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<< MAYO / 2006 - No.152
GLOSAS CUBANAS

 
.Úrsula Pérez Avellano.
 
por Perla CARTAYA COTTA
   

“Y si alguna vez me paro y vuelvo hacia atrás la vista,
siempre, ayer, siempre te encuentro siguiendo mi propia vía”.

U.C. (De “Ayer”)
   
Úrsula Pérez Avellano.
La bayamesa que hoy se asoma a esta galería nació el 21 de octubre de 1832 en la hacienda “Guanajacabito”, propiedad de sus padres, don Manuel y doña Bárbara, ambos hijos de esos lares.
El matrimonio Céspedes-Arellano, felices por la seria inclinación al estudio de José María, el primogénito, sonreía complacido ante la tendencia de la niña a recitar y escribir poesía.

Úrsula disfrutaba paseando por el campo, siguiendo la ruta de las mariposas del alba, fuente algún día de su inspiración, indagando con los campesinos acerca de los árboles que intuía llenos de misterios. Mientras ella espigaba, su hermano concluía con notable éxito los estudios en el Seminario de San Basilio el Magno y recibe el premio que sus padres le otorgan: lo complacen en su deseo de cursar estudios superiores en la capital de la Isla. De modo que en la universidad fundada por la Orden de los Predicadores, obtiene con distinciones el título de Doctor en Leyes y merecerá, más adelante, la cátedra de Jurisprudencia en la cual se destaca como docente. Pero estuviese lejos o cerca del hogar donde recibió el amor de sus padres y hermanas, él siempre comprendió y guió las inquietudes literarias de Úrsula.

A los dieciséis años de edad Úrsula era ya una belleza criolla, cuya presencia reclamaban los mejores partidos de su tierra natal. Su hermano, ya casado con doña Isabel Lastras Ginarte, regresa de vacaciones al seno familiar y obsequia a la muchacha libros que ella lee con avidez. Ya por entonces escribía versos, que firmaba con el pseudónimo de Serrana, los cuales publicaba en El Redactor de Santiago de Cuba. José María le da lecciones de literatura y le proporciona que los acompañe al viaje de recreo que el matrimonio realizará por distintos lugares del país; esta fue una ocasión inolvidable para la joven poetisa porque fortalecerá en ella la influencia del paisaje cubano y de la cultura de su hermano.

Úrsula era una joven alegre, virtuosa y soñadora, de carácter afable, sabía mantener distantes los galanteos de quienes pretendían obtener su mano; hasta que conoció al escritor Ginés Escanaverino de Linares (1834-1910), redactor del periódico local La Regeneración, con quien contrajo matrimonio en 1857. Esposo y amigo, la ayuda a proseguir el camino de la cultura, de manera que, al año siguiente, ella obtiene el título de profesora de Instrucción Elemental y funda el colegio para niñas “Santa Úrsula”. He leído que en ese plantel, que fue pensionado por el Municipio, se educaron centenares de niñas que supieron honrar a sus familias y a la sociedad.

Por el mismo camino, ve la luz, en 1861, su primer volumen de versos, Ecos de la selva, prologado por su deudo Carlos Manuel de Céspedes, reconocido con el tiempo como Padre de la Patria. En esa ocasión, Céspedes escribió: “Úrsula no es la poetisa del arte, que canta con la cítara en la mano; es la poetisa de la naturaleza que canta como las aves y suspira como los céfiros. Su inspiración le viene de Dios y si le preguntarais la razón de ella, quizás os diera la misma contestación de un pájaro de la selva, a quien preguntaráis: ¿por qué canta?” Céspedes era entonces redactor de La Antorcha, en Manzanillo, y en sus páginas, tras el pseudónimo Carlos Enrique de Alba, aparece “Visita a la casa paterna”, uno de los trabajos en prosa más logrados de Úrsula según sus críticos, el cual escribió tras cierto tiempo de ausencia: “…Nuestra casa, que antes era una colmena bulliciosa donde se veían tantos rostros juveniles, tantas bocas risueñas… ahora está vacía y silenciosa… la arruga de la frente de mi padre se ha hecho más profunda, y la mirada de mi madre… busca en torno algo que no encuentra, y se cubre de lágrimas… y yo ¿habré cambiado tanto?.. ¡Cuatro años tienen tantas horas!..”

Úrsula amó profundamente a la naturaleza; se esforzó por penetrar en el simbolismo de los árboles; en La Flora Cubana invitó a sus compatriotas a recorrer los bosques y las selvas vírgenes de Cuba, y a detenerse un momento “al pie de cada árbol, de cada arbusto, de cada planta parasitaria y de cada flor, y se os revelará en cada uno de ellos un pensamiento, una sensación, un afecto y una pasión semejantes a los que veis germinar cada día en los profundos abismos del corazón humano”. Así, para ella, la caoba era un símbolo de fuerza y valentía, cuyas poderosas ramas eran capaces de resistir los soberbios ímpetus de las tempestades; el cedro era el grande, generoso y venerable patriarca de los bosques; la ceiba: el gigantesco profeta de los campos; el bambú: gran músico de las riberas; la palma: gallarda y encantadora sirena de los valles, atrae a los viajeros con el armonioso susurro de sus hojas: el jagüey: bandido astuto y alevoso de la selva, pide al cedro sencillo y generoso un apoyo para medrar, luego lo traiciona al extender sus brazos con cautela y ahogar en ellos a su bienhechor: alerta contra la zarza, áspera y furiosa, siempre dispuesta a clavar sus uñas rencorosas en todos los que pasan por su lado, y contra el guao: cobarde y cruel verdugo de la selva.

Las fuertes dificultades económicas de la familia conducen a Úrsula a dejar de escribir para consagrarse completamente al cuidado del hogar en su doble condición de esposa y madre; confía plenamente en el hombre al que se unió por amor y que le proporciona paz, devoción y respeto, entonces le dedica: ¡Quiero darte más!

  “Si pequeño aquel nido te parece
que no me quieres dar,
levantamos otra así como ese,
a la orilla del mar.
Nuestros hijos se cansan; si quisieras
pudieran reposar;
pero siempre me dices: -“Si tú esperas,
yo puedo darte más”.-
 

La familia Escanaverina-Céspedes, según dice la poetisa, forzada por las circunstancias, buscó y halló refugio en el hogar de sus padres hasta que fue posible volver a tener su propia casa; tal como un día él le dijera:

  -“Mañana en el otero
pobre choza tendrás;
aunque todo mi ser dice: “Yo quiero,
yo puedo darte más”.
 

Úrsula Céspedes de Escanaverino cultivó con delicadeza la poesía elegíaca (“¡Está dormida!”, “En la muerte de mi padre”, “El cementerio de La Habana”), escribió cantos de sencilla emotividad (“A mi guitarra”, “La muerte de una tórtola”) y, ocasionalmente, se hizo eco de la tónica criollista, ya en décimas (“El amor de la serrana”, “La serrana y el veguero”) o en romances (“Consejos de un guajiro”). A su autoría se debe otro volumen de poesías, Cantos postreros, dado a conocer por su esposo en reducida edición privada. Y es de destacar que uno de los Cuadernos de Cultura del Ministerio de Educación (1948), contiene Poesías de esta mujer cuyo nombre envolvió el olvido.

No he logrado esclarecer cuándo y por qué la Calandria bayamesa, como la llamaba su pueblo, llegó a la provincia de Santa Clara, pero Domitila García de Coronado asevera que falleció el 2 de noviembre de 1874, a la edad de 42 años, en el pueblo de Santa Isabel de las Lajas. Allí por suscripción popular le erigieron un panteón. Me pregunto si pervivirá todavía en el monumento un libro de mármol blanco, en relieve, que tenía grabado la última estrofa de su elegía al cementerio de La Habana:

  “¡Muertos!... la paz que disfrutáis me aterra,
esos sepulcros en el muro fijos
me hielan de pavor;
yo no quiero en mi cuerpo más que tierra
empapada en el llanto de mis hijos,
un árbol y una flor.”
 

Cuando vea la luz el presente número, ya los cubanos habremos celebrado el “Día de las Madres”, llega tardíamente este modesto presente a una asidua lectora, madre y abuela ya octogenaria, que hace algún tiempo me pidió que escribiera sobre la Calandria de Bayamo. Ha sido un placer complacerla, amiga.

 
NOTA ACLARATORIA
Cuando escribí sobre el doctor Joaquín Albarrán incurrí en una omisión involuntaria: no dije que el hospital Clínico Quirúrgico de calle 26 lleva su nombre: pido disculpas a todos los trabajadores del mismo.
Gracias.
 

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