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Te doy gracias porque eres sublime
y te distingues por tus hechos tremendos;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no se te escondía mi organismo.
Cuando en lo oculto me iba formando
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mi embrión,
mis días estaban modelados,
escritos todos en tu libro, sin faltar uno.
Qué incomparables encuentro tus designios,
qué densos sus capítulos:
los cuento y me salen más que granos de arena;
si los desmenuzo, aún me quedas tú.
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“¿Cómo estamos respon-diendo al llamado de Dios? ¿Es nuestra oración asidua? ¿Tengo los ojos fijos en el rostro de Jesús, o las cosas y preocupaciones de este mundo me hacen darle la espalda al Señor?”
( ver artículo )
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