El descubrimiento de territorios y de hombres hasta entonces desconocidos confirmó su teoría y lo cubrió de gloria ante la corte española y ante toda Europa. También le proporcionó títulos de nobleza, ganancias monetarias y la amplia posibilidad de emprender un segundo viaje hacia Occidente con un respaldo económico mucho mayor. En esta segunda incursión realiza un recorrido mucho más amplio y comprueba la enorme extensión de tierras que han de sumarse a la corona de España. Mas también se ve obligado a reducir, con drásticas medidas que incluyen la pena de muerte, insubordinaciones tanto de aborígenes como de españoles. Para mayor desventura sufre una extraña enfermedad llamada entonces “modorra pestilencial” que lo obliga a permanecer postrado durante varios meses.
No menos desafortunado fue su tercer viaje; se hallaba en La Española enfrascado en la tarea de someter a los indios, reprimir a los castellanos díscolos y acopiar la mayor cantidad de oro posible cuando llegaron a los oídos de los Reyes Católicos noticias acerca de las crueldades y arbitrariedades cometidas por Colón. Con el fin de esclarecer los hechos y, de ser ciertos, ponerles fin, enviaron a La Española al Comendador Bobadilla y éste tan pronto encontró al Almirante, ordenó su detención y tras colocarle varios grillos lo remitió encadenado a España. No requiere mucha imaginación suponer el grado de pesadumbre de Colón durante aquel lento viaje de regreso. Condolido por su estado, el capitán de la nave le propuso quitarle los grillos, pero el Almirante, orgulloso en su derrota, le respondió que sólo lo aceptaría cuando los Reyes se lo mandasen quitar.
En efecto, al llegar a España los Reyes ordenaron su inmediata liberación y hasta le manifestaron su disgusto por el modo en que había sido tratado. Pero esto no impidió que tuviera que enfrascarse en pleitos contra la Corona para que se reconocieran los derechos otorgados en las Capitulaciones de Santa Fe. Logró que algunos se le concedieran; en otros puntos los Reyes no cedieron y hubo de aceptarlo así.
Aún tuvo Colón energías para organizar y emprender una cuarta travesía hacia la región que consideraba erróneamente las Indias. Durante el viaje, una de las naves que integraban la flota sufre averías y El Almirante se dirige a Santo Domingo para repararla; pero al llegar a dicha isla el Gobernador Ovando le prohíbe que sus barcos se acerquen para desembarcar. Era esta una nueva afrenta al navegante genovés, que en su primer viaje había bautizado ese territorio al tiempo que lo incorporaba a los dominios españoles. A tan grande humillación vino a sumarse de inmediato una fuerte tormenta que dispersó las embarcaciones de la flota. Tras reorganizarse emprenden viaje hacia la actual región de Centroamérica, donde los sorprenden lluvias torrenciales que se prolongan más de dos semanas, continuos ataques de los indios y la pérdida de dos naves. Milagrosamente logran arribar a la hoy isla de Jamaica. Colón está muy enfermo de gota; pero a pesar de su estado tiene que enfrentar la escasez de víveres, el amotinamiento de gran parte de la tripulación, que estuvo a punto de matarlo, y una espera interminable de fuerzas españolas que han de acudir en su ayuda. Finalmente llegan a socorrerlo y entonces inicia el retorno definitivo a España.
Con la salud muy deteriorada permanece durante varios meses en Sevilla, impedido de desplazarse hasta la Corte, que se encuentra entonces en Medina del Campo y lo aguarda con ansiedad. Mas la muerte de la Reina Isabel en 1504 le hace perder influencias. El Rey Fernando no siente hacia él tanto afecto como su difunta esposa y Colón de nuevo se ve en la necesidad de reiniciar reclamaciones que no obtienen resultados favorables. Ante esa realidad desiste de su lucha legal y busca refugio en sus familiares y amigos y en su fe católica. Creía aún, ingenuamente, que se le debía reconocer como dueño absoluto de las tierras que había hallado en sus viajes hacia Occidente. Con ese convencimiento arriba a Valladolid, donde reside ahora el Rey. El padecimiento de gota que sufre va en aumento y se combina con otras enfermedades. Sin perder la lucidez y consciente de que ha llegado su fin solicita ser vestido con el hábito de la Orden de San Francisco de Asís y que sus restos reposen en La Española. Fallece al día siguiente, 20 de mayo de 1506. Sus últimas palabras fueron: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. No murió en la miseria, como algunos aseguran de forma exagerada. Pero sí reducido al anonimato, considerado ya un trasto. La mejor prueba de esto es que la noticia de su fallecimiento no apareció en el Cronicón de Valladolid, que recogía incluso informaciones irrelevantes.
A continuación sus restos han recorrido una desconcertante trayectoria. De Valladolid, donde conocieron una inicial sepultura, fueron llevados en 1509 al monasterio sevillano de Santa María de las Cuevas, de la Orden de los Cartujos. De allí, en cumplimiento de la voluntad del difunto, se le trasladaron en 1536 a la Capilla Mayor de la Catedral de Santo Domingo. En 1654, ante la amenaza de que una escuadra inglesa tomase por asalto la ciudad y ultrajase el nicho del Almirante, el Arzobispo local ordenó que fuesen borradas todas las señales que identificaban el sepulcro de Colón, pero ese lugar exacto siguió siendo del conocimiento de las altas autoridades eclesiásticas. En 1796, por temor a que esta vez ocurriese una invasión francesa, una caja de plomo que supuestamente contenía los despojos del gran navegante fue traída a la Catedral de La Habana. Sin embargo, de acuerdo con muchas versiones en realidad contenía las cenizas de otro difunto. En 1877, durante la realización de arreglos en la Catedral dominicana, apareció otra caja de plomo con inscripciones que de modo inconfundible indicaban que en su interior se hallaban los restos del genovés. Estalló entonces una polémica que llega hasta el presente. Para algunos, en La Habana se conservaban en realidad los de su hijo Diego Colón. Los de su padre seguían en Santo Domingo. Al concluir en 1898 la dominación española en Cuba, fue llevada a Sevilla la caja de plomo que reposaba en nuestra Catedral. En 1936 fue colocada en una urna de cristal de roca en la antigua Catedral metropolitana de Santo Domingo la caja de plomo que para muchos contiene las cenizas del Almirante. Esa caja fue trasladada en 1992 al Faro de Colón, donde aún se encuentra. Tenemos noticias de que en fecha reciente han sido llevados para su estudio en el Laboratorio Genético de Identificación de Granada los restos que se conservaban en Sevilla. En Santo Domingo insisten en que esos no son los auténticos. Otros, salomónicamente o con cierto humorismo, aseguran que en realidad una parte de los restos de Colón quedó en la capital dominicana y otra fue llevada a Cuba. Los científicos tal vez dirán la última palabra, pero de seguro esta no será del agrado de todos, y siempre quedará la duda.
No menos zarandeada ha sido la ubicación de su lugar de nacimiento. Deseosas de compartir la gloria alcanzada por el Almirante, diversas localidades se han disputado el honor de ser su cuna, aunque Colón dejó escrito que había nacido en Génova y así lo confirman varios documentos. Al margen de esas evidencias, muchos de sus biógrafos han empleado años de ardua investigación para intentar demostrar su origen gallego, catalán, extremeño, judío…En 1898 el historiador Celso García de la Riega afirmó enfáticamente que había nacido en Pontevedra y a partir de entonces y durante décadas, numerosos gallegos hicieron de este asunto un principio de amor patrio e incluso en nuestro país llegó a fundarse un Comité Pro-Colón Español y vieron la luz numerosos textos que respaldaban aquella falsa teoría. No quedaron muy atrás los catalanes, quienes con el colombista Luis Ulloa a la cabeza, reclamaron el derecho de considerar compatriota suyo al Almirante. Para regocijo de los extremeños, no conformes con tener entre los suyos a importantes conquistadores como Pizarro, el historiador Adrián Sánchez Serrano aseguró que Colón había nacido en Badajoz. Y el narrador Salvador de Madariaga, más inclinado a la fabulación que al rigor investigativo, fue uno de los más entusiastas divulgadores de la especie, carente de sustento, acerca del origen judío del gran navegante. Aún hoy este asunto sigue en disputa.
No menos discusiones ha provocado la interpretación de su extraña firma, compuesta por siete iniciales y que ha representado un acertijo para muchos historiadores:
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S.
S.A.X.
X.M.Y.
Xpo. Feren |
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Los estudiosos de su vida coinciden en señalar la isla de Guanahaní, llamada hoy Watling, como el primer territorio americano al que arribó. Sin embargo, ponen en discusión el punto de la geografía cubana donde desembarcó. Unos designan a Bariay; pero otros apuntan hacia Gibara, Nipe, Vita o Puerto Padre. No se dividen menos en cuanto a concederle méritos o endilgarle defectos a Colón. Algunos lo consideran un genio, alaban su tesón, su valentía, y celebran su firme fe religiosa. Otros censuran su desmedido afán de conquistar título y riquezas, su avidez por el oro, y hasta lo culpan por todo lo que ocurrió después: el exterminio de poblaciones aborígenes, la destrucción de culturas autóctonas, la explotación feroz de las riquezas naturales de estas tierras… Como un fuego fatuo, durante siglos la llama de su gloria se ha mostrado muy viva en algunos momentos y en otros ha parecido extinguirse. Por el año 1877, cuando se hallaba en marcha su frustrado proceso de beatificación, fueron ampliamente divulgadas sus virtudes. Mas en las décadas anteriores en realidad poco se le recordaba. Para demostrarlo puede citarse que fue en el año 1866, más de tres siglos después de su muerte, que se colocó una placa en la fachada de la casa de Valladolid donde expiró. Ya entonces, otras ingratitudes aún mayores había tenido que soportar la memoria del Almirante. La Mar Tenebrosa, el océano que él se atrevió a cruzar, no fue bautizada con su nombre. Como tampoco fue designado con su nombre el continente que puso en manos de la corona española.
En comparación con estos grandes agravios, poca cosa parece el ninguneo que también ha padecido en Cuba. En nuestro país a ninguna villa importante se le otorgó el nombre de Colón. Quizás para reparar ese voluntario o casual olvido, a mediados del siglo xix se le designó así a un poblado de Matanzas que desde su fundación se llamaba Nueva Bermeja. El primer monumento a este navegante no se erigió hasta el año 1862, cuando fue colocada en Cárdenas una estatua suya fundida en bronce. Por aquel tiempo algunos propusieron levantar en la Plaza de Marte, hoy Parque de la Fraternidad, un obelisco en su honor; pero se impuso el criterio de destinar aquel espacio a ejercicios militares. Si bien la mayor necrópolis de nuestro país se inauguró en 1871 con el nombre de Cristóbal Colón, no fue bautizada de ese modo ninguna avenida relevante de la ciudad de La Habana. En cambio se le adjudicó a una calle secundaria que por extensión le dio nombre a un barrio donde abundaron durante décadas prostitutas, bares y proxenetas.
Se han cumplido cinco siglos de la muerte del Almirante. En realidad pocos han recordado la efeméride y un menor número se ha aventurado a realizar una valoración objetiva de la hazaña que llevó a cabo en 1492. Desde este lado del Atlántico, en momentos en que cobra fuerza en Bolivia, Venezuela y Perú la corriente indigenista, su imagen resulta para muchos ofensiva y desagradable. En España no hay interés en reabrir viejas heridas y se prefiere la cordialidad con las naciones americanas y con sus gobernantes. Para estimular esas relaciones resulta menos polémico y más simpático acudir a otros tópicos como la lengua, el Quijote y el fútbol. Cristóbal Colón puede seguir siendo pasto de interminables discusiones entre historiadores, geógrafos y genealogistas. Pero es mejor que no aparezca en los titulares.