Filme brasilero,
El cielo de Suely. |
Una mirada al
Festival
de Cine.
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por Arístides O´Farrill

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Notoria fue la decepción que muchos sentimos con respecto a la mayoría de los filmes presentados en el Concurso Oficial del vigésimo octavo Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Casi ninguna de las cintas en competencia, sobrepasó la media de una calidad aceptable y las que lo hicieron tampoco sobrepasaron más allá de una mediana calidad aceptable. ¿Culpa del Comité Organizador? No creo, se seleccionó lo más representativo del área.
Sencillamente, no fue un buen año para el cine en la región.
Mucho se habla –y con razón– de la hegemonía de Hollywood en los mercados mundiales, incluyendo los latinoamericanos y del robo de talentos por parte de la poderosa industria cinematográfica norteamericana. De hecho algunos de los que protagonizaron el llamado “boom” del cine latinoamericano entre el 2001 y el 2004 ya están instalados en Hollywood, como el llamado trío de oro de México: Gonzalez Iñarritu, Del Toro y Cuarón o el dueto brasilero compuesto por Salles y Mireilles. A esto hay que añadirle la pérdida sensible que supuso las muertes, en el 2006, del uruguayo Rebella y del argentino Bielinsky, sin dudas dos de los pilares del cine sudamericano, a lo que se une la pérdida no menos sensible del también argentino Mignona. Ahora el resto (la mayoría) no puede ganarse el favor del público ni la crítica con lo visto acá: filmes carente de ideas, serios problemas dramatúrgicos y narrativos o supuestas apuestas arriesgadas por novedosas que a la postre resultaron pedestres y aburridas. Ocurrió un divorcio entre el espectador y los filmes en concurso, inclinándose la balanza por las películas latinas que no competían, excepto por el premio de la popularidad, pero sí se incluyeron en la sección de Panorama Latinoamericano. Entre ellas figuraban mayoritariamente policiales y comedias que, sin grandes pretensiones, lograron el favor del público. Una vez más cabe la pregunta de por qué los festivales del mundo entero rechazan los filmes de género en aras de un cine supuestamente serio que a la larga a (casi) nadie interesa.
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Del naufragio no se salvaron ni veteranos como el brasileño Carlos Diegues y su El más grande amor del mundo ( O Maior amor Do Mundo), un melodrama tele novelesco inverosímil y por momentos ridículo, ni el peruano Francisco Lombardi empeñado otra vez, sin éxito, en sacar a la luz todos los abusos y corrupciones inherentes al affaire Montesinos, está vez con Mariposa negra, extenso melodrama policial –no se sabe si lo uno o lo otro– que parece un retorno de Lombardi a sus primeros filmes de la década del 70. Lo mismo ocurrió con la brasilera Tata Amaral, quien dio varios pasos atrás con su Antonia, otro melodrama –bien intencionado– inverosímil e impostado, sobre unas jóvenes de los suburbios que intentan triunfar en el mundo del Hip Hop. O Chile, que con las pretenciosas y fallidas Pecados (Martín Rodríguez) o Padre Nuestro (Rodrigo Sepúlveda Urzúa) fue de lo peor que ha presentado esa nación en los últimos festivales. |
Filme cubano,
La edad de la peseta. |
Así las cosas, me referiré a algunos de los filmes del concurso principal que mayor interés suscitaron y se alzaron con varios de los premios más importantes.
Sin dudas, la película que más opiniones encontradas provocó, tanto desde el punto de vista estético como ético, fue El cielo de Suely (O Céu de Suely, Brasil, Karim Ainouz) Primer premio coral. El cielo… sigue el recorrido de una joven vital (Hermila Guedes, coral de actuación) que, junto a su pequeño hijo y en vista de que el padre del niño los ha abandonado, trata de construirse un cielo en un pueblo del nordeste brasilero y ante la intolerancia y el rechazo de los pueblerinos, incluida su propia familia, decide vender su cuerpo al mejor postor para salir del infierno en que se encuentra. Temáticamente el filme no ofrece nada nuevo, lo planteado se ha visto mil veces en diversas cinematografías, y además, en este caso se tiende hacia lo telenovesco. Sobresale entonces su novedoso y poético trabajo visual que va recreando acertadamente los diversos estados de ánimos de la protagonista. En su contra también está el hecho (tal vez ex profeso) de revestir el perfil sicológico de Suely de una actitud desafiante, luego no logra la empatía que requiere y uno se pregunta por su grado de culpabilidad en lo que le sucede, aún cuando esto sea totalmente inaceptable. Está claro que la prostitución ocasional que ejerce es algo que le repele. Esto queda muy bien demostrado en dos de las mejores secuencias de la película, una de sexo con el “ganador”, en la que se muestra toda la repulsa que le causa su acción, en contraste con otra escena anterior, donde se entregaba por amor. La otra
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La edad de la peseta, Iván Carreira (niño protagonista)
y la actriz española Mercedes Sampietro (la abuela). |
en la guagua que la traslada a la salida del pueblo, donde con su expresivo rostro da todos los matices del arrepentimiento. Pero lo que sí no queda claro es su decisión de romper con todo, incluyendo el abandono temporal de su pequeño hijo. Es cierto que hay momentos en que uno tiene que escapar de ahogantes círculos viciosos, también que Suely es casi una adolescente enfrentada a una situación limite, pero hay situaciones que exigen de sacrificio, sobre todo cuando uno tiene responsabilidades, personas que dependen de nosotros (más aún un niño pequeño). Ahí radica lo cuestionable de la actitud de Suely. No siempre escapar es la salida, hay veces que es necesario crecerse y enfrentar las situaciones adversas.
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No menos polémica, aunque más convencional, con mucho mejor ritmo y polisemia, resulta El camino de San Diego (Segundo premio coral), del veterano argentino Carlos Sorín. Road movie sobre las andanzas de un pueblerino que viaja a Buenos Aires para ofrendarle una estatua –que el cree parecida– a su ídolo, el futbolista Diego Armando Maradona. A simple vista puede tener una lectura clara y sencilla sobre la necesidad en el ser humano de la fe, de aferrarse a algo, de tener una ilusión por que vivir. Una lectura menos positiva es la fe como algo ilusorio, consuelo para descarenciados y excluidos. Según la cinta, la fe no es exclusiva de una religión y lo mismo se puede creer en Jesucristo que en el Che Guevara, santos que tienen más de míticos que de reales (equivalentes al san Lázaro nuestro), deidades orishas o en estrellas del deporte o el cine, pues el filme a lo largo de su metraje equipara toda esta amalgama de creencias junto a la fe cristiana. Incluso los dos sacerdotes católicos que aparecen al principio igual pueden tener un doble significado: la Iglesia tolerante e inculturada, pero también la Iglesia que cede ante la avalancha de religiosidad popular de todo tipo. Cabe todavía otra lectura: la fanatización de las masas latinoamericanas hacia los líderes populares, sean mesías populistas o estrellas mediáticas con vidas disolutas como la de Maradona o incluso farsantes, supuestos hacedores de milagros. Es cierto que el ser humano necesita de ilusiones y fantasías que escapan a lo auténtico religioso, pero no puede quedarse en la mera ilusión, en el engaño, porque al final solo se es feliz de manera espuria, como parece sucederle al protagonista.
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Una película sobrevalorada fue El custodio, del argentino Rodrigo Moreno, (discutible) premio a la mejor dirección y al mejor actor, Julio Chávez (más que merecido), además de ganar el premio de la Asociación Nacional de la Prensa Cinematográfica de Cuba. El custodio vuelve al tema de la servidumbre humana, visto bajo el prisma del guardaespaldas personal de un ministro. El filme previsiblemente sigue las andanzas de este hombre esclavo del deber, al punto de perder su realización personal en aras de su labor profesional, hasta llegar a un final tan trágico como esperado. Vale el profundo y elegante estudio –desde el punto de vista cinematográfico– que se hace de la sicología del protagonista, aunque la sobriedad en la puesta a veces dilata en demasía el flujo narrativo. Ahora, si sutil resulta la secuencia en que el custodio, cual payaso, tiene que ofrecer su talento artístico para diversión de su jefe y sus amigos, donde además se denota todo lo humillante de la relación entre ambos, predecible y torpe es la escena final en la que, tras darle el tiro de gracia, se “libera”, sentado junto al mar, al que en una secuencia anterior había expresado añorar.
Tres películas a mi juicio fueron injustamente olvidadas a la hora de repartir los premios del jurado principal. Una de ellas fue la cubana La edad de la peseta, del joven y prometedor Pavel Giroud, que se alzó con corales en la categorías de fotografía y dirección artística. Cierto es que en estos dos
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Filme argentino, Crónica de una fuga (premio SIGNIS).
Ocurrió un divorcio entre el espectador
y los filmes en concurso, inclinándose
la balanza por las películas latinas
que no competían, excepto por
el premio de la popularidad,
pero sí se incluyeron en la sección
de Panorama Latinoamericano.
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rubros radican los mayores aciertos de la película que dicho sea de paso posee también una de las puestas en escenas del cine cubano más cuidadas y finas de los últimos tiempos. Igualmente es cierto que no es totalmente original, pues se aprecia deudora del cine español de la transición, en particular de una de sus temáticas recurrentes: la inocencia de un niño trastocada por una situación política radical, lo que emparienta a La edad… con producciones españolas de fines de los 70 y principios de los 80, el caso de, El espíritu de la colmena, Tasio o Las bicicletas son para el verano. Por tanto, la presencia de la actriz española Mercedes Sampietro, una musa de aquel cine, no obedece a exigencias propias de las coproducciónes con España, sino, a todas luces, es un homenaje o guiño a aquel cine. Ahora, La edad… logra darle una sensible e inteligente vuelta de tuerca a la obsesión temática de buena parte del cine nacional de los últimos años: la inmigración, convirtiéndose en una metáfora de la historia de la nación en los últimos cuatro decenios. Elocuente al respecto es como se engarzan perfectamente la secuencia inicial con la final, en la que se resume todo la esencia del filme. La cinta ubica su historia en el año 58, y bajo el prisma de esta familia con sus múltiples problemas nada idealizados, nos remite a una nación que en medio de dudas, represiones y conflictos trataba de madurar hasta que fue sacudida por un proceso político que en su radicalidad iba a trastornar todos los cimientos de la sociedad como le sucede al niño protagonista (Iván Carreira), quien ve de pronto sacudida su inocencia por los drásticos acontecimientos.
Otro filme injustamente olvidado fue el argentino Nacido y criado del reconocido Pablo Trapero (premio FIPRESCI), la cual toca una temática bastante usual en el cine contemporáneo como reponerse a los duros golpes que a veces nos provoca la vida, en este caso la pérdida accidental de mujer e hija. El filme logra alejarse de los consabidos clichés de este tipo de cine. Modélica resulta la presentación prologal de la familia feliz que va a ser cercenada y luego el uso de la elipsis para mostrar el destino del protagonista; el trabajo fotográfico es igual de esmerado. Lamentablemente no sepuede decir lo mismo del proceso de recuperación del protagonista, algo que se alarga demasiado hasta caer en excesivas puntualizaciones que afectan la armazón dramática. Por no hablar de la horrible canción prologal, desliz felizmente subsanado con la excelencia de la canción del cierre, –este último algo impostado, pero redondeado–, y que expresa cómo ante el misterio del dolor, aparecen siempre inesperadas manos amigas que sirven como antídoto sanador, que es la esencia de esta cinta.
La Iglesia una vez más estuvo presente en el Festival, representada por un jurado de SIGNIS. Dicho jurado determinó dar su premio a Crónica de una fuga, del argentino Israel Adrían Caetano, que obtuvo además un coral a la mejor edición y fue el único en competencia que figuró en los primeros puestos del premio de la popularidad. Crónica…tiene en su haber algo que le faltó a la mayoría de las películas en concurso, progresión dramática sostenida y contundencia narrativa, que logra mantener la atención y la tensión todo el tiempo, elementos indispensables para que una película comunique. Al igual que La edad…con respecto a Cuba, la película de Caetano vuelve a la problemática más sensible para los argentinos en los últimos tiempos, la dictadura militar que sacudió cruentamente a ese país, y al igual que Giroud, logra darle una vuelta de tuerca a un tema manido, centrándose en un hecho real: la fuga de los únicos detenidos por la policía militar que lograron escaparse. La cinta tiene un tempo cinematográfico hábilmente estructurado, deudor del mejor cine norteamericano del subgénero carcelario-evasión. El uso de la banda sonora –algo efectista, pero efectiva–, el ritmo y las interpretaciones son convincentes, lo mismo el trabajo fotográfico y el de edición, sobre todo en lo tocante a la identificación de los presos a los cuales uno nunca logra verles exactamente el
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Filme argentino,
El Camino de San Diego (II premio Coral). |
rostro, sugiriendo así que para sus victimarios no valían nada. Estos últimos son también presentados con toda la humanidad posible para aclarar que entre estos servidores del mal, también hubo algunos que lograron mantener su dignidad como ser humano. De hecho el filme sugiere en una perspicaz secuencia que uno de los victimarios propició la fuga de los presos. La presentación de los detenidos es igual de matizada al expresar todos los contrastes entre los presos, quienes tienen serias diferencias ideológicas entre sí. En superar esto y dejarse unir por la solidaridad fraterna que surge en el cautiverio, radica el éxito de su evasión. Crónica… queda como otro certero testimonio de una época oscura para el país austral, felizmente poco a poco superada, pero que no debe olvidarse, como jamás debe ser olvidado todo intento de pisotear la dignidad humana.
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