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Sin que la prensa internacionaL le prestara demasiada atención, en enero los gobiernos de Brasil y Argentina decidieron cancelar la totalidad de su deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Anticipándose a los vencimientos previstos, el gobierno de Brasilia abonó 15 mil 500 millones de dólares y casi 10 mil millones el de Buenos Aires. |
por Alberto Barlocci*. |
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Nestor Kirchner |
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Inacio Lula da Silva. |
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La actitud de Brasil y Argentina contiene, en realidad, el siguiente mensaje dirigido al FMI:
¡les pagamos lo que debemos,
con tal de que se termine!
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Vale la pena preguntarse por qué dos países, cuya economía sufre severos problemas estructurales, hayan realizado el enorme esfuerzo de destinar 25 mil millones de dólares de sus reservas financieras, actuando, además, en coordinación (la decisión fue anunciada con apenas 48 horas de diferencia).
En efecto, cabe recordar que uno de los objetivos del presidente brasileño Inacio Lula da Silva sigue siendo el plan “hambre cero”, lo cual habla por sí mismo de la realidad social. Por su parte, entre los desafíos del presidente argentino Néstor Kirchner figura el de bajar la pobreza que afecta todavía casi al 40% de sus compatriotas, con 5 millones de indigentes, y también el de crear puestos de trabajos para reducir un desempleo cercano al 12%, con un idéntico porcentaje de subempleo mal pagado. Y esto en un contexto social en el cual tener trabajo no significa necesariamente salir de la pobreza.
No se puede negar que las economías de los dos países hayan ingresado en una etapa de crecimiento, efecto también del ingreso en el mercado mundial de un gran comprador como China, que está comprando de todo, y del aumento del precio del petróleo. Pero, no obstante el crecimiento registrado, las dos economías poseen márgenes de maniobra muy acotados.
Eso justificó quien tachara de apresurada la decisión de pagar. De hecho, los dos países podrían haber seguido abonando al FMI las cuotas en base al cronograma de vencimientos, evitando así realizar de golpe una erogación tan alta.
Por lo tanto, está claro que no estamos ante una decisión económica, sino política. La actitud de Brasil y Argentina contiene, en realidad, el siguiente mensaje dirigido al FMI: ¡les pagamos lo que debemos, con tal de que se termine! |
La realidad, es que con esta decisión, los dos países sudamericanos evitan las continuas e irritantes presiones a las cuales están sometidos desde hace años, a través del monitoreo al cual están obligados los asistidos por el FMI. El motivo es que se hace cada vez más evidente que este organismo de crédito parece haber asumido el rol de garante de los intereses económicos de poderosos lobbys empresarios y financieros, casi siempre pertenecientes al Primer Mundo, aunque no sólo, que han realizado lucrativos negocios aprovechando el endeudamiento externo (acrecentado por las tasas de interés de usura y por las poco beneficiosas reestructuraciones), de las privatizaciones de los servicios públicos, a menudo envueltas por casos de corrupción. Enceguecido por la lógica del “Consenso de Washington” transformada en una serie de dogmas válidos para cualquier país y en cualquier circunstancia, independientemente de la especificidad de cada economía, el Fmi se ha transformado en promotor de una globalización sin reglas que, casi por doquier, ha enriquecido una pequeña parte de la población, y concentrado en pocas manos las riquezas disponibles.
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Michelle Bachelet. |
Lo ha señalado varias veces el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, que desde su lugar de vicepresidente del Banco Mundial, en su momento, pudo conocer de cerca el modus operandi de estos dos organismos multilaterales de crédito. En su libro El malestar en la globalización, (Buenos Aires, 2002), Stiglitz señala que a menudo la política del FMI “reflejaba los intereses y la ideología de la comunidad financiera internacional”, con recetas que eran “una mezcla curiosa de ideología y mala economía, un dogma que en ciertos momentos parecía ocultar otros intereses”.
Una actitud que la crisis argentina de 2001 puso en evidencia. En plena emergencia económica, con una inflación que pasó de 0 al 30% en un mes, con sueldos rebajados entre un 10 y un 20% y una caída del Producto Bruto Interno del 20%, el FMI insistía en la reducción del gasto del Estado y en el aumento de las tarifas públicas hasta un 30%.
En esas dramáticas circunstancias, los mismos dirigentes del organismo que poco antes presentaban a la Argentina como su “alumno modelo”, no sólo se lavaron las manos luego de una catástrofe de la que fueron corresponsables, sino que su principal preocupación fue garantizar los márgenes de ganancias de las empresas públicas privatizadas por capitales internacionales; márgenes que se habían reducido al pasar por la devaluación del peso argentino.
Lula y Kirchner han realizado un gesto que sí es discutible en el plano de los principios, porque de hecho calla sobre las graves responsabilidades del FMI, es quizás más comprensible desde el punto de vista pragmático. En primer lugar, porque evita las intromisiones en la política económica interna, y porque el 50% del poder decisional del FMI está en manos de los países del G7, ante los cuales la debilidad de los dos gobiernos es evidente.
Sin embargo, se trata de un gesto que rompe con la tradicional docilidad de los gobiernos anteriores ante un organismo que parece haber perdido por completo el espíritu que originó su nacimiento, en aquel lejano 1944.
No es poco, sobre todo en el contexto latinoamericano, a menudo domesticado por los intereses del capitalismo de cuño neoliberal, que durante décadas han hecho y desecho gobiernos y economías a su gusto. Un signo de esta domesticación es el tremendo peso de la deuda externa de la región, cercana a los 800 mil millones de dólares (de los cuales Brasil y Argentina deben juntos casi la mitad). Gracias a la acción conjunta entre FMI y Banco Mundial empresarios y especuladores con pocos escrúpulos se han beneficiado de la flexibilización laboral, de la desregulación del sistema financiero y de la apertura comercial impuestos como dogma por ese Primer Mundo que gasta en subsidios de su propia producción 300 mil millones al año, casi mil millones diarios, desvirtuando así la expresión libre mercado.
Ahora bien, el hecho de que haya sido posible el gesto de Lula y Kirchner dice que en el contexto sudamericano algo está cambiando. En efecto, una mirada al panorama político revela cambios sustanciales: cada vez más gobiernos se están orientando a encarar políticas sociales destinadas afrontar los problemas de pobreza y miseria estructural. A su vez, es evidente el progresivo alineamiento de Brasil, Argentina y Venezuela. Sus posturas, durante la Cumbre de las Américas realizada en noviembre, lograron prácticamente neutralizar la avanzada del ALCA (Area de Libre Comercicio de las Américas), idea perseguida por Washington, pero que en las condiciones actuales ofrecería ventajas más que nada para el coloso estadounidense.
Además, el presidente venezolano Chávez ha logrado el próximo ingreso de Venezuela en el Mercosur, mientras que va tomando forma un proyecto de integración energética entre los tres países.
Pero el 2005 ha marcado cambios en el mismo sentido también en Uruguay y en Bolivia, donde el presidente Evo Morales es el primer Jefe de Estado de origen indígena. En Chile, a su vez, la flamante presidenta, Michelle Bachelet, ya ha anunciado la continuidad de las políticas sociales que han bajado la pobreza en 15 años del 40 al 18%, con un mayor énfasis en la redistribución del ingreso.
La novedad de este nuevo contexto, no está en la orientación política de estos gobiernos, que de por sí no es necesariamente garantía de una buena gestión, sino en la decidida oposición a las teorías neoliberales hasta ahora aceptadas como el único camino posible; en la búsqueda de una alternativa al mito de la “mano invisible” de un mercado que en la región ha mostrado con absoluta dureza su rostro inhumano.
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El presidente venezolano Hugo Chávez (derecha) ha logrado el próximo ingreso de
Venezuela al Mercosur. |
Se trata de gobiernos que, por lo menos en sus intenciones, se anuncian dispuestos a hacer de la justicia social el caballo de batalla de su gestión, como lo demuestran los denodados esfuerzos realizados precisamente por Brasil y Argentina. Lo cual, no es poco.
Dicho proceso, que si se observa detenidamente está lejos de ser políticamente homogéneo, asume numerosos desafíos. En primer lugar, el de la necesidad de consolidar las instituciones, a menudo deficitarias de una experiencia auténticamente democrática. En este sentido, hará falta “invertir” en democracia.
Y también hará falta consolidar el avance en la integración regional, pero con objetivos mucho más amplios que los comerciales, para que penetre hasta las profundas raíces culturales comunes. |
En este sentido, Europa podría desarrollar un rol importante, sobre todo si es capaz de comprender la necesidad de construir nuevos interlocutores en el escenario internacional, donde hace falta recuperar el multilateralismo.
Habrá que ver si las promesas se cumplirán. Mientras tanto, algunos han comenzado a decir: ¡Basta!
* Director de la revista Ciudad Nueva, Buenos Aires, Argentina.
_ Publicamos este trabajo con la autorización del autor. |
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