emborronar cuartillas antes que frecuentar los salones elegantes de las amistades. Con frecuencia ella pensaba que no se conocía a sí misma, pero en horas de meditación y ensueño lograba asomarse a lo más recóndito de su alma: entonces la espera de su vida cobraba sentido.
Mientras el tiempo transcurría, dejaba pasar los comentarios de quienes le auguraban “que quedaría para vestir santos”, en tanto procuraba cultivar su inteligencia y hasta quizás buscar su propio estilo. No dudo que sorprendiera a muchos que, al producirse la muerte del prócer Gaspar Betancourt Cisneros (diciembre de 1866), diera a conocer el soneto En la muerte de el Lugareño, el cual según se afirma marcar el inicio de su vida literaria.
La espera sentimental de Aurelia cesó al conocer al militar español Francisco González del Hoyo, con quien contrajo matrimonio el 6 de mayo de 1874. Hombre de honor, su sentido de la justicia lo condujo a un hecho que puso fin a la carrera militar desviando la ruta de su vida: “…él estaba perfectamente preparado por idiosincrasia –escribió Aurelia– para reconocer la justicia que asistía a los cubanos, y reconocida ésta, decirlo bien alto, cuando le fue posible hacerlo, al ser fusilado en Puerto Príncipe el patriota Antonio L. Luaces”.(1) Cuentan que el día que se cumplía el primer aniversario de sus bodas, el matrimonio salió desterrado para España, por orden del brigadier Ampudia.
Pese a la lejanía de su familia, Aurelia es una mujer feliz: el esposo favorece su desarrollo intelectual, la comprende, disfruta el resultado de su inspiración. Por su insistencia, publica Fábulas, en Cádiz, casi en vísperas de regresar a Cuba, lo cual ocurre al terminar la Guerra de los Diez Años.
Ya en la capital de la Isla, residirían en la villa de Guanabacoa. Francisco es reincorporado al Ejército y le hacen efectivo el grado de teniente coronel, deberes en los cuales se desenvuelve con dignidad hasta que, en 1889, complace a su esposa retirándose definitivamente de la vida militar.
El matrimonio volverá a dejar atrás el suelo cubano por algún tiempo: emprenden un viaje de estudio por Francia, Suiza, Italia y Alemania. Aurelia da a conocer sus impresiones al respecto en El País y otras publicaciones de la capital de la Isla, de manera que se consolida el prestigio de su autoría.
De regreso al hogar, la felicidad de la pareja fue quebrada al producirse el repentino fallecimiento del esposo el 24 de marzo de 1895. Si bien ese fue un rudo golpe del cual nunca lograría recuperarse, la vida pronto le asestaría otro: el 4 de octubre de 1896, por disposición del capitán general Valeriano Weyler, se ve obligada a salir de Cuba precipitadamente debido a que ella nunca disimuló su identificación con la causa de la independencia.
¿Qué hacer? Los recuerdos la conducen a asentarse en la patria de su esposo: primero Santa Cruz de Tenerife, luego Barcelona, “hasta que las cosas cambien”, solía decir bajito. Complació al dolor de su alma proporcionándole, por únicas compañías, el silencio, la oración y los libros; aunque a veces, más por delicadeza y agradecimiento que por voluntad propia, recibió a algunas amistades, entre ellas, intelectuales de la época. Así transcurrirían sus días hasta que, en noviembre de 1898, logra regresar a la Isla.
Aurelia recibió con júbilo el 20 de mayo de 1902. Su inspiración literaria no estará ausente durante la República. Por ese tiempo escribe Trozos guerreros y Apoteosis. En 1904 verá la luz una colección de poemas de 24 autores, con el título de Arpas cubanas, en la cual según el juicio del doctor José Antonio Portuondo, las de ella se encuentran entre las mejores contribuciones. Fue miembro prominente de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba, así como de otras instituciones culturales. Acogió con entusiasmo activo la celebración en Cuba del centenario de Gertrudis Gómez de Avellaneda (marzo de 1914). Sus Fábulas se hallaban en algunos libros de lectura correspondientes a la enseñanza primaria. Muchos cubanos favorecieron con su interés Un paseo por Europa, en cuyas páginas aparece el poema Pompeya, evocación de la ciudad sumergida.
En 1913 recogió en una edición que no llegó a cien ejemplares sus obras completas, dedicándolas a familiares y amigos cercanos.
El escritor y crítico Jesús Castellanos diría de esta autora: “…su charla y sus escritos revelan una augusta cumbre de serenidad, donde todas las fórmulas extremas, los prejuicios y las debilidades están excluidos”.(2)
José Lezama Lima incluyó en el tercer tomo de su obra Antología de la poesía cubana una selección del legado poético de Aurelia Castillo, que “se mueve en torno del recuerdo de su esposo y de su hermana Matilde, la evocación de los héroes de la patria y los primeros años de la República”.(3) De esas páginas le ofrezco al lector un fragmento de Expulsada, testimonio del profundo amor a su esposo:
Mi espíritu fue, entonces, subiendo a ti por grados,
la soledad austera llevame hasta tu altura.
viví entonces contigo, sin verte, sin oírte,
Sin los torpes sentidos, con el alma, ¡que es pura!(3)
El 6 de agosto del presente año se conmemora el 86 aniversario de su fallecimiento, que tuvo lugar en la añosa ciudad que la viera nacer.
Tres años después, es decir en 1923, por encargo expreso de ella, su sobrino, el doctor Gonzalo Aróstegui, hizo posible que sus restos fueran trasladados a la Necrópolis de Colón para ser sepultados junto a los de su esposo. Tal vez pensaba en ese momento cuando escribió:
Vibraban en el aire, unidas, nuestras voces, unidas, nuestras sombras poblaban el recinto, y sin ayer el tiempo, sin hoy y sin mañana, deslizábase eterno, inmutable, indistinto.(4) Notas:
1. Testimonio recogido del primer tomo de las Obras de Aurelia Castillo, por Domitila García de Coronado en “Álbum Poético Fotográfico de Escritoras y Poetisas Cubanas”, La Habana, Imprenta de “El Fígaro”, 1926.
2. Ibídem, p. 137.
3. José Lezama Lima: Antología de la poesía cubana, T. III, Editora del Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1965, p. 405.
4. Ibídem, p. 407. |