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<< ENERO / 2007 - No.159

No soy crítica de cine, pero La pared, ópera prima del director cubano Alejandro Gil, despertó en mí los deseos de escribir –por vez primera– sobre la manifestación artística que constituyó por los primeros días de diciembre la pasión de los cinéfilos. Mi criterio no explorará los aciertos o fallos formales, técnicos y expresivo-estilísticos del filme, que aguardan por las valoraciones de un especialista en el tema. Lo que pretendo comentar es, en mi opinión, uno de los mejores resortes comunicativos de la película: su carácter profundamente humano y universal.
 
¿Una pared necesaria?
por Anette Jiménez Marata

La pared, para bien, carece de aires en extremo localistas que muchas veces garantizan la rápida identificación con el receptor actual y/o nacional, pero pueden frenar la justa y efectiva interpretación del filme cuando esos códigos (en tiempos futuros o en otras geografías) no constituyan referencias recurrentes en las vidas de los cinéfilos.

La cinta de Gil, de naturaleza filosófica y poética, genera tantas lecturas como receptores tenga. Pero todas, más allá de sus diferencias y similitudes, están signadas por la defensa a ultranza de los más genuinos valores existenciales del hombre.

Espantado ante la violencia ilimitada, la insensibilidad y la destrucción física, psicológica, moral y espiritual que caracterizan al mundo de hoy, Raúl, el protagonista, decide recluirse el resto de sus días en una habitación de austeridad material, apartado de tan aplastante desvalorización. Allí intenta variar su identidad, y se nombra Diego, y luego Daniel. Mas su esencia permanece incólume, y también su sufrimiento que alcanza escala universal: no es sólo una pena individual ante la decepción que le provocan la pareja, el amigo, el hermano, la madre. Es además, el padecimiento a causa del camino ético, moral y espiritual que ha elegido parte de la Humanidad.

Ese espacio sombrío, húmedo y derruido donde transcurren los días de Raúl-Diego-Daniel posee, para su subjetividad, dos “puertas” al mundo exterior. La primera es un televisor que ofrece imágenes del convulso ámbito internacional (guerras, muertes, hambre, llantos, sequía, inundaciones) y también el rostro de un niño que ocupa toda la pantalla (que ahora no presenta aquellas escalofriantes representaciones de la realidad) y observa fijamente al protagonista. La otra es una ventana dibujada por él en la pared, a través de la cual imaginariamente percibe, resguarda y defiende el símbolo de su esperanza, esto es, un chico que en espera de su amada –su utopía– en condiciones favorables o agrestes, es fiel a sus convicciones y nunca renuncia a sí mismo.
Héctor Noas, protagonista del filme La Pared.
Héctor Noas, protagonista del filme La Pared.

Dicho así: ¿qué relevancia o atractivo puede tener un filme en el que el personaje protagónico permanece en una sola locación, con peligro de derrumbe, enajenado de cuanto lo disgusta y lo hiere?

Quizás pueda parecer poco significativo, pero después de vista, la cinta deviene excelente reflexión sobre el ser, el actuar y el devenir humanos, ya sea en La Habana, Sydney o Alaska. Porque es que todos somos vulnerables y el ser humano sufre y se desmorona ante el desamor, el egoísmo, la desconfianza, la soledad y la incomprensión, y renace en la esperanza, el afecto, la sensibilidad y la fe en sí mismo y en los demás.

Es del Hombre, y el interés por todo lo que le concierne de lo que nos habla el filme. Una de las paredes del recinto de Raúl- Diego-Daniel muestra, en grandes dimensiones, la imagen del Hombre de Vitruvio, famoso dibujo de Leonardo da Vinci, ícono pictórico representativo del Renacimiento. Con él no sólo se sitúa al ser humano como centro de todas las cosas; también se exalta y resemantiza, en tiempos actuales, la ideología de este movimiento literario, artístico y científico: el Humanismo. Se proponen, además, nuevas lecturas sobre el valor del raciocinio y la emoción, y la búsqueda e investigación constantes, rasgos distintivos de este fenómeno cultural.

Insertar en la película esta obra de arte como signo harto expresivo es cuestionar parte de los presupuestos ético-filosóficos de la cultura occidental, es preguntarse el ser humano qué ha hecho y qué está haciendo con su poder racional, es hacer un llamado a la recuperación del equilibrio universal.

En tiempos como estos, donde muchas veces prima la ley del “sálvese quien pueda” es muy pertinente situar al hombre de cara a sus miserias espirituales y hacer que reconozca en su vida a la Flor, la Luz, la Inocencia, la Gloria y el Amparo (nombres de los personajes femeninos del filme).

Cuando nuestro mundo ya no pueda sostenerse, y amenace con caer (cual habitáculo del protagonista), hurguemos en nuestro pasado y encontremos allí la confianza suficiente para tomar de la mano a un niño, pintar una ventana y continuar. Si construimos una pared como forma de resistencia que nos proteja y distancie del dolor, que sea temporalmente, no para siempre: afuera, más allá de su fría y ruda estructura, puede esconderse el amor, y su fuerza salvadora.

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