Tras la Resolución Conjunta (2), no demoraron en desembarcar las tropas norteamericanas en Cuba, lo cual dio lugar a una situación anómala para el ejército cubano: mientras los españoles recababan la colaboración cubana para luchar contra los Estados Unidos, nuestra delegación en aquel país dio la orden de ayudar al invasor. Y así se hizo, a pesar de los reparos del General Máximo Gómez. Pero el apoyo de las tropas mambisas no evitó que surgieran en el camino serias fricciones debido a que miembros del ejército estadounidense se negaban a reconocer la jerarquía militar de los jefes cubanos. Pienso que el más fuerte de esos conflictos fue la negativa a que el general Calixto García –parte fundamental en la acción de tomar Santiago de Cuba–, penetrase con sus tropas al rendirse esa ciudad; ofensa que mereció la digna carta que el prócer cubano le envió al general Shafter, responsable de lo acaecido. (3)
A pesar de las venturas y desventuras que vivieron las tropas mambisas, nada impidió que el 12 de agosto de 1898 se firmase el armisticio entre España y Estados Unidos, y el 10 de diciembre del mismo año sellaran el Tratado de París. Cuba fue excluida de esas negociaciones, aunque Tomás Estrada Palma y Gonzalo de Quesada actuaron como asesores de la misión norteamericana. (4)
I
Aconteció al mediodía del primero de enero de 1899. Mediante una breve y solemne ceremonia, la bandera española fue arriada e izada la norteamericana en el mástil de la Fortaleza del Morro: la nación descubridora y civilizadora había olvidado las enseñanzas de la historia.
El cambio de banderas no significaba la ansiada independencia, pero el cese de la soberanía española, anunciada a cañonazos, llevó al pueblo a un desbordamiento de alegría sin precedentes, según crónicas de la época. Las bandas de música recorrían las calles. Nadie quedó en casa; el alborozo duró todo el día y la noche. A pesar de todo, la cordura pudo más que los rencores y, a pesar de la chocante presencia de los “voluntarios”, nada alteró el orden público.
Los pueblos tienen que estar preparados, desde todos los puntos de vista, para saber vivir los tiempos que les lleguen: ¿lo estaba el nuestro?...
II
Pienso que tiene razón el coronel Horacio Ferrer, testigo de aquellos tiempos, al afirmar que a los cubanos se nos gana siempre con buenas acciones. La actitud del general John R. Brooke, gobernador del país, al invitar a muchos generales cubanos a la ceremonia del cambio de gobierno, y organizando rápidamente los servicios públicos para lo cual utilizó a prominentes cubanos, algunos de ellos veteranos, hizo renacer, de cierta manera, la confianza en el futuro más cercano.
Gonzalo de Quesada, el hábil diplomático de la delegación de Nueva York, era muy querido por los libertadores que veían en él al discípulo de Martí. En Cuba se decía que él había sido el redactor de la Resolución Conjunta, valiéndose de su amistad con senadores norteamericanos. Las declaraciones publicadas en La Discusión hicieron que sus compatriotas, según Ferrer, pudieran dormir tranquilos al menos por unos días: “Los Estados Unidos tienen el empeño de hacer de Cuba una República próspera y tranquila –dijo– y para ello cuentan con la cooperación de nuestro pueblo. Están decididos a enseñar a las naciones cómo un Gobierno debe cumplir la palabra comprometida”. (5)
Los gobernadores J. R. Brooke y Leonard Word, cada uno en su momento, se dieron a la tarea de higienizar el país organizando la limpieza de las calles y la recogida de la basura; y llevar adelante las medidas encaminadas a evitar y controlar las epidemias, apoyando al doctor Finaly al respecto. Una de las medidas más importantes fue la realización del censo general en 1899, ajustado a los métodos usuales en los Estados Unidos.
El censo reveló, estadísticamente, las cuantiosas pérdidas que sufrieron la población y la riqueza de Cuba en el curso de la reciente gesta independentista, así como el atraso secular de la sanidad y la educación del pueblo, y la pobreza de los servicios públicos en general. La población total de Cuba, en 1899, era de un millón 572 mil habitantes y el 63,9 por ciento de ella era analfabeta. Sólo existían 312 escuelas públicas en todo el país y las condiciones de las aulas era pésimas. Cuba carecía de un verdadero sistema educacional.
Claro que las autoridades norteamericanas reconocieron en la educación pública una formidable vía para promover en la niñez cubana actitudes y valores compatibles con la política de su país con respecto a Cuba. Pero lo cierto es que de diciembre de 1899 a agosto de 1900, lograron que la cifra de escuelas ascendiera a 3 mil 313, con una asistencia escolar impensable aun antes de que la contienda bélica redujera la población infantil. Y con esto, pese a todo, ganó el pueblo por razones obvias.
Una de las primeras disposiciones del gobierno interventor fue establecer un sistema de escuelas públicas elementales, y hasta convirtieron cuarteles en escuelas. Y como esto exigía tener maestros acometieron rápidamente la formación emergente de los mismos, tema que ya he tratado. (6)
Los gobernantes norteamericanos se valían de órdenes militares, firmadas por un oficial del Estado Mayor, lo que las convertía en disposiciones de estricto cumplimiento en todo el territorio nacional. Especial interés me merece, en el sector de la educación: la número 226 (6 de diciembre de 1899), porque constituye el primer proyecto de ley escolar puesto en práctica por los norteamericanos en Cuba; y la número 251, del 30 de diciembre del mismo año, porque dejó constituida la Secretaría de Instrucción Pública, separándola de la de Justicia. Alexis Everett Frye fue nombrado Superintendente General de Escuelas, y a su inspiración se debe la introducción del Trabajo Manual sloyd en la escuela cubana y la creación del kindergarten.
Enrique José Varona, nombrado Secretario de Instrucción Pública, acometió las reformas de la enseñanza media (Plan Varona de Bachillerato) y la enseñanza superior. Su plan permitió la incorporación de nuevos cursos a la universidad: “Desde el próximo curso –escribió Varona en 1900– podrán comenzar a prepararse para la vida activa, en las aulas de nuestra Universidad, profesores de Letras y profesores de Ciencias, pedagogos, ingenieros civiles, ingenieros electricistas, arquitectos, peritos agrónomos, cirujanos dentistas y publicistas, además de los tradicionales abogados, médicos y farmacéuticos” (7). Y vale aclarar que Cuba fue el primer país hispanoamericano en graduar pedagogos con nivel universitario.
EPÍLOGO
Suele decirse que en el 98 Cuba dejó de ser colonia de España para ser colonia de los Estados Unidos. Pero “desde mediados del siglo xix Cuba había ido lenta pero inexorablemente pasando a ser un país dependiente de Estados Unidos, en un proceso que había culminado en el Bill Mc Kinley (1891). Los grandes economistas de la época –continúa diciendo Moreno FRaginals–, señalaron 1891 como el año de la anexión de Cuba a los Estados Unidos...” (8) Pero Cuba nunca fue una colonia típica, tenía la primera industria azucarera del mundo, que era a su vez el primer producto básico del mercado internacional; poseía además, un excelente complejo de vías férreas y una importante industria tabacalera… Cuba, en una serie de aspectos, desbordaba a la metrópoli. (9)
La ocupación militar procuró dividir a los revolucionarios cubanos, se aprovechó de las fricciones existentes entre algunos de ellos y nos impuso la Enmienda Platt como condición inobjetable para acceder a la República. Pero, a mi juicio, al margen de los evidentes propósitos que albergaron siempre, dejaron en Cuba un saldo positivo para el pueblo en materia de progreso, higiene y educación.
Notas
1- Expresión del historiador Manuel Moreno Fraginals.
2 -Aprobada por el Congreso Norteamericano el 18 de abril de 1898 y sancionada por el Presidente Mc Kinley dos días después.
3- Hortensia Pichardo: Documentos para la historia de Cuba, T.I,Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971, pp. 516_517.
4- Manuel Moreno Fraginals: Cuba/España, España/Cuba, Editorial Crítica S.L.Barcelona (España), 2002, pp.289-290.
5- Horacio Ferrer: Con el rifle al hombro, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002, pp.140-141.
6- Perla Cartaya: “Iniciativas educacionales entre 1898 7y 1901”, en Espacios, 2edo trimestre, 2002, pp.37-39.
7- Enrique José Varona: “Las reformas en la enseñanza superior”, en Trabajos sobre educación y enseñanza, Comisión Cubana de la UNESCO, La Habana, 1961, p.133.
8 y 9- Ibídem 3, pp.293-294. |