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<< ENERO / 2007 - No.159

  El pasado 13 de noviembre, en la Basílica Vaticana, en presencia de varios miles de peregrinos, el cardenal José Saraiva Martínez, prefecto de la Congregación para los Santos y en nombre de Su Santidad Benedicto XVI beatifica a Carlos de Foucald.
  Beato Carlos de Foucald
 
por fray Frank Dumois, OFM
  Inspirador de los Hermanitos de Jesús
En su homilía el cardenal exaltaba al nuevo beato: “Ha tenido una influencia notable en la espiritualidad del siglo xx y sigue siendo, a comienzos del tercer milenio, una fecunda referencia, una invitación a un estado de vida radicalmente evangélico, y éste más alto de los que pertenecen a los diferentes grupos que forman su familia espiritual, numerosa y diversificada. Acogen el Evangelio en toda su sencillez, evangelizan sin querer imponer, dan testimonio de Jesús respetando otras experiencias religiosas, reafirman el principio de la caridad vivida en la fraternidad. Éstos son sólo algunos de los aspectos más importantes de su preciosa herencia”.

Por su parte el Romano Pontífice dijo: “A través de su vida contemplativa y oculta de Nazaret, volvió a encontrar la verdad de la humanidad de Jesús, invitándonos a contemplar el misterio de la Encarnación; en ese lugar aprendió mucho sobre el Señor al que quería seguir con humildad y pobreza. Descubrió que Jesús, venido para unirse a nosotros en nuestra humanidad, nos invita a la fraternidad universal que vivió más tarde en el Sahara, el amor del que Cristo nos dio ejemplo. Como sacerdote puso la Eucaristía y el Evangelio en el centro de su existencia, las dos mesas de la Palabra y el Pan, fuente de vida cristiana y de la misión”.

¿Quién era Carlos de Foucald? Si quisiéramos limitar a unas frases su espiritualidad cuando, después de una etapa de ateísmos recuperó la fe, sería: “Enseguida que creí que había un Dios, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él; mi vocación religiosa viene de la misma hora que mi fe: Dios es tan grande. Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él.”
Beato Carlos de Foucald
“Si el grano de trigo
no cae en tierra y muere,
queda él solo;
pero si muere da mucho fruto”.
(Jn 12,24)


“No me sentía hecho para imitar en vida pública en la predicación; yo tenía que imitar la vida escondido del humilde y pobre obrero de Nazaret. Me parecía que el mejor lugar para vivir era en la Trapa”.1

Entonces entró en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia, en enero de 1890.

Sigamos ahora las distintas etapas por las que Dios lo condujo.

Nace en 1858 en Estrasburgo, capital de Alsacia, al noreste de Francia cerca de Alemania, que la conquistará en 1890 en la guerra franco prusiana y luego en las dos guerras mundiales para finalmente pasar a ser francesa.

Su familia era rica y cristiana. Él mismo anota en su retiro: “Mi Señor Jesús, yo, como hijo de una santa madre, que apenas puede comprender una palabra, aprendí de ella a conocerte, a amarte y a rezarte…”

Desde niño experimenta el sufrimiento al quedar huérfano de padre y madre a los 6 años. Va a vivir con su abuelo, el coronel Morlot, que le brinda gran ternura. De él recibiría los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por su patria, por su familia, por el estudio, el silencio y la naturaleza.

Al querer frenar a Napoleón III de Francia, Prusia invade su ciudad y Carlos, con su familia, se refugia en Nancy. Allí continuaría sus estudios y recibe su Primera Comunión con gran fervor. El ambiente familiar lo favorece, sobre todo la fe del abuelo y de su prima María, por quien siente gran admiración.

Sobre sus cursos en el liceo (segunda enseñanza) de Nancy escribe a un amigo. “En Nancy yo trabajaba un poco, porque me dejaban mezclar con los estudios un montón de lecturas, que nos hicieron apreciar el estudio, pero me han hecho mal, como usted ya sabe”.

En 1874 hace su filosofía en París, pensionado con los jesuitas. Con la intención de ser militar, entra en la escuela de Saint Cyr. Allí entró en crisis al no trabajar y no asimilar lecturas que le hacían perder el sentido de su vida. Así escribe: “Estuve 12 años sin negar nada y sin creer nada, desesperando de la verdad y sin creer en Dios, ninguna prueba me parecía suficiente, vivía como se le puede hacer cuando se ha apagado la última chispita de la fe”

A los 19 años tiene el gran dolor de perder a su abuelo, a quien admiraba en alto grado por su inteligencia, rectitud y ternura. Éste le dejó una gran herencia que derrocha yendo de fiesta en fiesta y provocando gran tristeza a la familia.
Con todo, a los 20 años termina sus estudios en la escuela de Caballería de Saumur. Está cerca de cuatro años en el ejército y a los 24, en 1882, renuncia a éste para explorar Marruecos.

Al rememorar sus años mundanos escribió en una meditación; con acentos agustinianos:

“Yo me alejaba, cada vez más me alejaba de mi Señor, y mi vida… y también mi vida empezaba a ser una muerte…Y en estado de muerte todavía me guardabas: guardabas en mi alma los recuerdos del pasado, la estima del bien, y durmiendo como el fuego bajo la ceniza pero existiendo siempre el lazo, la relación con ciertas almas bellas y piadosas, el respeto por la religión católica y los religiosos; la fe había desaparecido, pero permanecían intactos el respeto y la estima”.

“El mal que hacía, me lo aprobaba, no lo quería. Me hacían sentir un vacío doloroso, una tristeza que sólo he sentido en ese momento”.

Para la expedición a Marruecos estudia el árabe en Argel (Argelia) y se pone en contacto con el rabino Mardoques, que acepta guiarlo. La expedición científica fue un éxito, que le ganó una medalla de oro de la Sociedad de Geografía de Francia.

Marruecos le impactó por la fe en Dios y la oración de los musulmanes. Pero persiste su insatisfacción. Regresa a París donde entraba en una iglesia: “Comencé a entrar a la iglesia sin creer, sólo allí me encontraba bien y pasaba largas horas repitiendo esta extraña oración: “Dios mío, si existes, haz que te conozca”:

Su piadosa prima le aconseja algo que sería decisivo en su itinerario: visitar al padre Huvelin, vicario de la parroquia de San Agustín. Era octubre de 1886.

Carlos escribió: “Me hizo entrar en un confesionario uno de los últimos días de octubre (creo que entre el 29 y el 30)”.
“Dios mío ¡me has dado todos los bienes! Si hay alegría en el cielo cuando un pecador se convierte, seguro que hubo cuando yo entré en ese confesionario. Qué día de bendición”.

“Yo le pedía lecciones de religión: él me hizo arrodillar y confesar y, en seguida, me mandó a comulgar”.

Le impresiona profundamente una frase del padre Huvelin en uno de sus sermones: “Nuestro Señor tomó de tal modo el último lugar, que nunca nadie se lo pudo quitar”, Jesús pobre va a ser su ideal.

Huvelin le aconseja peregrinar a Tierra Santa. En Belén, en Jerusalén, en el Calvario y en Nazaret, se impregna del espíritu de Jesús. Pero siente que Dios lo llama a imitar la vida oculta de Nazaret.

Como narramos antes, en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves (Francia) con el nombre de hermano María Albarico y deseando vida más austera, lo envían a la Trapa de Akbés (Siria).

En febrero de 1897 deja la Trapa y siguiendo el consejo del padre Huvelin, va a Tierra Santa a vivir como Jesús de Nazaret, en oración y trabajo. Las clarisas lo admiten como empleado viviendo muy pobremente en una cabaña. Allí medita la Sagrada Escritura en silenciosa adoración. El Señor le inspira ser hermano de todos, especialmente de los que no conocen a Cristo. Así, pues, ser “hermano universal” será su proyecto de vida.

Aunque antes no se sentía llamado al sacerdocio, por temor a alejarse de la pobreza y del último lugar, a los 43 años lo acepta (1901) para llevar a Jesús a los más abandonados, no por la predicación, sino por la celebración eucarística, la oración, la penitencia, la práctica de la caridad y el trabajo manual.

Va al Sahara y se instala en Beni Abbés (Argelia) cerca de la frontera con Marruecos.

Su contacto con el Señor le hace sentir la injusticia de la esclavitud, que no cesa de denunciar ante las autoridades.

En 1903 un amigo le cuenta el testimonio de una mujer tuareg que se opuso a que mataran a los soldados heridos y los cuidó ella misma. Esto lo llevó a los tuaregs, los hombres azules del desierto, que para él son los más abandonados. Animado por su obispo, va hacia el Hoggar en el sur de Argelia, a principios de 1904. Es aceptado por Moussa Ag Amastene, jefe del Hoggar, instalándose en Tamanrasset, creciendo la amistad entre ambos a lo largo de los años.

Aprende el idioma tuareg e inicia un gran trabajo lingüístico por respeto y amor a su cultura. Durante la hambruna de 1906-07, comparte todo lo que tiene y cae muy enfermo. Los tuaregs lo cuidan, ofreciéndole un poco de leche de cabra, que tienen que ir a buscar muy lejos. Se profundiza la amistad entre el hermano Carlos y los tuaregs.
Desde hace tiempo quisiera fundar una familia religiosa, pero está solo.
En su diario de 1909, escribe:

“Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome, deben decir:”Ya que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena. Y si me preguntan por qué soy manso y bueno, debo decir porque soy el servidor de alguien que es más bueno que yo. ¡Si supieran qué bueno es mi maestro Jesús!... yo quería ser bastante bueno para que se diga: si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”

En efecto, Dios es el autor de toda bondad. La bondad del hombre es el reflejo de la bondad infinita. Esta convicción fue la que llevó a la santidad a Carlos de Foucald, que el padre Huvelin resumía en la frase: “Hijo de la religión un amor”. Y el mismo Carlos decía: “Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice o se hace, sino en la medida de lo que Jesús vive en nosotros”.

Esto no disminuye el espíritu apostólico del “hermano universal” que va a Francia tres veces, no sólo para visitar a su familia, sino sobre todo para promover una asociación de laicos para evangelizar.

Dicha asociación tiene tres objetivos:

- Llevar a todos los cristianos a vivir el evangelio, siguiendo a Cristo.
- Desarrollar en ellos un gran amor a la Eucaristía, centro de la vida cristiana.
- Desarrollar el sentido apostólico en los pueblos no cristianos.


En la vida del hermano Carlos se cumplió totalmente la frase de Jesús en el Evangelio de San Juan: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (12,24).

Él era consciente de eso y así en sus cartas escribió: “En la hora del anonadamiento más completo, el Señor Jesús salvó el mundo”.

“Nuestro anonadamiento es el medio más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacerle bien a las almas”.
Meditando en (Jn 19,30), inclinando la cabeza entregó el espíritu y escribió:

“Mi Señor Jesús, ¡has muerto por nosotros! Si verdaderamente tuviéramos fe en esto, ¡cómo desearíamos morir, y si fuera como mártires, desearíamos los sufrimientos en lugar de temerlo! Por cualquier motivo por el que os maten, si nosotros, en nuestra alma, recibimos la muerte injusta y cruel como un don bendito de tu mano si te lo agradecemos como una dulce gracia, como una bienaventurada imitación de tu fin… entonces, cualquiera que sea el motivo por el que nos maten, debemos morir y nuestra muerte será un sacrificio agradable, y si no se es mártir en el sentido estricto de la palabra y a los ojos de los hombres, lo será ante tus ojos, y será una imagen muy perfecta de tu muerte y un fin amoroso que nos llevaría derecho al cielo”.

Las repercusiones de la Primera Guerra Mundial llegaron a Hoggar. Muchas tribus bereberes se sublevaron, algunos insurrectos enloquecieron y uno de ellos asesinó al padre Carlos de Foucald el 1º de diciembre de 1916.

Acababa de cumplir 58 años; en su rostro podía verse tal paz, que nadie creyó que culpara a alguien de su muerte violenta. ¡Ya no había en su alma otra cosa que el amor y el perdón!

Los dos pilares de la espiritualidad del hermano Carlos, como ya dijimos, eran la presencia de Jesús en la Eucaristía y en los pobres.

El mensaje ha calado en sacerdotes, religiosos y laicos que forman la familia espiritual de Carlos de Jesús (su nombre completo).

La primera congregación religiosa que siguió su espiritualidad fueron las “Hermanas del Sagrado Corazón”, fundadas por una viuda de 43 años, la señora Macois-Capart, en 1928.

En 1937 el padre René Voillauma formó una fraternidad con cuatro hermanos más en la basílica de Montmartre (París). Luego se establecen en el Sur de Argelia. Al principio se llamaron “Hermanitos de la Soledad”, pero pronto cambiaron en “Hermanitos de Jesús”. Tiene casas en nuestra patria, en Marianao y Holguín.
Choza que le sirvió de casa.
Choza que le sirvió de casa.
En 1947, René Voillauma fundó con tres hermanos la primera fraternidad obrera de los Hermanitos de Jesús en Aix-en-Provence. Y cuatro años más tarde publicó el libro En el corazón de las masas, con una tirada de más de 100 mil ejemplares.

La hermana Magdalena de Jesús, francesa, fundó en 1939 las “Hermanitas de Jesús” que se han extendido por todo el mundo, con más de 300 fraternidades. En nuestra patria están en Marianao, Puerta de Golpe (Pinar del Río) y La Habana Vieja.
Última foto que le fue
tomada en vida (1916).

Última foto que le fue tomada en vida (1916).

La “Unión de Hermanas y Hermanos-Solidaridad Carlos de Foucald, es una asociación privada de laicos que tiene más de 900 miembros.

Hoy en día la “Asociación Carlos de Foucald” reúne a un gran número de familias que siguen su espiritualidad: los “Hermanitos de la Cruz” (Canadá), las “Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación” (Haití), las “Hermanitas del Corazón de Jesús” (República Centro Africana), la “Fraternidad Jesús Cáritas” (instituto secular femenino), la “Fraternidad Sacerdotal Jesús Cáritas” y ocho más.

Terminamos con la bellísima oración que sintetiza la entrega total del hermano Carlos de Jesús:

“Padre mío, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas”.

“No deseo nada más, Dios mío. En tus manos entrego mi vida. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medidas, con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre”.

Nota:
1. Se llama así a una reforma de la Orden Cisterciense, de espiritualidad benedictina que surgió en Francia, con el abad de Rance, en el siglo xvii. Su nombre oficial es “Orden Cisterciense de la Estricta Observancia” OCSO, más conocidos como trapenses por el lugar en que surgió.


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