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ECONOMÍA

  En el reino de
las desemejanzas
por Orlando Freire Santana
fotos: Orlando MÁRQUEZ

Es casi inevitable que la preponderancia de las relaciones de mercado en la economía genere algún tipo de desigualdad entre las personas. A veces la disparidad resulta de la constancia y eficiencia de individuos que le aportan riquezas a la sociedad, ayudan a la creación de empleos, tributan los impuestos con que hacerles frente a las necesidades de las capas más desposeídas de la población y, de paso, se enriquecen ellos también. En ese caso asistimos al lado positivo del capitalismo –confieso que no me agrada mucho el empleo de este vocablo, sobre todo por el carácter tan reductivo con que en nuestro medio se acoge un fenómeno de amplias aristas.

En otras ocasiones la polarización sobreviene como consecuencia de un tránsito apresurado y caótico hacia la economía de mercado, como aconteció en Rusia en los años ’90 siguiendo las indicaciones del Fondo Monetario Internacional, donde de la noche a la mañana se privatizó casi todo sin que el gobierno contara con adecuadas estructuras para garantizar la competencia y el cobro de los impuestos. Así, la población contempló cómo se vendían por sumas irrisorias valiosos activos a grupos de mafiosos, mientras que el Estado carecía de fondos para pagarles la pensión a los jubilados. Obviamente, éste sería el lado oscuro del referido sistema social.

En los países que construyeron el denominado socialismo real, la amplia presencia del Estado en la economía evitó con frecuencia la estratificación social, aunque muchas voces opinan que lo que se hizo fue nivelar en la mediocridad. Resulta proverbial al respecto una frase acerca de lo que ocurría en China antes de que se implementaran las reformas económicas
La mayoría de los cubanos percibe un ingreso diario inferior a los 24 pesos moneda nacional(un CUC al cambio en Cadeca).
La mayoría de los cubanos
percibe un ingreso diario inferior a
los 24 pesos moneda nacional
(un CUC al cambio en Cadeca).
de Deng Xiao Ping: “con tal de impedir que un puñado de chinos circularan en Mercedes Benz, las autoridades habían condenado a ochocientos millones de chinos a andar en bicicletas”.
La recreación se convierte en un verdadero dolor de cabeza para los cubanos...
La recreación se convierte en un verdadero dolor de cabeza para los cubanos. Los hoteles o centros de de esparcimiento son, en su mayoría, para el turismo extranjero y es obligatorio el pago en moneda libremente convertible.
Nuestro país conoció una situación cercana al igualitarismo durante buena parte del período comprendido entre el triunfo de la Revolución en 1959 y el inicio del período especial a comienzos de los ’90. Toda la población recibía los mismos servicios esenciales por parte del Estado, por demás, el único agente empleador; la libreta de racionamiento garantizaba a precios módicos una canasta básica; y la gente sabía de la existencia de tiendas especiales donde se ofertaban más y mejores productos, pero tenían el consuelo de que eran solo para extranjeros y diplomáticos. Únicamente con la instauración de los mercados paralelos y los Mercados Libres Campesinos en los años ’70 se intentó modificar un poco semejante paridad, al tiempo que se hacía énfasis en la necesidad de aplicar el sistema de distribución socialista: “De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”. Mas existe la percepción de que tales medidas apenas marcaron diferencias en los niveles de consumo de la sociedad cubana.

Con la llegada del período especial arribaron también las aperturas que trataron de mitigar una crisis que amenazaba con provocar el colapso económico. La despenalización de la tenencia del dólar,
con el consiguiente envío de remesas familiares desde el exterior; la reapertura de mercados agropecuarios de oferta-demanda; la ampliación del trabajo por cuenta propia; y el incremento de las empresas mixtas en el país, en las que en ocasiones y por debajo de la mesa, los empleados cubanos recibían regalías en divisas, sí constituyeron hechos –no son los únicos– que comenzaron a sembrar las iniquidades que hoy florecen a lo largo y ancho de la Isla.

Nuestros medios de difusión informan a menudo sobre los índices de pobreza que afectan a muchísimos seres humanos en el mundo, pero casi nunca se detienen a meditar acerca de su incidencia en Cuba. Según algunos de los organismos internacionales que se ocupan del asunto, toda persona que cuente con un ingreso inferior a un dólar por día, vive en la pobreza –este es el indicador que vamos a tomar para nuestro análisis–, aunque algunos van más lejos y aseveran que se trata de la extrema pobreza. Claro, en las pocas ocasiones en que el tema ha saltado a la palestra, esos medios responden afirmando que los servicios gratuitos (educación y salud) y la canasta básica con alimentos subvencionados, posibilitan que el indicador no funcione para los ciudadanos cubanos.

Lo anterior es solo una verdad a medias. Vamos a dar como cierto lo concerniente a los servicios gratuitos y concentrar el análisis en la denominada canasta básica. Aunque hay que tomar en cuenta que entre nosotros ha prosperado el mito de que únicamente en los países socialistas se ofrecen esos servicios de manera gratuita, sabemos que no es así, pues en muchos países llamados capitalistas existen también servicios públicos de educación y salud.

Lo que eufemísticamente llaman hoy canasta básica dista mucho de lo que antes fue. Según opiniones recogidas entre vecinos de mi cuadra, el arroz y los frijoles alcanzan para veinte días en el mes; eso contando con que algunos de los comensales almuercen en sus escuelas o centros laborales. De lo contrario, la cifra podría reducirse a quince días. Los productos de aseo que ofrecen por la libreta –la pasta dental y los jabones– no tienen estabilidad; los traen de vez en cuando. A las placitas de venta normada casi lo único que viene es papa, y pueden transcurrir varias semanas sin que aparezca una proteína en la carnicería.

En esas condiciones los agobiados consumidores tienen ante sí dos caminos a seguir: alguna de las modalidades de comercialización no normada de productos agropecuarios y las Tiendas Recaudadoras de Divisas. En el primer caso, y a pesar de todo el esfuerzo estatal para crear opciones con precios controlados que sean más asequibles a la población (mercados del EJT, placitas con precios topados y las famosas ferias de fin de mes), la mayoría de las personas deben acudir a los mercados de oferta-demanda donde los precios se mantienen elevados.

Con una canasta básica tan raquítica, cada día son más los productos y artículos de primera necesidad que deben ser adquiridos en las TRD o shoppings. Después de los últimos aumentos salariales en el país, se estima que el salario medio de la nación debe estar alrededor de los 350 pesos mensuales. Según cálculos aproximados es probable que muchos cubanos destinen unos ocho pesos convertibles al mes (200 pesos en MN) para adquirir un grupo reducido de artículos como jabones de baño y de lavar, detergente, champú, desodorante, colonias, pasta dental, maquinitas de afeitar y aceite comestible. Entonces le quedarían 150 pesos para afrontar las elevadísimas tarifas eléctricas, los ya mencionados mercados agropecuarios de oferta-demanda, los artículos de vestir (casi todos de obligada adquisición en las shoppings)... En fin, un auténtico quebradero de cabeza para los acreedores del citado salario medio, quienes sin duda se ubican muy por debajo de la línea de pobreza.

Retomemos el indicador de un dólar al día como el límite de la pobreza. Vamos a llevarlo a la moneda nacional: multipliquemos 25 pesos (un CUC al cambio en Cadeca) por treinta días, y eso arroja un total de 750 pesos. O sea, que el ciudadano que no llegue a un salario mensual de 750 pesos, es pobre según la mayoría de los organismos internacionales. Por supuesto, vamos a excluir a los que reciben estímulos en divisas en sus centros laborales o aquellos que se benefician por laborar en firmas extranjeras. También a las personas que regularmente perciben remesas familiares del exterior (200 o más dólares al año). Con todo ello, y cada lector podrá hacer sus propios cálculos si mira a su alrededor, estimo que cerca de la mitad de los cubanos clasifiquen hoy como pobres.

Aclaro que la consideración anterior se adecúa más a las características de la Ciudad de La Habana, lugar donde radica la mayoría de las empresas mixtas y las entidades e instituciones nacionales que estimulan a sus trabajadores con pagos en pesos convertibles. También se dirige a las personas de piel blanca, pues según estudios de economistas no oficialistas –entre ellos el cubano americano Carmelo Mesa Lago–, las remesas familiares que reciben los negros representa apenas la tercera parte de la que perciben los blancos. Por lo tanto, me aventuro en afirmar que entre la población negra y las no residentes en la capital del país, la pobreza debe de estar entre el 80 y el 90 por ciento de la población.

Pero podríamos alejarnos un poco de las cifras y constatar la cotidianeidad del cubano promedio, ese que vive de su salario sin practicar ninguna de las modalidades del invento, muchas veces una verdadera depredación del bien público. Lo cierto es que esas personas viven una vida vegetativa o de subsistencia, con lo mínimo indispensable para desempeñarse en sus funciones laborales o estudiantiles, pero sin muchas posibilidades recreativas o actividades que complementen la existencia humana.

Si intentan reforzar en los comestibles, les será muy difícil ese mes adquirir alguna prenda de vestir y viceversa. Ni pensar en asistir a un cabaret o centro nocturno, como esos que a bombo y platillo anuncian por Radio Taíno, un auténtico mundo virtual para el cubano de a pie. Tampoco en disfrutar de una cena en un restaurante –ojalá que esos centros gastronómicos que están reabriendo en la calle 23, en el Vedado, duren algo y no les pase como a casi todos; la carencia de sentido de pertenencia de sus trabajadores malogra los mejores proyectos en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo imaginar hacer vida nocturna en una ciudad casi sin transporte público una vez pasados los horarios picos de salida de los centros laborales o estudiantiles? Además, después que anochece la mayoría de los trabajadores por cuenta propia cierran sus puertas y las ofertas en moneda nacional se tornan sumamente difíciles de encontrar. En una ocasión llegué a concebir que el nombre de un popular programa televisivo de los sábados en la noche, Para no salir de casa, era un mensaje de consuelo dicho entre líneas y no el anuncio de las virtudes recreativas de ese socorrido medio de difusión masiva.

Por otra parte, cada día son más evidentes las disparidades en el nivel de vida entre las distintas capas de la población. Un fenómeno que el Gobierno revolucionario siempre trató de evitar, y que una vez manifestado se intentó soslayar, emerge hoy con una crudeza tal que amenaza con adquirir visos de permanencia en el seno de nuestra sociedad. De acuerdo con estudios realizados, los ingresos de artistas y músicos famosos, campesinos privados, dueños de importantes paladares, algunos taxistas particulares, los empleados de instalaciones turísticas, y alguna que otra próspera jinetera, son de diez a veinte veces superiores a los del ciudadano promedio. Ello ha dado lugar a que entre nosotros se haya abierto una brecha cada vez más incisiva; de un lado los pudientes, beneficiarios de una vida llena de comodidades y expansiones –aunque en otro momento podríamos analizar que existe una especie de bloqueo interno que también les impide realizar sus aspiraciones–, y del otro los que casi nada tienen, quienes a duras penas afrontan las penurias y escaseces del diario bregar.

Es muy común que entre los primeros se estén generalizando hábitos y formas de vida propios de su boyante situación económica, e incluso usanzas que la Revolución trató de desterrar de nuestro entorno. Muchos de ellos ya no limpian sus casas ni lavan sus ropas; les pagan a otras personas para que ejecuten esas tareas. Y no siempre carecen de tiempo para esos menesteres; más bien lo consideran impropio de la alcurnia que se posee. Con frecuencia realizan sus compras en boutiques o tiendas exclusivas; equipan sus viviendas con equipos electrodomésticos de todo tipo –los hay que instalan computadoras con correo electrónico e internet–, poseen automóviles, carros oficiales o dinero abundante para viajar en taxis y así evadir los camellos del pueblo; y añoran mudarse o arreglar permutas para el Vedado o Miramar. Gústenos o no, hay que admitir que, en este sentido, la Cuba de inicios del nuevo milenio se parece cada vez más a la Cuba de 1958. José Ortega y Gasset –a quien Alejo Carpentier una vez calificó injustamente como el eterno equivocado– esbozó una idea que mucho me ha hecho meditar. El filósofo madrileño escribió que toda revolución termina en la restauración.

Como telón de fondo, las autoridades anuncian de año en año altos índices de crecimiento económico –al cierre de 2006 ni siquiera se molestaron en expresar que se trataba de los servicios gratuitos y la ayuda en el exterior. Afirmaron que era el resultado “del enorme esfuerzo de nuestro pueblo y con probados resultados de impacto directo en la vida cotidiana de las familias”1–, así como ventajosos intercambios con China, Venezuela, y una plena inserción en el ALBA. Cualquier día amanecemos con la buena nueva de que el país ha salido del período especial. Pero el cubano de a pie contempla cómo su situación se mantiene inalterable. Evidentemente otra dicotomía se esparce a lo largo y ancho de la Isla: el discurso oficial de una parte, y la dura realidad de la otra.

El cubano se ve obligado a adquirir muchos productos y artículos de primera necesidad en las shoppings, pues la llamada canasta básica es cada vez más limitada.

Notas:
1 Periódico Granma, segunda edición, 23 de diciembre de 2006, p.1.