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<< ENERO / 2007 - No.159
SEGMENTO

¿Apóstol del presente o maestro del pasado?
Contribuciones al debate en torno a José Martí


En tiempos recientes, el medio intelectual y cultural cubano –dentro y fuera de la Isla– ha presenciado la recurrencia de una encendida polémica en torno a la valoración y vigencia de uno de los paradigmas que más ha marcado la definición de lo cubano: la obra de José Martí. En términos generales, las posiciones encontradas pueden resumirse en la problemática de la eternidad del pensamiento martiano, centrada fundamentalmente en el discurso político.

I. POSICIONES EN DEBATE

Por un lado, en la concepción más tradicional, sustentada por la historiografía y el pensamiento político nacionalista y republicano, antes, y especialmente después de 1959. La esencia de esta concepción se encontraría en una recepción atemporal y acrítica de Martí, en la que éste deviene referente fundamental para la estructuración y definición de la cubanidad desde el instante en que su obra es conocida. El proceso de aprehensión martiana en el alma nacional habría representado así la aportación de un paradigma normativo,una guía axiológica de un deber ser para el hecho cubano, convertido en patrón de juicio obligatorio para la realidad y recordatorio perenne a un presente de un futuro que aguarda y que está en la obligación de edificar. La Cuba real sería interpelada, a través de Martí, por la Cuba soñada, tanto en la sociedad como en la economía y la política. Martí significaría entonces la encarnación de la revelación de un destino, de una teleología, la luz que indicaría el rumbo definitivo de la Nación.

 
¿Apóstol del presente o maestro del pasado?
por Alexis Pestano Fernández
ilustraciones: Beatriz Alonso
La Cuba real sería interpelada, a través de Martí, por la Cuba soñada,
Por otra parte, los últimos años han presenciado el surgimiento y desarrollo de una novedosa línea interpretativa que se ha planteado, al menos tácitamente, una revisión y remontaje profundos de la historia nacional, y como elemento clave de la misma, una redefinición de la significación y el alcance del legado martiano en la misma. Lo característico de esta posición se encuentra en su interés de estructurar una alternativa a la ortodoxia historiográfica sancionada por la tradición. Dos factores, grosso modo, han influido en la conformación de la reciente iconoclasia exegética cubana.
 


En primer lugar, partiendo del hecho de que la casi totalidad de los exponentes de dicha concepción viven fuera de Cuba1 por contradicciones con la ideología imperante en la Isla, la primera motivación surge de la necesidad, por ellos experimentada, de contrarrestar el capital simbólico sobre el cual descansa la estructura ideológica de la Revolución de 1959. En este sentido, se propone una reivindicación de los elementos marginados o subvalorados en la construcción teleológica elaborada desde el poder, el cual se asume heredero de una tradición revolucionaria y nacionalista ininterrumpida, cimentada en valores de unidad, lucha, intransigencia, combatividad. Al discurso de la revolución perpetua oficial oponen entonces una tradición diferente, basada en la racionalidad, el diálogo, la pluralidad, el consenso. A una moral revolucionaria enfrentan una moral instrumental como fundamento de la teleología nacional2. Martí, entendido superficialmente por estos autores como instrumento clave del discurso oficial por su prédica inflexible contra los opositores de su proyecto revolucionario de 1895, como el autonomismo, por su concepción de la inevitabilidad de la guerra o su grandilocuente visión del destino y misión de Cuba, resulta blanco principal del proyecto de reconstrucción del siglo XIX cubano. Martí y su mesianismo insular, su Cuba inventada3, es sólo un mito que debe desaparecer.

Sumado a lo anterior, se percibe claramente en este enfoque, la profunda impronta de las consecuencias ideológicas de lo que en sentido genérico podría denominarse como postmodernidad. El fin de los metarrelatos (según expresión de F. Lyotard), entendido políticamente como fin de la historia, presupuesto esencial de lo postmoderno, implica el vaciamiento de significado de conceptos otrora sacralizados como nación, patria, destino histórico, lo que conduce a una pérdida de sentido de la historia y al rechazo de una finalidad última a la misma, la condena de toda teleología. El intento de preservar a toda costa una libertad entendida como superación de toda fuente de veracidad extraña al individuo, ha conducido a un relativismo paralizante que, en irónica paradoja, bien sea por el rechazo a lo complejo promovido en la tranquilidad del pensamiento light que genera o por la expresión –quizás consecuente– de un nihilismo total, todo lo impugna excepto a sí mismo, deviniendo así aún más dogmático, inflexible y arrogante que la impositiva –pero al menos profundamente fundamentada– tradición que pretendía superar. En consecuencia, la historiografía marcada por tales presupuestos reniega de la existencia de una verdad en la historia, así como de toda interpretación a posteriori basada en la misma. Martí, por lo tanto, representante de una opción fundamental de compromiso para una nación y para el ser humano, repugna, por incómodo, al espíritu posmoderno.

A pesar del carácter en extremo polarizado que ha marcado la discusión, del análisis detallado y objetivo –mínimo ético aceptable para un acercamiento serio y útil a una problemática que la propia controversia demuestra ser importante– de la obra martiana, es posible identificar elementos defendibles y discutibles en ambas posiciones, con el propósito de estructurar, en la medida que sea posible, una imagen equilibrada de Martí, de su significación real para la historia nacional y de su legado para la contemporaneidad.

II. ¿MANCHAS EN EL SOL ?

En este sentido, primeramente resulta necesario analizar la validez del cuestionamiento propuesto por la reciente iconoclasia cubana a determinados temas de la obra martiana, entre ellos su mesianismo insular y personal, así como su intolerancia para los criterios alternativos.

 

En efecto, momentos en específico del discurso político martiano parecen indicar una hiperbolización del significado de lo americano y, dentro de ello, de lo cubano como elemento fundamental en la consecución de un destino universal. Martí consideraba que el vigor y rápido crecimiento de la Unión Norteamericana representaba un grave peligro para la estabilidad del orden político mundial, por lo que América Latina, su entorno inmediato, necesitaba convertirse en la principal barrera de contención de las aspiraciones expansivas. La independencia, obtenida en las primeras décadas del siglo XIX, hubiera significado la oportunidad ideal para el cumplimiento del necesario contrapeso americano, pero las rivalidades internas y los errores habían anulado el efecto de dicho acontecimiento. La independencia de Cuba aportaría un estímulo a la reivindicación de la soberanía americana y garantizaría la detención de los planes norteamericanos de dominación continental, de manera que la pequeña isla cubana cargaba el peso de una misión histórica: su independencia sustentaría el equilibrio del mundo todo.

De igual modo, se impone un acercamiento al lugar en que Martí se ubicaba a sí mismo en su proyecto ideopolítico.


Al evaluar esta visión martiana de manera descontextualizada, aparece con claridad un extraño mesianismo insular capaz de atreverse a exigir hasta el sacrificio en pro de la causa necesaria. Sin embargo, aproximarse a una realidad histórica desde las certezas del presente o a través de la aprehensión de la misma por la ideología política, constituye un notable error. El siglo XIX presenciaría la evolución vertiginosa de los recién creados Estados Unidos, de una unión de pequeños estados a uno de los más industrializados y de mayor desarrollo económico, logrado en gran medida a la expansión sobre territorios pertenecientes a México. Si a esto se suma el surgimiento y desarrollo de la concepción estadounidense de la inevitabilidad natural del papel rector de Norteamérica en el continente americano y los intentos de llevar a la práctica dicho papel4, no resulta especialmente pintoresca una apreciación geopolítica del peligro real de absorción por Latinoamérica por parte de Estados Unidos. Por otra parte, el conocimiento de Martí sobre la realidad europea, verificable en sus escritos sobre Europa5, le permitiría constatar el agotamiento político y económico del Viejo Continente, inmerso en la ilusión de la belle époque, incapaz de hacer frente a la fuerza impetuosa de la joven nación norteamericana. Si a lo anterior se añade que Cuba y Puerto Rico representaban los últimos restos del dominio colonial español en América, y por tanto, la única oportunidad de que la independencia se desarrollara con la experiencia de los errores del resto de América y por tanto, libre de los mismos, dadas todas estas condiciones en un contexto de fuerza de los ideales románticos de la Modernidad en favor de los grandes propósitos de la historia, se explica que, en una personalidad sin dudas idealista como la de José Martí, se desarrollara la convicción de que Cuba contraía una responsabilidad universal de frenar el futuro y probable control estadounidense-6.

De igual modo, se impone un acercamiento al lugar en que Martí se ubicaba a sí mismo en su proyecto ideopolítico. Se ha objetado insistentemente en este sentido la existencia de una suerte de mesianismo personal, lo que implicaría una sobre- estimación de su importancia como elemento aglutinador y promotor del esfuerzo independentista y del destino futuro de la nación. En realidad, nuevamente el acercamiento objetivo a la obra martiana no sustenta la pretendida megalomanía que señalan sus detractores. De hecho, la esencia de la labor política martiana en la preparación de la guerra de 1895 estuvo en la búsqueda de la unidad y participación colectiva de las diferentes generaciones de cubanos, todos ellos considerados por él como indispensables para el logro de los objetivos finales. Los discursos a los emigrados, conmemorativos a la efeméride del 10 de Octubre y de convocatoria a la nueva lucha, en especial Los pinos nuevos, muestran la preocupación, casi obsesiva, en la necesidad de que todos los cubanos, de dentro o de fuera, de ayer o de hoy, se vincularan a la hora decisiva de la historia patria. No existen argumentos de peso que demuestren que Martí se considerara indispensable para el destino nacional, que no surjan de la interpretación subjetiva e interesada de los que los quieren hallar a toda costa. Otra situación diferente se presenta al analizar los fines que Martí atribuyó a su propia vida. En este punto es necesario reconocer que éste había asumido un compromiso absoluto con determinados ideales y principios, que lo llevaría a entender su existencia sólo como medio para la consecución de los mismos7. Esto explicaría repetidas afirmaciones martianas de reconocimiento de una misión trascendental –pero a realizar en la historia– que exigía incluso su entrega expiatoria. No se trata aquí de un “mesianismo personal”, más bien se ofrece un ejemplo ciertamente raro, pero luminoso, de consecuencia ante la decisión, de fidelidad a una opción fundamental en la vida por propósitos que, medios y consecuencias aparte, eran positivos porque representaban la concreción última de la evolución de lo cubano, fidelidad y compromiso que resultan penosa e hiriente carga para aquellos que arropados en su cómodo, cobarde y sombrío escepticismo, huyen de la luz que sacude y golpea, ilumina y mata. Demasiado pobre nuestra época y sus ideólogos para aceptar algo más que la nada triste y vacía.

Resta finalmente en este punto considerar otra de las acusaciones más sostenidas por la reciente historiografía cubana mencionada con anterioridad: la intolerancia de José Martí ante las opiniones contrarias a su proyecto para Cuba, expresada en la polémica sobre el significado y papel en la historia de Cuba del autonomismo como corriente ideológica y política. Ciertamente, en los trabajos preparatorios a la reanudación de la lucha armada por el fin de la dominación colonial española, Martí se enfrascaría en una tenaz polémica contra las opiniones contrarias a la opción militar, particularmente el autonomismo y los pequeños grupos anexionistas, por considerar que estos frenaban la realización del destino de libertad e independencia al que estaba vinculada inexorablemente la nación cubana. Este enfrentamiento ideológico, en efecto, no dejaría espacio para un diálogo reflexivo que considerara las diferentes opciones y propuestas. Una vez más se hace necesaria una valoración contextualizada de la realidad histórica que justiprecie el pasado. Entre 1878 y 1895 la sociedad cubana cargaba con el peso de una dolorosa guerra de diez años por la independencia de Cuba, tiempo en el que a la frustración de la derrota se sumaba la destrucción socioeconómica del país y la consecuente desesperanza y depresión del alma nacional. En esas circunstancias, la tarea que se proponía Martí de levantar el espíritu de lucha se presentaba casi imposible de realizar ante la apatía generalizada que el rechazo a los rigores del combate y la relativa mejoría de las condiciones de vida, había generado8. Posiciones que proponían salidas alternativas a la opción armada, como el autonomismo, minaban seriamente la base moral e ideológica de la prédica martiana al tiempo que desviaban la atención de la única posibilidad viable para el logro de la independencia. Sin dudas, el autonomismo establecía una plataforma positiva de confianza en la racionalidad y la solución pacífica de las problemáticas políticas, y desde un presente horrorizado ante la barbarie de interminables guerras en la defensa de “grandes ideas” que resultaron falsas y esclavizantes, es absolutamente válido reconocer el optimismo en la naturaleza humana que la defensa de la paz ante todo siempre implica9. Pero en las condiciones cubanas, donde ya sangre inocente había sido vertida por la separación de España, y donde una Metrópoli incapaz de un mínimo de racionalidad –la España decimonónica no era Inglaterra– en su política colonial que hubiera aportado la concesión a tiempo de las necesarias libertades a un territorio que con gran orgullo defendió siempre su vínculo filial a la hispanidad10, el autonomismo no ofrecía una solución real; aparecía, eso sí, como la nueva traición del pesimismo cubano ante las posibilidades de grandeza de la cubanidad, como la nueva manifestación de la indolencia ante lo propio y la nueva expresión de ese terrible rebajamiento de lo humano a lo puramente terrenal que había recorrido la historia cubana; el autonomismo negaba la única posibilidad de gloria de lo cubano, empresa quizás absurda e irracional, pero empresa al fin, y pasión, y energía, y hálito vital para un cuerpo que se negaba a ser sólo un amasijo de cifras osificadas envueltas en prudentes cálculos de masas informes; el autonomismo arrancaba de Cuba el deseo de ser por sí misma, se quería la autonomía cuando se ofrecía la libertad. Martí, más que por intolerancia, por aquel frenético e indetenible torrente de decisión que embarga toda búsqueda desesperada de la salvación, faltó al necesario diálogo, pero difícilmente podrá ser enjuiciado por una contemporaneidad carente de toda esperanza.

III. CON MANCHAS, PERO SOL

Más allá de estos elementos controversiales en la obra martiana, fuente de acérrima polémica entre ambas interpretaciones analizadas previamente, explicables siempre a la luz del contexto histórico, lamentablemente muchas veces olvidado, algunas líneas de ese propio pensamiento permiten trazar un esquema global del proyecto martiano para Cuba, en el que reside precisamente su vigencia para el presente y su principal aporte para la historia nacional. Se trata del eje cubanidad–civilidad–antropología redentora.

1. CUBANIDAD

Lo primero que resulta de una aproximación siquiera superficial a la obra martiana es su proyecto para Cuba. La Isla y su destino político e histórico –según se ha visto–constituyen el centro de toda la preocupación martiana. En este sentido, Martí parte de un optimismo sobre lo cubano, sobre la posibilidad de concreción en la historia de las aspiraciones colectivas de felicidad y armonía nacional, con lo cual su pensamiento entronca con consistente proyecto ilustrado de los que pensaron a Cuba11 al confiar en las potencialidades cubanas para la autorrealización y la autosuperación.

De esta manera, la Cuba de Martí no se encontraría fatídicamente condenada a la dependencia inevitable de un factor civilizatorio externo, representaría la negación de las teorías del destino manifiesto y de la fatalidad geográfica, defendería el reconocimiento del primero y más importante de sus derechos: el derecho a tener derechos, a creer en el común sentido de bondad de lo humano, a querer compartirlo, a luchar por alcanzarlo, y hasta sufrir la decepción de lo imposible, porque sólo sufre lo que vive y ama. La Cuba de Martí quizás se lanzara a una carrera interminable y aparentemente inútil; pero, ¿sería la meta algo más que ese incontenible grito de vida de la arrancada?, ¿bastarían las aspas para que los gigantes de la desolación y la desesperanza –en un impulso de locura creadora para siempre conjurados– no fuesen más que molinos? Desgaste, probablemente, sería el resultado, entrega infinita, sin más: esa era la Cuba de José Martí. Utópico era el proyecto martiano, mas no hay elevación sin esa profunda insatisfacción con lo conocido, sin esa inquietud por lo distinto y lejano, sin esa certeza en que lo futuro, precisamente por ser futuro, es alcanzable, porque está ya de cierta misteriosa vía, oculto en el presente. Sueño, sin dudas, pero sólo el espíritu sueña, y sólo soñando imagina, e imaginando crea.

Se podrá objetar, no sin razón, que la cubanidad martiana se encontraba bastante alejada de la experiencia comprobable, pero esta afirmación resulta de una incomprensión total del proyecto de Martí que trascendía la política. No se trataba de hacer solamente lo posible en el momento adecuado, se intentaba la obra de creación de una nueva nación, de un nuevo pueblo, fundido en el crisol del pasado, del presente y del futuro. No se podía ser realista ni había cabida para la ciencia fría y seca…se buscaba fundar.

2. CIVILIDAD

Y fundar, precisamente, no sobre el endeble cimiento de la pura empiria social e histórica, sino sobre valores que trascendieran a ésta y significaran el resumen de las más altas ideas humanas, de los principales paradigmas y anhelos. La Cuba de Martí debía asentarse en una república civilizada, bajo el solo imperio de la libertad, la justicia y la dignidad.

En efecto, uno de los puntos fundamentales de la obra martiana consiste en la defensa de los derechos individuales, civiles y políticos, de todos los cubanos, basada en un criterio de inclusión y de reconocimiento de la necesaria participación colectiva en la obra de construcción del común espacio cívico. Resulta interesante el hecho de que muchos de los detractores de Martí, en su interés por enfrentar los argumentos de una ideología que consideran contraria a las libertades democráticas, no distingan entre el uso del capital simbólico de la historia que puede hacer la ideología política y la propia historia, en este caso, entre el Martí ideologizado y el Martí real. El hecho cierto es que el pensamiento martiano es absolutamente liberal y abierto, ahora bien, una libertad que en Martí es sinónimo de dignidad y justicia y no solamente una ficción jurídica.

Dos textos resumen con impresionante claridad la concepción cívica de José Martí. Por una parte, la frase con la cual termina su discurso a los emigrados de Tampa en el Liceo Cubano, el 26 de noviembre de 1891: “Y pongamos alrededor de la estrella en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: “Con todos y para el bien de todos”12 y “La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad el culto nuevo”13. Aquí son presentadas las tres dimensiones básicas del civismo martiano: libertad como única fuerza capaz de atar el impulso negativo hacia la opresión y la barbarie, presente como poderosa tentación a lo largo de la historia humana, única realidad digna de recibir el compromiso total del hombre y cuya obligación, el culto que exige, es su reproducción, su ampliación continua; que no se recibe como una revelación esotérica, pues es para todos, sólo puede existir verdaderamente cuando la totalidad de seres libres reconoce como tal al Otro, sin separar ni excluir, sin olvidar ni reprimir, siendo la libertad misma la unidad perfecta y necesaria; todo ello orientado al bien supremo del amor triunfante, punto de partida y colofón definitivo de una experiencia humana tomada por la libertad.

3. HUMANIDAD

No de cualquier humanidad, ciertamente, sino de una redimida por la acción de la libertad y el amor. Con esto se alcanza el resultado final, la consecuencia última de la propuesta martiana: la estructuración de una antropología de rescate de los abismos del egoísmo y la individualidad alienante.

El proyecto martiano se presenta entonces mucho más profundo y abarcador que una simple renovación filosófica o un cambio de la realidad histórica, su núcleo consiste en la elevación del hombre desde la oscuridad y la ignorancia hacia la luz y el saber, no sólo intelectualmente, sino a través de la transformación de una falsa axiología de egoísmo individualista en una deontología de la responsabilidad y la compasión, su llamado principal se encuentra en una antropología de la salvación humana por la entrega y el sacrificio. La clave de su mensaje es la redención.

La esencia del proyecto antropológico martiano consiste en un proyecto de redención humana, lo que a su vez implica la renovación de las estructuras, sociales y políticas, por él creadas; estructurado en tres ejes fundamentales, el valor redentor de la muerte y el sacrificio por los ideales a que se aspira, la vida como consagración a la verdad esencial del ser humano: el bien y la justicia y la libertad. El fondo del pensamiento de José Martí es emancipatorio, de la liberación del hombre provendría, por natural sucesión, la liberación de la realidad política.

Así, la antropología martiana surge como el elemento coordinador entre su proyecto para la nación cubana y su concepción cívica. Sólo en un ser humano dispuesto a asumir su compromiso vital, podría la libertad encontrar un espacio abierto y dispuesto para su desarrollo, y, en consecuencia, podría la polis toda cumplir su destino histórico. Así, la república martiana hallaría su lugar, superando, para siempre, los difusos contornos de la utopía.

La esencia del proyecto antropológico martiano consiste en un proyecto de redención humana,...

De esta forma, queda esbozada la esencia del principal aporte de José Martí a la historia de Cuba y su principal vigencia indeleble para nuestra contemporaneidad cuando aun se tratan de definir las raíces de lo propio frente a lo extraño, tanta veces amenazante, a lo que habría que añadir su importante presencia en el campo literario, en el cual su obra se inscribe entre las mayores expresiones del modernismo americano.

Inserto en un debate más general centrado en la interminable búsqueda de las esencias de la cubanidad, en el que se pretende distinguir lo verdaderamente propio frente a los condicionantes externos y las tergiversaciones internas, Martí, defendido y atacado, mitificado y deconstruido, insiste, sin embargo, en permanecer, ineludible, como ese misterio acompañante que anunciaba Lezama Lima.

*Estudiante de la Facultad de Filosofía e Historia, Universidad de La Habana


NOTAS Y REFERENCIAS

1 Las tesis fundamentales que definen este movimiento se pueden encontrar, principalmente, en la obra de Rafael Rojas y Emilio Ichikawa, ambos formados profesionalmente en ciencias sociales en Cuba y residentes fuera del país por varios años.
2 Los términos están basados en el ensayo de Rafael Rojas sobre Una nueva moral de la teleología cubana, texto que inició una interesante polémica con Cintio Vitier, quien en su obra Ese sol del mundo moral, representa la posición contraria.
3 Uno de los textos fundamentales de Rafael Rojas en este sentido lleva, precisamente, ese título: Martí y la invención de Cuba.
4 Recuérdese principalmente, la Doctrina Monroe y las teorías del destino manifiesto y la fruta madura de la década de 1820 a 1830, así como el proyecto norteamericano de panamericanismo a través de una Unión Monetaria, entre otros.
5 Contenidas en las Escenas Europeas, de las Obras Completas.
6 “Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos.”
7 Lo que no significa que la vida de José Martí fuera petrificada, marmórea, fija en un pedestal. Martí vivía una existencia común en el plano privado, con momentos de felicidad y de miseria, de gozo y de tristeza como todo ser humano. Resulta paradigmático en este tema, el texto de Gonzalo de Quesada y Miranda, Mujeres de Martí (Ediciones Índice, 1943), por el intento del autor de defender lo humano de Martí, en momentos en que su figura era especialmente idealizada.
8 Resulta significativa en este sentido la polémica entre José Martí y Enrique Collazo, a raíz de la publicación por parte de este último de un trabajo en el que elogia el libro A pie y descalzo, de Ramón roa, donde se narraban, sin faltar a la verdad, los rigores de la pasada guerra. Martí entendía que resaltar tales rigores en momentos en que se pretendía motivar la participación en una nueva lucha, resultaba contraproducente. Las acusaciones a Martí a partir de este incidente fueron severas. Se ha planteado incluso que la decisión de Martí de participar directamente en el campo de batalla respondería en parte a un intento de demostrar la falsedad de quienes cuestionaban su valor para la guerra física.
9 Nunca se valorará lo suficiente, por ejemplo, el paradigma de Mahatma Gandhi en la India, a mediados del siglo XX.
10 Relación brillantemente reflejada en dos de los textos más emotivos en la poética martiana, La república española ante la revolución cubana y El presidio político en Cuba.
11 Con este término se quiere hacer referencia principalmente a la generación de 1792 y sus continuadores.
12 “Con todos y para el bien de todos”. En José Martí. Obras Escogidas. En tres tomos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, (2002). t. 3, p. 17.
13 “El poeta Walt Whitman”. En José Martí. Obras Completas. Volumen 13, p. 135.


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