiar arquitectura para ganarme la vida. La literatura quizás como un método de indagación. Después, por causas ajenas a mi voluntad, no pude estudiar arquitectura sino periodismo, y empecé a trabajar en Radio 26.

M.S: ¿En qué año fue eso?

P.J: En 1972. Luego hice más radio, también televisión; después trabajé en la AIN y más tarde en Bohemia.

M.S:¿Qué hacías?

P.J: De todo. Lo mismo entrevistaba al escritor alemán Gunter Grass que hacía un reportaje sobre el cosmonauta cubano.

M.S: ¿Te gustaría publicar algunos de esos trabajos?

P.J: De ninguna manera. No lo merecen porque son trabajos muy circunstanciales. Estuve 26 años trabajando como periodista y creo que pueden salvarse del olvido algunas pocas crónicas.

M.S: ¿Qué tipos de trabajos hacías para Bohemia?

P.J: Sobre todo de apertura. Por ejemplo el primer trabajo sobre suicidio publicado en Cuba lo hice yo. También publiqué dos sobre jineteras, y sobre alcoholismo… Me gustaban los temas problemáticos.

M.S: ¿Qué géneros periodísticos preferías?

P.J: La crónica y el reportaje. Los disfruto mucho. El reportaje exige una investigación que luego el periodista organiza a su modo.

M.S: ¿Qué significó el periodismo para ti?

P.J: Dejó muchas cosas buenas. Una de ellas es que aprendí a trabajar el lenguaje. Tuve la suerte de ser periodista de la AIN, que por esa época –no sé hoy– era rigurosísima con el uso del lenguaje. El periodismo también me enseñó a organizarme.
 
La Habana, desde un lateral de la casa de Pedro Juan.
La Habana, desde un lateral de la casa de Pedro Juan.
Cada vez que oigo a un escritor decir que teme a la página en blanco me río por lo bajo, porque no tiene idea de lo que es el oficio. Escribir es un oficio, y para hacerlo bien debes investigar, prepararte. Después, cuando redactas, encuentras mucho más. Pero el escritor debe saber adónde va. Y esa es una de las lecciones del periodismo, que te obliga a prepararte y a trabajar bien las notas. Después el texto fluye y no hay bloqueo. El periodismo además me enseñó a ser pragmático. Un periodista es un profesional que no trabaja por gusto. Sabe que lo que está haciendo es para un medio de difusión con una línea editorial, y tiene que trabajar dentro de esa vocación editorial.

M.S: Además de los muchos comics que sé que leías, ¿cuáles fueron tus lecturas de juventud?

P.J: Por esa época fueron muy importantes algunos narradores norteamericanos, desde Sherwood Anderson hasta Hemingway, Faulkner, Balzac, Dostoievsky… También algunos autores del Siglo de Oro como Góngora –en este caso para saber lo que yo detestaba, que es el barroco, la ampulosidad del lenguaje, como también detesto la ampulosidad en la vida.

M.S: Desde joven ya escribías cuentos. ¿No intentaste publicarlos?

P.J: No. Escondía todo lo que escribía. Y no mandaba a concursos porque no creo en ellos. Cuando empecé a escribir la Trilogía sucia… en el año 94, tenía por lo menos dos o tres libros de cuentos, tres o cuatro de poesía y cientos de poemas y cuentos sueltos.

M.S: ¿Ni siquiera se los dabas a leer a alguien?

P.J: Tampoco. La literatura es absolutamente privada. Consiste en una relación íntima que uno solo establece con sus personajes y el mundo que ellos van creando.

M.S: Cuéntame cómo fue que te convertiste en un literato conocido.

P.J: Durante los años que fueron de 1994 a 1997 estuve mal en múltiples sentidos, y en ese tiempo escribí unos 60 cuentos que eran muy dolorosos. Entonces vienen por aquí unas muchachitas de la editorial Oriente de Santiago de Cuba, les di el libro y nunca tuve respuesta. Después pasó por la Habana una francesa que había sido jurado del concurso Casa de las Américas, y se llevó libros de mucha gente joven que escribía. Yo le entregué los míos, y cuando menos lo esperaba me llamaron de la editorial Anagrama, para decirme que estaban interesados en publicar mis tres libros de cuentos: Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí. Un día el señor Herralde, editor, me llama desde España para decirme que él quiere publicar esos libros como uno solo. Me pregunta qué título le pongo, y se me ocurre decirle que esos libros son como una trilogía sucia de La Habana. Él me interrumpe diciendo: “Pues ese es el título”, y me colgó. Imagínate, el título tenía implicaciones muy fuertes, ¿no?; pero el libro se preparó de esa manera y salió de esa forma en España en 1998, y unos meses después en Italia.

M.S: ¿Qué pasó después que se publicó Trilogía sucia de La Habana?

P.J: Que empezaron a hacerse lecturas políticas del libro. Se trata de un libro de cuentos simplemente. No es una novela, ni un libro de crónicas ni de antropología ni sociología. Es un libro de cuentos donde yo voy mezclando –como hace todo escritor– la realidad con la ficción. Te decía que en Cuba se hicieron lecturas políticas del libro, y cuando regreso de promocionar la obra en España, en enero de 1999, en la revista donde yo trabajaba me dijeron: “no te queremos más con nosotros”. “¿Pero por qué?”, les pregunto. “Porque sí, chao, adiós”. Entonces recogí mi expediente laboral y me fui. Por suerte tuve apoyo moral de la UNEAC, y seguí escribiendo, entrando y saliendo al país. Y al año siguiente se publicó en España El rey de La Habana, y luego Animal tropical hasta completar los cinco libros que forman el ciclo de Centro Habana.

M.S: En esa serie de obras sobre Centro Habana –que te faltaron por mencionar los libros de relatos Carne de perro y El insaciable hombre araña- recoges situaciones y personajes típicos de sectores marginales de la capital. ¿A qué se debe ese interés?

P.J: Mira, un escritor nunca es un teórico. Es un artista, y un artista por lo general no puede explicar su obra, y si lo hace corre el riesgo de no hacerlo muy bien. Yo sé que escribo de lo que conozco, de lo que siento, de lo que padezco. Generalmente escribo de cosas que me han sucedido o que han sucedido a mi alrededor, en atmósferas en que he estado, en fin… Desde luego en el caso de todo eso que me dices de los marginales, hay algo de lo que me he dado cuenta después. La literatura es conflicto y antagonismo, y hay que colocar a los personajes en situaciones límites. ¿Qué es una situación límite para una persona? La situación límite más socorrida es que tú llegas a tu casa y te encuentras a un muerto apuñaleado en la sala. Y tú te dices: “¿En mi casa un muerto? ¿Qué pasó? Yo no fui. Hay que dar parte a la policía”. Pero hay otras situaciones límites que tienen que ver más con la realidad cotidiana. Y yo pienso que los personajes que pueblan mis libros, y que viven en este barrio de Centro Habana, en alguna medida viven en situaciones límites. Son personas que todos los días tienen que buscar un dólar o veinte pesos para poder sobrevivir. Y así viven en situación límite día por día, y buscan ese dólar sea como sea, porque además tienen una enorme voluntad de vivir. Desde que se levantan están preguntándose “qué hago hoy, qué invento, qué negocio tengo, qué vendo, a quién le arranco del cuello una cadena de oro”; la bodeguera piensa “a quién le quito hoy dos o tres onzas de arroz...” Porque lo cierto es que cada cual vive su situación límite a su manera. Entonces si tú analizas eso desde Ulises, que a lo largo de su regreso a Ítaca hace todo lo posible por sobrevivir contra todos los obstáculos, comprenderás que a partir de ahí la literatura lo que cuenta esencialmente es eso: situaciones límites que se traducen en conflictos existenciales de los hombres, sea donde sea, por cualquier motivo y en cualquier tiempo.

M.S: Pero hay quienes consideran que lo que tú escribes es seudoliteratura. ¿Cómo justificarías en tu obra la corriente del realismo sucio?

P.J: Eso de realismo sucio lo inventan los críticos, los teóricos y los editores, que tienen que vender libros como se venden zapatos o camisas en el mundo. A mí esas etiquetas no me importan. En todo caso yo diría que hago realismo profundo, no sucio.

M.S: ¿Cuáles son tus ideas dominantes como escritor?

P.J: Muchas; una de ellas es que haya justicia en el mundo, pero a través de la espiritualidad de los hombres. Si lográramos tener cada día una visión menos material y mercantil, seríamos muy felices. Y cuando digo una visión más espiritualizada no sólo me refiero a la de una religión sino también a saber disfrutar de la cultura, el arte, de todo lo digno y lo bello por muy modesto o sencillo que parezca; y no ser intolerantes e inflexibles con el que piensa diferente.

Pedro Juan en una de las calles de La Habana.
Pedro Juan en una de las calles de La Habana.
  M.S: ¿Cuáles son tus miedos?

P.J: Bueno, quizás a ponerme viejo y empezar a ser achacoso. Entonces perdería cualidades. Otro miedo es tener que vivir fuera de Cuba. Yo amo profundamente a mi país y a mi gente, a mi familia. Hace poco falleció mi madre, pero tengo cuatro hijos, desde uno grande de 27 años hasta una chiquitica de 4. Amo a mis hijos y también mi espacio.

M.S: Acabas de decir que uno de tus miedos es tener que vivir fuera de Cuba. ¿Te preocupa que pudiera existir alguna situación contigo en el país que te obligue a marcharte?

P.J: Para mí el exilio sería una tortura terrible. Sería tan grave como la cárcel. Y sí, hasta cierto punto tu pregunta es certera, porque a veces uno se preocupa por que en un momento determinado se cree algún tipo de
situación adversa a su persona. Yo soy un escritor, como te confesé, que no les agrado a algunas personalidades; incluso me sacaron de mi trabajo. Hay otros, sin embargo, que me defienden…Ya te dije que hasta ahora la UNEAC me ha apoyado mucho. Pero cuando te hablé del miedo de tener que vivir fuera de Cuba fue en el sentido de que no me concibo viviendo en otro país que este.

M.S: ¿Eres un hombre religioso?

P.J: Mi pensamiento religioso yo nunca lo manifiesto en mis obras. Tampoco en público. Es algo muy privado. Yo expongo el pensamiento religioso de Pedro Juan, que pudiera parecer lo mismo pero no es igual. Pero te voy a confesar que mi pensamiento religioso varía mucho en el tiempo. Fui educado dentro de la Iglesia Católica hasta los 13 años. Después entré a estudiar a un tecnológico y fui monitor de Filosofía Marxista. Pero llega un momento por los años 92 o 93 en que estoy atravesando una crisis terrible; crisis ideológica, moral, de todo tipo, y ahí empiezo a recuperar mi vida religiosa, que no es exactamente mi vida espiritual, porque siempre la tuve. No te voy a explicar en detalles porque no interesa; pero ejerzo un poco la filosofía budista como proyección de vida, y también practico yoga. De modo que hago yoga, un poco de meditación por las mañanas, eso me ayuda mucho. También soy devoto de San Lázaro y de Santa Bárbara. Personalmente reconozco la existencia de Dios, y por eso pienso que debemos ser muy humildes, y reconocer que somos nada o un átomo del universo. En verdad somos mamíferos, animalitos, y por cierto muy destructores, depredadores. Vivimos como en manadas: la manada de Centro Habana, la de tu barrio de Regla, así… Eso es lo que los seres humanos debemos comprender precisamente, para ser cada día menos crueles, menos violentos y menos rencorosos. Para imponerse contra eso es necesario un proceso de crecimiento espiritual. Todos llevamos dentro un diablo y un ángel, y lo que hay que hacer es que ese ángel crezca todos los días. Ser bondadosos, generosos, y echar a un lado las partes oscuras del alma; los odios, rencores y sed de venganza echarlos a un lado para no hacer daño a los demás ni a nosotros mismos. Por eso a veces cuando me hacen preguntas políticas en cualquier parte del mundo yo nunca las contesto, porque tengo una visión completamente filosófica de la vida. Hacer crecer la luz y echar a un lado las sombras. La política es coyuntural, y a estas alturas de la vida no me interesa hablar sobre ella. Me interesa sobre todo hablar de estos temas que son más edificantes. Cada día mi vida se proyecta mejor hacia ese modo espiritualizado de vivir. Cuando pongo a mis personajes en situaciones límites y grotescas de la existencia no quiero sino conseguir otro efecto que exponer a los seres humanos con sus conflictos cotidianos para que el lector quede choqueado y vea hasta dónde el odio, el rencor, los excesos carnales, las adicciones y las penurias pudieran llevar a las personas.

M.S: Te agradezco mucho esta respuesta. Vamos ahora a otro tipo de asunto. ¿Dónde te sientes mejor, en el cuento o la novela?

P.J: Son dos géneros completamente diferentes. El cuento es como un golpe de kárate; más que pensarlo bien tienes que sentirlo bien. Tienes una o dos imágenes, lo escribes y ya. A lo sumo 15 días. La novela es otra cosa. Tienes imágenes, ideas iniciales, y ahí empieza a crecer la historia. Debes andar con mucho cuidado porque la novela puede absolverlo todo, y debes estar muy claro de sus límites.

M.S: A mí me parece que tú eres mejor cuentista que novelista.

P.J: Y yo también estoy a punto de creerlo.

 
Vista de la bahía de La Habana desde la casa de Pedro Juan.
Vista de la bahía de La Habana desde la casa de Pedro Juan.
M.S: ¿Te sientes incómodo por eso?

P.J: ¿Porque me lo dices así tranquilamente?

M.S: No, porque afirmo que eres mejor cuentista que novelista.

P.J: No, al contrario, si lo que abunda en el mundo son los novelistas. A mí me gusta mucho el cuento. Mi libro de cuentos Carne de perro, que ganó un premio en Italia conocido como Narrativa al sur del mundo, lo disfruté muchísimo. Imagínate que me compararon con Pasolini, y eso para mí es apasionante.

M.S: -¿Cómo concibes y haces tus libros?

P.J: Mira, los libros se deben más al subconsciente que a otra cosa. Tú no sabes cómo se te ocurre un libro. El Rey de La Habana fue material que me sobró de Trilogía sucia… Diseñé esa novela en tres o cuatro días y la escribí en 57 días. Con Animal tropical me sucedió algo muy curioso. Yo había tenido un romance entre 19 y 23 años con una muchacha del Diezmero. Nos quisimos mucho, y fue muy bonito. La vida de esa familia fue muy estrepitosa, y yo pensaba que algún día escribiría una novela con esto. Muchos años después encontré a Gloria, uno de mis personajes del ciclo de Centro Habana, y me dije: “Contra, Gloria me da exactamente aquella mujer”, y me pongo a escribir al calor de esa relación, y de ahí salió Animal tropical.

M.S: Me gustaría que explicaras cómo pudiste escribir dos obras tan diferentes como Melancolía de los leones, que es un libro de relatos breves muy poéticos, y Trilogía sucia de La Habana.

P.J: Y seguido uno detrás de otro (queda pensando). Nada. Yo escribí Melancolía… antes que Trilogía… Lo escribí durante muchos años allá en Pinar del Río, donde estuve casado y desempeñaba ciertas responsabilidades y llevaba una vida muy rutinaria. Cuando terminé la primera versión tenía unas 180 páginas. Después escribí Trilogía y luego El rey de La Habana. En eso la editora Marilyn Bobes me ve y me dice que la UNEAC quiere publicarme algo que no sea Trilogía… Me pregunta si tengo algún libro, y le digo que sí, que tengo un librito que les iba a gustar mucho, y le di Melancolía de los leones, que ya yo había limpiado dejándolo en unas 70 páginas.

M.S: ¿Te interesa publicar en nuestro país?

P.J: Quisiera que todos mis libros se publicaran en Cuba tranquilamente, que estuvieran en la Biblioteca Nacional, al menos, para que puedan leerlos quienes lo deseen. Yo entregué tres ejemplares de Trilogía sucia… en la Biblioteca Nacional, se los dediqué a los lectores, y me dicen que no están catalogados. Sería bueno que si vas a publicar esta entrevista averiguaras si todavía no pueden leerse allí los libros que he publicado en el exterior. Me daría mucha alegría que se relajen un poco y mis libros puedan ser leídos aquí.

Algunas semanas después de haber realizado la entrevista fui a la Biblioteca nacional y comprobé que los libros de Pedro Juan publicados en el exterior están catalogados, y que dos de ellos: Trilogía sucia de La Habana y El Rey de La Habana eran leídos por dos usuarios en la sala de lectura de la biblioteca.

M.S: ¿Volverías a escribir algo como Melancolía de los leones?

P.J: No.

M.S: Pero es un libro bien logrado.

P.J: Sí pero estuve 13 años para dejar sólo 70 páginas.

M.S: La idea que muchos lectores tienen de ti está asociada a la conducta disipada de tu personaje Pedro Juan.

P.J: Pues se equivocan. Yo siempre he sido y sigo siendo un hombre muy silencioso y solitario. Disfruto el silencio, la soledad, la lectura, la pintura. Cuando no estoy entregado a estos placeres nada materiales me voy a Guanabo, nado un poco y regreso. Tengo un buen equipo de música, y me gusta desde Carlos Embale y el guaguancó hasta algunas óperas.

M.S: ¿Cómo es un día habitual de Pedro Juan Gutiérrez?

P.J: No tengo días habituales. Los días míos pueden ser muy diferentes. Puede que me levante temprano y me ponga a escribir hasta las once o las doce. O que escriba durante un par de horas y después me vaya a la calle. A veces viajo a Pinar del Río, donde tengo una hija y una sobrina que quiero mucho.

M.S: ¿Qué aspectos del proceso creador te resultan más difíciles?

P.J: Lo más difícil es la revisión, que es un trabajo más bien artesanal. Hay que revisar muy bien, y esto hace que la labor sea agónica. Se debe entregar el libro al editor minuciosamente revisado.

M.S: ¿Eres un escritor prolífico?

P.J: Por ahora sí, pero presiento que voy deteniendo el ritmo porque ya dije muchas cosas.

M.S: ¿No quieres publicar tu poesía?

P.J: Ahora en octubre sale un libro de poemas en Québec. Es una edición bilingüe, francés-español muy bonita, con un CD y todo eso. Espero poder ir a Québec a presentarlo.

M.S: ¿Pudiera colocarse tu obra dentro de una tradición narrativa cubana?

P.J: La tradición literaria cubana es excelente. Pero yo estoy más cerca de los narradores norteamericanos del siglo xx. Hay momentos en la historia de nuestra literatura en que aparecen autores que se deslindan de esa tradición, como Carlos Montenegro, con su obra poco conocida. Después hay otros, como algunos momentos de Cabrera Infante, y ahora, recientemente en Miami, Guillermo Rosales con una novela que en España se conoce como La casa de los locos…, una novela fascinante que te la recomiendo sin temor de que vayas a perder tu tiempo.

M.S: Entonces, ¿dónde crees que radica la autenticidad de tu obra?

P.J: Yo soy muy sincero cuando estoy escribiendo, y trato de ser convincente. Extraigo mi material de la realidad inmediata, lo elaboro, pero puedo mezclar en mi obra cualquier cosa, desde la canción más cubana hasta el más legítimo rock. Porque no se trata sólo de que soy cubano. Yo también soy ciudadano de este mundo, y lo mejor, o lo que a mí me parece ideal del patrimonio cultural mundial, también lo llevo a mi obra.

M.S: ¿Es auténticamente cubana la literatura que hacen los escritores cubanos residentes fuera del país?

P.J: No me gusta dar opiniones teóricas sobre una literatura que sólo conozco parcialmente. Pero pienso que sí, y que lo lamentable es que exista esa atomización no sólo de nuestra literatura sino también de nuestra cultura general. En el exterior hay cubanos que están haciendo música, cine, televisión, pintura, danza…, y hay quien está publicando revistas, en fin, y eso, de algún modo, nos lo estamos perdiendo. Lo que sí es muy peligroso son las lagunas de silencio tan grandes que a causa de eso padece nuestra cultura. La cultura tiene que funcionar de manera coherente, orgánica, sin intolerancia, con mucha flexibilidad.

M.S: Has reconocido que llegaste a repetirte en tus obras sobre Centro Habana, y también me has confesado, poco antes, que presientes que has dicho muchas cosas. ¿Qué pasó? ¿Se te acabó el jugo?

P.J: No, lo que pasa es que yo he vivido unos años muy obsesivos con estos temas, con este barrio, con esta gente, y escribía sencillamente lo que estaba viviendo. No me preocupa ese criterio de si me estoy repitiendo o no; y siempre he vivido muy al margen de esas parafernalias sobre el éxito. En primer lugar a mí me publica en España una editorial nada comercial, Anagrama, que no sólo publica muy poco sino también paga poco, y a mí no me publican muchos ejemplares. La Trilogía va por la décima edición, pero cada una de ellas es de tres mil ejemplares, y El rey de La Habana igual, va por la séptima; por lo menos eso es lo que me dicen. No sé si hagan otra cosa. No hay modo de controlarlo. Así que ese éxito que algunos me achacan no es cierto. Si yo estuviera publicando en Planeta o Plaza Janet entonces tal vez fuera otra cosa; pero por suerte no estoy en una editorial comercial. Puedo escribir lo que quiera y el editor me respeta muchísimo.

M.S: ¿Crees haber agotado el tema de la vida marginal habanera? ¿No se te quedaron otros aspectos?

P.J: Puede que sí porque en definitiva la literatura es un proceso de pensamiento, y lo que pienso hoy puede cambiar dentro de algún tiempo. Sin embargo, yo me propuse no escribir más sobre el tema.
M.S: ¿Te lo propusiste? ¿No te lo sugirió nadie?

P.J: Me lo propuse.

M.S: Entonces vas a dedicarte a escribir tus memorias o novelas policíacas, que es lo que está a la moda.

P.J: No. La novela policíaca no me gusta, reduce mucho la trama. Y la que escribí, que no es justamente literatura de ese tipo, la hice por encargo de un editor, y ya, antes de esta entrevista, te conté cómo fue eso.

M.S: ¿Se está secando el talento de Pedro Juan Gutiérrez?

P.J: No, lo que pasa es que ya son ocho o nueve libros escritos en muy poco tiempo. Yo dije lo que tenía que decir en esa etapa, y lo mejor es aguantar unos años, buscar otras zonas de investigación. Al menos eso pienso que hacen los escritores que se respetan.

M.S: ¿Qué pasaría si perdieras la capacidad creativa?

P.J: No la voy a perder, a no ser por razones biológicas. El escritor siempre está pensando, analizando.

M.S: Pero tú no estás tan satisfecho con lo que has escrito después del ciclo de Centro Habana.

P.J: Si supieras que sí.

M.S: Yo creo que no, sinceramente.

P.J: Bueno, es que aquellos libros fueron escritos en circunstancias muy diferentes. Esto que me dices es muy interesante porque me obliga a comentarte que el ciclo de obras sobre Centro Habana yo lo veo como el desarrollo de un personaje, Pedro Juan, que se va moviendo desde la furia, la agresividad, el dolor interior más terrible…, y esto se nota en Trilogía, donde hay un personaje muy rebelde, bruto, miserable. Después, en El rey de La Habana, no aparece; pero sí en Animal tropical, donde el personaje Pedro Juan ya no tiene problemas económicos, pero sigue siendo un tipo machista y sádico. Después, en los libros El insaciable hombre araña y Carne de perro, el personaje es un hombre muy desencantado de la vida, amargado, defraudado por todo, y necesita aislarse, silencio, soledad. Es un hombre que está mirando, que ya no participa tanto pero tampoco le interesa participar. De modo que yo no lo creo así.
M.S: ¿Qué es lo que no crees así?

P.J: Que me repito. Yo pienso que quien se lea los cinco libros en orden se dará cuenta de esa evolución del personaje Pedro Juan.

M.S: ¿Por qué no se publican en Cuba tus libros más controvertidos, como La trilogía sucia… o El rey de La Habana?

P.J: Esa es una pregunta que les toca responder a los editores.

M.S: ¿No se han interesado en publicártelos?

P.J: No, parece que se siguen haciendo lecturas políticas de ellos. Ahora la UNEAC está preparando una edición de Nuestro Gege en La Habana. Es una novela corta, que se desarrolla en La Habana de 1955. Pero es un divertimento. No tiene nada que ver con el ciclo de Centro Habana.

 
Pedro Juan Gutiérrez.
Pedro Juan Gutiérrez.
M.S: ¿Tienes críticos aquí?

P.J: Sí. Por ejemplo, la escritora Ena Lucía Portela escribió un ensayo bellísimo de Trilogía…También Víctor Fowler. Sacha presentó Animal tropical cuando la novela salió por la UNEAC. Estuvo hablando 45 minutos de la obra, y dijo cosas que ni yo había visto en ese libro. En fin unos me quieren y otros me odian.

M.S: ¿Qué aconsejarías a los jóvenes escritores cubanos?

P.J: Que no se apuren en publicar. El escritor debe ser muy exigente con lo que escribe. Otra cosa importante es tratar de ejercer el periodismo. Por ejemplo, haber trabajado en Bohemia durante casi doce años fue una experiencia muy buena para mí. Lo otro es que el escritor debe ser audaz, una especie de suicida en potencia. Conocer lo que se ha escrito en Cuba y el mundo, y tratar de indagar en la realidad para no repetir lo que se ha hecho. La literatura debe ser siempre novedosa, aunque los temas sean eternamente los mismos. Eso se ha dicho mucho, pero es bueno recordarlo.

M.S: Sugieres que el escritor debe ser, además de un creador, indagador de la realidad.

P.J: En esencia lo es. El escritor ilumina en su obra las zonas oscuras de la realidad. ¿Qué hacen Chandler, Hammet...? Indagan en los bajos fondos aspectos que normalmente no suelen publicarse en la prensa, y hablan de la mafia y del contrabando. ¿Qué es el libro? Es el único espacio de libertad de pensamiento que nos queda en el planeta. Una revista, un periódico tienen condicionales. Todas. Entonces el escritor debe tener clara conciencia de eso, y debe ser valiente, pero valiente en todos los sentidos: en el ideológico, el filosófico, el artístico y el moral…

M.S: Voy a citarte algunos criterios que se han referido sobre tu obra. Se dice que eres un escritor que sólo sabes percibir lo feo y no lo bello de la vida, que escribes para ganar dinero, que tu obra es un modo de disentir políticamente y que eres incapaz de construir personajes edificantes. ¿Puedes comentar algo sobre esto?

P.J: Lo que sucede es que yo escribo dentro de una poética. Una ensayista alemana dice todo lo contrario cuando se refiere a El rey de La Habana. Ella ve momentos muy bellos en esa novela que el personaje no es capaz de percibir.

Que yo escribo para ganar dinero no lo creo, pues si fuera así estuviera publicando en Planeta, donde pudiera ganar veinticinco veces más de lo que me paga Anagrama. En cuanto a que mi obra es un modo de disentir políticamente tampoco es cierto, porque si yo pretendiera eso fuera periodista independiente. El periodismo sí es una forma de hacer política y también de ganar dinero. La literatura, en cambio, es un ejercicio de reflexión y se hace con valores éticos, morales, espirituales eternos; la política es muy coyuntural. Yo estoy defraudado de la política, de los políticos y de todo ese mundo que sencillamente trato de evitar en mis obras. Tal vez sea verdad que soy incapaz de construir personajes edificantes, pero así como los describo existen aquí con sus virtudes y sus defectos, tan desorientados y dignos de atención y de compasión como cualquiera de los infelices mortales que ha recogido la literatura de todos los tiempos.

M.S: ¿Qué has querido conseguir con tus libros?

P.J: Expresarme.

M.S: Pero cuando uno escribe lo hace con el propósito de comunicarse con un lector ideal.

P.J: Si supieras que no. Cuando escribo pienso en mis personajes y en el mundo que ellos construyen. Disfruto mucho lo que ellos hacen. Yo sé que alguien me va a leer; pero no pienso como pudiera ser ese lector.

M.S: Hemos celebrado el 400 aniversario de la publicación de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. ¿Qué piensas de esa novela?

P.J: Es una novela fundacional. Milán Kundera se atreve a decir que a partir del Quijote surge la novela moderna en Europa. Todo eso está muy estudiado. Pero lo que a mí me parece muy interesante de ese libro es que siempre que vuelves a él ves segundas lecturas detrás de esas aparentes aventuras. Y yo pienso que eso es lo que le da la modernidad a esa novela que va contando aventuras para dejar soterradas ciertas cosas, que es uno de los trucos que utiliza el escritor moderno. Eso es importantísimo. En Don Quijote también se narran muchas miserias. ¿Quieres más suciedad que esas calamidades humanas que allí se cuentan? Y eso no es realismo sucio, sino profundo, y con esa misma profundidad intelectual con que se ha incitado a leer esa novela es con la yo quisiera que mis lectores leyeran cada página de mis libros. Tú has dicho ahorita que un escritor es un hombre condenado a sacarse lo vivido.

Esa es una definición muy justa de nuestro oficio. La existencia es vasta y diversa, simple y compleja, bella y fea, sublime y baja, complaciente y dolorosa…Y un escritor no es un ser de otro mundo; vive, piensa, siente y padece. No sólo padece por lo que le toca a él sino también a otros. Y así es como yo he vivido y apreciado la vida. Si la contara de otro modo no estuviera refiriéndome a ella sino a un sueño o un cuento de hadas. Y esta es una de las grandes lecciones que nos dejó Cervantes.

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