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<< ABRIL / 2006 - No.151

 
La resurrección de Jesús significa la victoria del Dios de vida que, encarnado y desde dentro de la humanidad, vence al sufrimiento y a la muerte. Por eso la Iglesia celebra esta fiesta durante siete semanas donde se va presentando la experiencia pascual: Jesucristo vivo irrumpe en la existencia de los discípulos cincuenta días. En la última se proclama solemnemente la buena nueva en la solemnidad de la Ascensión: Jesús de Nazaret ha entrado ya en ese mundo de vida plena sin muerte, abriéndonos un camino para todos. Siguiendo el evangelio de cada uno de estos domingos, vamos a presentar la fe cristiana como experiencia pascual o encuentro con Jesucristo vivo que nos comunica vida.
 
por Padre Jesús ESPEJA, OP
Oyentes de la Palabra. La fe cristiana, encuentro con el Resucitado.
La fe critiana, encuentro con
el Resucitado
 

 
DOMINGO 2 DE PASCUA:
LA SENSACIÓN DE PAZ Y DE PERDÓN:
23 de abril: Jn 20, 19-31
 

Los seres humanos experimentamos deficiencias, tenemos conflictos en nuestra intimidad, en nuestra familia, en la sociedad; incluso hacemos cosas que no creemos justas, y dejamos de hacer otras que deberíamos hacer. En nuestras relaciones con los otros hay a veces sentimientos de rechazo, odio, venganza. Nuestra conciencia nos dice que eso está mal y en el fondo ansiamos el perdón y la paz.

Pintura del abside de la Catedral de la Almudena de Madrid.
Pintura del abside de la Catedral
de la Almudena de Madrid.
Cuando Jesús fue condenado a muerte, los discípulos que lo habían acompañado por tierras de Palestina, huyeron y se cerraron en casa por miedo; incluso llegaron a renegar del Maestro como fue el caso de Pedro. Se daban cuenta que habían sido cobardes y no habían respondido a la amistad y ejemplo de Jesús. Pero inesperadamente, el Resucitado entra en la vida de los discípulos muertos de miedo y “con las puertas bien cerradas”. Y en vez de recriminar su cobardía, su traición, les infunde alegría, paz y perdón incitándoles a que confíen.

Todos los cristianos participamos la misma fe de los discípulos. El Resucitado también se aparece hoy a cada uno de nosotros, en nuestra intimidad y cuando estamos celebrando la eucaristía del domingo, inspirándonos alegría, paz, sensación de perdón; y dándonos ánimo para perdonar y dar paz a los otros.

 
DOMINGO 3 DE PASCUA:
LA FE COMO CONFIANZA:
30 de abril: Jn 24, 35-48
 

La fe no es sólo aceptación de verdades misteriosas que no entendemos que nos proponen, sino sobre todo un encuentro personal con Dios tal como se ha revelado en Jesucristo; como ese Dios es siempre mayor, siempre también nos pide, ante nueva situación, que salgamos de la propia tierra. Por eso ante las dificultades de la vida, llegan las dudas: ¿está o no está Dios con nosotros? ¿Podemos seguir confiando?

Los discípulos primeros de Jesús no vieron al Resucitado con los ojos de la carne, sino con los ojos de la fe. Como nosotros, también ellos dudaron: ¿el Resucitado no será un fantasma? Si Dios ha resucitado a Jesús ¿por qué guardó silencio cuando le crucificaron? La experiencia de fe o encuentro personal con el Resucitado les dio confianza: ¿no ven como a lo largo de toda la Biblia se va manifestando cómo Dios realiza la salvación no por el poder de los faraones sino por aquellos y aquellas que se entregan por amor?

Hoy también nosotros tenemos esas mismas interrogantes y otras dudas.

Pero el Resucitado nos habla desde dentro a cada uno de nosotros y también a toda la comunidad cristiana: “¿por qué se alarman? ¿Por qué surgen dudas en su interior?; soy yo en persona”. Muchas veces seguimos pensado que nos salva el poder y el dominio sobre los demás. Pero lo que nos salva, nos humaniza, es el amor de Dios que gustamos en nuestra intimidad y nos da impulso para amar a todos.

 
DOMINGO 4 DE PASCUA:
ESCUCHAR LA VOZ DEL RESUCITADO:
7 de mayo:Jn 10,11-18
 

La vida humana es un movimiento; continuamente cambiamos biológica y psicológicamente; cada momento el organismo se renueva y se adapta. En ese dinamismo de cambio avanza también la fe; nos vamos haciendo creyentes cada día y cada instante. Pero ¿cómo mantener la fe o confianza en esa historia cambiante?

La resurrección de Jesús fue un acontecimiento que tuvo lugar hace dos mil años; pero los primeros cristianos vivían ese acontecimiento como teniendo lugar en ellos. Y así san Pablo dice: “vivo, mas no yo, sino Cristo que vive en mí”. Esta presencia viva del Resucitado en la intimidad de cada uno es lo que llamamos fe cristiana, vivida intensamente en la primera generación cristiana.

Según el evangelio, el proyecto de Dios es que todos los seres humanos formen una sola familia. Para ello se trae la imagen muy elocuente en el mundo rural donde vivió Jesús, del pastor y las ovejas; el pastor va delante marcando el camino y las ovejas, escuchando su voz, le siguen. “Escuchar” es más que oír; dejar que la llamada, que todos los seres de algún modo sentimos en lo más profundo y sano del corazón, transforme nuestra intimidad, inspire nuestros programas y anime nuestra conducta. Jesús de Nazaret tejió toda su existencia desde Dios-amor (Padre, Abba), Centro absoluto que mira con amor a todos los seres humanos y trabaja para que todos lleguen a la vida en plenitud. La presencia del Resucitado nos invita y nos impulsa para que “re-creemos” su conducta histórica en nuestra propia historia. Eso significa vivir la experiencia pascual.

 
DOMINGO 5 DE PASCUA:
VIVIR LA VIDA DEL RESUCITADO:
14 de mayo: Jn 15,1-8
 

Todos ansiamos la vida que significa salud en todos los ámbitos, bienestar, libertad, felicidad. Nos afanamos por mantener la vida que ya tenemos y buscamos la forma de mejorarla. Para ello normalmente pensamos en tener, poder y gozar lo más posible. Pero el resultado final no es satisfactorio; con las posesiones, con el dominio sobre los demás, con la utilización de los otros para placer nuestro, no se consigue el amor ni la felicidad que anhelamos.

Jesús de Nazaret dijo algo nuevo y desconcertante: “el que quiera guardar la vida, la pierde; y el que pierda la vida por el evangelio, se salva”. Estas palabras suponen que hay en nosotros una vida animal, que nos lleva instintivamente a utilizar y aprovecharnos de los otros; pero que también, como seres humanos e imagen de Dios, somos llamados a una vida superior que incluye la vida instintiva del animal, dando a los instintos horizonte más amplio en el amor. El evangelio nos enseña que todos somos hermanos y que debemos amarnos “no sólo de palabra y de boca, sino con obras y según la verdad”. Luego “gastar la vida animal” o mejor dicho proyectarla en ese evangelio es lo que realmente nos perfecciona o humaniza.

El Resucitado es Jesús de Nazaret que “pasó por el mundo haciendo el bien, curando enfermos” y combatiendo las fuerzas malignas que tiran a las personas por los suelos. Por eso en la resurrección se manifiesta como “la nueva humanidad”, el hombre plenamente realizado. Los creyentes cristianos reciben ese mismo espíritu, esa misma vida. Son como los sarmientos en la viña, como las ramas del mango, tienen y participan la única vida del árbol. Si rompen la conexión, se secan y ya no dan fruto.

 
DOMINGO 2 DE PASCUA:
CONCIENCIA DE SER AMADOS:
21 de mayo:Jn 15,9-17

 
Todos necesitamos que nos valoren y sentirnos amados. Por eso muchas veces tratamos de ser amables. Saber que alguien no ama, nos acepta y está siempre de nuestro lado, es la buena noticia de Jesucristo. Sobre todo cuando ese “alguien” es Dios mismo que no sabe más que amar.


Jesús de Nazaret fue el hombre que experimentó de modo único la presencia, la cercanía, la intimidad con ese Alguien: “porque Dios estaba en él”, Jesús fue libre, hizo siempre el bien, siguió esperando incluso en su martirio. A este Jesús los cristianos confesamos el Hijo, la Palabra, Dios encarnado. Su vida y su muerte ante todo y sobre todo fueron la expresión de ese amor, que se manifestó como plenitud de vida en la resurrección.

La experiencia pascual se manifestó como amor incondicional de Dios a favor de los seres humanos. El que se encuentra personalmente con el Resucitado, se sabe acogido, valorado y acompañado: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor”. La primera comunidad cristiana vivió intensamente la experiencia pascual: “amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios”. El que se encuentra con el Resucitado entra en ese dinamismo singular que llamamos “gracia”: se siente agradecido y trata de ser agradable para los demás.

 
DOMINGO 7 DE PASCUA:
ENVIADOS PARA SER TESTIGOS:
28 de mayo: Luc 16, 15-20
 

En la intimidad de nosotros mismos puja siempre un anhelo de “ser más”, crecer, ascender. Y espontáneamente ponemos en contraste el lugar donde estamos ahora y el lugar donde queremos llegar. Así lo expresamos con los símbolos tierra y cielo. Llegamos al extremo de identificar la tierra con “un valle de lágrimas” mientras soñamos con ese cielo, encuentro de felicidad sin sombras.

En ese marco la resurrección de Jesús es presentada como Ascensión a los cielos: Jesús de Nazaret, condenado y crucificado, ha entrado ya en el cielo, en la vida, la felicidad y la gloria. Los discípulos, que habían caminado con Jesús, y a quienes el Resucitado les salió al encuentro, entendieron lo que les encargaba el Maestro: “vayan al mundo entero y proclamen el evangelio”. Así lo hicieron hasta entregar la vida por ese anuncio.

Hoy el Resucitado habla también a cada uno de nosotros y a la Iglesia en Cuba: “no pierdan el tiempo mirando al cielo”; sean testigos del evangelio en todos los sitios. El cristiano, que de verdad gusta la bondad de Dios a favor de todos, que ha experimentado el perdón y la paz, no puede menos de comunicar esa buena noticia de vida, de perdón y de paz a quienes caminan en la existencia atemorizados por el miedo a la desgracia, la enfermedad, la muerte y el castigo de los dioses. La resurrección o ascensión del Señor garantiza que nuestro futuro ya está habitado por la gracia. Vivir como resucitados es transmitir optimismo y esperanza con nuestra forma de vivir y de actuar.

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