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Un mensaje
evangélico en el

mundo del arte

por Habey Hechavarría Prado

Como tantos artistas, Alan comenzó su carrera en la infancia jugando con acuarelas, libros y creyones, atraído por la magia de las figuras y del color. Luego llegaron las clases en la Casa de la Cultura, la escuela vocacional Paulita Concepción y la Academia San Alejandro, lugares donde el aprendizaje fue una iniciación. Hoy Alan Manuel González Iglesias recuerda junto a la influencia de sus padres, la memoria de los maestros, desde los sencillos instructores hasta quienes le mostraron el sentido artístico de la existencia. Y así, bajo la alianza misteriosa de la Divina Providencia y la voluntad humana, devino artífice de la belleza.

¿Cómo te hiciste profesional?

“Todo había sido un juego de la infancia. Y seguía siéndolo, incluso después de estar en el Instituto Superior de Arte (ISA). Aunque se decía que era profesional, para mí era lúdico. Cuando tuve que ganarme la vida, cobrar por un cuadro, reconocí que el asunto era más serio. Lo supe al emigrar. Era un contexto muy exigente, donde el ambiente laboral es tu familia, donde el trabajo es el eje principal que mueve la sociedad y se trabaja 24 horas al día; en un país que produce sin descanso. Y tienes que insertarte. Adviertes que el trabajo no es un juego, pero en tu corazón debe seguir siéndolo, debe ser novedoso, un descubrimiento. Mentalmente es una responsabilidad muy grande. Te pueden botar de la noche a la mañana y dejarte sin trabajo, sin casa, te quedas sin vida. Entonces, te das cuenta qué es una experiencia profesional.”

NOCIONES DE ARTE EFÍMERO

Con exposiciones personales y colectivas, con obras suyas en colecciones privadas de diversos países americanos y europeos, Alan ha forjado sus consideraciones estéticas bajo una trayectoria peculiar. Su inquietante perspectiva artística y los fundamentos de su pintura fueron motivos para, más de una vez, empujarle al debate. Primero indagué sobre la paradoja del acto de creación como juego y el trabajo como acto de supervivencia.

“Chico, simple y llanamente, miras dentro de ti y ves que necesitas no ser un hacedor de tuercas. Te das cuenta que no puedes repetir lo mismo a diario, que si estuvieras en una oficina llenando el mismo modelo, morirías de tristeza. O estando en una fábrica, como lo hice puliendo mármol, se me salían las lágrimas pensando que podría hacer un cuadro diferente cada día. Pasé por la experiencia de trabajar en una tabaquería realizando cosas que nada tenían que ver con el arte. Te das cuenta que te enfrías, te hielas. Te ves completamente vacío, perdiendo el tiempo. Necesitas un lugar para desempeñarte creativa-mente, donde te retes y te salgas de tus límites, donde hagas algo que no hayas hecho. Entonces, por gracia de Dios, entro a hacer cakes artísticos, donde el cliente es tan creativo como el que lo fabrica.”
Alan Manuel González Iglesias.

¿Cómo es eso de hacer cakes artísticos?

“Eran compañías en Estados Unidos que buscaban satisfacer las necesidades de clientes que pedían diseños de Winnie the Poo, Twitie, de muñequitos, animados, todo para satisfacer la curiosidad de los niños y de los padres. Esas empresas comienzan a crecer incorporando personas que tenían habilidades manuales, y aumentó el rango de diseños preconcebidos o no. Los padres van a las fiestas con sus hijos, ven el cake que han hecho a la persona agasajada y piensan que en su próxima fiesta van a hacerlo mejor. Tienen sus carencias elementales cubiertas y otras necesidades surgen. Ya no hacen un simple twitie. Ahora, al regalarle un celular a su esposa, le regalan un cake para festejar la entrega, y el cake es un celular auténtico, grande, dulce, absolutamente comestible. Aparecen materiales para cubrir esas necesidades de trabajo: colorantes que no son tóxicos, sucedáneos de apariencia sólida, cristalina, perlada, merengues transparentes, azúcares plateados, una serie de productos dóciles a la digestión humana, pero a la vez increíblemente atractivos y novedosos. Estos productos ampliaron la capacidad de creación y el cliente cada vez pide cosas más exóticas. En una ocasión hice un hospital. El cake era una maqueta para 800 personas. Imagínate el tamaño. Era una mole donde todo se comía, con pistas de aterrizaje en el techo para helicópteros. En otra ocasión hice una iglesia completamente comestible. Son cakes de cuatro y cinco pisos. Aviones, peces, lo inimaginable, o la isla de Cuba con la flora y la fauna autóctonas.”

Te refieres a este trabajo como si fuera una labor artística…

“Lo era. Una vez un cliente loco, un loco muy feliz, trajo el encargo de hacer un par de tenis sucios y viejos. En una esquinita de aquella mesa de acero níquel impecable, sobre un papel, me pusieron el par de tenis usados, y tuve que hacer un cake tal como eran aquellos tenis. ¡Quedó precioso! Fue el cake más lindo, que más he disfrutado, el que más sigo queriendo. La foto que guardo y miro con más cariño entre las de todos aquellos cakes, es la del par de tenis. Yo lo consideraba arte efímero. El arte más efímero del mundo. Quizás duraría menos que una escultura en hielo. Duraba literalmente lo que un merengue en la puerta del colegio.”

¿De qué manera esa etapa “efímera” influyó en tu pintura?

“Antes de la experiencia de los cakes buscaba que mi trabajo estuviera cargado conceptualmente, pretendía dinamitar
procesos psicológicos promoviendo de alguna manera opiniones sociales. Luego supe que la obra no puede ser tan abarcadora, que en un plano íntimo quizás podría ser más efectiva. Ahora pretendo tocar fibras a nivel individual en la persona. Tengo más conciencia que la obra debe entrar por los ojos para llegar al corazón. Antes buscaba que no fuera hedonista. El hedonismo a pulso siempre me ha caído mal. Pero siento la necesidad de que el trabajo sea hedonista como instrumento. Es decir, el hedonismo ha de ser la puerta para que el mensaje llegue. El trabajo debe ser retiniano, agradable, algo que el cliente considere irresistible, porque si no lo compra no se lleva el mensaje, y yo no vivo. Mi estrategia es la más sencilla del mundo: mezclarlo todo. Ganarme la vida y brindar un servicio a la persona que recibe mi trabajo. La experiencia de los cakes me ha agilizado manualmente, me dio práctica en el uso del aerógrafo y aumentó mi agilidad para concebir las piezas.”
“A los que salgan vencedores les daré a comer del árbol de la vida” (Ap. 2,7)
“A los que salgan vencedores les daré a comer del árbol de la vida”
(Ap. 2,7)
“El amor más grande que uno puede tener es dar su vida. (Jn. 15,13)
“El amor más grande que uno puede
tener es dar su vida por sus amigos”
(Jn. 15,13)

DEL ARTE COMERCIAL
AL ARTE COMO SERVICIO


La poética de creación de Alan acoge una variedad de discursos que están de regreso de muchos caminos ante la casi pérdida de la inocencia del mundo contemporáneo. Por ello, a partir de los vínculos entre la producción comercial y la artística, que en el arte cubano de los últimos años ha tomado una fuerza excesiva, le pregunté si consideraba real la existencia de un arte comercial o de un producto revestido de belleza o se trataba de la posterior comercialización de una pura obra de arte.

“Es así en blanco y negro. Ahora, si le pones el corazón a lo que haces, deja un poco de ser comercial en el instante en que piensas en la persona que lo recibirá. Si buscas satisfacer una necesidad psicológica o material, estás trabajando para esa persona. Ya tu trabajo es una oración, está cumpliendo un servicio. No es un objeto comercial destinado a sacarle el dinero al cliente. Deja de ser comercial en el sentido peyorativo de la palabra para ser un servicio. En esta segunda mirada, procuras que tenga la mejor calidad, sea lo más bello posible y no implique ningún daño psicológico, moral, espiritual o físico para esa persona.

“En el caso de un cake, éste debe quedar aséptico, saludable, transmitir un contenido visual muy atractivo para que esa persona experimente felicidad al compartirlo con sus amistades. Además, que no tenga ningún mensaje prosaico, obsceno, que redunde en paz y felicidad para la familia. De hecho, mientras lo hacía oraba para que el evento fuera un encuentro de reconciliación familiar; que pasaran todas las cosas buenas en esa fiesta, que no hubiera violencia ni alcohol en demasía, que fuera una fiesta sana. Mientras lo estaba produciendo, le pedía a Dios que fuera un objeto o instrumento suyo. Si lo miras desde el punto de vista comercial, estoy produciendo un objeto para sacarle dinero a la gente. Esa tal vez sea la mirada de la compañía. La mirada del artista es la que te acabo de explicar.”
¿No percibes la posibilidad de una traición, algo artísticamente ilícito?

“No hay que considerarlo ilícito. Y el que así lo considere, él mismo está incurriendo en ello. Quien produce arte conceptual está produciendo para un mercado de consumidores de arte conceptual. Y en Cuba sobran. No te voy a nombrar ni estilos ni obras ni personas. Todo el mundo piensa en su público, mayor o menor, a la hora de realizar una obra. Todo el mundo produce para un mercado y todo el mundo sabe si se lo van a pagar o no. Yo estoy siendo sincero. Hay un público que practica lo que yo practico, que siente como yo, y necesita vivir en un ambiente más sano, necesita santificar su vista. Estoy tratando de contribuir a que eso ocurra. Estoy tratando de que la violencia no aparezca en mi obra, tampoco el erotismo y tantas otras cosas que aparecen en demasía en la obra de mucha gente, en películas, en novelas. Trato de no repetir el mensaje cotidiano. Quiero producir la vacuna para ese ambiente, producir la antítesis. Es decir, una obra que dé paz, un recuerdo del buen sentido de la vida. Y eso está en extinción. Es una de las carencias del mercado. Y yo produzco para eso, aunque los consumidores sean pocos. No me importa. Hasta ahora no me han faltado consumidores, hablando en plata. Dios provee. Podría hacer un arte pornográfico, tendría muchos consumidores, pero me sentiría muy mal. Prefiero hacer algo para menos público, pero con lo cual me siento muy bien, pues mi arte está sirviendo al crecimiento de esas personas.”

“Ustedes son la luz del mundo” (Mt. 5 13-16).
“Ustedes son la luz del mundo”
(Mt. 5 13-16).
Háblame de esa concepción de la obra como servicio.

“Uno de los sentidos fundamentales de mi existencia es ofrecer lo mejor de mí mismo. Trato de hacer una obra digerible. No me interesa que sea demasiado elevada, que se vuelva hermética. Necesito que la obra sea translúcida, y su contenido, asimilable para cualquier persona. Primero deseo que llame la atención aunque no entiendas visualmente el mensaje, y después, que te encuentres a pie de obra un pequeño texto, a la vez el título y una referencia bíblica (un versículo, un pequeño pasaje), que te conduzca por el camino de la interpretación. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero también una imagen puede ser interpretada de un millón de formas diferentes, y el título procura reducir la posibilidad de interpretaciones. La imagen no es una ilustración del texto, como tampoco el texto una descripción de la imagen. Se complementan ambas.

“La obra sirve como anzuelo para atraer personas al mensaje. Un buen día regresaron a casa deprimidos o la vida no tenía sentido, y descubren una pieza donde hay un simple bodegón en negro, con siete elementos, todos usados: un fósforo completamente quemado, una vela gastada, una toronja exprimida, una servilleta sobre la toronja, todo sobre un plato, y un vaso sobre el mostrador. Al pie del bodegón hay un texto que dice: ‘Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos’. Entonces te das cuenta que todos dieron la vida brindando un servicio a alguien. A lo mejor venías apabullado del trabajo y descubres la alegría en el sacrificio que has hecho. Y todo a través de una imagen, que Dios sabe cómo hará llegar a la gente, pues yo sólo presto mis cuadros para que ese mensaje llegue.”

UNA PERSPECTIVA
ESENCIALMENTE RELIGIOSA


En la iluminada habitación que Alan usa como taller, se advierten signos de fe católica. Parecen medios para estabilizar el pensamiento y mantener el alma con rumbo fijo. Entre estampas, crucifijos, algún icono, me alegró ver una foto poco conocida de nuestro Juan Pablo II. Pero aún sin penetrar en las intimidades del artista de 35 años, perteneciente a la parroquia de Jesús del Monte, se reconoce la esencia cristiana de su obra. Basta con escuchar sus criterios sobre el arte y la oración.
“Ustedes saben el camino que lleva a donde yo voy” (Jn. 14,4).
“Ustedes saben el camino que
lleva a donde yo voy”
(Jn. 14,4).
“No solamente quiero que mis cuadros brinden un servicio atrayendo gentes hacia el mensaje evangélico que no pasó de moda dos mil años después, y conserva la misma vigencia, el mismo interés. Deseo, en la medida que pinto, que cada cuadro refleje mi experiencia personal convirtiéndose en una oración, en una manera de encaminar esa experiencia a Dios; de pedir o de recibir de Dios a través de una imagen bidimensional que quedará orando permanentemente aunque a mí se me olvide el asunto. Cuando pinto le pido a Dios que ese cuadro se realice en quienes lo van a ver, y se realice en mí. Y así con cada una de las obras, con cada uno de los mensajes, busco que permanezcan vivos a la vista, que ese mensaje se convierta en una oración permanente. Que aunque yo muera, el cuadro siga orando por mí.”

¿Crees que Dios participa de tu proceso de creación artística?

“Toda persona que haya tratado de fabricar algo con sus manos, sabe que una cosa es el proyecto que tiene en mente y otra lo que termina haciendo. Por más habilidades que tengas, el resultado final nunca coincide con lo que pensaste. Durante el proceso se cometen infinitud de errores, y si lo que estás elaborando es una pieza artística de grandes dimensiones, tienes un millón de oportunidades de cometer errores. Me sucede continuamente. Entonces, ¿cuál sería el resultado lógico de un millón de equivocaciones? Un desastre. Sin embargo, ¿cuál es el resultado real de un millón de equivocaciones? Una obra de arte que a la gente le encanta y que a lo mejor a mí no me gusta. Sin embargo, la gente paga por esa cosa que es el resultado de millones de errores que he cometido.

“Si estaba fuera de mis manos, ¿quién produjo esa cosa tan hermosa? Evidentemente, yo no. Yo he sido un instrumento empeñado en que saliera bien. Pero si al final ha sido así, es gracias a Algo que está por encima de mí. Algo que misteriosamente puso de su parte en la creación. Mi empeño solo no bastaba para hacer las cosas. Cualquiera que haya tratado de crear algo, lo mínimo, un muñequito de plastilina, sabe que el proceso de creación inevitablemente es así.”
¿Inscribes tu trabajo dentro del arte religioso?

“Mira, cuando revisas la historia y ves arte religioso, te encuentras en casi todos representaciones humanas. A mí no me gustan. No sé explicarte por qué. Las he hecho en ocasiones. Lo considero difícil, atractivo, pero me alejo de ellas una y otra vez, y prefiero elaborar metáforas con otras cosas que no sean figuras humanas. De ahí que entre mi obra y el arte religioso note una distancia abismal. Sin embargo, si alguien es capaz de salvar esa distancia y considerarla arte religioso, yo lo aplaudo. Porque en esencia el objetivo es religioso. Es una mezcla de necesidades de vida con necesidades espirituales que responde a la necesidad de Dios de atraer a todos hacia Él.”

¿Cuáles son los derroteros hacia donde se desplaza tu obra?
“Ustedes saben el camino que lleva a donde yo voy” (Jn. 14,4).
“Ustedes saben el camino que lleva a donde yo voy”
(Jn. 14,4).

“Construyo cada obra en base a lo que estoy experimentando, al mensaje que más me impacta en el momento. Tiene que haber una carga emocional, una empatía entre ese mensaje y yo. Tengo que descubrir qué es importante para mí o para los demás. Y como eso es muy del momento, entonces cada obra nace de ese instante. Quizás por eso no pienso en cuál va a ser la obra del futuro, porque no sé decirte cuál mensaje es el que me va a tocar mañana.
Simplemente abro mi corazón al mensaje bíblico y trato de vivirlo, de expresarlo en esa obra. Lo que sí tengo presente es que necesito seguir produciendo, ser útil, necesito servir.”

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