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<< JUNIO / 2006 - No.153
APOSTILLAS

  Los regalos se agradecen.
por monseñor carlos m. de céspedes garcía-menocal.
Gracias.
por cintio vitier.
     

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal
Los regalos se agradecen.

 
Palabras de agradecimiento en la ceremonia de premiación
de la Unión Latina de Cuba, Iglesia de San Francisco de Paula,
12 de Mayo de 2006.

 

Muy queridos Ana María
e integrantes de la Oficina de la Unión en Cuba,

Amigos que hoy nos acompañan.

Moneda falsa sería decir en mi expresión de gratitud a los amigos de la Unión Latina en Cuba que este premio no me alegra. Sí me complace y mucho. Aprecio lo que la Unión significa y, además, aunque no pueda parangonarme con ellos, me produce un cierto “orgullo” –a mi entender, no pecaminoso– el hecho de verme incorporado a la lista de los premiados con anterioridad.

 
Palabras de agradecimiento en la ceremonia de premiación de la Unión Latina de Cuba, Iglesia de San Francisco de Paula.
Los admiro y no sólo en el orden de sus esfuerzos por la promoción efectiva de la “Latinitas” entre nosotros, sino también en otros niveles de la existencia que nos hermanan. Tarde esta, pues, de regalo sustancioso a mi persona. Y los regalos se agradecen.

Tarde también de incremento de compromiso. Los premios no son sólo reconocimiento, sino también, según mi criterio, punto de partida de renovados empeños con la tarea que se premia. Desde mi primera juventud en la Escuela de Derecho de la Universidad de La Habana, hace más de cincuenta años, cuando me afanaba por los estudios de Derecho Romano y, posteriormente, en el Seminario de La Habana, en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma y en otros centros académicos en Europa, por los estudios de Filosofía, Teología, Literatura y pensamiento contemporáneo, me he movido de manera creciente en el ámbito del cultivo de la “latinidad”, con el sentido amplio con que la asume la Unión: “defensa y promoción de los valores de la cultura greco-latina” (Ana María Luetgen, carta en la que se me comunica el otorgamiento del premio nacional de este año 2006, 3/abril/2006).

En relación con esta cultura grecolatina raigal –que abraza, imbrica e ilumina importantes raíces de nuestra identidad–, como con toda cultura, resulta más fácil afirmarla que establecerle límites precisos. La Latinitas, así entendida, no es una “cosa”, una pieza de museo, un ser inanimado. Es una realidad viva en la que nos identificamos muchos pueblos contemporáneos que, por uno u otro costado de su historia, y en mayor o menor grado, nos consideramos progenie cultural, no necesaria ni principalmente genética, de aquella comunidad humana que, hace muchos siglos, se desarrolló a partir del Lacio y terminó por extenderse, con nuevos ingredientes –no superpuestos, sino sintetizados– por la cuenca del Mediterráneo y llegó hasta el centro y el norte de Europa. Tuvo una historia previa y una posterior en la que se gestaron las diversas síntesis de Latinitas que hoy conocemos.

Quizás el primer antecedente que le señaló las rutas posteriores a la Latinidad, fue el helenismo cultural de la antigüedad tardía. Recordemos que, antes de que se pudiese hablar del helenismo cultural, la Grecia vencida –militar y políticamente– venció a su dominador romano penetrándole la entraña y transformando su cultura en el sentido más abarcador del término, que incluye la manera de contemplar y de asumir la existencia, las escalas de valores y, por supuesto la religiosidad del pueblo. Los romanos, sin dejar de serlo, nunca más fueron como antes de incorporar lo griego, su religión, la Filosofía, el amor al “saber” y a sus diversos caminos de expresión y de hacerse presente en la existencia. Las concepciones imbricadas de alézeia (verdad) y el discernimiento de lo que es realmente kalón (bueno/bello) fueron incorporados al existir helenístico, primero, y a la romanitas después, para encontrar, más tarde, por mediación de la Fe y del ser y del existir cristianos, ya ahora sintetizados en el dictum “verum, bonum et pulchrum inter se convertuntur” (lo verdadero, lo bueno y lo bello se implican recíprocamente), nuevas aproximaciones y ángulos. La interiorización de esta concepción esencialmente relacionada –no siempre bien entendida– ha definido la ruta que han recorrido sus contenidos en Occidente, hasta la Modernidad.

Subrayo que el helenismo –post-platónico y post-aristotélico, plotiniano, pitagórico, estoico y todo lo demás–, con su armazón jurídica romana, capaz de adaptarse a las distintas circunstancias históricas del cenit y del ocaso agónico del Imperio Romano, fue el caldo de cultivo no sólo de éste y de sus valores y contravalores, sino también, primero, de la implantación y luego de la expansión del Cristianismo en el entonces Cercano Oriente y, luego, en Occidente.

Cuando Alejandría era la capital cultural de Occidente y, –junto a Antioquía, el puente de entrecruzamiento para muchas realidades– surgió en ella, en fecha tan remota como el siglo iii de nuestra era, lo que podríamos considerar como la primera “academia” de teología en la historia de la cultura occidental. En ella brillaron hombres como Clemente Alejandrino, Atanasio y, sobre todo, Orígenes, a quien consideramos el primer teólogo sistemático.

Desde entonces –y muy dinámicamente por cierto–, la antigüedad tardía evolucionaba hacia nuevas realidades variopintas. La familia, como micromundo, entonces, como hoy, suele ser ejemplo insustituible para comprender las realidades sociopolíticas más vastas pues la situación de la familia nos dice cuál es la situación real del grupo humano más amplio en el que ella está insertada. No resisto la tentación de subrayar que, precisamente en ese espacio histórico, familias como la de algunos de los “Santos Padres” ilustran, con hechos muy bien conocidos, no con simples especulaciones, cómo ocurrieron la evolución y la síntesis a finales del siglo iv y principios del v, en esa zona de fermento que fue la zona oriental del Mediterráneo. Por ejemplo, en Capadocia, remontándonos varias generaciones más allá de la que ahora nos interesa, hasta los tiempos de las persecuciones violentas frecuentes y de la marginación del Cristianismo, y luego regresando a la segunda mitad del siglo iv, en el que fijamos ahora nuestra “pupila insomne”, a los tiempos de Emelia y de Basilio el Viejo, llegamos a esos paradigmas que fueron los ocho hijos de ellos dos, entre los que contamos a san Basilio Magno, a san Gregorio de Nisa y a una de las mujeres más extraordinarias de la zona oriental del Imperio Romano en esta época, santa Macrina, dotada de santidad, cultura y encanto personal poco comunes, lo que la convirtió en una de las joyas del Imperio y de la Iglesia, cuando ésta era ya un camino más que aceptable –aún humanamente hablando– y no sólo una comunidad de marginados.

La realidad estaba cambiando en todos los niveles.

Demos un paso más. Sin los “helenos” alejandrinos y los capadocios no podríamos explicarnos a ese gigante del pensamiento occidental que fue san Agustín. Tal coloso se levanta sobre varios cimientos, pero uno de los indiscutibles fue el todavía hoy discutido Orígenes, además de los Padres Capadocios, que mucho debieron a este último. Algunos componentes de la teología peculiar de Orígenes de Alejandría y, sobre todo, su estilo de aproximarse a la Sagrada Escritura, marcaron posteriormente a hombres como san Ambrosio de Milán, san Agustín de Hipona y san Hilario de Poitiers, conocedor como ningún occidental, del mundo y del pensamiento mesoriental en el ocaso de la antigüedad pagana y del orto del nuevo clasicismo, el de sello cristiano, que no renegó de sus antecedentes: ni de los helénicos, ni de los romanos. Aquel mundo helénico, y el Imperio Romano de Occidente que, de alguna manera –antes de su decadencia generalizada– lo encarnó en el sur de Europa y en buena parte del norte de África, más que derrotado militarmente por los pueblos del norte de Europa, casi insensiblemente, pasó a integrar una nueva síntesis, como quien se desliza sobre una pista sorprendente. Ahora bajo el signo del Cristianismo: del pensamiento de san Agustín y san Hilario, de la nueva vida y de la espiritualidad insufladas en Occidente por san Benito y su rosario incontable de monasterios y, sobre todo en el mundo hispánico, de la contribución de san Isidoro de Sevilla al ordenamiento del conocimiento.

¡Fueron tantos hombres y mujeres que dieron cuerpo a lo que suele llamarse “cultura de cristiandad”, con sus luces y sus sombras! Y entonces sí podemos hablar de un sello evidente de la Latinitas, más o menos cristianizada. Ya no se trataba sólo del helenismo con exclusividad de protagonismo, ni del áureo, ni del plúmbeo, ni del judaísmo – esa otra raíz de Occidente a la que no he hecho mención ratione brevitatis, minime ratione momenti (por razón de brevedad, no de importancia). Era una síntesis nueva, gestada y traída a la luz con suma dificultad.

No es éste el espacio para pormenorizar tan compleja historia, sobre todo en sus etapas posteriores, hasta nuestros días, ni tampoco para emitir opiniones tajantes sobre el contenido real de la Latinidad en el mundo contemporáneo, el ya calificado como “post-modernidad”. Sin embargo, de clarificaciones relacionadas con ambas realidades –el componente histórico y el contenido– depende el sentido de la presencia de la Unión Latina en nuestra cultura. Me permito, sin embargo, emitir algunas opiniones que –me parece– son ampliamente compartidas en el seno de la Unión.

En primer lugar, creo que el propósito irrenunciable y sostenido de la Unión es mantener viva la realidad, no sólo el recuerdo, de la cultura clásica occidental, en su versión más ecuménica posible. En íntima conexión con esta tarea, la Unión no se reduce a la promoción del conocimiento de las lenguas, la literatura, el pensamiento, el derecho, etc., propios de la Latinidad, sea en su etapa clásica, sea en los distintos momentos de intentos de renacimiento. Lo cual, empero, ya no sería de poca monta. Pienso especialmente en el renacimiento carolingio y en el período que, paradigmáticamente, conocemos como Renacimiento como nombre propio y que remozó la presencia de lo helénico y lo latino en Occidente. Las metas de la Unión incluyen proposiciones que podrían llegar a ser efectivamente existenciales y que apuntarían siempre al diálogo, no a la imposición excluyente.

En segundo lugar, en conexión con lo que acabo de sostener, entiendo que en el mundo contemporáneo, más desarticulado de la cuenta en relación con los valores éticos y los estéticos, la Latinitas tiene muchos desafíos que los grupos comprometidos con la Unión, en los distintos marcos nacionales, no podemos eludir. Por supuesto, sin hacer de su presencia una experiencia de simple arqueología cultural, ni pretender que se tratase de la restauración de una cierta forma renovada del helenismo pagano –como parece afirmar Peter Schaffer, con aquellos personajes contrapuestos del psicólogo y del joven desajustado, en la obra “Equus” y, en el fondo, también, más sutilmente, en su retrato dual de Mozart y de Salieri en otra de sus obras más conocidas, “Amadeus”–; tampoco perseguiría la restauración de la cultura de “cristiandad” medieval, como soñaron algunos románticos y hasta el exquisito poeta Paul Claudel, más cercano a nosotros. La Unión acepta, espeta y hasta promueve el marco del pluralismo que nos caracteriza, al menos en la mayor parte de las sociedades occidentales. Ahora bien, pluralismo no equivale al “todo vale” que algunos defienden como un valor de la postmodernidad no muy claramente definida. Me parece que quienes nos reunimos esta tarde estaríamos de acuerdo en afirmar que no todo vale y que en el discernimiento, respetuoso y dialogal, de lo que realmente vale para la existencia humana, la Latinitas tiene mucho que aportar, más allá del conocimiento de las lenguas y culturas griega y latina, hasta llegar a los valores efectivamente informantes de la persona y de su existencia.

No me extiendo más, pues no quiero abusar de su paciencia. Con el “espíritu” que se desprende de estas breves reflexiones acepto, agradecido y gozoso, la distinción que ustedes hoy me hacen.


Cintio Vitier
GRACIAS  
Texto leído por el poeta Cintio Vitier, en la ceremonia
de entrega del Premio de la Latinidad 2006 a
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal.


Pasión por Cuba y por la Iglesia, el título de su estudio biográfico sobre el padre Félix Varela, sintetiza las motivaciones esenciales de monseñor Carlos Manuel de Céspedes, las de una silenciosa obra que ha abierto ámbitos de luz en nuestra cultura, no la del alboroto y los incesantes aniversarios, sino la que secretamente nos empalma con los días fundadores del Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana.
Si su nombre y apellido nos remontan a lo que José Lezama Lima llamó nuestro “señorío fundador”, resumido en la gentil inclinación del Padre de la Patria, ya en la encerrona de san Lorenzo, ante una señora negra esclava que detuvo su paso con majestuoso porte, no menos agradecemos su fervoroso entusiasmo, de pie en la penumbra de un palco del Teatro Nacional, aplaudiendo el último giro de la emblemática Alicia Alonso.

Una cierta medievalidad habanera se salva siempre, rodeada de un parco iluminismo que no nos permite olvidarnos de las páginas purpúreas de san Agustín, ni de la vehemente indignación de san Basilio el Magno con los ricos, ni del órgano claudeliano del Aquinatense, cuando, cerrado de negro como embajador distinto de una modernidad distinta, monseñor Carlos Manuel de Céspedes llega, se sienta y tan intensa como delicadamente nos escucha.

¿Qué tenemos que decirle? Nada sino gracias. Gracias por sus lecciones de profunda cubanía, gracias por su catolicismo capaz de abrazar con las Cartas a Elpidio en el pecho a José Martí, gracias por su mirada de estudio y bondad, gracias a su pasión por Cuba y por la Iglesia.

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