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Poesía Religiosa
Plácido
 
por Jorge DOMINGO CUADRIELLO
Pocos poetas cubanos han tenido como Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) (1809-1844) dotes naturales tan notables para el cultivo de la poesía. Con gran facilidad creaba un soneto, una letrilla, una oda. Era un cantor espontáneo, de fecundas improvisaciones, que supo erguirse por encima de una niñez desdichada, una instrucción deficiente y múltiples limitaciones económicas. Conoció la celebridad y el aplauso; pero más pesó en su destino el infortunio. Sufrió la cárcel, la acusación de ser cabecilla de una sublevación y por último la condena a la pena máxima. Al igual que en el caso de García Lorca, su final ante un piquete de fusilamiento no se corresponde con una existencia distante del activismo político y muy cercana al quehacer poético. Su nombre siempre estará asociado a esa conmovedora plegaria que, según se afirma, recitaba camino de la muerte.
 

  DESPEDIDA A MI MADRE
 
Si la suerte fatal que me ha cabido
Y el triste fin de mi sangrienta historia
Al salir de esta vida transitoria
Deja tu corazón de muerte herido;
Basta de llanto; el ánimo afligido
Recobre su quietud; moro en la gloria,
Y mi plácida lira a tu memoria

Lanza en la tumba su postrer sonido.
Sonido dulce, melodioso, santo,
Glorioso, espiritual, puro, divino,
Inocente, espontáneo como el llanto
Que vertiera al nacer... Ya el cuello inclino,
Ya de la Religión me cubre el manto...
¡Adiós, mi Madre!, ¡adiós! – El Peregrino.

  PLEGARIA A DIOS  
 
Ser de inmensa bondad, Dios poderoso,
A vos acudo en mi dolor vehemente,
Extended vuestro brazo omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo odioso
Y arrancad este sello ignominioso
Con que el mundo manchar quiere mi frente.
Rey de los reyes, Dios de mis abuelos,
Vos sólo sois mi defensor, Dios mío:
Todo lo puede quien al mar sombrío
Olas y peces dio, luz a los cielos,
Fuego al Sol, jiro al aire, al Norte hielos,
Vida a las plantas, movimiento al río.
Todo lo podéis vos; todo fenece
O se reanima a vuestra voz sagrada:
Fuera de vos, Señor, el todo es nada
Que en la insondable eternidad perece,
Y aun esa nada os obedece,
Pues de ella fue la humanidad creada.
Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia;

Y pues vuestra eternal sabiduría
Ve al través de mi cuerpo el alma mía
Cual del aire a la clara transparencia,
Estorbad que humillada la inocencia
Bata sus palmas la calumnia impía.
Estorbadlo, Señor, por la preciosa
Sangre vertida, que la culpa sella
Del pecado de Adán, o por aquella
Madre cándida, dulce y amorosa,
Cuando envuelta en pesar, mustia y llorosa
Siguió tu muerte como helíaca estrella.

Más si cuadra a tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío
Y que los hombres mi cadáver frío
Ultrajen con maligna complacencia...
Suene tu voz, y acabe mi existencia...
Cúmplase en mí tu voluntad, ¡Dios mío!


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