| 4 DE FEBRERO: DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO.
“PUESTOS EN MANOS DE NUESTRA PROPIA DECISIÓN” La Palabra de Dios: “soy de labios impuros” (primera lectura); “les recuerdo el evangelio que les salva si lo mantienen y practican” (segunda lectura); “remen mar adentro y echen las redes para pescar” (tercera lectura).
1. Desde antiguo se ha comparado existencia humana con una travesía en barca, cuyo remero es cada uno. Según los entendidos, hay muchos naufragios cuando los barcos entran y salen del puerto; tienen que calcular bien el calado del agua para no quedar empotrados en la arena, y así fracasar en su cometido: de navegar vadeando las olas. Algo parecido puede ocurrirnos a los cristianos: un día optamos por seguir a Jesucristo; el evangelio merecía la pena; pero luego, en la práctica de cada día, llegan los abrojos y espinas que ahogan la semilla, la obsesión por las seguridades que matan la confianza, la comodidad que nos cierra en el individualismo. Y ahí nos quedamos atrapados; como el joven rico del evangelio que, atrapado por sus muchas riquezas, no dio el paso adelante.
2. El caso es que, si bien Dios nos acompaña siempre y desde dentro suscita en nosotros el deseo de autenticidad, hemos sido puestos en manos de nuestra propia decisión y Quien nos ha creado sin nosotros, no puede completar la obra de nuestra plena humanización, si no decidimos por nuestra cuenta pelear cada día para vivir en verdad. Al fin y al cabo lo que llamamos pecado no es más que matar la verdad con la injusticia: nuestra propia verdad porque nos creemos absolutos y no lo somos, la verdad del otro que es imagen de Dios y lleva en su frente la marca “no matarás”, y consiguiente la verdad de Dios-amor, único absoluto.
3. Las lecturas en la eucaristía de este domingo traen dos verdades que nos constituyen: todos somos “de labios impuros”, y tenemos un corazón torcido, pero también somos alcanzados por el favor de Dios que nos ama, nos alegramos con el evangelio de Jesucristo, y muchas veces hemos sentido el deseo vivo de seguirle. Conscientes de nuestra incoherencia, es necesario re-crear cada día nuestra confianza.: Dios nos ha creado por amor, y en Jesucristo nos abrió el camino para llegar a nuestro destino de felicidad. No quedemos en la orilla, en la indecisión con un pie en tierra firme y otro en el agua: “rema mar adentro”. Según el evangelio, cuando Pedro y sus compañeros tomaron esta decisión, llenaron su barca de pesca abundante.
11 DE FEBRERO: DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO
“DONDE PONER LA CONFIANZA ”
La Palabra: “maldito el que busca su fuerza en la carne” y “bendito quien confía en el Señor” (primera lectura); “dichosos los pobres porque llega el reino de Dios” y “ay de vosotros los ricos” (tercera lectura); “Cristo resucitó de entre los muertos como el primero de todos” (segunda lectura).
1. En el lenguaje bíblico “carne” significa caducidad, lo contrario a firmeza en que podamos apoyarnos. En una de sus cartas San Pablo se refiere a las obras de la carne: “lujuria, libertinaje, discordia, rivalidad, egoísmos y cosas por el estilo”. Es una existencia que gira en torno a falsos absolutos como “tener insolidario”, “poder para dominar a los otros”, “gozar lo más posible y cuanto antes a costa de lo que sea y de quien sea”. A los que ponen la confianza en la carne, le ocurre como hacendado que, con una buena cosecha, sólo pensó en su seguridad y no se preocupó nada de los que no tienen lo imprescindible: “¡insensato! ¿Para que te sirve todo eso, si esta noche vas morir?” En cambio “quienes ponen su confianza en el Señor”, escuchan y ponen en práctica su palabra: “es mejor compartir que acaparar”; son como Zaqueo y el buen samaritano.
2. Jesús de Nazaret está convencido de que ya llega el “reino de Dios”. Un símbolo de lo que ocurre en las personas y en los pueblos cuando dejan que Dios-Amor sea su único señor. Por eso los pobres que han sido echados fuera, los excluidos, con la llegada del reino de Dios podrán vivir con la dignidad de personas; deben confiar. Pero los ricos avaros, tienen que convertirse al reino de Dios que llega, compartiendo y liberándose así de sus falsas seguridades, ídolos del tener, del poder y del gozar.
3. Espontáneamente surge un interrogante: ¿merece la pena compartir? ¿Quién garantiza que ese es el camino para la verdadera humanización? Y la palabra de Dios nos trae como ejemplo y aliciente la conducta histórica de Jesús: compartió cuanto era y tenía pensando en los demás. Entregó la propia vida por amor y así venció a la muerte. La resurrección de Jesús es garantía de que merece la pena confiar en el Señor. Un texto del evangelio dice: “cuando des una comida invita a los pobres, cojos y lisiados que no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los muertos”.
18 DE FEBRERO: DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO
¿AMAR A LOS ENEMIGOS?
La Palabra de Dios: “no le mates, no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor” (primera lectura) ; “el primer hombre, Adán, tiene vida; el segundo Adán, el hombre nuevo da vida”(segunda lectura); “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian” (tercera lectura).
1. Es muy romántico afirmar el amor a todos en teoría. Pero en la práctica, cuando el otro amenaza mi seguridad ¿por qué ha de ser amado y respetado? Freud coincide con Tomás de Aquino: al enemigo en cuanto enemigo no se puede amar; lo normal es desear que desparezca del mapa. Entonces ¿cómo entender el amor a los enemigos que recomienda hoy el evangelio?
2. “No se puede matar impunemente al ungido del Señor”. David dictó esta sentencia refiriéndose al rey Saúl que, según la traición bíblica, era ungido por Dios. Pero todo ser humano, como imagen del Creador, es ungido, amado y protegido de Dios aunque sea malo y se vuelva contra su propio hacedor. Cuando Caín se ve perseguido y amenazado de muerte porque había matado a su hermano Abel, Dios le sigue protegiendo: “nadie te matará”. Todo hombre y toda mujer llevan en si mismos la marca de lo divino; no son medios sino fines; son “res sacra”, realidad sagrada.
3. En cuanto atentan contra la vida de los seres humanos, el enemigo no debe ni puede ser amado; el mal no debe ser querido ni respetado, debe ser combatido. Pero en cuanto imagen de Dios, hay en el ser humano un absoluto que le avala: “no matarás” Ya en la convivencia humana se alternan dos clases de personas. Unas que “tienen vida” pero son incapaces de dar vida; se curvan sobre sí mismas individualistamente; son lo que san Pablo llama “el hombre viejo”. Otras en cambio son personas que no sólo tienen vida sino que también dan vida; son individuos comunitarios. Siguen el camino de Jesucristo, “segundo Adán”, “hombre nuevo” capaz de amar incluso a sus enemigos. 25 DE FEBRERO: DOMINGO I DE CUARESMA
QUÉ SIGNIFICA LA CONVERSIÓN
La Palabra: “El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte” (primera lectura); “la Palabra está cerca de ti” (segunda lectura); “al Señor adorarás y a él solo darás culto” (tercera lectura).
1. Con frecuencia nos imaginamos a Dios como juez insobornable dispuesto a condenarnos. Pero esa imagen nada tiene que ver con la visión de Dios que actúa en el pueblo donde se escribió la Biblia, y que se revela en Jesucristo. Toda la historia bíblica parte de una primara convicción: “Dios nos sacó de Egipto cuando estábamos esclavizados”. El verdadero Dios es liberador, no sabe más que amar, lamenta nuestros fracasos, nunca reprime nuestra libertad, y siempre nos mira con esperanza.
2. Este amor gratuito de Dios es para todos: “no hay distinción entre judío y riego, pues uno mismo es el señor de todos”. La palabra de Dios tiene su eco en la conciencia de cada uno y todos, si escuchan esa palabra, “por la fe del corazón, llegan a la justicia”. La fe es un encuentro personal con esa Palabra que está cerca, dentro de cada uno, que da sentido y verdad a la existencia. Confianza en su mensaje, y un compromiso por practicarla en una conducta humanitaria, de justicia y de solidaridad.
3. Ya en la práctica existencial, se trata de ir madurando en humanidad, siendo cada día más libres ante las riquezas, ante las apariencias y el prestigio social, en el ejercicio del poder. Eso quiere decir el relato evangélico sobre las tentaciones de Jesús. Aquel hombre que, según la fe de los cristianos, es Hijo de Dios y camino de salvación para todos, no se arrodilló ante los bienes económicos de este mundo; prefirió compartir todo. Tampoco pretendió ningún triunfalismo haciendo cosas extraordinarias, como por ejemplo dejarse caer desde un lugar muy elevado y quedar revoloteando en el espacio para que todos le aplaudan. Nunca buscó su propia seguridad, y ejerció el poder siempre como servicio de amor y liberación para los otros, especialmente para los pobres y enfermos. Todo un programa de conversión para el tiempo de Cuaresma. |