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<< ENERO / 2007 - No.159


PALABRAS DE MONSEÑOR JORGE SERPA
EN LA MISA DE SU CONSAGRACIÓN EPISCOPAL
S.M.I. CATEDRAL DE LA HABANA, 13 DE ENERO DE 2007

Palabras de Monseñor Jorge Serpa en la Misa de su consagración episcopal.
Queridos hermanos:

Al ver a tantos amigos, a tantas personas queridas, de lugares diferentes, me llenan de alegría. Los he conocido en distintas partes, pero hoy nos reunimos en este suelo cubano, en esta querida catedral, para que juntos bendigamos y alabemos a Dios y celebremos la amistad.

Hoy la mirada que hago desde esta querida catedral es con una visual diferente. Obispos, sacerdotes, religiosas y fieles laicos cubanos y venidos de otros queridos países, a todos los amo entrañablemente, a todos les agradezco muchas, pero muchas cosas, pero de manera particular les agradezco su amistad. Les agradezco que hayan sido importantes en mi vida de formación y más tarde en el desarrollo del ministerio sacerdotal.

Agradezco al Santo Padre Benedicto XVI el que escuchando el parecer del pueblo de Dios, me haya designado obispo para la diócesis de Pinar del Río. Al leer el comunicado entregado por el señor nuncio apostólico, monseñor Luigi Bonazzi, les aseguro que muchas cosas pasaron por mi mente: Fidelidad. Responsabilidad. Mayor generosidad ahora en un nuevo ministerio y en un nuevo servicio, pero que eso mismo sea un medio de un mayor acercamiento a Dios, a mis hermanos confiados pastoralmente y claro, tratando de ser un hombre, un cristiano feliz, porque no puedo olvidar que quien ha sido designado para ejercer un ministerio es ante todo un cristiano y por ello mismo para la comunidad no simplemente sobre ella.

Aquí cabe recordar la tan conocida convicción de san Agustín: “Si por una parte me aterra lo que soy para ustedes, por otra me consuela el hecho de lo que soy con ustedes: para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano”.

Hace unos cuantos años, se reunían en mi parroquia de Regla quien entonces fuera mi párroco, monseñor Ángel Pérez Varela (de feliz memoria), mis padres, hermanos y amigos, allí celebraban una misa mientras en Bélgica me ordenaban sacerdote, luego, telefónicamente me decían “estamos contentos”. Hoy, papá, mamá, el padre Ángel, estarán contentos en el cielo, ellos han participado en esta consagración episcopal. A ustedes les agradezco el cariño y apoyo que siempre me han tenido. Permítanme compartirles una experiencia personal. Cuando les comenté a mis hermanos la decisión y la posibilidad que tenía de regresar a Cuba, uno de ellos me dijo en nombre de todos: “Regresa. Tú debes estar en Cuba, allí hacen falta curas, ese es tu lugar anhelado, pero… cuenta siempre con nosotros para lo que necesites”. Ese estímulo, nunca se termina de agradecer.

Que bueno que ustedes monseñor Jaime y monseñor Pedro están aquí. De cada uno en diócesis diferentes les tengo que agradecer la paciencia, el aprecio, la fraternidad y por qué no decirlo, el amor con que me han tratado. De ambos he aprendido mucho, de manera particular el amor y la fidelidad a la Iglesia, ahora yo como sucesor de los apóstoles necesito aún más la mano amiga, que llevándome me indiquen siempre el buen camino, no duden en hacerlo cuando sea necesario.
Querido Siro (como te decimos familiarmente), mi mirada se empieza a orientar hacia la parte más occidental del país, hacia esas tierras pinareñas en donde a partir de mañana sembraré mi corazón y me entregaré a ese pueblo para continuar hablándole de Dios y habándole al hombre del hombre para que nos amemos unos y otros como usted ha venido enseñando.

Siempre me ha fascinado la preocupación de Dios por su pueblo, a quien envuelve, sustenta y cuida como a la niña de sus ojos, así quisiera que fuera para mí la diócesis de Pinar de Río, “como la niña de mis ojos”, y estoy seguro que con la ayuda de Dios lo lograré. Dios sabe que nunca he dejado de amar lo que se me ha confiado, aunque me cueste sufrimientos.

Veo la presencia de las autoridades civiles, con quienes por el mismo hecho de tener que tratar asuntos de Iglesia y Estado, se ha creado una cercanía y hasta diría, una buena y respetuosa amistad en la comprensión.

Cada vez es más evidente que hay un interés común, el hombre y el país, y sólo, ejerciendo en el respeto la misión que a cada uno compete, se podrán obtener los beneficios para quienes nos hemos convertido en sus servidores, el hombre y la patria. Gracias por su presencia.

Mis queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, mis queridos fieles laicos.

El testimonio de su compromiso con la Iglesia en Cuba, su generosidad en el servicio al Evangelio, su compartir con este hombre que camina en Cuba entre oscuridades y luces, entre obstáculos y esperanzas, me ha permitido arraigarme con más deseos a engrosar con ustedes el ideal cristiano de servir sin medida para anunciar al hombre, a todos los hombres, que Dios los ama, amor de un Padre que no tiene en cuenta otra cosa que amar, amar sin medida al hombre, sin preguntarle cuál es su filiación política, sin preguntarle el grado de fe que tiene, independientemente de cualquier situación socio-política, porque para Dios lo que importa es el hombre, por quien muere en la cruz para darle la vida que nace de la cruz.

Ustedes han sido un ejemplo y un estímulo en mi labor pastoral, que el Señor les premie el bien que me han hecho ya que yo no lo puedo hacer.

Cuando pienso en Ti, mi Padre y Señor, y de manera particular en este momento, no puedo dejar de repetir que “Tú acabarás todo por mí, que tu amor es eterno y que no dejas la obra de tus manos”.

Sé que me has elegido fuera del tiempo porque antes de formarme en el seno de mi madre, me conocías y antes de que naciera me habías elegido, para que te amara y para infundir CONFIANZA y para que en el tiempo, en el aquí y ahora, diga todo lo que tú me mandas decir, sin miedo, sin pereza, porque tú estás conmigo, porque tú eres mi fuerza.

Durante muchos años he leído a Pablo en su carta a Timoteo y he terminado por hacer oración esa palabra donde doy gracias a Aquel que me revistió de su fortaleza, Cristo Jesús, y que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio y que me hace repetir como Samuel “AQUÍ ESTOY SEÑOR”, y como diría María la Madre de Dios y la Madre nuestra, para hacer tu voluntad.

Estoy tranquilo porque tengo la certeza de saber “en quien he puesto mi confianza”, en el Cristo de la esperanza, en el Cristo de la vida.

Gracias, que Dios los bendiga a todos.
El nuevo obispo, con mitra y báculo, bendice a todos los asistentes.
El nuevo obispo, con mitra y báculo,
bendice a todos los asistentes.

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