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Protagonista del Camagüey del siglo XIX.
por Marcos Tamames HENDERSON.
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Con la llegada de la ilustración, las poblaciones cubanas se apresuraron a perfeccionar su imagen mientras la vetusta Santa María apenas hacía por despertar. En las postrimerías del siglo xviii se gestaron las coordenadas que desdibujarían un paisaje urbano rural que en el Camagüey tendrá máxima expresión en el período 1800-1868, etapa de “engrandecimiento de Puerto Príncipe”. Desde sus inicios, el siglo xix marcó importantes cambios en el ambiente cultural local; el dilema entre lo viejo y lo nuevo se expresará en la arquitectura y la ciudad. Queda implícita en ellas la conservación de una población en sus costumbres y maneras de vida en contrapunteo con un contexto de ascendente modernidad urbana dentro del ámbito cubano. ¿Quiénes interactuaron para propiciar la incorporación de Puerto Príncipe a la referida modernidad? |
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Con base en los estudios realizados con anterioridad por el autor y atendiendo a la misión y papel jugado en el ámbito constructivo o urbano en Puerto Príncipe, entre 1800 y 1868 se destacan seis grupos o personas: Ayuntamiento, Real Audiencia, el Padre Valencia, los Jóvenes Ilustrados, los comerciantes y constructores. La obra de cada uno de estos actores, desde posiciones políticas y económicas diferentes, se entrecruza para enriquecer la imagen de la ciudad de Puerto Príncipe en el período señalado. Es interés de estas líneas comprender los aportes de uno de esos protagonistas, el Padre Valencia, una de las figuras más enigmáticas dentro de la cultura camagüeyana.
Como se sabe, la ilustración tiene caminos insospechados para llegar a un espacio geográfico y, más allá de la opinión de críticos y teóricos en un afán de periodizar tendencias estilísticas o virtuosismo técnico, existe, generalmente oculto, un conjunto de obras, hechos o posturas que sirven de base al acto de legitimarlos. El neoclásico y el eclecticismo en Camagüey siguen siendo un misterio de sólidas raíces en el siglo xix y el Padre Valencia, puede ser un importante eslabón para esclarecer algunas aristas en ese sentido.
No cabe asombro a los estudiosos de la cultura agramontina sobre el peso social y cultural que tiene la religiosidad en la conformación de la identidad local, amén de que parezca sustituido del todo el calificativo de La ciudad de las iglesias por La ciudad de |
Imagen del
Padre Valencia,
Hospital
San Lázaro. |
| los tinajones.1 Al menos en lo arquitectónico y lo urbano, al catolicismo se le deben los ejemplares patrimoniales de mayor monumentalidad: las iglesias y conventos. Quizás sea el sustrato religioso, fuertemente arraigado en el xix, el que permita explicar la significación que en solitario cobra el Padre Valencia como protagonista urbano. Fe que se advierte con toda claridad en las frases con que el Oidor de la Audiencia, don Orozco, caracteriza de forma confidencial, a un importante patricio: “El capataz de los retrógrados es don Ignacio Agramonte (…): pero sabe oír misa con profunda devoción y si se olvida alguna ceremonia de la Iglesia la advierte en el acto, etcétera, etcétera: este es el hombre del Príncipe”.2 |
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Iglesia del Hospital San Lázaro. |
¿Qué labores podrían señalar al Padre Valencia como uno de los actores más importantes dentro de la ciudad? Los apuntes biográficos realizados al ferviente franciscano plantean que nació en Turia, Valencia, en 1763, y que ingresó al convento de San Francisco de Asís en 1777. Partió a México en 1785 para sumarse a las misiones llevadas a cabo por los Jesuitas en aquellas tierras, enriqueciendo su cultura en el saber de la construcción en sentido general, que había convertido a la verdadera religión, y regresó a México, donde ejerció su apostolado desde 1793 hasta 1800.3 |
Ingeniería y arquitectura debieron ser disciplinas fuertemente practicadas por estos religiosos, sin dudas conscientes de que la calidad de vida en el ámbito espiritual no está reñida con la estética del universo que se habita. Roberto Méndez, al referirse al valenciano señala que se trata de “un
hombre muy moderno que
no solo se dirige a las almas, sino a la integridad del hombre”4 y, de qué manera. Sin restar importancia al ser religioso, móvil impulsor de sus obras encaminadas a mejorar el ambiente de los más necesitados, valdría la pena reflexionar acerca de los aportes del Padre Valencia respecto a la ciudad principeña en la primera mitad del siglo xix, cuando hablar de arquitectura, como hecho aislado, era crear los “momentos claves” de la ciudad. Cada una de las piezas que tuvieron su empeño marcaron una significativa impronta en la ciudad como conjunto, veamos algunos casos.
El primer proyecto desarrollado en Puerto Príncipe, entre 1815 y 1819, estuvo encaminado a la reconstrucción del lazareto “una casa ruinosa, asquerosísima, situada entre malezas, distante de la ciudad y de todo vecindario”,5 que por falta de fondos económicos el Ayuntamiento no había logrado intervenir. La férrea voluntad del monje le llevó a ocuparse del proyecto, la dirección de la obra y su ejecución, sin distinción alguna de las funciones. El historiador Juan Torres Lasqueti describe el resultado de la siguiente manera:
“Su frente presenta una hermosa galería de arcos y columnas de orden jónico de bellísima perspectiva, en cuyo centro está la puerta principal que da entrada a otra galería interior en que se encuentran quince celdas espaciosas y bien ventiladas con ventanas de hierro. Por el costado derecho tiene otras tres habitaciones en el propio orden: por el fondo seis salones de mucha capacidad, y a la izquierda, la iglesia de una sola nave y del mejor gusto, consagrada a San Lázaro, colocado en el altar mayor, y otras imágenes de los otros altares. El cuadrilátero formado por los cuatro departamentos referidos, dejan entre ellos un espacioso patio sembrado ordenadamente de árboles frutales, en cuyo punto céntrico se destaca una elegante fuente que abastece de agua a los enfermos y no la escasea para el riego del jardín que hay en el mismo patio, y el que se encuentra en la parte exterior del frente.6
Sólo un clásico humanista puede hacer de un hospital una obra de arte. La ubicación de la vieja casa en un espacio desolado le permitió al Padre Valencia materializar los cánones arquitectónicos desarrollados en las misiones californianas. La presentación de aquel quehacer dentro de una guía turística ofrece las referencias necesarias para entender la conformación de un patrimonio cultural de suma importancia en el Camagüey. La posibilidad de contar con materiales similares en la localidad le permitió al franciscano materializar una rica experiencia constructiva.
A partir de los prototipos de los monasterios españoles y, más específicamente, mexicanos, los conjuntos arquitectónicos de las misiones californianas generalmente tenían la forma de un amplio patio jardín rectangularr odeado por una estrecha iglesia de paredes de |
Pabellón de leprosos del
Hospital San Lázaro. |
adobe y por arcadas que incluían las viviendas de los padres, barracas, talleres, enfermería y dormitorios para las indias solteras y los niños. Generalmente la iglesia ocupaba la esquina noreste del patio y su elemento más distintivo era el campanario –una serie de pared alta y lisa con un arco abierto para la campaña (espadaña). Los edificios exteriores incluían más talleres y viviendas para neófitos. Los franciscanos utilizaban como material primario de construcción el adobe, un barro oscuro abundante en la localidad.
Los ladrillos de adobe se fabricaban en moldes que se llenaban con una mezcla de lodo y paja, y que luego eran secados al sol. Las paredes tenían un grosor de varios pies y se adelgazaban hacia sus extremos superiores. Los techos eran de tejas superpuestas y las lechadas de cal mantenían los ladrillos protegidos del deterioro por humedad.
La inspiración para los detalles de diseño y ornamentación provenían de muchas fuentes, incluyendo la antigüedad y la arquitectura barroca y morisca de España.7
Fray José de la Cruz debió impactar entre los habitantes de su tiempo, en una sociedad en la que los monumentos arquitectónicos tenían por origen la obra benefactora de sus ricos hacendados. La enraizada convicción religiosa de los principeños le permitió encontrar fervientes seguidores en la búsqueda de los recursos necesarios para materializar una obra de caridad pero con la comodidad que la modernidad imponía, obras con un sentido estético que le hace equilibrar tanto los exteriores como los interiores de los espacios con una actitud ante lo habitable poco común entre los principeños. Seguro de crear una infraestructura que sirviera de sustento a la obra arquitectónica, y siguiendo los patrones de las misiones, construyó un tejar, corrales y una hospedería como fuente de ingreso al hospital.
El Hospital de San Lázaro fue la obra que le otorgó un público reconocimiento al monje, permitiéndole nuevos empeños y metas entre las que se encuentra la construcción del conjunto arquitectónico más importante del siglo xix camagüeyano, integrado por el Hospital de Mujeres, la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen y el Monasterio de las Monjas Ursulinas, piezas claves en la consolidación de nuevos barrios y de obligadas referencias en cualquier catálogo cultural de la ciudad, obras que demuestran la capacidad del Padre Valencia como “arquitecto, maestro de obra, peón, financiero, economista, en fin, el alma de la construcción”.8
Acerca del Hospital de Mujeres, describe Lasqueti: “Consta de tres grandes y ventilados salones para enfermas, con seis piezas para los que necesitan separación; cocina y las dependencias necesarias para el servicio: sala de profundis: un gran patio rodeado por tres de sus frentes de una hermosa galería de arcos de mampostería de orden jónico: en el centro del mismo patio construyó una noria para extraer el agua de un aljibe de gran capacidad”.9
Despojado de todo vínculo con el contexto camagüeyano Jacobo de la Pezuela, tras considerar que la obra había demorado 66 años –sólo dos en poder del franciscano, 1823-1825-, marca en su diccionario: “y por cierto que la modestia de su arquitectura no merecía tanta dilación”.10 ¿Incapacidad de aquel para ver belleza en lo sencillo, marcada filiación al barroco o recepción de una errónea información? De la iglesia se decía en 1863: “En medio una bella iglesia de bóveda dedicada a Nuestra Señora del Carmen, con simétrico frontispicio a la anchura de la calle central, que sirve de plaza”.11

Puente sobre el río Jata, construido por el Padre Valencia. |
Dentro de la labor arquitectónica del Padre Valencia merecen destacarse su disciplina ante la ejecución de la obra y las gestiones de que se valía para lograr materializar piezas monumentales en el contexto del Príncipe. La oficiosidad con que trabajó le hizo consignar en el margen de los cuadernillos del rezo las fechas de lo que cada día se adelantaba: inicio del proyecto, paralización de obra, acopio de materiales, terminación de las estructuras, plantaciones, alamedas y jardines, como si tratara de legarnos una memoria constructiva, un diario de obras en la concepción actual.12
En cuanto a sus métodos como gestor de la construcción, tenía por base una perspectiva de avanzada hacia la fe religiosa que le permitía asumir con franqueza una serie de mecanismos no tradicionales dentro del Camagüey. |
Además de la gestión directa para recoger limosnas entre los feligreses, les convocaba para apalear cal, arena, elaborar mezclas, y hacia considerar como un voto de contrición y de fe la participación de los creyentes en las construcciones, al punto de recurrir a la “sustitución de los Padres Nuestros y las Ave Marías, por la prestación de servicios en la construcción: cuando un penitente confesaba sus pecados le ponía como condición para absolverlo, según la gravedad del pecado, una contribución en material de construcción, trabajo personal o en servicio de criados o esclavos”.13
Colaborar era entonces poner en práctica las buenas costumbres, de ahí que la historia recoja la disposición de las señoritas y jóvenes en los trabajos de colaboración en la construcción en el tiempo libre: cargar ladrillos, acopiar arena, cal, piedras, etc. Gaspar Betancourt Cisneros resumía su gestión con las siguientes frases: “A la manera que el fabuloso Orfeo con los sonidos melodiosos de su lira, así él con la dulzura de su benevolencia encantaba y subyugaba hasta las fieras humanas”.14
Sin embargo, el Padre Valencia no escapó al ambiente crítico que propició la Real Audiencia en Puerto Príncipe. Para otros protagonistas, entusiasmados con la idea de crear locales para el teatro, por ejemplo, el monje se presentaba como un factor negativo. Ramón Francisco Valdés, abogado, señaló confidencialmente a Domingo del Monte:
“Pero desgraciadamente hay un entusiasmo general y concentrado por un Padre Valencia, fraile franciscano, que llega al extremo de adoración, y una ceguedad supersticiosa, que guía a los mayores desbarros, siempre que este lo proponga”.15
El exceso de racionalidad en el habanero, abogado alejado de la tradición camagüeyana, le impidió entender que era mucho más importante entonces un hospital de mujeres, una casa de beneficencia, un hospital de leprosos, una casa de locos, entre otros, que lujosos y ricos teatros. Cien años después, con la nitidez con que se aprecian los acontecimientos históricos, Rafael Estenguer dijo con agrado:
“Nosotros no dudamos en reconocer que fue un hombre de buen humor. Por ejemplo: escribe en sus añalejos que ‘se quemaron en el púlpito muchos libros prohibidos’. Pero no hay que dolerse de una quemazón que hiciera por la mayor gloria de Dios. Se impone a una buena señora la penitencia de no ir en cinco años a ver comedia alguna; tiene el humorístico cuidado de añadir en la carta: Aunque sea la conversión de Santa María Magdalena”.16
Entre 1800 y 1868 Puerto Príncipe se sumó a la modernidad urbana. La movilidad de las estructuras sociales, abiertas a un ambiente crítico inexistente anterior a la llegada de la Real Audiencia, propició un lento pero sostenido empleo de nuevas técnicas y referencias estilísticas en lo arquitectónico, al tiempo que incidió en un repensar la ciudad como un todo, más allá de acciones puntuales.
Un aparte requiere el Padre Valencia como protagonista urbano del Príncipe en las primeras décadas del siglo xix, su altruismo y capacidad de gestión, unidos a sus profundos conocimientos de la arquitectura y la ingeniería, lo revelan como un eslabón insustituible en la temprana modernización del Camagüey, ciudad que dista considerablemente de La Habana, donde “existían condiciones económicas, sociales y políticas favorables al progreso” y donde sí se hallaron actores que centralizaron el desarrollo urbano como el intendente general de hacienda, Conde de Villanueva y el capitán general don Miguel Tacón.
Notas:
1. V. Marcos Tamames Henderson: “Cultura católica e identidad urbana en Camagüey”, Enfoque, 21 (75): 8-16, Camagüey, julio-septiembre de 2001 y “Toponimia urbana en el centro histórico de Camagüey” en Elda Cento (Comp.): Cuadernos de historia principeña: Patrimonio legajo al siglo xxi, (no. 1), pp. 76-84.
2. Domingo Figarola-Caneda: Centón epistolario de Domingo del Monte, t. II, Imprenta El siglo xx, La Habana, 1924, p.60.
3. Apud. Roberto Méndez Martínez: “Padre Valencia: Apóstol y ciudadano”, Enfoque, 22 (79): 31-36, Camagüey, p. 31.
4. Ibíd., p.32.
5. Apuntes Biográficos del V. P. Fray José de la Cruz Espí, conocido por El Padre Valencia, Impr. De M.W. Siebert, Nueva Cork, 1863, pp. 18-19, en Archivo Histórico Provincial de Camagüey (AHPC), Juárez Cano, legajo 14, Exp. No. 8, folios 24-48.
6. Juan Torres Lasqueti: ob. cit., nota 23ª, p.36.
7. “Architecture” en California (Tourist Guide), p. 29.
8. Zelmira Novo Sebastián: “La obra social del Padre Valencia en Puerto Príncipe” (ponencia), IV Encuentro Nacional de Historia Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana, Camagüey, junio 2002.
9. Juan Torres Lasqueti: Colección de datos históricos, geográficos y estadísticos de Puerto del Príncipe y su Jurisdicción, t.1, Imprenta El Retiro, La Habana, 1888, nota 17ª, p.30.
10. Ibíd., p.31. En realidad la obra se realizó entre 1823 y 1825.
11. Apuntes Biográficos del V. P. Fray José de la Cruz Espí…, p. 22.
12. “Cuadernos que con amorosa veneración conserva la ejemplar familia del Sr. Don Diego Alonso de Betancourt Aguilar”, Apuntes Biográficos…, p. 20.
13. Zelmira Novo: ob. cit.
14. Gaspar Betancourt Cisneros: “Elogio al Padre Valencia. Discurso pronunciado por el glorioso patricio en 1840 sobre la tumba del sacerdote inmortal”, Boletín en conmemoración a la reapertura de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Camagüey, 2002 (p.1).
15. Figarola-Caneda: ob. cit., t.1, p. 162.
16. Rafael Estenger: “Vida legendaria del Padre Valencia”, p. 43 (recorte de prensa) en AHPC, Juárez Cano, legajo 14, exp. No. 8, folios 69-72.
*Máster en Historia del Arte y en Conservación y Restauración de los Centros Históricos.
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