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Se ha escrito sobre los colegios religiosos, pero en mi opinión, no tanto sobre los llamados colegios laicos. Fueron aquellos que no pertenecían a ninguna orden religiosa, fundados la mayoría de las veces, por prestigiosos pedagogos cubanos. Un ejemplo de ello es para mí el colegio Baldor, por la carga de nostalgia que conlleva, al haber estudiado en él mi primera enseñanza.
por María del Carmen Muzio
Baldor...
Paradigma de colegio laico |
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A muchos les resultará conocido el nombre, pues aún podemos encontrar en las llamadas “librerías de viejo” (libros de uso, en realidad), los famosos textos Aritmética y Álgebra de Aurelio Baldor. Hay quienes estudiaron por ellos y todavía resultan libros dignos de mencionar y consultar. De seguro, concuerdan conmigo en que no por envejecidos han perdido su validez.
Para quienes conocimos personalmente a Aurelio Baldor nos resulta gratificante la sola evocación de su nombre. En lo particular, le recuerdo como un hombre alto y con una voz atronadora que bien podía dulcificarla si la ocasión lo ameritaba. Creo que es una figura injustamente olvidada por la historiografía pedagógica en Cuba.
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Su colegio constaba de dos edificaciones en la calle G: uno para la primera enseñanza, y otro, para la superior o bachillerato, como se denominaba entonces. Ambos edificios ostentaban en su portada su escudo, de líneas horizontales azules y blancas, con una franja roja transversal que llevaba el nombre.
Los alumnos eran recogidos a las puertas de sus casas por ómnibus blancos con su franja azul. Los uniformes eran del mismo color y llevaban el monograma del colegio en un bolsillo. Era una escuela cara, pero no de las más costosas del país.
Aunque no soy muy dada a referirme a anécdotas personales en mis escritos, para hablar de Baldor y de mis agradables recuerdos sobre ese tiempo de mi infancia, no me queda más remedio que hacer alusión a ellas. Espero que los lectores puedan perdonarme.
Inicié en él mi primera enseñanza, o sea, el primer grado. Desde entonces comenzaron a impartirnos, conjuntamente con las demás asignaturas, el inglés. Ya en los grados superiores, a partir del cuarto y hasta el ingreso al Bachillerato –grado con el que se concluía la primera enseñanza– las clases de la tarde se daban en ese idioma.
Cuando llegábamos por las mañanas, el propio Baldor nos saludaba en las aulas a través de unos intercomunicadores situados en cada una de ellas. Iniciábamos la jornada con un rezo.
Existían dos sesiones de clases: la de la mañana y la de la tarde. Al regresar del horario de almuerzo –que podía hacerse en las casas de cada cual o en el colegio, pues era optativo– el director nos volvía a saludar por las bocinas instaladas en las aulas y se comenzaba el rezo. En el caso de los mayorcitos que recibíamos toda la sesión de la tarde en inglés, se rezaba en ese idioma.
Se daban clases de Religión en todos los grados. Ahora bien, esta asignatura era optativa. Recuerdo el caso de un varón –estábamos separados de ellos en distintas aulas– que no rezaba ni estudiaba religión, y era permitido, porque, como dije, Baldor era un colegio laico. Tan es así, que había alumnos de diferentes procedencias sociales. Podía haber niñas de mejor o peor posición, incluso, en mi aula tenía una condiscípula negra. El espectro del alumnado era muy amplio.
En las formaciones de la mañana en el patio, podíamos oír los comentarios de que allí estudiaba la hija del cantante Pedro Vargas con la actriz Minín Bujones o la hija del coronel Barquín, que suscitó un tremendo murmullo cuando le vimos ir a buscarla al recreo, pues solo unos días antes se había rebelado contra Batista. Y una de mis compañeras de clase, la que era negra, llevaba unos coquitos acaramelados que nos vendía. Aquello no la demeritaba, se le daba el mismo trato que a las demás, porque los maestros nos enseñaban a apreciar a cada cual por igual.
El recreo –como se llamaba– también era separado por sexos en patios diferentes. Los viernes, al final de las clases, se hacía un acto cívico, y en especial los 28 de enero, dedicados a José Martí. Justo de él había un busto en el patio, que creo, aún se conserva. Eran inolvidables las representaciones de Abdala por los estudiantes mayores.
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También los viernes, a la entrada, cuando bajábamos de nuestros respectivos ómnibus, unas profesoras nos revisaban los uniformes, el pelo y las uñas para que fuéramos un modelo de limpieza. Nada de uñas pintadas ni maquillaje en el rostro. Aquello no sería posible hasta cumplido los quince años, igual que calzar zapatos de tacón alto. Aprendíamos a disfrutar la infancia. En el receso se jugaba a la rueda rueda y otros juegos por el estilo. Había un kiosco que vendía diferentes comestibles para quien quisiera merendar.
A las muchachitas nos daban clases de bordado y costura. También nos enseñaban a colocar correctamente los utensilios en una mesa, los vinos según el tipo de comida, además de la compostura a guardar en una cena.
Para las clases de Educación Física que eran por la tarde –las que no me gustaban– teníamos otro uniforme adecuado para los ejercicios.
El claustro de profesores era seleccionado rigurosamente. Las niñas tenían profesoras mujeres muy capaces, con una cierta distinción en el hablar y el vestir que hacía que las admiráramos. Desgraciadamente, solo puedo mencionar a una, Edith Buesa, cuya imagen de mujer educada y culta supervivió en mi memoria. |
Durante las clases reinaba el silencio, nada de malas palabras ni faltas de respeto entre las condiscípulas. Nadie osaba levantarle la voz a un mayor, porque estaba entre las enseñanzas que nos inculcaban.
Para los exámenes finales había que estudiar. Quien no aprobaba tenía que examinarse de nuevo al final de las vacaciones o de lo contrario repetir el grado. Cuando los quebrados (hoy llamados fracciones) tuve que pasarme días y días estudiándolos porque para mí fueron un verdadero quebradero de cabeza que por poco me cuestan repetir.
En el bullicio del recreo podía aparecer el director Baldor, con sus grandes zancadas, para llegarse hasta donde dos muchachos peleaban. De verlo pasar todo el mundo se silenciaba. Se le respetaba por muchas razones.
El recuerdo de mi primera comunión está ligado al colegio. Con anterioridad nos habían dado, por las profesoras de Religión, las clases de catecismo como preparación a tan trascendental acontecimiento. Nos llevaron hasta la parroquia del Vedado, en la calle Línea. La iglesia me pareció enorme y solemne con todas aquellas niñas vestidas con vaporosos trajes blancos rodeadas de sus familiares. Después nos brindaron un opíparo desayuno en los portales de la escuela. En los años posteriores, comulgábamos y desayunábamos allí también. Nos sentíamos mayores porque íbamos vestidas con nuestro habitual uniforme mientras las otras se iniciaban en el misterio de la Eucaristía.
Los fines de curso se celebraban en un teatro, presididos por el director y alguna figura destacada (recuerdo a Enrique Loynaz del Castillo ya muy viejito) que condecoraba con medallas de disciplina, aplicación y demás a los estudiantes más destacados.
Para los alumnos díscolos había un castigo: quedarse una hora más después de clases, haciendo tareas, en un aula. Después las guaguas los llevaban a sus casas. Nunca un reglazo ni arrodillarse ante el grupo o alguna humillación de palabra.
Otro recuerdo imborrable sucedió cuando los sucesos del vapor La Coubre. Escuchamos las detonaciones mientras estábamos en el patio durante el recreo. Las maestras, al llegar a las aulas, trataron de no preocuparnos. Pero al grupo de las que vivíamos en La Habana Vieja esa tarde no nos dieron salida en los ómnibus, sino que tuvimos que esperar a que nuestros padres fueran a buscarnos. Me tuve que quedar en el aula de los castigados, con una maestra a cargo, hasta casi las nueve de la noche, cuando mi madre pudo conseguir un carro de alquiler que la llevara a recogerme.
Para Baldor lo primero era el cuidado de los alumnos que estaban a su cargo. Lo mismo había sucedido cuando el ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957. Por suerte esa tarde no había ido a clases porque estaba enferma de la garganta, y como vivíamos a dos cuadras del Palacio, escuché desde mi casa todo el tiroteo. Los que acostumbraban a esperar el ómnibus conmigo me contaron, al otro día, que tuvieron que quedarse en el colegio hasta que los padres los fueran a buscar.
Ya en el Bachillerato (mi último curso en la escuela) me dio clases su hijo, que se llamaba igual que él. Pero lo más cerca que estuve del director fue en segundo grado, cuando gané un concurso de Ortografía en toda la escuela. Había resultado empatada con otro alumno, un varón de ingreso al Bachillerato, y el propio Baldor nos puso un examen para el desempate. Consistió en un dictado hecho por él, enfrentados sólo nosotros dos ante el director en la amplitud de un aula. Habíamos sido mencionados en todo el colegio a través del intercomunicador por el propio Baldor. Recuerdo que mi maestra estaba muy orgullosa, y no se me ha olvidado nunca porque fue la primera vez que fui distinguida con un reconocimiento. El premio al ganador era una beca: estudio gratuito por un año. Desgraciadamente, no gané. A la luz de los años de trabajo como profesora, me he percatado de que no estábamos en igualdad de condiciones, pero es un error pedagógico que le puedo perdonar al primer director de mis estudios por todos los otros valores que me inculcó en mi infancia. |
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