-3) Un grupo que simpatiza más con una corriente cultural o con un equipo deportivo o que prefiere tal manifestación artística sobre otra, puede de tal modo calentarse en sus simpatías o gustos que la cosa puede llegar a ser una bronca espectacular. ¡Lejos están los tiempos, pero no por eso dejan de haber sido reales, en los que simpatizantes de la música de Piccini (no confundir con Puccini, que vivió un siglo después) aplastaban con insultos y piñazos a los de la música de Gluck, en los teatros de París y de otras capitales, en la segunda mitad del siglo xviii! Más conocidos nos resultan las peleas soberanas entre miembros de distintos grupos religiosos o políticos, no sólo en la antigüedad conocida por los libros, sino también en la contemporaneidad, en nuestra época. Estas serían formas de conflicto grupal que, en principio, podrían intentar soluciones: o en torno a la mesa de negociaciones, o en el campo de batalla. En ellos podríamos inscribir hoy los conflictos por razones socioeconómicas, con las que se imbrican, casi siempre las políticas.
-4) El ejemplo de los ejemplos es la guerra entre naciones y grupos de naciones. No sé si habrá habido aunque solo fuese una brizna de tiempo sin que hubiese alguna guerra internacional en alguna parte de nuestro pequeño mundo.
¿Existe algún estilo cristiano, evangélico de asumir las diferencias, los conflictos, de cualquier índole? ¿Acaso una visión cristiana de la persona humana y de la sociedad nos ilumina a la hora de encarar la conflictividad, en cualquiera de sus formas, con coherencia con la naturaleza personal de la criatura humana y con las convicciones y los principios que, en principio, toda persona debe tener? Porque una cosa me parece cierta: hay problemillas que se pueden dejar pasar, engavetar, y el paso del tiempo los diluye. Pero cuando se trata de verdaderos conflictos, debemos renunciar a la renuncia de planteárnoslos y de plantearlos. El engavetamiento suele contribuir a añadir nuevas y más grandes dimensiones al problema en cuestión. Agrega quistes y heridas que fácilmente se malignizan con el discurrir del tiempo. Frente a los conflictos de verdad, hay que saber dar la cara, “agarrar el toro por los cuernos”, sin renunciar a las exigencias de la Fe, de la Esperanza y del Amor (¡qué lastima que esta palabra tan noble esté hoy tan manoseada: a cualquier cosa se le llama amor!).
Dado que me estoy refiriendo a los conflictos entre personas, la primera y fundamental consideración tiene que ver con el concepto de “persona”, que no tuvo en el latín clásico, madre de nuestra lengua, el significado que tiene hoy. El asunto es complejo y supone el manejo de lenguaje y nociones filosófico-teológicas, pero resulta ineludible su empleo si deseo ser comprendido en nuestra reflexión de hoy y en mis criterios habituales acerca de la conflictividad y en cualquier reflexión personal que concierna a las personas humanas como tales. De paso, me parece que estas líneas pueden contribuir a desenmascarar algunas insensatas afirmaciones contemporáneas contenidas en alguna obra cuya popularidad me resulta casi inexplicable debido a que pretende sostener su argumento y sus tesis en hechos que se contradicen con la realidad objetiva y por medio de una hermenéutica delirante, insostenible. Me estoy refiriendo, por supuesto, al “Código Da Vinci”, acerca del cual ya he escrito. Trataré de ser lo más sencillo y breve posible.
Durante el siglo i y en los inicios del ii, los cristianos afirmaban que el Dios en el que creían, el que les había revelado Jesucristo, era UNO –como ya había afirmado la Biblia Hebrea, o sea, el Antiguo Testamento para los cristianos– pero era simultáneamente Padre, Hijo y Espíritu Santo; era una Trinidad Santísima en cuyo nombre renacíamos, pues en tal nombre éramos bautizados. No era el tiempo todavía de las elucubraciones que trataron y tratan de esclarecer el contenido de la Fe por medio de la Razón. Hacia fines del siglo ii, y sobre todo, a partir del siglo iii, esta situación comienza a cambiar. Habiendo crecido la comunidad cristiana y habiéndose incorporado a la misma un número significativo de personas que poseían una sólida formación intelectual, resultó inevitable que los cristianos se esforzasen por dar cuenta de los contenidos de su Fe, que sin dejar de ser “luminosamente misteriosos”, fuesen aceptables por parte de la Razón. Los judíos de Alejandría, centro cultural de la cultura helenística en la época, habían sentado un precedente al intentar una cierta explicación de sus verdades de Fe por medio de categorías de pensamiento filosóficas, fundamentalmente neoplatónicas y pitagóricas. De esas verdades del judaísmo somos herederos los cristianos. En Alejandría se fundó, en el siglo iii, la primera “escuela de teología cristiana” para formar evangelizadores.
Con respecto a la Fe cristiana, el esfuerzo de la Razón aparecía desde los inicios como algo más complejo que con respecto a la Fe del pueblo hebreo, ya que se trataba de aportar razones que permitieran afirmar que Dios, sin dejar de ser UNO –como también afirma el Judaísmo–, era Padre, Hijo y Espíritu Santo y que eso nos había sido revelado por Jesús de Nazaret, el Cristo (ungido de Dios, Mesías), que había sido un hombre verdadero –“semejante en todo a nosotros menos en el pecado”– pero que simultáneamente nunca había dejado de ser Dios verdadero, desde toda la eternidad y hecho hombre en el tiempo, en el seno de María de Nazaret, virginalmente, sin intervención de varón.
La Santísima Trinidad de Dios, la humanidad y divinidad de Jesucristo y su concepción virginal habían sido afirmadas, primero por tradiciones orales y escritas en la primera evangelización apostólica (entre el año 30 y el año 70) y, posteriormente, por los cuatro textos evangélicos y/o por las cartas apostólicas, o sea, por los escritos cristianos, desde la segunda mitad del siglo i (entre el año 70 y el 100 o 110, en dependencia de la fecha que se acepte para la última y definitiva redacción del Cuarto Evangelio). En la especulación teológica, a partir del siglo ii, los pensadores cristianos se dieron cuenta muy pronto de que el esfuerzo de fidelidad primaria a los datos de la Revelación y, simultáneamente, a la cultura de la época, topaba con problemas nocionales y lingüísticos para lograr una expresión aceptable.
Simplificando el largo proceso de búsqueda de estas precisiones nocionales y lingüísticas, se puede afirmar que las tentativas de los primeros momentos o se enderezaban hacia alguna forma de monarquianismo (Dios Padre entitativamente superior al Hijo y al Espíritu Santo; o sea una forma de subordinacionismo) o hacia la reducción del Padre, el Hijo y el Espíritu a meras apariencias o formas de manifestación diversas de la misma divinidad única (modalismo). Ambas tendencias fueron consideradas heterodoxas ya que contradecían, por una parte la igualdad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y, por otra, su realismo.
Con respecto a la verdad de Jesucristo pasaba algo análogo: o se trataba de explicar solo como un hombre verdadero, “adoptado” por Dios (adopcionismo) o en coherencia con la hipótesis modalista, se le afirmaba como una modalidad de la manifestación de Dios bajo la forma de hombre. Ambas cristologías eran sustancialmente heterodoxas ya que la Revelación bíblica nos afirma que Jesús era Dios verdadero y hombre verdadero; Hijo de Dios, pero con un sentido mucho más fuerte y realista que el que aplicamos para autocalificarnos todos los seres humanos como “hijos de Dios”. El asunto resultaba tanto más complicado cuanto que el sentido de las palabras griegas que era necesario manejar en este asunto variaba de una región a otra, de una época a otra o de una escuela filosófica a otra dentro del ámbito helenístico. Con la traducción al latín sucedía otro tanto. Y no podemos olvidar que a partir del siglo iii el latín, paso a paso, comenzó a ser la lengua eclesiástica común en la zona occidental del Imperio Romano. Con el paso de los siglos, los cristianos de Occidente fueron más numerosos que los del Oriente. Pero esto ya sería otra cuestión.
Un equipo de profesores austriacos y alemanes formula así este paso de la Teología a partir de fines del siglo ii: “Las discusiones sostenidas hasta entonces acerca de la fe cristiana en Dios ponían de manifiesto la carencia de una terminología adecuada. Sin duda, la misma Biblia parecía mostrar persistentes reservas frente a un vocabulario filosófico, a pesar de que también en ella se habla del Logos. Sin embargo, con el desarrollo de la discusión no se pudo mantener por más tiempo la renuncia a utilizar los conceptos filosóficos. Junto a la doctrina del Logos, en el desarrollo de la imagen trinitaria de Dios adquirió peso creciente el concepto de hypostasis para expresar la autonomía de las personas. Hypostasis cuya traducción latina substantia designa al ente propiamente dicho (la ousía aristotélica) frente al accidente, tiene en la metafísica platónica, sobre todo desde Plotino (hacia el año 270) el significado del ser realizado en una cosa concreta” (J. Lenzenweger, P. Sttockmeier, K.Amon, R.Zinnhobler, Historia de Iglesia Católica, Herder, 1989, Barcelona). Paso a paso y transitando en medio del camino por las tentaciones del arrianismo y del nestorianismo, la Iglesia llegó a la aceptación casi totalmente universal de las fórmulas trinitarias y cristológicas de los Concilios de Nicea (325), I de Constantinopla (381), de Éfeso (431) y de Calcedonia (451).
De forma muy resumida podemos afirmar, utilizando términos castellanos, derivados de las traducciones latinas de los textos griegos originales (escogidos después de un arduo proceso de discernimiento entre todas las posibilidades), que la expresión de la realidad de la Trinidad de Dios consiste en la afirmación de UN SOLO DIOS EN TRES PERSONAS (una esencia y tres personas) y la de la realidad de JESUCRISTO EN UN SOLA PERSONA – LA DIVINA – CON DOS NATURALEZAS, LA HUMANA Y LA DIVINA. Evidentemente, estas afirmaciones no despojan de su condición de MISTERIO ni a la realidad de la Trinidad de Dios, ni al caso concreto de Jesucristo, segunda Persona de la Trinidad, Dios verdadero y hombre verdadero, nacido de María de Nazaret, Virgen, muerto en la Cruz y resucitado, propter nos homines et propter nostram salutem (“por nosotros los hombres y por nuestra salvación”), como decimos en el Credo.
“Persona”, en latín, significaba máscara o personaje de una obra teatral (persona tragica). La formulación dogmática de Nicea orientaba el pensamiento no a una máscara o a un personaje de una pieza de teatro, sino a la realidad de Dios y, también poco a poco, gracias a esta formulación dogmática llegó a adquirir el sentido realista que conserva hoy NO SÓLO CON RELACIÓN A LAS TRES DIVINAS PERSONAS, SINO TAMBIÉN CON RELACIÓN A LAS PERSONAS HUMANAS. La riquísima concepción de persona, aplicada a los seres humanos, nace en la cultura occidental de la Fe trinitaria. El diálogo sostenido de la vida interna de la Trinidad Santísima y el diálogo “hacia fuera” con la persona humana, constituyen, aunque no siempre se tenga en cuenta, el paradigma y el fundamento para que todo diálogo humano mantenga un carácter evangélico en la historia de los hombres.
Las formulaciones conciliares son, pues, el fruto de un proceso originalmente intelectual, de carácter filosófico-teológico, pero que simultáneamente produjo múltiples consecuencias en la realidad psicosocial, política, eclesiológica, etc. Proceso curioso y probablemente único en nuestra cultura de matriz judeo-greco-latina. Habitualmente, para asomarnos a la Verdad de Dios y a sus atributos, pensamos en la experiencia humana y después de un movimiento de sublimación y de supresión de todas las connotaciones negativas, afirmamos tal atributo en Dios. Pensemos, por ejemplo, en el Amor. Pero pensemos también y sobre todo en la mismidad de Dios, en Su Ser: Dios es y la persona humana es, pero no de la misma manera; Dios ama y la persona humana ama, pero no de la misma manera, etc. En esto consiste, más o menos, simplificando, la doctrina de la analogía del ente por la que podemos afirmar el conocimiento analógico –limitado pero verdadero– de Dios y de todo Absoluto.
Ahora bien, la afirmación de las Tres Personas en Dios, confiere sentido y desata retos en muchos pasajes de la Biblia. Dado el tema que ocupa mi reflexión de hoy, me limito a las narraciones de la creación en el Libro del Génesis. En la primera (Gen.1, 26) se nos dice que Dios hizo al hombre a su imagen (kat’ eìkóna‘) y semejanza (ómoíosin); en la segunda (Gen. 2, 7) se nos dice que Dios insufló en la nariz (o quizás mejor, en el rostro, prósopon autou) de la criatura de barro un “aliento de vida” (pnonen zoés) y el hombre fue entonces un alma (o espíritu o ser) viviente (psujé zosan).
O sea, que ateniéndonos al texto bíblico como norma, y a las definiciones conciliares como expresión teológica magisterial, en el caso de la creación de la persona humana nos encontramos con una especie de analogía en dos movimientos, uno de los cuales sería una especie sui generis de analogía, o una analogía que se mueve al revés de las usuales: de las Personas en Dios a la persona humana, después de haber hecho el recorrido común, es decir, el movimiento de la persona humana a las Personas en Dios. Dicho con otras palabras, deberíamos tratar de comprender al ser humano a partir de nuestra comprensión, ciertamente limitada, de Dios: la persona humana es una imagen –o icono– de Dios; es semejante a Dios y vive porque le ha sido comunicado el aliento de Dios.
En esta comprensión occidental de la criatura humana como persona (sobre la que mucho nos podrían ilustrar San Agustín, San Hilario de Poitiers y otros teólogos de los primeros siglos del Cristianismo en Occidente), se debería inspirar toda antropología de inspiración cristiana. Consecuentemente, a partir de esta tipo de comprensión analógica (de las realidades humanas a Dios y de Éste a la persona humana), nos nace la convicción de que en todas las relaciones humanas, sin exclusiones, tocamos la riqueza infinita de Dios, con nuestra menesterosidad.
Tal referencia a la Trinidad Santísima y a la analogía humana, que se desprende de la misma, pide ser ampliada y, además, ser complementada por otras referencias, como serían, por ejemplo, las RELACIONES en el interior de la vida trinitaria y en nuestra realidad humana y la motivación radical de dicha RELACIÓN, el AMOR, no éros, sino agápesis: amor de entrega, de donación e intercambio, no de posesión.
Cuando en toda forma de conflictividad entre personas nos referimos al DIÁLOGO y a la búsqueda de CONCERTACIÓN, como la forma más adecuada, más coherente con la dignidad humana ante la conflictividad, el substrato, el cimiento de tal criterio se deriva de la concepción de PERSONA que muy sumariamente he tratado de exponer. La guerra y toda forma de violencia y de distanciamiento arrogante entre personas es, en principio, no sólo un drama, sino y sobre todo un “FRACASO” pues supone, consciente o inconscientemente, un apartamiento de nuestra condición humana, de nuestro ser de “imagen” del único Dios vivo y verdadero, el Dios Trino y Uno que nos reveló Jesucristo. En ser esa imagen o icono y en actuar consecuentemente con ella reside nuestra dignidad.
Cuando los textos magisteriales de la Iglesia, al menos durante los últimos cincuenta años, se refieren al diálogo religioso, ecuménico y al político, sea internacional, sea grupal dentro de una misma Nación, al diálogo que debe animar las diversas formas que puede adoptar la conflictividad en el seno de una familia, etc. apelan a la dignidad humana, al respeto y, más aún, al amor fraterno que debe animar las relaciones humanas. En esas circunstancias, como en todo lo que anima la vida de la Iglesia, su ser y su quehacer, los ojos de la Iglesia están puestos en el dinamismo interior de la vida trinitaria y en nuestro camino de acceso a la misma. Tal acceso nos viene dado por la persona de Jesucristo, tal y como lo conocemos por medio de los escritos apostólicos recibidos por al Iglesia.
En el momento en que escribo estas líneas, estamos todavía a la sombra de las celebraciones navideñas y nos preparamos para las celebraciones de la Epifanía, de la manifestación de Dios a los hombres en la Persona de Jesús. Sea ésta mi colaboración humilde, ofrecida a los lectores, para que tales Nacimiento y Epifanía transformen cada día nuestra existencia según el sendero que nos trazó el propio Jesús, en Israel, hace casi veinte siglos y que nuestra Iglesia, animada por el Santo Espíritu, se esfuerza por hacerlo inolvidable, en medio de los avatares de nuestra Historia y en todos los rincones de nuestra Geografía. La luminosidad de la contemplación trinitaria me conduce al verso, que es también oración:
¿Ves Tú que ya la tiniebla de la noche no me ciega?
Me la alivian las luciérnagas pequeñas,
Y las estrellas que llevan en la frente
Los peregrinos de la Luz,
Los que siempre nos recuerdan que la línea tenue del
horizonte
No es el final de la carrera;
Que es un verso interminable
Antes y después del horizonte,
La carrera de los hombres.
Tú lo has hecho saber y así nos orientas y germinas.
Del otro lado de lo oscuro y lo visible habitas
En inefable esplendor trinitario
Y desde allí nos llamas.
Tan hombre verdadero como Dios verdadero,
y por serlo eres el puente irreemplazable;
la flauta de plata y la rosa fresca que convocan
A abrir los ojos del espíritu.
Eres el agua y el pan y el vino y el aceite
Que restauran la imagen herida;
La voz que clama en la ciudad de los hombres
Y nos descubre los espacios .infinitos
Verdad que salta en nuestra cuerda
Y, gallarda, nos levanta.
(Del poema ¿Felicitarte, Jesús? Madrid BAC, 1999).
La Habana, 3 de enero de 2007.
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