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<< ABRIL / 2006 - No.151

El movimiento de los Focolares está entre nosotros.
Chiara Lubich con Su Santidad Juan Pablo II. Chiara Lubich con Su Santidad Juan Pablo II.
por Raúl León PÉREZ.
 
Para la próxima celebración de Pentecostés que ha de celebrarse en junio del presente año, el Santo Padre Benedicto XVI ha convocado a todos los Movimientos y Nuevas Comunidades de la Iglesia a celebrar esta Solemnidad en la Plaza San Pedro, de Roma. Este encuentro quiere estar en continuidad con el realizado en el 1998 por Juan Pablo II. La cita se realizará el sábado 3 de junio, Vigilia de Pentecostés, y dará comienzo con un programa de cantos, oración y testimonios de todos los Movimientos. Una novedad en esta ocasión es que cada Movimiento animará en distintas Iglesias de Roma una vigilia de oración según el propio estilo, para preparar al evento del día siguiente pero también sensibilizar y comprometer en este acontecimiento eclesial a la Ciudad de Roma que lo acogerá.

Los días 31 de mayo, 1 y 2 de junio, se realizará un Congreso de profundización –como se hizo en el 1998– al que asistirán representantes de cada Movimiento eclesial.

Por eso nos ha parecido bien acercarnos a estos Movimientos que realizan su labor en nuestra Arquidiócesis. Algunos de ellos han recorrido un largo trecho en la vida de nuestra Iglesia y otros apenas comienzan a dar sus primeros pasos.

En este número conoceremos sobre el Movimiento de los focolares o la Obra de María (Movimiento dei Focolari) el cual es reconocido por el Consejo Pontificio para los laicos como asociación internacional de derecho pontificio.
Fue fundado por Chiara Lubich quien nació en Trento, Italia, en 1920. Cuando su padre pierde el trabajo como tipógrafo por su declarada posición antifascista, Chiara tiene que trabajar como profesora particular para pagarse sus estudios de magisterio, logra diplomarse en 1938 y comienza a trabajar como maestra. El inicio de la II Guerra Mundial truncará sus estudios de Filosofía en la Universidad de Venecia.

A los 19 años Chiara intuye el designio de Dios sobre su vida; participaba en un Congreso de estudiantes católicos en el Santuario de Loreto, en 1939. Así lo describe ella: “…la primera vez que entré a la casita*…experimenté una gran emoción…como si una especial gracia de Dios me envolviese completamente, como si lo divino casi me aplastase…La casita de Loreto había revelado a mi corazón algo misterioso y sin embargo cierto: un cuarto camino (que no es ni el matrimonio, ni la vida consagrada clásica, ni la consagración individual en el mundo) que se concretaría, a imagen de la Sagrada Familia, en una convivencia de vírgenes y casados, todos entregados a Dios, si bien de distinta forma, es decir, el focolar”.

El 7 de diciembre de 1943, fecha de consagración de Chiara a Dios, es considerado por los focolarinos y focolarinas como la fecha de fundación, como el inicio de esta vida en la que ellos, detrás de Chiara, se han aventurado y como el inicio del movimiento mismo en sus 22 ramificaciones. La espiritualidad de la unidad anima a todo el Movimiento, es el “humus” del que extraen su linfa sus múltiples realizaciones.

Corrían los años terribles de la II Guerra Mundial y Chiara decide permanecer en Trento en medio de los constantes bombardeos. En medio de las vanidades del mundo y el horror de la guerra descubre a Dios como único ideal que permanece. Para protegerse de las bombas, debía acudir a los refugios hasta once veces al día junto a las primeras jóvenes que se habían sumado a ella y allí, a la luz de una vela, comienza a leer el Evangelio. Para corresponder al amor del Dios-Amor descubierto, arriesgando más que nadie sus vidas en los bombardeos, se entregaban a atender a los más necesitados en la ciudad ayudando a llegar a los refugios a los más lentos e impedidos al sonar las alarmas. El “que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn. 17,21) se convirtió para ellas en la “carta magna” que inspiraría el ser y quehacer en sus vidas. En torno a aquel grupo de chicas que constituirían el primer “focolar”, en pocos meses se reunirían más y más personas atraídas por la radicalidad de esta vida.

En 1948 la iniciadora de la Obra de María conoce a Igino Giordani, diputado, escritor y periodista, pionero del ecumenismo y padre de cuatro hijos quien queda de tal modo impresionado por la personalidad y la espiritualidad de esta joven que decide incorporarse al grupo de los primeros que la siguen. Fue el primer focolarino casado y es reconocido como co-fundador por la aportación que dio para la encarnación en lo social de la espiritualidad de la unidad.

Sin lugar a dudas, la aportación particular, distintiva, del movimiento a la Iglesia y a la humanidad de hoy es su contribución a la fraternidad universal y a su esfuerzo por crear la unidad, en la diversidad, de la familia humana a través de cuatro diálogos:

–Diálogo dentro de la iglesia católica, fomentando también la unidad entre los seguidores de los distintos carismas, antiguos y nuevos, con los que el Espíritu Santo ha embellecido a la iglesia a través de los siglos.

–Diálogo entre cristianos de distintas iglesias y Comunidades Eclesiales.

–Diálogo con fieles de otras religiones.

–Diálogo con personas de buena voluntad de convicciones no religiosas.
Vista de una Mariápolis.
Vista de una Mariápolis.

Con el correr de los años, han sido numerosos los premios y homenajes nacionales e internacionales recibidos por Chiara hasta nuestros días, en reconocimiento de su obra. Baste mencionar el premio Templeton (Londres, 1977) “para el progreso de la religión”; el premio UNESCO (París 1996) “por la educación a la paz” el premio de los Derechos Humanos (Estrasburgo 1998) junto con los Doctorados Honoris Causa en ciencias Sociales por la Universidad de Dublín (Irlanda), de Teología (Filipinas y Tai-wán)…Reconocimientos que ha aceptado, sin renunciar a uno de sus principios: Tanéta e buséta (humildad y escondimiento) deseando que sirvan para la Gloria de Dios.

En honor de María, las 32 pequeñas ciudades de testimonio esparcidas por el mundo entero toman el nombre de “Mariápolis” (ciudad de María) y se llaman así también las reuniones de algunos días –en las que convergen personas de todas las edades y vocaciones–típicas del movimiento. También los centros para la formación espiritual y social de los miembros (63 en 46 países), ámbito para encuentros ecuménicos e interreligiosos, están dedicados a la Virgen María: son los “Centros Mariápolis”.

El carácter ecuménico y universal de la obra de María, hace que este Movimiento esté presente en 81 países de los cinco Continentes. Tal y como escribiera Manuel María Bru en su obra, ‘Testigos del Espíritu’: “Ahora (…) toda la Iglesia puede dar gracias a Dios por contar entre el hermoso jardín de los carismas de la Iglesia con una obra que hace extensible en todo el mundo, la mirada de una mujer excepcional y que por medio de esta mirada cuenta con una nueva y suave, paciente, fiel y amorosa presencia de María, alma de la Iglesia y corazón de la humanidad”.


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