| |
A pesar de encontrarse en un momento excepcional de su carrera, el actor Fernando Hechavarría Guibert –quien no necesita presentación entre nosotros a partir de la celebridad que ha merecido por su excelente desempeño en el teatro, la televisión y el cine– arriba también a una etapa de consolidación humana y maestría profesional que le permite un diálogo reflexivo e intenso. Su discreción, el apasionamiento y la entrega sincera le dan una impronta diáfana, ideal para esta conversación, la cual amablemente accedió a tener en la tranquilidad de su hogar. |
|
por Habey Hechavarría Prado
fotos: Raúl León Pérez
|
| |
Una entrevista al actor Fernando Hechavarría |
|
| |
 |
|
-Fernando, algunas personas tenemos de ti la imagen de un hombre feliz, de alguien que ha hecho una vida familiar y una vida profesional, no vamos a decir sin obstáculos, pero sí con una especie de limpieza y alcance poco habituales.
¿Y es, en verdad, así? ¿Te consideras un hombre feliz?
-Yo creo que sí. En general soy una persona feliz. Yo creo que la razón básica está en un precepto asiático que dice: la felicidad consiste no en tener lo que tú quieres, sino en querer lo que tú tienes. Y entonces, por suerte, he ido teniendo lo que he ido queriendo en la vida. Inteligentemente es querer también, porque a lo mejor mañana me encantaría que me dieran un Oscar, pero no hay manera de acceder allí si no he hecho la obra que amerita el Oscar, por problemas históricos, y en fin, las razones que todos conocemos. Pero, te digo, me he ido tratando de poner metas lógicas y las he ido cubriendo.
Y entonces creo que entre esas metas siempre estuvo, amén de lo profesional, mantener una estabilidad familiar, crear una familia que fuera como el oasis. Y eso es lo que me ha permitido, entonces, poder ramificar en otros sentidos: en el profesional, en el pedagógico, esas cosas. El hecho de tener una familia estable, una familia que te cubra siempre las espaldas, que esté ahí, que te tire la mano cuando estás deprimido, que sonría contigo cuando estás alegre. Creo que esas cosas son impor-tantísimas. Que te critiquen cuando estás mal, que te elogien cuando estás bien. Esas cosas para mucha gente son insignificantes, superfluas. Para mí son el centro de la vida. Entonces, en tanto eso, soy un hombre feliz. Creo que sí. ¿Por qué no?
-Oye, ¿qué tiempo han durado esa estabilidad y ese oasis?
-(Ríe) Bueno llevo de relaciones con mi esposa 24 años. (Reímos) A ella hay que ponerle una medalla. Lo reconozco, ¿no? Pero tú sabes que el matrimonio, porque sé además que tu familia es feliz y unida, sabes que el matrimonio es un compendio de acceder y de conceder. Y, a veces, tienes que saber que debes conceder por aquí e ir compensando. Y la inteligencia radica en eso, en el matrimonio. Igual que con los hijos, sobre todo cuando se ponen adolescentes como las mías. A veces tú quisieras hacer algo y dices: no, el método no es ese exactamente (Río). Ese no es el inteligente. Tienes que buscar por abajo. A veces pierdo los estribos, pero igual después los recuperas. A veces porque no tenemos nosotros la razón, sino la tienen ellos. Y te hacen entender. Pero creo que es lindo porque también es una manera de ir creciendo todos los días.
-¿Cómo te relacionas con hijas adolescentes a pesar de todo tu trabajo y tus ocupaciones?
-No pienses… es bastante difícil. (Reímos) Sobre todo por la diferencia de edad. Ya yo tengo 50 años, voy a cumplir 51. Mis hijas tienen 14 y 16 años, es decir, la diferencia generacional es sustancial. Pero, mira, yo creo que sobre todo en los últimos años, que son los más difíciles, porque ya después que cumplen los 10, los 11, que dejan de ser niños, es más difícil controlarlos porque empiezan a cambiar a una velocidad espantosa. Pero justo ha coincidido, Habey, que ese ha sido el período en que empiezo a trabajar como profesor.
Entonces, una de las cosas –yo se lo digo siempre a mis estudiantes y ellos a veces me miran como diciéndome: No, es mentira. No es verdad– una de las cosas que más tengo que agradecer a la cosa pedagógica ha sido aprender de ellos. Aprender los nuevos mecanismos de esa generación, las nuevas perspectivas de la vida, las nuevas ópticas con que se perfilan una cantidad de cosas con las que a veces no estoy de acuerdo y batallo contra ellas. Pero muchas veces me convencen de que ya mis mecanismos son obsoletos, que hay que regenerar, que hay que volver a plantearse, hay que cuestionarse determinadas cosas. Y entonces, nada, lo enriquecen a uno y lo hacen crecer, lo hacen madurar, de una manera sustancial.
-Entonces, el Fernando Hechavarría Profesor, contribuye al Fernando Hechavarría-Padre…
-Sí, yo creo que sí.
-¿Y viceversa?
-Sí, como no. Indiscutiblemente. A mí me ha pasado una cosa con Raúl Eguren que fue mi profesor, junto con los soviéticos. Eguren tenía siempre esa cosa del padre además del pedagogo. Es un hombre al que yo no tengo como agradecerle jamás todo lo que me enseñó. Pero no solo todo lo que me enseñó pedagógicamente que es mucho, que es una deuda infinita, sino en el plano humano. El siempre tenía la mano extendida para cualquier reclamo. En el plano personal me refiero, inclusive. Descontado por lógica en el pedagógico.
Y me di cuenta cuando empecé a dar clases que era importante, que era muy importante. Porque supón que haya muchachos que están desencaminados por la edad, que es lógico además. Es la edad de la rebeldía, sin causa casi, de la sublevación a ultranza. Y dices, bueno, si uno no es capaz de sentarse y de analizar, pero analizar seriamente, sin darle la imagen de que estás atendiéndolo por condecendencia, si no te lo planteas con esa óptica, estás perdido.
Estás perdido porque se pierde la comunicación. Y me di cuenta también de que era importante que cuando me sentara con mis hijas, me sentara con esa misma perspectiva, ¿entiendes? Porque si no nunca iba a ver una verdadera comunicación entre nosotros.
Por ejemplo, ahora haciendo esta novela de “La cara oculta de la luna”, virtudes o defectos aparte, toda esta cosa del mundo de la comunicación entre padres e hijos para mí fue muy lacerante, ¿no? Yo tenía dos hijas en esa misma edad prácticamente, y todo el tiempo me cuestionaba: ¿estaré actuando bien?. Porque no es solo que tengas la conciencia
|
|
El respeto se gana no se impone.
Yo creo que el respeto en la profesión sin la ética
no puede existir.
Si no eres capaz de respetar éticamente tú, de dar todo lo
que puedas de ti con toda la seriedad del mundo,
nadie
puede respetar tu trabajo. |
tranquila porque lo estás haciendo, sino que realmente te tienes que cuestionar todos los días si realmente está tan bien lo que estás haciendo, ¿no? Porque creo que en el momento en que empiezas, como en la profesión, a decir: sí, todo está correcto, todo está en su punto, empezaste a descender ahí mismo. Y ya cierras puertas a la influencia nueva. Entonces, por eso te digo que para mí es vital en los dos sentidos, de aquí para allá pero de allá para acá también.
-Ya que mencionaste a Eguren, por qué no me hablas un poco de tus maestros, de tus momentos iniciales.
-(Ríe) Sí. Yo creo que esa parte es una etapa bellísima. Primero tengo que reconocer que hubo dos grandes escuelas conmigo. La primera, la inicial, fue la de Eguren y los soviéticos: Nicolai Afonin, la gente del Lunacharski, que creo que hicieron una labor extraordinaria y estructuraron un plan de estudios fabuloso. Y te digo, para mí Eguren es un paradigma en muchos sentidos. En el pedagógico, bueno, para qué hablarte de eso. Pero además, el profesional. Le vi hacer cosas extraordinarias en el teatro. Era un hombre que conocía de la plástica, y yo venía de la pintura.

El autor de la entrevista (izq.)
conversa
con Fernando Hechavarría. |
|
Yo lo primero que hice fue pintura. Me fascina la pintura. Y creo que esa es una deuda que tengo conmigo mismo siempre… Incluso, los amigos que tengo de esa generación me dicen: eres un traidor a la pintura. (Risas.) Fue muy interesante lo que se produjo ahí. Había una simbiosis… Paneca era mi profesor de diseño. Un tipo al que quiero muchísimo, que respeto. Y a pesar de que no nos vemos hace muchos años, siempre lo recuerdo con un cariño particular, porque además de ser un excelente profesor, un excelente plástico, tuvo el olfato para descubrir que había algo importante en el teatro para mí. Y él fue el que me propuso que hiciera las pruebas y llamó un amigo que fue a Holguín y me hicieron las pruebas, y me trajeron para la Escuela de Arte en actuación, la ENA. Y, te digo, todo ese primer período de aprendizaje en la ENA, todos esos profesores surtieron un efecto extraordinario porque había un plan muy sólido de estudios. Fue como el primer gran descubrimiento, ¿no? Fue como abrir las puertas a un mundo que era infinito. De hecho no se ha acabado, y creo que no va terminar nunca de regalarme cosas. |
Y después que me gradué caí en el Teatro Escambray que fue la gran segunda escuela. Yo creo que había un equipo de profesionales muy sólidos, de actores muy sólidos allí. Y estaban Sergio y Gilda a la cabeza de eso, que son personas muy especiales para mí, son personas muy especiales. Son personas que me cuidaron muchísimo, profesional y éticamente. Y yo creo que fue como el cierre, ¿no?, como el broche de oro a esa historia.
Entre una de las cosas que yo tengo que agradecer eternamente a la academia, a la ENA, están los lineamientos éticos. Considero que desgraciadamente las nuevas generaciones desconocen, y creo que son víctimas, no victimarios en este caso, porque me doy cuenta que nadie se dedica a regalarles aunque sea cinco minutos de cada clase para hablarles de la ética del actor. Y es vital, porque Beethoven decía que había un tres por ciento de talento y un noventa y siete de perseverancia. Yo creo que hay un tres de talento, un cincuenta de perseverancia y el resto –soy mal matemático– está en la ética. Está en la ética con que tú asumes la profesión, la carrera, con que asumes los retos, los riesgos, los tragos amargos, la bienaventuranza de los momentos felices. La ética para mí es fundamental, y me he granjeado amigos, no son muchos pero son muy sólidos, en todos los medios.
El respeto se gana no se impone. Yo creo que el respeto en la profesión sin la ética no puede existir. Si no eres capaz de respetar éticamente tú, de dar todo lo que puedas de ti con toda la seriedad del mundo, nadie puede respetar tu trabajo. ¿Por qué? Porque no te respetas tú tampoco. Entonces, no hay obra. Nunca llegas a ser nada. Y no es que tú aspires a tener “una obra”, en el sentido egocéntrico. (Río) Sí, pero creo que también en la vida uno tiene la necesidad de dejar para los hijos, para la familia, más que la cosa material el hecho de saber que mi padre significó algo, hizo algo en ese sentido. Batalló por el teatro en nuestro país, hizo por que la televisión fuera digna, hizo algo por el cine… No en el sentido pretencioso, pero sí en el sentido pragmático. Vale la pena hacer algo. No podemos pasar por la vida así porque… (Hace una onomatopeya de velocidad.) Pasamos por arriba y vivimos 50, 60, 70 años y como si nada. Porque si no, nada nos diferencia del animal. Creo que lo interesante está un poco en ser inteligente en el paso por la vida…
-Pero ¿cómo tú crees, Fernando, que esas preocupaciones éticas pueden imbricarse en la vida profesional en sí?
¿Cómo crees que concretamente puede lograrse? ¿Mediante qué líneas?
-Habey, pienso que son inse-parables. Partiendo de esa pauta lo vas bebiendo en todo. Porque está en la disciplina, está en el rigor, está en la entrega, está en el placer de hacer, de entregarse, de lograr resultados. Entonces, cada vez que me encuentro con un tema nuevo, con una pauta nueva, con una finalidad pedagógica nueva, indis-cutiblemente ya eso conlleva un aspecto ético que hay que recalcar, que hay que puntualizar, que hay que dosificar todos los días.
Por eso te digo, por ejemplo, con mis alumnos de ISA, yo me quería morir cuando me decían: profe, es que a mí nunca me han hablado de esto. Te hablo de las cosas más elementales. Yo les decía: las clases comienzan 8 y cuarto, 8 y 20 con dolor de mi alma ya no se puede entrar. Y yo quisiera que entraran. No es que no quiera que entren, no quisiera que perdieran la clase. Pero es mucho más importante saber que perdiste una clase y que no vas a perder ninguna más, porque en el resto de tu vida te vas a dar cuenta que con un trabajo colectivo tu tardanza o tu ausencia nos afecta a todos. En el mejor de los casos solo nos pone nerviosos, solo nos pone tensos.
Pero, imagínate, que tú, a la función de las 7 y 30 de la noche, te aparezcas a las 7 y cuarto, fresco como una lechuga, corriendo a maquillarte y a salir a escena. Y la gente que está desde las 6 de la tarde preparándose, desde las 5 de la tarde maquillándose con el rigor del trabajo, está en vilo porque tú no has llegado. Entonces, si desde la academia tú no empiezas a aprender eso, nunca te vas a dar cuenta del peligro en que pones el resultado final de la función. O, sencillamente, que te ausentes de un llamado, como he visto hacer a actores muy nuevos, y eches por el piso, no sé cuánto, 10 mil pesos puede costar el día de grabación. Pero, además, ya ni siquiera es el hecho de perder una cifra astronómica en dinero porque la producción se va al piso ese día, sino además el desasosiego que produce. Es posponer otras responsabilidades que otras personas tienen para otros días ya estipulados de antemano. Es el disgusto, es la burla al trabajo del compañero, del partenaire, que se esmeró en prepararse para ese día.
E incluso, cosas más sencillas pero no menos graves. Yo no me puedo dar el lujo de llegar ante Molina o ante Blaín, ante Corina o ante Verónica Lynn, qué sé yo, te estoy hablando de algunos casos, soy injusto dejando mil fuera, ¿no? Luego, yo no puedo darme el lujo de llegar ante esas personas sin conocer el texto con que voy a trabajar, sin ni siquiera haberlo leído. Entonces, veo gente muy joven que debieran estar orgullosísimos de tener el privilegio de que esas personas se dignen a trabajar contigo. Y de momento, como que eso no tiene ningún valor. Y se dan el lujo de quedarse ahí, o que los maquillen y se tiran a dormir dos horas porque no les toca el llamado todavía. O no importa, me peinaron pero después me retocan. No, es que esa persona que está ahí es un profesional. Tú dependes de esa persona también y esa persona ha estado una hora o una hora y media, dos horas peinándote, maquillándote. Tienes que respetar ese trabajo. Yo no digo que tú no estés cansado, mira, te recuestas y descansas un poco, te relajas psicológicamente, vas a disminuir un poquitico las tensiones que tienes, el estrés. Pero no puedes darte el lujo, macho, de machucar el trabajo de otras personas porque aquí el ombligo del mundo soy yo. Porque mi cara está saliendo en pantalla. Pero es que mi cara no está en pantalla si todas esas personas que están ahí, no colaboran. Y si yo no respeto el trabajo de esas personas, estoy poniendo también en peligro mi trabajo, ¿entiendes?, la calidad de todo un trabajo.
Por eso te digo, es algo que se imbrica de una manera tan profunda que no lo puedes separar jamás. Y creo que justamente un gravísimo problema de las nuevas generaciones es ese, que no se está dosificando como debiera el trabajo con la ética profesional. No se hace, se deja como que eso no tiene importancia, no tiene valor ninguno.
-Otro punto. Cuando pienso en ti, veo al actor de una técnica depurada y en función verdaderamente de la creación. No simplemente una técnica para lucir, una técnica de vitrina. Eso crea en Fernando Hechavarría una especie de halo de actor… ¿cómo decir?, internacional o que puede llegar más allá de la cultura cubana. Es un fenómeno que no pasa en Cuba con muchos actores…
-Yo noto muy pretencioso de mi parte aspirar a esa condición. Si tú lo dices, yo te lo agradezco…
-Lo he pensado durante algún tiempo. Hay una expresión que puede ser más criolla o que puede ser más universal. Y eso puede ser muy interesante en la carrera de un actor. ¿Es para ti dentro de la creación tan importante la técnica actoral como se presume?
-Mira, para mí, la técnica es tan importante como la verdad que se transmite en el trabajo. Es decir, la calidad del resultado artístico, la pasión, el alma que se le ponga al trabajo. Para mí esas dos cosas siempre van unidas. He visto actores muy técnicos que al final me dejan una sensación de frialdad lastimosa. Y yo digo: cuánto desperdicio de técnica. Y eso me lacera.
-Sin embargo, he visto actores muy pasionales, pero digo: qué lástima que no haya un poquitico de técnica para compensar, para ayudar a transitar esa cantidad de matices, de colores, para hacer el personaje de una manera más coherente, más limpia. Por eso para mí es tan importante el trabajo con la técnica, la depuración de la técnica en el actor. No obstante, te digo, es como un equilibrio. Tiene que haber un equilibrio de ambas cosas porque si una de las dos se desfasa ya pierde el encanto de la justa medida. Yo creo que es importantísimo ser veraz, con-vincente, ser visceral, pero sin perder los reglamentos, los rudimentos que ayudan a ser precisos, exactos, sobrios, nada altisonantes. Creo que la técnica ayuda a hacer esas cosas. Por eso para mí la técnica es vital en el actor.
-Cuando me enteré que habías empezado a dar clases, dije:¡claro! (risas), otra cosa no podía ser. Oye, con respecto a tu desempeño actoral hay una esfera poco conocida: la que hiciste en el cine antes de ser bien popular a través de la televisión y la que has hecho después. ¿Qué nos puedes decir de eso?
-Habey, con esto pasa algo. Algunas películas, bueno, estaban hechas antes del boom. Y creo que las posteriores al boom, excepto “Pon tu pensamiento en mí”, son coproducciones. Son películas que desgraciadamente el país no puede subvencionar su compra y, entonces, casi nunca se ve el resultado en Cuba. Y hay bastantes títulos. Pero ya te digo, desgraciadamente, no son de consumo nacional. Y para uno es importante como currículum, como experiencia y tal, pero a nivel popular, a nivel de gente, del conocimiento público es una obra que no existe, que no está.
-En Cuba. Pero en otras partes sí.
-Sí, en otras partes está. Acabo de hacer una película el año pasado en España que ha sido muy bien recibida. Aquí se puso en el Festival de Cine. Se hicieron dos exhibiciones, y amigos que la han visto están muy impresionados con ese trabajo. Pero te digo, tú te enteras de lo que se ha hecho, por las críticas. Me tocó en el cine este período. Pero, bueno, yo lo asumo con mucha tranquilidad. -¿Y en cuántas producciones cinematográficas has trabajado?
-Hay como 17 títulos por ahí. Me gustaría que hubieran sido muchos más, pero, bueno… (Risas.) Espero que vengan tiempos mejores en ese sentido. Yo espero que el cine cubano tenga un levantón en algún momento. Se puedan hacer producciones netamente nacionales, con temas bien interesantes porque talento hay de sobra. Espero que sí, que eso venga.
-¿Consideras que hay una peculiaridad en la actuación en el cine y en la televisión?
-Yo creo que cada medio tiene su forma expresiva particular, indiscu-tiblemente lo tiene. Y tú lo que haces es adecuar tu manera, tu estética a eso. Es como un sexto sentido, es un olfato que tienes o no tienes, que nadie enseña. Yo coincido con Pomares –esa irreverencia magistral de Pomares– que dice: “oye, todo el mundo te puede hablar de actuación pero nadie te va a enseñar a actuar” (risas.) Te van a dar pautas, no sé cuántas cosas, pero enseñar a actuar, eso tú vas a aprenderlo solo. Por lo que te dice este, por lo que el otro te indica. Uno da rudimentos, uno da pautas basándose en la experiencia personal, pero enseñar a actuar eso no lo puede hacer nadie. Eso es algo que uno trae dentro, que se perfila, que con el tiempo encuentra las vías idóneas para ir sacando afuera esa necesidad expresiva, esa capacidad expresiva. Pero enseñarlo, eso no lo enseña nadie, nadie. Si yo me pongo a ver a Jeremy Iron, que es mi actor fetiche justamente por eso, por lo de la técnica, ¿no?…
-Y para mí también. |
|
 |
-¡Ah (ríe) coincidimos! Yo creo que es un actor donde tú nunca encuentras las costuras de los personajes. Es el equilibrio justo que te decía entre la pasión y la técnica, entre el alma, la espiritualidad y la técnica. A ese señor tú lo ves trabajar desde “La Misión” hasta “Heridas”, no sé. Puedes pasar por todo lo que quieras, “La casa de los espíritus”. Por Dios, qué hay detrás de ese hombre, qué cosa tan grandiosa puede haber en el alma de ese ser humano para hacer eso sin que tú te des cuenta de que tiene una técnica super depurada. Te sientas a desmenuzarlo y te das cuenta de que es una técnica magistral. Pero amparada también por un corazón, ¡vaya!, extraordinario. El corazón de un cíclope por lo menos, porque no es de un ser humano normal (sonríe).
-No sé si lo dijiste a conciencia, pero te referiste a la “espiritualidad del actor”.
-Sí.
-¿Qué es eso?
-Bueno, yo creo que muchas veces nos dicen: los actores son especiales, los artistas en general, pasa con los bailarines, con los plásticos, con los cantantes. Yo creo que el arte tiene eso. Pero para mí, el actor lo tiene en una medida quizás suprema, porque de todas las artes la actuación es la única que te lanza desnudo al ruedo. En el ballet tú tienes una técnica rígida, perfecta, precisa que te dice esto es lo que tienes que hacer. A eso le pones el plus aquel.
Pero tú sabes que si el fouetté no está hecho de esta manera, si el ángulo de las piernas no es correcto, si el empeine no es tal, ya son elementos que van restando calidad al resultado del bailarín. Con el músico está el instrumento que lo domina, con el pintor está el dominio de los pinceles, de la técnica, del color. Pero con el actor… eres tú solito, eres tú y tu cuerpo allá arriba tratando de expresar cosas. Y entonces, lo único que te hace saltar por encima es la capacidad espiritual que tengas.
Tú me hablabas ahorita como de un halo, ¿no?, que decías que podía rodear a uno en un momento determinado del trabajo. Yo creo que es eso. Eso que, incluso, algunos amigos me han dicho: yo te veo y es como si hubiera una luz al alrededor. (Risas.) Me ha asustado, me ha asustado realmente (risas), porque… (risas) o es un don que tengo y nadie me lo había explicado… (risas). No. Además, yo pienso que te miran más con los ojos del cariño que con otra cosa. Lo que sí te puedo asegurar es que hay alrededor mío, cuando trabajo, una sublimación del espíritu. Es como la sublimación de las pasiones, buenas o malas, según el personaje las necesite. Es como darle un tono supremo, y si no eres capaz de disfrutar, de tener una espiritualidad particularmente elevada eso no se produce. No llegas a acceder al personaje.
-Cuando hablaste de esa aureola me hiciste recordar tu interpretación del John Proctor en “Las brujas de Salem”, de Miller. Recuerdo que te acercabas a Abigail y no decías nada. Y, sin embargo, ya lo estabas diciendo todo. Ahí se veía eso que tú refieres como espiritualidad del actor. Es decir, no se ha dicho una palabra, se han hecho acciones mínimas, pero hay un estado y una emanación que lo dice todo. ¿Será una técnica interior?
-Yo pienso que eso es entrega. Hay un criterio equivocado, desde mi óptica. No sé si el equivocado soy yo, pero para mí el hecho de actuar a staccato, actuar solo cuando me toca, actuar solo cuando hablo es un error garrafal. Primero porque estás cercenando la mitad del trabajo, estás dejando de disfrutar la mitad del personaje. Incluso, en la televisión, en los medios, se hace mucho. Cuando yo no estoy en el plano o cuando supuestamente el plano no es favorable a mí, yo estoy como referencia. He visto muchos actores que no actúan en este sentido. Solo dan pie, es una pauta, y yo creo que es un error garrafal porque además con las nuevas técnicas de la televisión donde puede haber tres, cuatro cámaras, el switcherman está preparado y, en dependencia de la potencialidad que tú estés entregando, el tipo decide ponchar. A lo mejor decide ponchar tu cara antes que la del actor que está hablando en un momento determinado. Incluso, ayudas a levantar el texto del actor que está diciendo. No porque esté mal sino porque tu reacción es tan importante que lo que hace es reafirmar, confirmar o contradecir lo que el otro está diciendo.
| Entonces, eso para mí es vital. Me lo enseñaron desde el teatro, o por lo menos me indujeron por ese camino, para no entrar en contradicciones con lo que dijimos antes sobre la técnica y enseñar a actuar. Yo veía que Eguren lo hacía todo el tiempo, y veía que los soviéticos lo hacían todo el tiempo, ¿entiendes? Cuando subían a explicar-nos en escena, explícitamente, no implícitamente ya, sino explícitamente, qué querían lograr de nosotros, yo me daba cuenta de que era un hilo conductor que no paraba nunca. Empezaba desde que comenzabas a maquillarte y terminaba cuando acababas de desmaquillarte. Es un fenómeno de que, cuando salgo por la pata del escenario, ese mundo tiene que seguir ahí. |
|
Estoy seguro
y convencido de que si Hitler hubiera tenido otro entorno, otra historia,
no hubiera sido
el monstruo que fue
al final. Desgraciadamente eso es así. Los afectos o la carencia de los afectos lastiman mucho, laceran mucho. Por eso para mí
es tan importante la labor
con los adolescentes. |
No es que me enajene, ten cuidado con eso. Te repito, no sé si yo estoy equivocado. Me imagino, para mí sería imposible hacer Calígula con esa manera de ver el arte. Yo no podría salir de escena, desconectar el plug, pensar en cualquier otra cosa y volver a engancharlo para la escena siguiente. No, eso es un hilo. Y me estoy cambiando de ropa y me están retocando el maquillaje o el peinado, no sé que, y estoy en trámites, fíjate, estoy buscando utilería que dejé aquí o cosas que dejé acá, pero al mismo tiempo mantengo ese hilo del personaje. Y yo creo que eso es parte de la espiritualidad de que hablaba ahorita. La espiritualidad que requiere ese personaje para que tú transites por él armónicamente hasta el final. Si no, estás cortando el encanto del trabajo, de la profesión.
No se puede llegar al extremo de enajenarse uno, pero sí esa cosa que ya se convierte en algo visceral, ya es un proceso psicofísico en el que influye lógicamente el vestuario, el maquillaje, todo ese proceso. Una expresión del arte que me resulta extraordinaria, de una riqueza infinita, y que por desgracia, por no ser japonés, nunca voy a poder desentrañar hasta sus últimas raíces, es el kabuki. A mi me fascina. Yo daría la vida por llegar a Tokio, sentarme a ver una función del kabuki y virar para atrás. Es decir, 24 horas de viaje para allá, cuatro de función y regresar las otras 24. Sin ver más nada. No me importa la pacotilla, ni la parafernalia de Tokio, sino poder disfrutar de eso. He podido ver cosas del bunraku, de no sé que, en festivales. Pero tú sabes que para ver el kabuki hay que estar allí, en el teatro del kabuki. Ellos, desde que… creo… tengo entendido, desde que amanece el día de la función y según van pasando las horas los intérpretes se van preparando psicológicamente para la función. Y debe ser impresionante lo que esos seres humanos viven o experimentan interiormente.
-¿Cómo te va con los personajes negativos? Porque has hecho galanes, personajes positivísimos, edulcorados, pero también has interpretado criaturas un tanto sórdidas y complicadas. ¿Cómo te va con esos otros?
-Yo creo que me entrego, Habey, con la misma pasión a las dos variantes. A lo mejor es que tengo un “demonio” enorme por dentro y lo canalizo para bien ahí. Pero indiscutiblemente pasa algo. Como medida general, los personajes negativos son mucho más ricos en color, son más ricos en matices, por lo general, sobre todo los personajes positivos de los medios masivos son mucho más monolíticos, más de una sola pieza, son menos dado a las grandes pasiones y a las grandes contradicciones. Y eso hace que uno disfrute más desde el punto de vista creativo los personajes negativos.
La gente me decía en la calle con el Billito: nunca te habíamos visto hacer eso, no quiero vértelo hacer. Otros me dicen que sí, que valió la pena. Y me dije: valió la pena el salto solo por el hecho de mostrar que hay facetas por descubrir en el plano profesional, y facetas por descubrir en el plano personal que a veces son insospechadas que uno pueda realizar. Sin embargo creo que los personajes más agradecidos por el público y por uno en el teatro, han sido, para mí, los personajes terribles de “Escuadra hacia la muerte” o “Calígula”, o este mismo de “Las brujas de Salem” del que hablabamos ahorita. Son esos personajes los que tienen mayor potencialidad, y por eso me resulta muy atractivo hacerlos.
-Tengo una tentación muy grande de seguirte preguntando sobre los personajes negativos (reímos), pero debo saltar hacia otro tema… Después de haber accedido gentilmente a abordar temas tan complejos y delicados del arte del actor, advierto que lo más elemental todavía no te lo pregunté (risas). ¿En qué anda el actor Fernando Hechavarría?
-Estoy inmerso en un espectáculo basado en una obra que a lo mejor conoces. Se titula “Chamaco”. Nada, yo tenía desde hace tiempo el enanito de trabajar con Carlos Celdrán, una persona a quien respeto muchísimo, y a quien he aprendido a estimar también sobre manera en este período de trabajo. Vamos a estrenar “Chamaco”, una obra de Abel González Melo, un texto que a mí me parece que va a ser un hito. Pero además una puesta que yo creo que viendo las últimas cosas que ha hecho Carlitos (“El enemigo del pueblo”, “Pasolini”) es como trancar un ciclo. Y creo que le cayó en la mano un texto que le da la posibilidad de hacer eso. Porque es el trabajo del actor puro, a pulmón, solito ahí encima, sin parafernalia. Y eso ya me absorvió. Además, estoy preparando una película con Daniel Díaz Torres y una novela, “Hombres de fuego” con Nohemí Cartaya. Es un tema bien interesante que no se ha tocado mucho, el mundo extraordinario de los bomberos. Aunque no hago un bombero. No tengo edad para hacer un bombero (risas). Hago un cardiólogo pero bien vinculado en toda esa historia. Y me parece muy agradable lo que se puede producir alrededor de esa novela. Vamos a ver. Confío en que, como siempre, Nohemí esté a la altura de eso.
-Son tres trabajos fuertes.
-Fuertes, muy fuertes.
-¿Cómo puedes combinarlos?
-No sé (ríe). Te confieso que no sé. Porque además están las clases en el ISA y están las clases en la ENA. Todas esas cosas juntas.
-Esas sí las das de madrugada, esas las das entre las 3 y las 4 de la mañana…
-Yo no sé. A veces me pongo un poco neurótico en la casa y la gente me dice: oye, afloja, afloja la mano. Pero es que también son muchas presiones, ¿no? Yo le decía a Raúl León que a veces uno tiene que decir, no, hay que aflojar un poquitico la mano, porque ya no es la misma capacidad de asimilación de hace 20 años. Pero nada, igual me hace muy feliz poder hacer tantas cosas. Pienso que la vida es muy corta para lo que uno quisiera hacer.
-Al cabo de tu experiencia humana y profesional, cómo ves a la familia de la que procedes, a tus padres, a tus primos, si tuviste cercanía con ellos, a tus tíos, a tu origen? ¿Cómo ves eso? ¿Y cómo te sigues relacionando con ello?
-Estoy muy ligado a las raíces. Yo creo que el hombre que no estime en su justa medida sus raíces está perdido.
Entonces, la familia es un eslabón vital de esas raíces, es el centro, es como la raíz principal. Y, lógicamente, a los padres, de entrada, hay que agradecerles el hecho de estar aquí, de estar vivo, de regalarnos ese don extraordinario que Dios te da que es la vida, sin ellos no hubiera sido posible llegar hasta acá. Porque, además, somos concebidos a través de ellos, por lógica.
Y junto con ellos, ese núcleo estrecho, inicial, que es la familia de hermanos, de primos, los más allegados, son los que a la larga, te das cuenta con los años, ayudaron a formar tu personalidad, quizás tus amigos más íntimos. Son estas las personas que de una manera u otra moldearon tu personalidad por el camino. Porque es la edad en que se produce la génesis de la personalidad que después se perfila con el tiempo para bien o para mal. Y ya te digo, miro la familia con un tremendo cariño, con un tremendo respeto, con un tremendo agradecimiento. Incluyo, te repito, para mí los amigos, los grandes, los viscerales, son parte de mi familia también. Y nada, no hay para ellos más que afecto, que agradecimiento, que ternura, que respeto, porque lo bueno o lo malo que soy, es gracias a ellos también.
Uno no es un elemento raro, no vino en una lata de Marte. A uno lo forma lo que tiene alrededor. Incluso, eso de que hay seres que vienen malos, yo no lo creo. Hay seres que se vuelven malos porque el entorno los lleva por un mal camino y no son capaces de percibirlo a tiempo, o quienes los rodean no tienen la lucidez suficiente. Estoy seguro y convencido de que si Hitler hubiera tenido otro entorno, otra historia, no hubiera sido el monstruo que fue al final.
Desgraciadamente eso es así. Los afectos o la carencia de los afectos lastiman mucho, laceran mucho. Por eso para mí es tan importante la labor con los adolescentes, como profesor ya. Porque no es solamente instruirlos, sino también alimentarlos espiri-tualmente, hacerlos crecer.
|
|