¿A quién no le gusta revivir en la memoria los momentos más dulces del pasado? Mis recuerdos favoritos están vinculados con una niñez muy feliz. Crecí en un pequeño pueblo de los últimos municipios de Ciudad Habana, de esos que aún mantienen todas las peculiaridades de un pueblo de campo. Con solo cruzar la calle tenía una inmensa finca para jugar, correr y soñar a la sombra de las matas de mamey, mango, ciruela. En esa época los vecinos éramos como una familia, algo que ha trascendido hasta hoy entre los que quedamos, los que no nos fuimos. Ojalá pudiera decir lo mismo de la finca que hoy intenta resistir a la urbanización, tan necesaria, claro está.
Recuerdo con mucho cariño a mi sacerdote de entonces, aquel que me enseñó el Padre Nuestro y el Ave María con los dedos de mis manos (ocho para el primero y diez para el segundo), las muchas cosas que hacía por nosotros aunque no llegábamos ni a cinco; pero al final de cada encuentro dominical lo esperábamos ansiosos para oírle hablar de la vida de los santos, aprender canciones y ayudar en las misas. Muchas veces le invadimos el auto para que nos llevara a la playa donde estaba su otra comunidad. Allá nos encontrábamos con otros niños, compartíamos una limonada fría y tostada con fanguito (leche condensada quemada). Cómo olvidar las otras tantas veces que nos llevó en su bicicleta (hasta nuestros días creo que es la misma) cuando ya no contaba con el auto.
También guardo muy gratos recuerdos de mi escuela de entonces. Todavía me parece sentir el olor de los viejos pupitres de madera, mezclado con mi permanente colonia de pétalos de violeta, o escuchar la voz de la maestra que me enseñó a leer y escribir. Todavía la puedo ver, encorvadita por los años, pasar de vez en cuando por mi casa para comprar algo en el huerto de mi pedazo de finca. Recuerdo la hora del recreo cuando jugaba hasta cansarme al Matandile, La señorita entrando en el baile, Los pollos de mi cazuela, y toda esa clase de juegos que hoy parecen desterrados al olvido.
En fin, me gustaban mi barrio, mi iglesia, mi escuela… Disfrutaba de todos los acontecimientos con particular alegría, sobre todo de las reuniones familiares que hoy han menguado un tanto debido a los horarios, a los que ya no están… Y así crecí, con un mundo interior lleno de fantasías, gracias a los cuentos que me leyeron mis abuelos y mis padres; historias que me adentraron en un mundo de hadas madrinas, duendes, colores, Reyes Magos y ángeles, tal y como yo trato de hacerlo hoy con mi hijo de ocho años, aunque para mí han transcurrido más de veinte. Cuando me involucro en sus juegos y camino con él tomados de la mano, es como revivir mi vida de pequeña a través de sus descubrimientos y curiosidades, respetando su espacio, pero ayudándole a crecer con sus propias fantasías y cultivar la inocencia propia de su edad.
Hace un tiempo, camino de la misma escuela que fuera la mía en otro tiempo y que aún sigue siendo tan linda, y después de prepararnos todos en casa para celebrar el natalicio de José Martí –porque hasta la bisabuela le ayudó a memorizar la letra de “Cultivo una Rosa Blanca”–, le conté cómo había recorrido muchas veces ese mismo camino. Le hablé del cosquilleo que sentía en el estómago cuando me tocaba recitar o cantar. Y así, con mi alma soñadora reconstruía para él aquellas escenas de alegría: las flores, el disfraz para usar en pequeñas obras como “Los Zapaticos de Rosa”, “Meñique” y tantas otras. Como de costumbre se leyeron comunicados alegóricos, pero lamentablemente, nada de obras, nada que tuviera que ver con La Edad de Oro. Al ruido de “La gasolina” o “La Gata” (no precisamente la de los zapatos de caramelo) aparecieron los niños de las diferentes aulas con sus disfraces, ejecutando bailes de estilo contorsionista y cualquier clase de movimientos que todos, menos yo, admiraron y aplaudieron. Aquello me parecía más una confabulación para un verdadero enero sin sol, que una celebración Martiana.
Me pregunto si de pronto esta sociedad ha olvidado lo que significa ser niño, si desechó las fantasías y lo apropiado para cada celebración. Este fenómeno es como una enfermedad que se expande a cualquier evento infantil. Ahora cada actividad tiene como ambientación ¿música? de “adultos”. ¡Con tanto repertorio que nos ha regalado la querida Teresita Fernández y que tanto nos hizo soñar! Y de eso se trata: de no quemar los sueños de los niños. ¡Es tan lindo vivir paso a paso! Y de cuál mano mejor que la de sus padres. ¡¿Qué protagonismo nos perdemos de ser sus mejores héroes?!
Resulta muy placentero tener un lugar interior donde echar a volar la fantasía libremente o refugiarnos en ese mundo que vivimos, donde a nuestro alrededor todo era tan grande, tan bello y sabía tan bien; que podamos escaparnos por unos instantes de este vivir a la carrera y con no pocas complicaciones. ¿Por qué negarles hoy a nuestros niños el privilegio de contar mañana con un hermoso mundo? Por favor, ayudémosles a crecer sanos de cuerpo pero también de espíritu. Y como esto parece una enfermedad cuyos efectos y daños pueden ser a largo plazo, empecemos ya a alimentar su fantasía. La fantasía, en la medida justa y en su debido momento, junto con una buena dosis de canciones y cuentos infantiles resulta una excelente medicina. Es un tratamiento muy barato y hasta beneficia también a quien lo suministra. Créanme, conmigo funcionó.
Además, nunca olvidemos nuestra condición de cristianos e invitemos a nuestros hijos a imitarlo a él en su crecimiento físico y espiritual. A nosotros nos toca alimentar su espiritualidad y su inteligencia. Recuerden al maestro: “Dejen que los niños vengan a mí, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos…” (Lc 18.16). Debemos dejarlos ser niños, sin prisas, sin quemarles sus etapas. Hay que enriquecerles esa vida de niños, para que sepan serlo y no se olviden de ello cuando les llegue la adultez, para que pidan y crean confiadamente como sólo los niños saben hacerlo, para que busquen la protección maternal de María como niños, porque el amor y la búsqueda de Nuestra Señora es muy importante.
San José María Escrivá de Balaguer escribió: “El principio que lleva al amor de Dios es un confiado amor a María Santísima” porque “si buscáis a María encontraréis a Jesús”.
Mis hermanos de fe y de condición de padres o tutores reflexionen conmigo sobre esta gran preocupación y revisen si ya está incorporado este suplemento para el crecimiento interior en la dieta de sus niños, porque “no solo de pan vive el hombre” y somos nosotros los que tenemos el derecho y la obligación de velar por sus sueños.
* Comunidad: Nuestra Señora de la Caridad del Cobre (Punta Brava).
Integrante del Equipo del Campamento Católico “Despierta”.
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