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Estatua de Francisco Albear coronando el monumento
que honra su memoria, ubicado en Obispo y Egido,
La Habana. |
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“Esta Habana, una de cuyas más relevantes características consiste
en poseer la doble personalidad de ciudad a la vez muy antigua
y muy moderna”. |
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Emilio Roig de Leuchsenring.
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por Rogelio Bombino Gatell |
La Villa de San Cristóbal de La Habana nació en la costa sur. Más tarde fue trasladada a la costa norte, junto al río de la Chorrera. En este emplazamiento sufrió la constante amenaza de corsarios y piratas por lo que los vecinos, impulsados por el temor, decidieron mudar el poblado a un lugar junto al fortín que se construía a la entrada del Puerto de Carenas, con la esperanza de salvaguardar así sus vidas y haciendas. |
El fortín, con el tiempo, resultó de escaso valor defensivo, pero los vecinos en su temor no repararon en un elemento que tantos sufrimientos les acarrearía: la falta de agua del lugar.
Durante los primeros tiempos la escasa población se abastecía de agua de un jagüey o cisterna, excavado al pie de la loma de la Cabaña, que recogía las aguas de lluvia. Ello preocupaba al gobierno, como quedó reflejado en múltiples documentos.
Así, en el cabildo del 29 de enero de 1552, se acordó “que por cuanto hay mucha necesidad que el jagüey de donde se bebe en esta Villa se limpie y ensanche”. Al mismo tiempo se utilizaban las aguas del río de la Chorrera que se traían por mar en barriles y botijas, viaje peligroso, pues el cabildo del 12 de septiembre de 1550 informó del “ahogamiento de varias personas” en estos viajes. |
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El Canal de Albear utilizaba la gravedad para la conducción del agua, que
llegaba a la ciudad en un volumen de
102 mil metros cúbicos diarios. |
Otro medio de obtener agua fue la Noria –un pozo con aparejo de izar– abierto en el Campo de Marte (actual Plaza de la Fraternidad) que “sólo tenía el inconveniente de su lejanía del centro de la Villa”.
Ante la creciente necesidad de agua se buscaron otras fuentes; se construyó un depósito para acumular las aguas de unos manantiales que brotaban en la Plaza de la Ciénaga (hoy Plaza de la Catedral) y proliferaron los aljibes en las viviendas. Pero estas medidas no bastaban y las quejas y necesidades de los vecinos aumentaron.
En 1545, el gobernador Dávila presentó un proyecto para traer el agua de la Chorrera que no se ejecutó por “falta de dineros”. En 1550 el Capitán General Gonzalo Pérez de Angulo retomó el proyecto, exponiendo al Rey, el 31 de agosto, “de cuan conveniente e provechosa cosa sería a esta villa e a los vecinos e moradores de ella… que se trugese a esta villa el agua de la Chorrera,” añadiendo que su costo podía ser recaudado “echando sisa” (impuestos) a “algunos bastimentos que son en el vino, en el jabón y en la carne”.
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Para la ejecución de esta obra –considerada el primer acueducto construido por los españoles en América– su Majestad concedió la implantación del “impuesto de anclaje” a los buques que entraban en el puerto. Esta medida fue suspendida al negarse los navíos a entrar en la bahía, con el consiguiente perjuicio económico a la Villa.
En cabildo del 24 de enero de 1564, se “pregonó” la subasta de las obras de la Zanja Real, que comenzaron en 1566, las cuales demoraron veintiséis años –de 1566 a 1592– por la crónica falta de brazos y constantes derrumbes en la excavación. La Zanja, con una longitud de dos leguas (unos 10 Km), –un simple cauce abierto en el terreno– comenzaba en El Husillo, cruzaba el Cerro, continuaba por la “Calle de la Zanja” y terminaba en el Callejón del Chorro, en la actual Plaza de la Catedral, donde se conserva la lápida conmemorativa.
No obstante, al poco tiempo se apreciaba que las aguas de la Zanja eran buenas para el riego, pero que resultaba un pésimo medio de conducción para las aguas potables consideradas “impuras, repugnantes y malsanas”. Aún así durante 143 años, de 1592 a 1835, la Zanja Real fue el único medio de abastecimiento de agua de La Habana.
Estos inconvenientes y el aumento de la población, impulsaron al Capitán General Vives a recomendar al Rey la construcción de un nuevo acueducto, comenzándose la obra en 1831, bendecida por monseñor Bernardo O’Gavan, e inaugurado en 1835. |
Esta tarja, ubicada en la esquina de San Ignacio
y Callejón del Chorro, marca el punto final de
la antigua Zanja Real. |
Este acueducto, llamado de Fernando VII, consistía en una tubería de 18 pulgadas –notable ventaja sobre el cauce a cielo abierto de la Zanja– que tomaba las aguas en El Husillo, pasaba al sur del Cerro y entraba a la ciudad por la Puerta de Tierra (una de las puertas de la Muralla, hoy Monserrate y Muralla), con 7 mil 500 metros de longitud. Con el nuevo acueducto se pretendió librar a la Habana de las infectas aguas de la Zanja, pero éste no rindió el caudal esperado y fue necesario continuar utilizando las aguas de la Zanja. Transcurridos veinticinco años la situación se tornó crítica.
En 1856, el ingeniero Francisco de Albear y Lara, nacido en La Habana el 11 de enero de 1816, presentó un proyecto para dar solución al problema. Era Albear un hombre de ciencia, dominaba la Física, la Geología, la Hidráulica y poseía una voluntad férrea y tenaz. Su propuesta recibió la aprobación Real el 5 de mayo de 1858.
Este proyecto abandonó la toma del río Almendares y se apartó del trazado de la Zanja, captando las aguas en el Potrero de Vento, donde afloraban unos potentes manantiales, aguas arriba del Husillo. Las obras comenzaron el 28 de noviembre de 1858 y concluyeron en 1893, en constante lucha contra las trabas administrativas y los escasos recursos asignados. En un informe al Consejo, Albear aclaró “que de los 700 hombres calculados para hacer la obra en tres años… contaba con 138 negros, incluyendo enfermos y capataces…”
Albear murió en La Habana el 23 de octubre de 1887.
Este acueducto recibió el nombre de Isabel II hasta 1869, después Canal de Vento y a los dieciséis días de su muerte Canal de Albear. El mismo utilizaba la gravedad para la conducción del agua y rendía 102 mil m3 de agua diarios, suficientes para abastecer a una población muy superior a la de entonces y un sistema de sifones para su impulso. Uno de estos sifones cruza bajo el cauce del río Almendares.
Por su obra, que cumplió a cabalidad el cometido de abastecer de agua a La Habana hasa la segunda década del siglo xx y que aún hoy forma parte del sistema hidráulico provincial, Albear –según Emilio Roig– fue y debe ser considerado uno de los más grandes benefactores de nuestra ciudad. |
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