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APOSTILLAS

por Monseñor Carlos M. de C éspedes GARCÍA-MENOCAL

Designaciones Episcopales recientes:
¿una realidad excepcional?

Todo está guardado en la memoria,
Sueño de la vida y de la historia.
León Gieco, La memoria, TANGO.

 

INTRODUCCIÓN: EL HECHO

Durante los últimos años, no muchos, hemos sido testigos de un relevo significativo en el colegio episcopal católico de nuestro país. Cuba cuenta actualmente con 11 diócesis. Al frente de cada una debe haber un obispo o, en su caso (La Habana, Camagüey y Santiago), un arzobispo. Si la Santa Sede lo estima conveniente, podría designarse también uno o varios obispos auxiliares.Es el caso de La Habana que cuenta ahora con un arzobispo, que es también cardenal, y dos obispos

auxiliares. Pues bien: en estos últimos años fallecieron los obispos de Santa Clara ( monseñor Fernando Prego), Matanzas (monseñor Mariano Vivanco); el antiguo obispo de Camagüey (monseñor Adolfo Rodríguez), cuya renuncia por haber cumplido la edad reglamentaria (75 años) ya había sido aceptada por la Santa Sede; un obispo auxiliar de La Habana (monseñor Salvador Riverón). En estos últimos años renunciaron por razones de edad: el ya mencionado obispo de Camagüey, el obispo de Pinar del Río (monseñor José Siro González Bacallao), el de Holguín (monseñor Héctor Peña) y el arzobispo de Santiago (monseñor Pedro Meurice). Por razón de impedimentos físicos para la realización de su ministerio episcopal le fue aceptada la renuncia al obispo de Guantánamo-Baracoa (monseñor Carlos Baladrón).

Episcopado cubano a fines de la década del 40.
Episcopado cubano a fines de la década del 40. De izquierda a derecha,
monseñor Evelio Díaz, Pinar del Río; monseñor Pérez Serantes, Camagüey;
monseñor Zubizarreta, Santiago de Cuba; cardenal Arteaga, La Habana;
monseñor Martínez Dalmau, Cienfuegos y monseñor Martín Villaverde, Matanzas.

Para las sustituciones requeridas han sido designados: en Pinar del Río, monseñor Jorge Serpa; como auxiliar de La Habana, monseñor Juan de Dios Hernández; en Matanzas, monseñor Manuel Hilario de Céspedes; en Santa Clara, monseñor Arturo González, ya obispo auxiliar de la diócesis; en Camagüey, monseñor Juan García, antiguo obispo auxiliar en la ahora arquidiócesis; en Holguín, monseñor Emilio Aranguren, ya obispo de Cienfuegos; en Santiago, monseñor Dionisio García, ya obispo de Bayamo-Manzanillo; en Guantánamo-Baracoa, monseñor Wilfredo Pino. Por consiguiente, están vacantes, por el momento, las diócesis de Cienfuegos y de Bayamo-Manzanillo. Esto equivale, cuando sean cubiertas estas diócesis vacantes, de los 13 obispos que habrá probablemente entonces en Cuba, sólo cuatro –el cardenal Jaime Ortega, monseñor Alfredo Petit, monseñor Mario Mestril y monseñor Jorge Serpa han comenzado sus estudios sacerdotales antes de 1959 y en los años paralelos a la celebración del Concilio Ecuménico Vaticano II; y todos habrían sido ordenados como obispos después del Concilio y después de 1959.

Sabemos que todos los obispos, tengan la edad que tengan y hayan sido llamados al Episcopado en una u otra época o lugar, tienen una misma Fe, profesan igual adhesión al Santo Padre, a la Iglesia y a sus enseñanzas y han aceptado servir a la porción de la Iglesia a su cargo por senderos análogos. Pero las épocas tienen su sello, su espíritu epocal. En el período considerado, eclesialmente, es inevitable que el Concilio Ecuménico Vaticano II haya dejado una huella muy especial en los que lo hemos vivido como algo contemporáneo; en el orden civil y socio-político, ¿qué duda cabe que el triunfo revolucionario de 1959 ha significado un giro copernicano en la vida de nuestra nación?

A mis ojos, el hecho es que este relevo en el Episcopado, en esta Cuba contemporánea, puede ser considerado como un hecho que podría tener connotaciones interesantes en el presente y el futuro inmediato de la Iglesia presente en nuestra sociedad cubana contemporánea. Por diversas razones, vive ella misma algunos cambios significativos. Comparto ahora con ustedes la primera reflexión que me ha suscitado la constatación de estas circunstancias.

REFLEXIÓN

Vivir muchos años tiene inconvenientes: el cuerpo es incapaz de mantenerse juvenil y ágil, los órganos vitales se resienten por el paso de los años y los malestares físicos se multiplican. Llega un momento en el que, inclusive, el ánimo decae y hasta las facultades mentales comienzan a perder lucidez. Pero el haber vivido durante mucho tiempo puede tener también sus riquezas y compensaciones, cuando los inconvenientes físicos y psíquicos no han llegado a situaciones extremas de deterioro y hemos cultivado a lo largo de la vida la aceptación de la ancianidad y de la muerte, y estamos convencidos de que no temeremos su encuentro cuando ella toque a nuestra puerta, toque para el que no hay edad predeterminada. Solo Dios sabe.

La memoria no es sólo “sueño de la vida y de la historia”. El mismo poeta, citado en el inicio de estas líneas, nos dice también como estribillo de su tango, que “todo está clavado en la memoria, espina de la vida y de la historia”; que “todo está escondido en la memoria, refugio de la vida y de la historia” y que, más aún: “todo está cargado en la memoria, arma de la vida y de la historia”.

Nuestra poetisa Serafina Núñez, que vivió una vida intensa y prolongada, aborda el tema en su soneto “Cuando belleza”, que aparece en su libro Porque es vivir un testimonio raro. Me permito citar por entero el soneto, que es uno de los poemas de Serafina que prefiero: “Cuando belleza ajusta su destino / a la insegura gracia de tu mano / ofrece tu penuria y desatino /al orbe indiferente de lo vano./ Y al sutil ministerio de tu sino/ penetra su secreto al ritmo humano, /que pisas tierra y no prado divino,/ pastor de sombras de infinito llano./ Si es el humo evidencia de lo ausente,/humo sea el recuerdo y lo presente / lo exiguo, su vigilia mendigante./ Tu alma vuele a su gozo y a su instante,/ odre colmado para lo inaudito/ abandone el cuidado de lo escrito.”
Nuestra vida es un eslabón
de una cadena infinita,
porque en Dios comienza
y en Él termina;
pero es también puente secreto,
pues pasa entre otras
humanas existencias, de una a otra.
Humo de vigilia, y sutil ministerio
de nuestro sino humano.


Convencido estoy, como el poeta argentino, de que la memoria a veces es sueño, pero que también es receptora de espinas y de clavos, y que por ser tantas cosas a la vez, es también arma de la vida. Pienso también, como nuestra Serafina, que piso tierra y no, todavía, prado divino y que hasta que no repose en él, mi alma es un odre preparado para ser colmado por lo inaudito, de todo lo cual debo testimoniar, porque “vivir es un testimonio raro”. Nuestra vida es un eslabón de una cadena infinita, porque en Dios comienza y en Él termina; pero es también puente secreto, pues pasa entre otras humanas existencias, de una a otra. Humo de vigilia, y sutil ministerio de nuestro sino humano. Vigilia mendigante desde la que abordo la cuestión que mueve estas líneas: las designaciones episcopales de los años recientes, paso y eslabón en la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia.

No puedo pensar en los obispos recientemente designados y en los que inmediatamente los precedieron, a los que recordamos todavía como realidades muy cercanas en el tiempo, sin que el “pastor de las sombras” me traiga de su mano a aquellas venerables figuras episcopales más lejanas en el tiempo, los obispos de mi niñez y de mi juventud primera, que giran envueltos en su breve y ligero lino blanco con blancura de eternidad, y vienen, una y otra vez, incansablemente, a encontrarnos en nuestro ritmo humano. El cardenal Manuel Arteaga y Betancourt, arzobispo de mi Primera Comunión, de mi Confirmación, de nuestras preocupaciones universitarias de los años cincuenta, de mi ingreso en el Seminario, de aquella inolvidable conversación, larga y húmeda, cuando fui a Roma a estudiar... monseñor Enrique Pérez Serantes, el Coloso, como lo llamaban sus compañeros de estudio en sus años romanos... monseñor Evelio Díaz, que nos recibió con su sabiduría serena cuando regresamos de Roma, en los inicios de nuestra vida sacerdotal, cuando casi todo estaba cambiando en Cuba por senderos no fáciles. Nos enseñó que aunque casi todo cambiase, Cuba seguía siendo Cuba y los cubanos continuaban siendo cubanos. Monseñor Alberto Martín, siempre cercano, sencillo y rico en iniciativas. La vida le partió el corazón demasiado temprano. Solo Dios supo. Monseñor Martínez Dalmau, el cubano de tuétano, conocedor de nuestra cubanía como pocos, finísimo teólogo y eximio biblista. Vivió muchos, muchísimos años, pero ¡cuantas malas pasadas le jugó la vida! Solo Dios supo... Monseñor Valentín Zubizarreta, el viejo carmelita, vasco que quiso bien a los cubanos y nos iluminó con sus sobreabundantes conocimientos de todas las ciencias eclesiásticas y su espiritualidad teresiana y juanina, y con su bondad un tanto reservada... La lista de esos antepasados ya remotos en el tiempo podría prolongarse: monseñor Francisco Odes, monseñor Müller, monseñor Rodríguez Rozas, monseñor Carlos Ríu Anglé... Y más acá, monseñor Adolfo, monseñor Domínguez, monseñor Boza Masvidal, monseñor Llaguno, monseñor Azcárate...

Los obispos cubanos junto al Papa Juan Pablo II, durante la visita de Su Santidad a la Isla en 1998.
Los obispos cubanos junto al Papa Juan Pablo II,
durante la visita de Su Santidad a la Isla en 1998.

Cada uno de ellos colocó su piedrecita blanca en ese tesoro inasible que es nuestra Iglesia en Cuba. La misma y distinta piedrecita blanca que nos dejaron en herencia los que vinieron después de ellos y que, en su momento nos regalarán los que ahora, afanándose por todo y por todos, ocupan sus sedes, arropados por la confianza en Dios, que los condujo hacia donde están y les ilumina los pasos, y por el cariño de nosotros sus hermanos y amigos, que los queremos y comprendemos y apoyamos. ¿Qué en alguna ocasión pudieren dar un paso en falso? ¡Ya con eso contamos! Humanos somos, los obispos y los que no lo somos. Cuiusvis est errare, nullius nisi insipientis in errore perseverare (Errar es propio de cualquier hombre; de nadie sino del tonto perseverar en el error), nos había amonestado el anciano sabio, Séneca… Así pues, en esos pasos en falso, si ocurrieren, también pueden contar con nuestro cariño, comprensión, apoyo y... oración! No seríamos católicos, hombres y mujeres de Iglesia, si no fuésemos así y si no contásemos también con la misma actitud por parte de ellos, nuestros obispos.

Y como tanguero que soy, vuelvo al tango. Esta vez a uno más popular que el que cité anteriormente, Volver, de Alfredo Le Pera y Carlos Gardel. Los de mi generación, ¿recuerdan su última estrofa? “Y aunque el olvido, que todo destruye, / haya matado mi vieja ilusión/, guardo escondida una esperanza humilde/ que es toda la fortuna de mi corazón”. En mi caso, no ha habido lugar para el olvido –de nada, ni de nadie– y, por lo tanto, no ha muerto mi vieja ilusión. En mi ancianidad guardo siempre escondida una esperanza humilde, la misma esperanza humilde que año tras año ha sido toda la fortuna de mi corazón. La esperanza humilde de que nuestra Iglesia, pobre, pequeña y limitada como es, sea fermento de Bondad, Verdad y Belleza en el seno de nuestro pueblo cubano, también pequeño, pobre y limitado. Fermento, semilla, no espada, no avalancha aplastante. Y fermento no como agente exclusivo, arrogante y prepotente, sino en unión fraterna, amorosa y servicial, al estilo de Jesús, con todos los que componen ese pueblo del que todos somos parte. Cuba y la Iglesia son mis dos pasiones. Los que me conocen lo saben. Saben de la Cuba y de la Iglesia que llevo dentro. Y los veo a todos ustedes, los obispos más recientes, los que hace años fueron también mis alumnos en el Colegio Seminario San Carlos y San Ambrosio, como realizadores, en lo que les corresponde, de esa esperanza humilde que los años no me han borrado: que Cuba y la Iglesia que en ella vive sean eso, no más que eso, pero no menos. La Casa Cuba en la que todos los cubanos tenemos nuestro hogar, el lugar en el que tan bien se está; la Iglesia, que en ella hace inolvidable a Jesús nuestro Señor y a Su Evangelio. Hoy y mañana, como ayer y siempre, Jesús y Su Evangelio son la noticia buena que nos enrumba la vida hacia su cima más alta. Cuba y la Iglesia, no identificadas, pero no distantes y, mucho menos, enemigas. Cuba y la Iglesia y en ellas, cada cual según su vocación, desgastándose por el bienestar íntegro de todos los cubanos, nuestro pueblo noble, nuestra mayor riqueza, que merece lo mejor.


A ustedes, los nuevos –Jorge, Juan de Dios, Manolo, Arturo, Juan, Emilio, Dionisio, Willy–, como a los que ya han calentado sede –Jaime, Alfredo, Mario– y a los que las ocuparon y están entre nosotros como luz de llama y calorcito fecundo –Siro, Héctor, Perucho–, todos amigos entrañables, les reafirmo mi confianza que es la de nuestro pueblo.
“Y aunque el olvido,
que todo destruye, /
haya matado
mi vieja ilusión/,
guardo escondida
una esperanza humilde/
que es toda la fortuna
de mi corazón”.
No ha ocurrido nada excepcionalmente sospechoso en el hecho de la muerte de algunos obispos, de la renuncia de otros y de las consecuentes designaciones, numerosas proporcionalmente, dado el pequeño tamaño de nuestra Conferencia Episcopal. La historia de una nación, como la vida de una persona, está hecha de jalones, de eventos que se suceden. Lo excepcional ha sido la coincidencia en el tiempo que, en tantas cosas, escapa a nuestras previsiones. Las autoridades eclesiásticas han hecho... lo que tenían que hacer y continuarán haciendo en este ámbito de su competencia: procurar, sin prisas, con talento y docilidad al Espíritu, que nuestras sedes episcopales estén convenientemente ocupadas por hombres que nos ayudarán, con su palabra y con el testimonio de su vida fiel, a recorrer nuestro paso por los giros de la vida, por el pasto de la Tierra, esforzándonos por hacer el bien hasta el momento en que la Belleza ajuste nuestro destino en el llano infinito de los prados divinos.

La Habana, 17 de Marzo de 2007.

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