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El sol vespertino de la Isla de la Juventud parecía acoger con asombro a un grupo entusiasta de hermanos en la fe, que desde sus diversas vocaciones, rompían con su llegada la rutina diaria de la tierra pinera. Diciembre nos ofrecía el primero de sus días, como inicio de una jornada inolvidable que tendría como alegre centro, la ordenación diaconal de un hijo de esa joven ínsula: el seminarista Boris Aníbal Moreno Capote. |
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Palabras de agradecimiento
de
Boris Aníbal Moreno Capote
durante su ordenación diaconal.
El futuro lo conquistan
aquellos que tienen
el valor de soñar
y el empeño perseverante
de trabajar por un sueño.
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La Iglesia en la Isla de la Juventud.
Crónica de una jornada de Dios.
por Rogelio Dean Puertas* |
Era bien diverso el grupo de afortunados que quisimos participar en esta aventura de Iglesia-Comunión. Nueva Gerona se vio invadida de repente por seminaristas, religiosas, diáconos, sacerdotes, fieles laicos y más tarde por sus obispos pastores. No cabe duda que durante todo un fin de semana, el corazón de nuestra Iglesia diocesana latió más fuerte en esta parte inseparable de su territorio.
Los Padres Redentoristas, a cuyo cargo se encuentra la evangelización y pastoreo de la feligresía de la isla, protagonizaron una espléndida acogida que partiendo desde la misma casa parroquial, se extendía a unas cuantas casas de gentiles familias que no escatimaron esfuerzos en hacernos sentir como en nuestros propios hogares. Todos salimos convencidos de que el gran tesoro de la isla estaba en su gente.
Para los que visitábamos la tierra del cítrico y el mármol por vez primera, todo parecía atrapar nuestra atención. El templo parro-quial de la capital isleña, cautiva por su sencillez y buen gusto. Dedicado a María en su advocación de Nuestra Señora de los Dolores y a San Nicolás de Bari, parecía dar testimonio de una fe sincera que nunca logró apagarse en el corazón del pueblo aún en los tiempos más difíciles.
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Con alegría recibimos no mucho después a nuestro arzobispo, el cardenal Jaime Ortega y a su obispo auxiliar monseñor Juan de Dios Hernández. No faltaron a la ocasión, monseñor Jorge Serpa, el entonces rector del Seminario de La Habana y el padre Jesús López López, éste último buen pastor por algunos años de la comunidad anfitriona. La alegría y las manifestaciones de gratitud de sus antiguos fieles no se hacían esperar.
Nuestros obispos aprovecharon bien la oportunidad, para recorrer junto al cura párroco de la isla y los otros sacerdotes, las comunidades cristianas dispersas por el territorio pinero; así como para dialogar amistosamente con autoridades civiles y pueblo en general. Muy impresionados quedaron por el serio trabajo misionero que se realiza, en medio aún de la falta de templos, recursos y personas. Llegue la gratitud de nuestra iglesia diocesana a los padres misioneros redentoristas, fieles hijos de san Alfonso María de Ligorio, que dejando las comodidades y facilidades de sus respectivos países, han optado por el servicio humilde y generoso en nuestra tierra cubana en los lugares que más los necesita.
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Momento especial fue el abrazo del cardenal
Jaime Ortega, arzobispo de La Habana,
al
joven diácono. |
El mediodía del sábado 2 de diciembre nos sorprendió en un almuerzo fraterno en la zona conocida como “El Abra”. No era difícil dejarse cautivar por la belleza del lugar, que facilitaba un ambiente familiar festivo. Algunos seminaristas, atrapados por un especial sentimiento de amor hacia nuestro héroe nacional, no quisimos marcharnos sin antes peregrinar a la finca que acogió a José Martí, al salir éste del presidio político. En esta casa –museo, que aconsejamos no dejar de visitar a quien vaya por la isla–, encontramos una explicación detallada sobre la estancia de nuestro apóstol en ese lugar y cuanto de beneficio reportó para él. Es cautivador conocer siempre un poco más de las sólidas raíces humanas y cristianas que acompañaron la vida de nuestro Martí.
La tarde de este día nos preparaba un gran regalo. Un nutrido grupo de hermanos comprometidos en las comunidades pineras, recibirían el sacramento de la Confirmación de manos del obispo auxiliar de La Habana.
Animamos la celebración eucarística el coro de seminaristas que desde hacía algún tiempo ensayábamos para la esperada jornada. La homilía de monseñor Juan de Dios fue todo un magnífico regalo, donde primaba su acostumbrado mensaje misionero en un lenguaje claro y directo. |
La mañana del primer domingo de Adviento nos despierta con nuestro tradicional olor a “café acabadito de colar”. Las atenciones madrugadoras de Magalis, Luis y tantos otros anfitriones, nos lanzaban con entusiasmo a abrir un nuevo tiempo litúrgico con ganas de cantar fuerte con el alma: ¡Ven Señor!
El templo parroquial se hizo verdaderamente pequeño en la aguardada mañana dominical. Todos los preparativos de la ceremonia de ordenación fluían con tranquilidad, dibujando en los rostros de sus protagonistas una feliz sonrisa, al repique de campanas que a propuesta del párroco no quedarán mudas en lo adelante.
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El diácono Boris Aníbal Moreno junto
a los seminaristas
de La Habana. |
Boris junto a su madre. |
El coro del Seminario San Carlos y San Ambrosio, con menos integrantes que lo acostumbrado, enriqueció especialmente la liturgia de una ceremonia quizás un poco diversa a los ojos de la mayoría de los presentes. El cardenal vivía intensamente como obispo y pastor de nuestro rebaño, uno de los momentos más gratificantes del ministerio episcopal. Se podía identificar en él, a un verdadero Padre que se regocija con la ratificación fiel del “Sí” de uno de sus hijos.
Un gran sentimiento de gratitud irradiaba el nuevo diácono en camino hacia el sacerdocio. No dejaba de sentir en su vida los bienhechores influjos de: “un gran abismo de generosidad”. Una larga fila de familiares, amigos y fieles en general le aguardaban ansiosos para felicitarle al finalizar la santa misa.
El compartir comunitario en los jardines de la Iglesia no se hizo esperar; antesala de un almuerzo en un restaurante cercano de ambientación china, reservado para la ocasión. Entre cuentos, historias, fotos y el abundante humor cubano, se nos fue el tiempo increíblemente.
La familia de nuestro Boris, no nos quiso dejar partir sin acogernos de modo especial en su hogar por la noche. Brindamos con una exquisita Crema Vie, cuya receta parece ser fenomenal secreto de las manos de la hermana del anfitrión de la casa. Lo cierto es que no daban ganas de partir a dormir. Tuvo un gran trabajo la fuerza de la razón para dominar nuestras ganas de seguir compartiendo en familia. Al otro día nos tocaba madrugar para regresar a La Habana.
El sentimiento de la despedida nunca trae la suficiente tristeza para hermanos cuyo vínculo es Jesús. Estoy seguro que el deseo del regreso nos invadió a todos los visitantes por igual. Haber sido testigos de una Iglesia viva y misionera en el amor, nos aportó mucho para seguir adelante por los caminos que el Eterno Padre ha elegido para cada uno de nosotros. Debemos orar todos de corazón, para que Jesús Buen Pastor siga suscitando la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada entre los jóvenes pineros.
El futuro lo conquistan aquellos que tienen el valor de soñar y el empeño perseverante de trabajar por un sueño. Si de sueños se trata, uno grande y noble sería el de convertir a la Isla de la Juventud en una tierra “Evangelio Vivo”; donde muchos peregrinos puedan encontrar siempre, como este joven seminarista, un renovado motivo para creer en la fuerza del amor y la esperanza.
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En un momento tan especial,
la familia lo acompaña en alegría. |
*Seminarista de la Arquidiócesis de La Habana.
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