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Monseñor Carlos Manuel de Céspedes:
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texto: Hilario ROSETE SILVA
fotos: Orlando Márquez
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MELOS PERDUCTÓRIUM
Cuando en nuestros medios nos referimos al cultivo de la Latinitas –la Latinidad–, por lo general hacemos alusión a la guarda y fomento de los valores de la cultura grecolatina. |
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Latinitas y/o Latinidad, indistintamente, fueron el leitmotiv, la idea recurrente, en la entrega del Premio de la Latinidad 2006, conferido este año a monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, tataranieto del Padre de la Patria.
La entrega tuvo lugar el pasado 12 de mayo en la antigua Iglesia de San Francisco de Paula, actual sala de conciertos y singular museo habanero de arte religioso contemporáneo, a solo 48 horas de la celebración del Día de la Latinidad por parte de los 36 Estados miembros de la organización cultural intergubernamental Unión Latina (UL).
“Ha sido una jornada memorable”, indicó Eusebio Leal, historiador de la ciudad de La Habana; “acá se han reunido personalidades significativas de nuestra cultura; una cultura donde (monseñor Carlos Manuel de) Céspedes tiene un gran peso: como hombre de diálogo, de reflexión, como hombre-pontis (puente), sobre todo por su admirable cubanía.”
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Monseñor Céspedes recibe un cuadro del pintor Kamil Bullaudi. Al centro Ana María Luettgen, detrás Lisandro Otero. |
A LIMITE, AD REM
Sin gran preámbulo, a la caída del crepúsculo, con la asistencia del Eminentísimo señor cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana; de Caridad Diego, jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido; de Ismael González, viceministro de Cultura; de los hermanos de la Comunidad Ortodoxa; y de otros representantes de la Iglesia, el Gobierno, y el Cuerpo Diplomático acreditado en el país –“amigos todos”, diría Cintio Vitier, “de la Latinidad, de monseñor Carlos Manuel y de la Poesía”–; Ana María Luettgen, directora de la Oficina en Cuba de la UL, expuso las razones que asistieron a su institución para considerar justo y oportuno reconocer la pulcra trayectoria vital e intelectual del clérigo cubano.
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, señaló la oradora, “ha dedicado gran parte de su vida a fomentar los valores éticos de la identidad nacional y la herencia cultural de la Latinidad... Pastor fiel... junto con sus responsabilidades en la Iglesia Católica, ha plasmado su pensamiento en las letras, y en ese mundo ha sabido brillar con luz propia...”
CURICULUM VITAE
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El grueso de la prensa difundió el resumen del currículo del sacerdote que hizo la directora de la UL en Cuba: “Secretario de la Conferencia Episcopal; vicario general de La Habana; párroco, en distintos períodos, de las parroquias del santo Ángel Custodio (en La Habana Vieja) y de san Agustín (en Marianao); profesor del Seminario “San Carlos y San Ambrosio; perito consultor, en su momento, de los consejos pontificios de la Cultura, y para el Diálogo con los no creyentes, ambos de la Santa Sede (hoy reunidos en un solo organismo); columnista, durante años, del periódico El Mundo; miembro del Consejo de Redacción y redactor de la revista Palabra Nueva...”
Un suelto especial de Radix, el boletín de la UL, ahondó en el historial del miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua: “Es autor de múltiples artículos y de varios libros: en 1998 publicó la novela Érase una vez en La Habana, y la aproximación biográfica al Padre Félix Varela Pasión por Cuba y por la Iglesia. En el 2001, vio la luz Zarpazos a la memoria, volumen de cuentos breves...” |
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Monseñor Manuel Hilario de Céspedes, obispo de Matanzas y hermano de Monseñor Carlos Manuel,
estuvo presente en la ceremonia. |
RELAT REFERIMUS
“Les doy las gracias a todos por estar aquí”, comenzó su discurso de agradecimiento monseñor Carlos Manuel. “Muchas gracias también por el premio como tal, enseguida me referiré a esto, y por lo que lo ha acompañado: la preciosa placa de la Latinitas, y ese cuadro tan original de Martí, tan hermoso en sí mismo, y tan distinto a todo lo que hemos visto, con esa referencia a la Virgen: se los agradezco muchísimo.”
Hacía alusión a un dibujo del artista plástico cubano Kamil Bullaudi. La obra rebosa de cubanía; está hecha en papel manufacturado –fabricado por el propio autor– con pulpa de algodón y fibras de plátano; presenta grandes volúmenes de luces y de sombras, filosofía acuñada por los acuarelistas chinos. Es un Martí sentado, en reposo, pero despierto, que contempla una imagen de la Virgen; es una pieza rara, con una alusión religiosa nada familiar en la óptica martiana del creador.
LATINITAS VIVA
Mas no se quedó en el cuadro la prédica de monseñor Carlos Manuel. Pronto se aproximó a la Latinitas, con la cautela –¿la sabiduría?– de los grandes analistas:
“En relación con esta cultura grecolatina... resulta más fácil afirmarla que establecerle límites precisos. La Latinitas... no es una cosa, una pieza de museo, un ser inanimado; es una realidad viva en la que nos identificamos muchos pueblos contemporáneos, que por uno u otro costado de su historia, y en mayor o menor grado, nos consideramos progenie cultural, no necesaria ni principalmente genética, de aquella comunidad humana que hace muchos siglos se desarrolló a partir del Lacio, y terminó por extenderse, con nuevos ingredientes, no superpuestos, sino sintetizados, por la cuenca del Mediterráneo, y llegó hasta el centro y el norte de Europa...”
A propósito de la síntesis –¿transculturación?–, monseñor Carlos Manuel afirmó que “los romanos, sin dejar de serlo, más nunca fueron como antes de incorporar lo griego, su religión, la filosofía, el amor al saber y a sus diversos caminos de expresión y de hacerse presente en la existencia”, y terminó subrayando –¡ojo!– que el Helenismo, con su armazón jurídica romana, fue el caldo de cultivo del Imperio Romano, y de la implantación y expansión del Cristianismo en el entonces Cercano Oriente, y luego en Occidente. ¡!
Innumerables nombres de hombres y mujeres que dieron cuerpo a la cultura de cristiandad, salieron, con naturalidad, de su verbo florido. Poco después de aseverar que hoy ya podemos hablar del evidente sello de una “Latinitas más o menos cristianizada”, ratificó, con igual fuerza, que en el discernimiento respetuoso y dialogal de lo que realmente vale para el ser humano, la Latinitas tiene mucho que aportar “más allá del conocimiento de las lenguas y culturas griega y latina, hasta llegar a los valores, efectivamente informantes, de la persona y de su existencia.”
IN FACE ECCLÉSIAE
Nadie mejor para justipreciar la oratoria del sacerdote habanero, que su amigo el doctor Cintio Vitier, merecedor del mismo Premio en el año 2005. El poeta comenzó lamentando no haber tenido buena salud para redactar y presentar un elogio digno de este acto; empero trajo, a modo de semblanza, una página escrita en el estilo que ahora llama de improntus, y que con sencillez tituló Gracias.
“Una cierta medievalidad habanera”, leyó Cintio, “se salva siempre, rodeada de un parco iluminismo, que no nos permite olvidarnos de las páginas purpúreas de san Agustín, ni de la vehemente indignación de san Basilio el Magno con los ricos, ni del órgano claudeliano del Aquinatense, cuando, cerrado de negro como embajador distinto de una modernidad distinta, monseñor Carlos Manuel de Céspedes llega, se sienta y tan intensa como delicadamente nos escucha.”
ARS LONGA, CANTUS FIRMUS
El abrazo entre los dos colosos, fue el toque de luz para la presentación de Cantus Firmus y sus cánticos de devoción de la América indígena, específicamente de las misiones jesuíticas establecidas entre los indios mojos y chiquitos, en la segunda mitad del siglo xvii, al este del entonces Virreinato del Perú, en tierras de los hoy departamentos bolivianos del Beni y de Santa Cruz, fronterizos con Brasil. |
“Para mí, y para la Coral Infantil, es grande participar de la entrega del Premio”, apuntó Teresa Paz, directora de Cantus... y del conjunto de música antigua Ars Longa, “máxime si el galardonado es una persona tan querida, y sabiendo que el público tiene buenas nociones sobre los orígenes del repertorio que hoy ejecutamos.”
A punto de arribar (diciembre de 2006) al aniversario 315 de la fundación de San Javier, primera reducción instituida por los jesuitas en tierras de Chiquitos, los niños de La Habana Vieja, sin pertenecer propiamente a una escuela de música, mas “sumergidos” como Dios manda, en dicho acervo cultural, saludaron el Día y el Premio de la Latinidad, cantando aquellas estrofas ¡en sus idiomas originales!, dígase latín, español, moxeño y chiquitano... |
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Cantus Firmus, coro de niños dirigido por Teresa Paz. |
AD PERPATUAM MEMORIAM
“Dulce Jesús mío, / mirad con piedad / mi alma perdida / por culpa mortal...”, gorjeaba el coro, y mientras las miradas de sus diminutos intérpretes recorrían, sin plena conciencia, la losa de mármol negro que cubre la osamenta del famoso violinista Claudio José Domingo Brindis de Salas (1852-1911), nos reafirmábamos en la idea de que el Paganini cubano regresó triunfal a esta Iglesia de Paula.
“El día en que las cenizas de Salas llegaron a este sitio”, volvió el Historiador, “los niños entraron como hoy, en procesión, pero no con arpas, tambores y flautas dulces, sino con flores y velas encendidas. El hecho de colocar sus restos en medio de la realidad cultural que entonces estábamos diseñando, fue un acto de justicia, y se hizo con solemnidad, borrando un poco las angustias de su vida, y el olvido al que fue relegado.”
“Este lugar es una maravilla”, abundó monseñor Carlos Manuel de Céspedes minutos antes de dejar la iglesia, comprendiendo que buscábamos el valor del símbolo. "Y lo es por su historia, y por su presente: estamos en un marco, un ámbito, un bellísimo entorno barroco; este es uno de los sitios más bellos de La Habana, que el Historiador ha rescatado con buen gusto y ¡con muchísimo gusto! Pisar estos predios, que mis ojos vieron cuando estaban derruidos, es para mí, al decir de Lezama, ¡un henchimiento!”
–Pero recibir el Premio de la Latinidad, ¿no era ya un primer henchimiento?
–Cierto. Como ya expresé en mis palabras de gratitud –insistió sonriente–, sería hipócrita si dijera que no estoy henchido, contento; este es un premio que me alegra; primero porque si hay algo que yo he apreciado, desde mi juventud hasta hoy, ha sido la cultura grecolatina; y segundo porque sin tener grandes méritos, y no es falsa humildad, el recibimiento del Premio me vincula con las personas premiadas antes, a quienes admiro enormemente... No, este Premio no me entristece, todo lo contrario, ¡me da satisfacción!
FINIS CORONAT OPUS
La ceremonia había concluido. Los invitados salían de la Iglesia y se escabullían por la nueva plazoleta hacia la Alameda de Paula. Un grupo de religiosos, entre ellos monseñor Carlos Manuel de Céspedes, esperaba al pie de las columnas dóricas que viniesen a recogerlo. Círculos de vecinos curiosos formaban “otra coral”, distinta de Cantus Firmus.
–¿A quién fue al que le dieron el Premio? –rompió el hielo un valiente.
–A monseñor –respondí con llaneza–, el “cerrado de negro” –agregué recordando a Cintio y señalando en dirección de Carlos Manuel.
–¿Y es verdad que es bisnieto del Padre de la Patria? –quiso asegurarse el buen curioso.
–Bisnieto no, ¡tataranieto! –le aclaré.
–Y podré saludarlo –se tiró a fondo mi interlocutor.
–¿Quién dice que no? –lo saqué de dudas.
Fue lo último que vi y escuché de la entrega de marras: el momento en que el vecino habanero, lleno de gozo y sano alarde, se ufanaba frente a sus incrédulos amigos:
–¿Lo vieron? ¡Le di la mano al Premio de la Latinidad!, “choqué las cinco” con el tataranieto ¡del Padre de la Patria!
Parado allí, al pie de las columnas dóricas de Paula, distante de la verdadera magnitud de su propio valor, monseñor Carlos Manuel de Céspedes, sin saberlo, acababa de impartir su más reciente lección de cubanía: “¡Que muchos años la goce!” |
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