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SEGMENTO

Catequesis Cuaresmales de S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana
(Inspiradas en textos de Anselm Grün)
Buscar y encontrar, llegar y ver

Buscar y encontrar, llegar y ver.


“JUAN: EL EVANGELIO DE

LA ESPIRITUALIDAD PROFUNDA

En el Plan Pastoral que la Iglesia en Cuba ha puesto en vigor para los próximos cinco años estamos teniendo en cuenta de modo especial la espiritualidad como uno de los requerimientos de nuestra Iglesia, que fue expresado en la encuesta realizada para estructurar nuestro Plan y que debe ser atendida especialmente, pues en la formación del pueblo cristiano tanto los conocimientos bíblicos, como la catequesis, como la celebración litúrgica, deben armonizarse en una espiritualidad integradora del discípulo de Cristo.

Hay un llamado a la conciencia cristiana de uno de los grandes teólogos del siglo xx, Karl Rhaner, que resulta profético y comprometedor: “El cristiano en el futuro será un místico o no será nada”.

Pero ¿qué es la mística? Para comprenderla tenemos que dejar a un lado las versiones populares que hablan del místico como de una persona extraña, que vive en las nubes, que vira sus ojos en blanco y no pisa la tierra. La mística no es una cosa de ese estilo. Antes de decir o describir adecuadamente lo que es la mística vayamos a las preguntas que toda filosofía humana suscita en el corazón del hombre: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos? Por eso he escogido el evangelio de san Juan para estas catequesis, pues sus respuestas a estas preguntas nos ponen en el camino de la mística verdadera, o sea de una espiritualidad que nos hace entrar en intimidad con Dios. Si leemos con detenimiento el evangelio de san Juan él también estará respondiendo a preguntas del mismo orden de las que nos hemos hecho: ¿En qué consiste el misterio de nuestra vida? ¿Qué es el ser humano? ¿Cómo es su relación con Dios? ¿Está el ser humano solo ante sí o siempre está en Dios? El evangelista san Juan presenta la salvación que Jesús trae a los hombres de este modo: Juan está convencido de que el ser humano se ha separado de Dios y con ello se ha alejado de sí mismo, de su realidad más profunda que es su esencia divina, la semejanza que tiene con Dios desde el acto Creador. Esto ha hecho que el hombre se encierre en sí mismo y lo hace incapaz para el amor. La salvación de los hombres consiste en establecer de nuevo una conexión con la vida divina para que Dios penetre en nosotros, pues Dios es amor. Cuando Dios da su amor divino al hombre lo hace capaz de salir de sí mismo para amar a los demás y al mismo Dios. La verdadera salvación del ser humano reside en que sea impregnado por Dios de tal manera que se convierta en su hijo. Leemos en san Juan: “podemos llamarnos hijos de Dios pues lo somos” (1Jn 3, 1). Así, la vida divina se derrama en su interior y se convierte en él en una fuente de vida verdadera.

EL EVANGELIO DE JUAN ES MÍSTICO

La espiritualidad, la mística de Juan se expresa así: Jesús hace visible el esplendor de Dios en las cosas terrenales. La naturaleza de Dios, la belleza de Dios, el amor de Dios se hacen visibles en la persona de Jesucristo, en su realidad histórica. Jesús nos muestra el esplendor de la luz divina, Él nos muestra el amor como el fundamento de todo cuanto existe, como la base de todo ser. En este sentido Jesús quiere abrirnos los ojos, de modo que miremos más allá de la apariencia externa de las personas y de las cosas y descubramos que Dios es el fundamento del amor, de la belleza, de la sabiduría, de la plenitud de la vida. Llegamos así a comprender lo que es en realidad la mística, Cristo nos conduce más allá de las apariencias hasta la verdad específica de nuestro ser, nos lleva por encima de nuestras preocupaciones y necesidades de este mundo hasta saciar nuestra sed y hambre de Dios y a descubrir que ellas están presentes de modo anhelante en lo hondo de nuestro ser. De este modo la mística, que para muchos es interpretada como una fuga de la realidad para perderse en pensamientos

espiritualistas, se convierte en una revelación de lo que es la verdad de nosotros mismos y de la vida. Se produce entonces un vuelco en nuestras consideraciones: más allá de las apariencias de todo cuanto nos rodea hay una verdad que no veíamos, ésta es la realidad más profunda de las cosas. Jesús nos descubre la realidad en su fundamento divino, en la falsedad vive quien está encerrado en los límites estrechos de este mundo y de su yo, en la verdad vive el que sabe que toda la realidad que lo rodea, humana y material, son como ventanas a través de las cuales vemos lo íntimo de las cosas en su relación esencial con Dios.

Así pues, un aspecto importante de la mística es el crecimiento en la realidad, porque nosotros vivimos muy a menudo en la ilusión. Nos hemos hecho una imagen muy precisa del mundo y de nuestra propia vida y experimentamos esta imagen como la verdadera realidad. Nuestro sufrimiento viene de estar apegados a la imagen del mundo y del ser humano que nos hemos formado. Jesús nos invita a abrir los ojos para mirar tras las apariencias y reconocer así la verdad de la naturaleza de las cosas. Jesús mismo es la Verdad. Él nos hace entrar en contacto con la verdadera realidad y así, al estar libres de nuestras ilusiones, experimentamos la verdadera salvación. Esas ilusiones pueden ser con respecto a nosotros mismos, a los que nos rodean, a la historia del mundo circundante, a criterios y juicios que forman parte de mi mundo cerrado. La mística no es sólo experiencia de Dios, sino que siempre es un camino hacia la verdadera experiencia de vida y hacia nuestro verdadero yo. El psicólogo norteamericano James Bugental ve como meta de toda terapia descubrir el hogar interior, es decir, Dios como centro esencial de mi alma y el padre Anselm Grün nos dice que mientras busque mi salvación en métodos o técnicas externas mi vida vagará sin rumbo, sin encontrar la verdadera ayuda. El evangelio de Juan es un camino importante hacia la verdadera vida y para sanar nuestra ruptura interior.
 

Mientras busquemos la salvación
en métodos o técnicas externas
nuestras vidas vagarán sin rumbo,
sin encontrar la verdadera ayuda.

El evangelio de Juan es un camino importante hacia la verdadera vida
y para sanar nuestra ruptura interior.
 
El evangelio de Juan es simbólico

 

EL EVANGELIO DE JUAN ES SIMBÓLICO

Juan maneja los símbolos, domina el arte del lenguaje simbólico. En Juan todo lo que hace Jesús es siempre un signo de otra realidad más profunda, espiritual, que incluso nos mueve hoy en día por medio del Espíritu. Por ejemplo, cuando dice a la samaritana “dame de beber”, Jesús está indicando la sed más profunda que hay en el corazón humano y comenzará a hablar con ella de un agua que calma la sed de eternidad y de amor y la irá llevando a través del símbolo del agua hasta su transformación, hasta su conversión. San Agustín pensaba que la representación simbólica nos mueve con mucha más fuerza que la frase declarativa. Decía el santo: “Es un hecho que todo lo que aprendemos por medio de alegorías o símbolos nos mueve con más fuerza, nos alegra el alma y es mucho más importante para nosotros que si fuera expresado con formu-laciones inequívocas y comprensibles” (San Agustín, carta 50, OC-21).


EL EVANGELIO DE JUAN ES EL LENGUAJE DEL MITO

Juan estima que del misterio de Dios sólo puede hablarse por medio de un lenguaje oculto, pues uno no puede hablar de Dios como si se tratara de una realidad terrenal, visible o aparente. Las palabras de Jesús, por lo tanto, no pueden entenderse desde una lógica interna del mundo. De ahí vienen los malentendidos en el evangelio de Juan. En los diálogos de Jesús con sus interlocutores: la samaritana (dame de esa agua y no tendré más sed), Nicodemo (¿cómo puede un hombre nacer de nuevo?), los adversarios judíos (va a destruir el Templo), interpretan mal las palabras de Jesús, pero esto es querido por el evangelista para invitarnos a penetrar más profundamente en el misterio de la vida de Dios, de forma tal que podemos aplicar las incidencias de esos diálogos con sus inquietudes e incomprensiones a nuestras vidas, donde está también presente la duda, lo oculto, lo que no es explícito. Con ese lenguaje Juan pone de manifiesto la profundidad y el significado espiritual de los acontecimientos. El lenguaje mítico no procede con argumentos, su verdad se descubre de inmediato o puede permanecer oculta o ajena.


EL EVANGELIO DE JUAN COMO DRAMA


Schenke ha calificado el evangelio de Juan como un drama de lecturas. El 60 por ciento de este evangelio está formado por escenas con grandes diálogos y del resto la mitad está formada por pequeños diálogos y monólogos. Según Aristóteles un drama es “la representación de una acción llena de grandeza, ultimada y perfeccionada… Una acción es completa cuando tiene principio, desarrollo y fin”. En el evangelio de Juan el comienzo del drama es cuando el Hijo eterno de Dios hecho hombre en Jesús hace su manifestación al pueblo de Israel (las bodas de Caná). El fin del drama es el desprecio y el asesinato por parte de judíos y romanos del hombre Jesús. El centro del drama consiste en el desarrollo paso a paso de un conflicto de rechazo de Jesús por sus auditores que se van convirtiendo gradualmente en sus enemigos. Pero Juan nos presenta el drama en torno a Jesús de tal manera que el lector participa de él. Las palabras están dichas a nosotros, a quienes leemos el evangelio o escuchamos su lectura. El lector debe situarse siempre ante los argumentos a favor o en contra de Jesús a fin de tomar por último una decisión a favor de Él. En realidad son muchos los pensamientos que pasan por la cabeza del cristiano cada vez que piensa en Jesús. Queda fascinado por Jesús y, al mismo tiempo, duda de que en ese hombre de Nazaret se manifieste la gloria

de Dios. Pero Jesús con sus respuestas intenta ganar para sí al lector. De ahí se afianza nuestra fe, pero debemos leerlo una y otra vez, y meditarlo una y otra vez, porque tenemos que continuar decidiéndonos cada día de forma nueva por Jesús. La fe requiere una profundización constante para que se pueda mantener viva en un ambiente falto de fe como el nuestro, por eso los católicos cubanos pedían a su Iglesia espiritualidad y ese proceso de aprendizaje de espiritualidad de los discípulos debe terminar o mejor culminar en el reconocimiento de Tomás: “Señor mío y Dios mío”.

Por esto he querido tomar el evangelio de san Juan para hablar de espiritualidad, porque él pretende poner ante nuestros ojos el trasfondo de nuestra existencia, nos quiere mostrar al mismo tiempo, cómo podemos vivir como cristianos en una realidad diferente en medio de este mundo.

El padre Grün siempre lee el evangelio de Juan desde la mística y desde la psicología transpersonal. Esta psicología intenta traducir hoy el lenguaje místico a un lenguaje psicológico. ¿Qué es la psicología transpersonal? Consiste en saber que las motivaciones, los anhelos, las aspiraciones y todos los sentimientos humanos buscan su realización en algo que trasciende a la persona, que está por encima y por delante de ella y no sólo dentro de los límites de nuestro yo, a pesar de que muchas veces estemos encerrados en estos límites y necesitamos descubrir que hay en nosotros ese impulso que va hacia lo que es más que nosotros, hacia lo que trasciende la persona. El evangelio de san Juan es revelador de ese campo u horizonte abierto por encima de nosotros que nos lleva a ser nosotros mismos.

Leamos ahora el comienzo del evangelio de san Juan como iniciación nuestra en ese mundo de Juan místico, mítico, simbólico y dramático. En el texto él nos anuncia los grandes temas del paso de Jesús por nuestra historia, comenzando por presentarlo no como Lucas o Mateo en el pesebre de Belén anunciado por los pastores, visitado por los magos, sino como naciendo de Dios, viniendo de Dios:


Pero es la luz la que ilumina
al mundo, la que me permite ver,
mirar más allá y comprenderme a mí,
a mi vida, a los demás, al mundo.

Mi vida se vuelve así luminosa,
pero luminosa en Dios.

Con Jesús vino la luz verdadera
al mundo.

Con Jesús vino la luz verdadera


“En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra había vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.
La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.
Al mundo vino, y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.


Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.
Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.
Éstos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.
Y la Palabra se hizo carne
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad”
(Jn 1, 1-5, 9-14).

El prólogo es sin duda el más bello himno de la Encarnación que conocemos. Al principio algunos pensaban que Juan había acentuado la divinidad de Jesús y había relegado su humanidad, pero no es así. Mientras que los otros tres evangelistas designan a Jesús sólo tres veces como hombre, Juan lo llama así diecinueve veces. Para Juan, Jesús es la revelación de Dios en un hombre completo, pero para Juan el misterio de la Encarnación de Dios no se puede expresar con un lenguaje sea teológico, sea narrativo, sólo se puede entonar un himno que ensalce el misterio de la encarnación por medio de imágenes. Por eso nos vamos a detener en las imágenes de las palabras. Hay cuatro estrofas en las que se describe este misterio:

1. Al principio existía la Palabra. Así Juan va a los orígenes de Jesús en lo más profundo de la Biblia. Así comienza el libro del Génesis: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”. Al principio la Palabra creadora de Dios sacó las cosas de la nada, separó la luz de las tinieblas, dio vida al hombre y los animales. Es esa Palabra creadora la que estaba desde el principio en Dios y así no podemos mirar a Jesús sin tener ante los ojos la Creación, al Dios Creador: “Creo en Jesucristo…, nacido del Padre antes de todos los siglos…, engendrado, no creado…, por quien todo fue hecho”.

2. En ella estaba la vida. La gran pregunta que nos hacemos es cómo podemos vivir nosotros realmente, cómo poder tener vida y disfrutar de ella. Muchos viven para ellos, la vida consiste en trabajar y comer, en placeres y ocios. Para Juan esto es muerte. Vida y muerte son dos conceptos centrales en su evangelio. La verdadera vida sólo es posible en Dios, desde Dios, si estamos unidos a Dios. El sentido de la vida, la vida eterna, la calidad de vida, todo esto es tan fuerte hoy como lo fue en tiempos de los griegos, pero, ¿en qué consiste la verdadera vida? Juan identifica la vida con la Palabra eterna de Dios. “En la Palabra estaba la vida”, de ella brota la vida abundante. El Hijo eterno ha venido para que tengamos vida.

3. La Palabra era la luz. La vida y la luz están estrechamente unidas en Juan. Una vida auténtica la tenemos en nosotros gracias al entendimiento cuando nos vemos a nosotros mismos y al mundo de un modo claro. Puedo entonces vivir rectamente. Pero es la luz la que ilumina al mundo, la que me permite ver, mirar más allá y comprenderme a mí, a mi vida, a los demás, al mundo. Mi vida se vuelve así luminosa, pero luminosa en Dios. Con Jesús vino la luz verdadera al mundo.
4. Vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron. La luz no ha sido aceptada por muchos, aquí está ya esbozado y descrito de antemano el drama de Jesús. “A cuantos la recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre les diopoder para ser hijos de Dios. Estos no son los que nacen por vía de generación humana, ni porque el hombre lo desee sino que nacen de Dios”. Quien acoge a Cristo es renovado, renace, recibe su existencia no de la voluntad de carne, no de la desnuda procreación, sino de Dios. Así los cristianos no nos definimos ya desde la voluntad de los hombres ni desde la voluntad de nuestros progenitores, sino desde Dios. Quien ha nacido de Dios, quien ha nacido de arriba, se sabe cuidado por Dios, amado por Dios, es libre, no tiene que comprar el amor de los hombres, su existencia está llena de luz y de vida.
Jesús es el único que ha visto a Dios,
porque Él mismo es Dios.

Él reposa en el corazón del Padre.

En Jesús somos atraídos
a la intimidad con el Padre.

Con Jesús nosotros también podemos
reposar en el corazón de Dios.

5. La Palabra se hizo carne. Esto constituye el clímax de la declaración en el prólogo de Juan.

El núcleo de su evangelio reside en estas palabras. El que es completo, el que es perfecto, Dios, se introdujo en el ámbito de nuestra perecedera naturaleza y se hizo hombre verdadero, se hizo carne, carne perecedera y débil.

La Palabra se hizo carne y ACAMPÓ entre nosotros. Acampar es plantar una tienda de campaña. En el Antiguo Testamento, en la marcha del pueblo hebreo por el desierto se levantaba fuera del campamento una tienda especial de campaña bajo la cual se ponían las tablas de la Ley (los Diez Mandamientos) dados por Dios a Moisés y que éste había escrito sobre piedra. Así la palabra escrita sobre piedra acampaba junto al campamento. La tienda de campaña que la albergaba se llamaba tienda del encuentro, pues a ella iban Moisés y los ancianos a orar, a encontrarse con Dios.

Las bodas de Caná / Giotto.
Las bodas de Caná / Giotto.
La Palabra hecha carne, Jesús, acampa entre nosotros, no “fuera del campamento”; su tienda es su carne, el templo que guarda la Palabra de Dios. Cristo es el templo vivo de Dios en medio de su Pueblo. Es la presencia salvadora y liberadora de Dios en este mundo, 6. Y nosotros hemos podido contemplar su gloria. Cada vez que miro al hombre Jesús, miro la belleza de Dios, pero en la carne, en la persona histórica de Jesús. En las acciones, en las conversaciones de Jesús brilla la gloria de Dios. En la mirada contemplativa hacia Jesús voy siendo transformado en ese hombre y mujer resplandeciente de bondad y me lleno de ese amor que Dios ha pensado para ti y para mí como hijo suyo. Al mirarlo a Él me pongo en contacto con mi imagen verdadera, llego a ser quien debo ser.


7. Gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Con esta expresión Juan nos recuerda la aparición de Yahvé-Dios en el Sinaí. Allí Dios se reveló como el que es rico en gracia y en verdad.

La palabra gracia, del griego charis, significa alegría por un regalo, por un favor, por un acontecimiento bueno para nosotros. En Jesús Dios nos demuestra su amor haciéndose visible. Esto produce en nosotros una alegría inexpresable. Es el regalo que Dios nos hace.

El término verdad significa en griego “descorrer un velo”. En Jesús vemos la divinidad, se descorre el velo que oculta a Dios, pero en Jesús también nosotros conocemos quiénes somos realmente. El velo que oculta nuestra naturaleza humana se ha descorrido totalmente: el hombre Jesús nos dice quién es en verdad el hombre, quiénes somos realmente nosotros.

Juan resume todo cuanto dice en su prólogo con esta afirmación, que es como un grito de júbilo: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que es Dios y que está en el seno del Padre nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18).
Ninguno de nosotros puede ver a Dios. El libro del Éxodo para decir que Moisés estuvo con Dios pero no lo vio, dice que Moisés vio a Dios de espaldas.

Jesús es el único que ha visto a Dios, porque Él mismo es Dios. Él reposa en el corazón del Padre. En Jesús somos atraídos a la intimidad con el Padre. Con Jesús nosotros también podemos reposar en el corazón de Dios. Y algo más, en Jesús podemos ver a los seres humanos desde donde ellos son vistos por Dios desde siempre, desde la gloria de Dios.

Nuestra espiritualidad es esto. Está hecha de nuestra intimidad con Jesús que transforma nuestra vida y nuestra visión del mundo. Seguiremos andando por este camino de la mano del evangelista san Juan durante esta Cuaresma.

S.M.I. Catedral de La Habana,
28 de febrero de 2007.

SEGMENTO


“LA ESPIRITUALIDAD DEL DISCÍPULO”


Después del hermoso y profundo himno del prólogo, san Juan nos muestra a Jesús que llama hacia sí a sus discípulos.

Ser discípulo no es ponerse voluntariamente a la escucha de Jesús, no es como hacerse alumno de su escuela. Lo primero que debe descubrir alguien que quiere seguir a Jesús es que Jesús es quien lo llama. El discípulo es invitado, convocado incluso por Jesús. Y comienza a ser discípulo cuando responde al llamado, cuando comienza a hacer camino con Él.

Para buscar a Jesús
debemos detener por fin nuestros ojos ante quien toca nuestro corazón.
Si buscamos encontraremos.
Debemos ser siempre
buscadores profundos,
como el hombre que cava en su campo
y encuentra una perla de gran valor.
Juan describe la vocación de los primeros discípulos según su estilo, que no es el de narrar las cosas desde fuera, como un cronista, sino desde dentro, como entrando en el corazón de cada uno de los que se encuentran con Jesús y mostrándonos, por palabras que tienen una gran carga significativa, lo bello y profundo que resulta el encuentro con Cristo. Como siempre, a través de su lenguaje simbólico, Juan nos hace participar de la escena: nosotros nos sentimos llamados por Jesús. Oyendo el relato evangélico o leyéndolo, nos damos cuenta de que también a nosotros nos llama Jesús y se dispone mejor nuestro mundo interior para responderle, para ponernos en movimiento.

Juan nos da testimonio sobre Jesús, sobre quién es Él, en este relato y nos da un testimonio sobre el itinerario espiritual del discípulo: búsqueda, encuentro, ver quién es Jesús y quedarse con Él.

“En aquel tiempo estaba Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dijo: Éste es el Cordero de Dios.

Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y, al ver que los seguían, les preguntó: ¿Qué buscan?

Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?

Él les dijo: Vean y lo verán. Entonces fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día; serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encontró primero a su hermano Simón y le dijo: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús.

Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa piedra).

En aquel tiempo determinó Jesús salir para Galilea; encuentra a Felipe y le dice: Sígueme. Felipe era de Betsaida, ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice: Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas lo hemos encontrado: a Jesús, hijo de José, de Nazaret. Natanael le replicó: –¿De Nazaret puede salir algo bueno? Felipe le contestó: –Ven y verás. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Natanael le contesta: ¿De qué me conoces? Jesús le responde: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Natanael respondió: Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Jesús le contestó: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y le añadió: Yo les aseguro: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre” (Jn 1, 35-51).

Juan nos cuenta cómo los discípulos reconocen a Jesús gradualmente y cada vez más en profundidad. Comprendemos así el valor de los títulos con los que los discípulos van designando a Jesús. En el relato leído se describe también nuestro propio discipulado. Nos damos cuenta de cómo nosotros también llegamos a la fe, cuántas cosas y personas intervinieron para que nuestro corazón se abriera al Salvador. Los discípulos primeros de Jesús son símbolos de nosotros, que descubrimos en ellos lo que significa ser seguidor de Jesucristo. Por medio de la vocación gradual de los discípulos Juan describe “el proceso de iniciación del proceso cristiano de la redención” (Sanford).

Los discípulos tienen experiencias que nosotros también hemos tenido en nuestro personal desarrollo espiritual. Juan, con su arte de escribir, nos hace identificarnos con uno u otro de los discípulos.

Lo primero que salta a la vista es que los discípulos son conducidos hacia Jesús gracias a un mediador. Juan nos está diciendo: nosotros necesitamos un mediador que nos lleve a Jesús, necesitamos de los demás para encontrarlo.

Hay cuatro palabras centrales en el relato de Juan: buscar y encontrar, llegar y ver.
San Pedro / El Greco
San Pedro / El Greco

En estas cuatro palabras consiste el discipulado.

Para buscar a Jesús debemos seguir la pista de nuestra mirada y detener por fin nuestros ojos ante quien toca nuestro corazón. Si buscamos encontraremos. Debemos ser siempre buscadores, no buscadores superficiales capaces de encontrar mucha pedrería falsa, sino profundos, como el hombre que cava en su campo y encuentra una perla de gran valor. Así llegamos a Jesús.

Pero una vez que hemos llegado a Jesús, debemos acercarnos a Él para ver cómo Él es en realidad. Ver pertenece al aspecto místico de nuestro ser cristiano. El cristiano se acerca a Jesús para ver, para contemplar. Juan nos cuenta cómo a aquellos discípulos recién llegados Jesús les hará levantar la mirada más allá de lo que están viendo ahora al contemplarlo a Él, y les dice que “verán los cielos abiertos y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”. Jesús los remite a aquella escala del sueño de Jacob que caía desde el cielo y por la cual subían y bajaban los ángeles.

Lo que antiguamente contempló Jacob se cumple plenamente en Cristo. En Jesús se abre el cielo sobre nuestra vida. Y así nosotros, junto con los primeros discípulos, podemos percibir la unión entre el cielo y la tierra, entre lo humano y lo divino que se da en Cristo Jesús. El ver llega a penetrar el misterio de Cristo, a descubrir desde el primer encuentro que Él es hombre y Dios, que allí hay uno que es más que un Profeta.


VEAMOS CÓMO CUENTA JUAN EL ENCUENTRO:


Jesús pasaba cerca del río Jordán donde estaba Juan Bautista bautizando. El Bautista vio pasar a Jesús y dijo: He ahí al Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. “Los dos discípulos lo oyeron… y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y viendo que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscan? Ellos contestaron: Rabí (que quiere decir Maestro), ¿dónde vives?” (1, 38). Este relato, que es contado como un hecho común, tiene una gran fuerza significativa. En el Evangelio de Juan las primeras palabras que dice Jesús son ¿qué buscan? El Hijo de Dios vino a nosotros y nos pregunta a los seres humanos, ante todo, qué buscamos en nuestra vida, qué queremos; en griego está escrita de este modo la pregunta: ¿qué buscas tú? Esta es la primera palabra que Jesús pronuncia ante el que quiere ser su discípulo: ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Cuál es tu anhelo más profundo? Si quiero seguir a Jesús, si quiero entregarme a Él, ello no es lo mismo que aprender de un maestro una enseñanza, aunque ésta fuera extraordinaria y sublime. Por eso los discípulos responden con otra pregunta que no es ¿cuándo podemos oír tus enseñanzas o dónde explicas tu doctrina?, sino “¿Tú dónde vives?” Como se trata de entregarse a Jesús la cuestión es encontrarlo en su medio, en su casa. Es más que un deseo de conocer, de escuchar su mensaje; es un deseo de estar con Él, de vivir con Jesús, de habitar en su morada. Y Jesús nos invita entonces a su casa: “Vengan y verán”. Uno llega a tener intimidad con alguien cuando lo visita en su casa. Para Jesús no se trata de una casa común de esta tierra a la que nos invita, sino de la morada de Dios. Recordemos que “la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. En Jesús, Dios ha levantado su tienda entre nosotros. Estar con Jesús es, pues, habitar en la casa de Dios. A esto invita Jesús a los discípulos que le preguntan “¿dónde vives?”, diciéndoles: “Vengan y vean” (1, 39). No basta escuchar lo que cuentan acerca de Él, ser discípulo significa tener una experiencia propia, personal de Jesús. El aspecto místico del evangelio de Juan está aquí muy presente: ver a Jesús, contemplar a Jesús, es el modo de saber quién es Él, lo que significa Jesús en su venida al mundo para todos y para mí. Mirar es algo que debe hacer cada uno y que no se puede encargar a otro, sólo así vemos a Jesús y en Él al mismo Dios; entonces entramos en intimidad con Él (entramos en su casa). Así nos hacemos discípulos. No hay disci-pulado sin intimidad con Jesús.

El momento de aquel encuentro queda grabado en la mente de Juan, porque él es uno de los que llegó hasta Jesús, el otro es señalado por su nombre: Andrés. Sería la hora décima. El día se dividía en horas que comenzaban a contarse al amanecer. La una serían las seis de la mañana de nuestro reloj, las seis serían las doce del día (el medio día), y las diez eran las cuatro de la tarde: la hora décima. Pero no sólo era inolvidable la hora por el encuentro con Jesús, sino porque el número diez para Juan es un símbolo. El diez es lo que nosotros llamamos un número redondo. En la mentalidad cabalística de los hebreos los números tienen siempre un sentido simbólico, el diez es el número de la plenitud, de la plenitud humana, de la totalidad y del cumplimiento. Llegar a ser discípulo es llegar a ser hombre en plenitud, es ser introducido en el misterio de la plenitud humana.
La Transfiguración Rafael
La Transfiguración Rafael


El otro discípulo, Andrés, conduce a su hermano Simón hasta Jesús. Y Jesús desde el primer encuentro le llama Kefas (que significa “piedra”); desde el primer momento Pedro fue llamado para ser roca para los demás, para sostener a los demás con su fe. Hay otro discípulo, Felipe, a quien Jesús ve después y le dice “Sígueme”. Felipe fue a buscar a Natanael y lo llevó a Jesús. Natanael no aparece más en el evangelio, ni integró el grupo de los doce. Juan lo nombra porque es parte de esa trama en la cual unos discípulos van llevando a otros: Andrés a Pedro, Felipe a Natanael y además porque Jesús, cuando él se acerca le dice que ahí llega un israelita de cuerpo entero. Juan, que después en el evangelio deja tan mal parados a los judíos que no aceptaron a Jesús, quiso mencionar a éste, elogiado por Jesús, para decirnos: no son malos todos los del pueblo israelita. Este israelita, este judío sin falsedad, se siente observado por Jesús que le dice que lo vio desde que estaba debajo de la higuera, lugar adonde la vista de Jesús no alcanzaba. Jesús revela al referirse a Natanael, que Él conoce al hombre, que no fue necesario que nadie le contara nada sobre él. Jesús conoce a cada uno y ve en el fondo de nuestros corazones, es lo que nos quiere decir san Juan.

Este conocimiento de Jesús impresiona a Natanael, que exclama: “Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”. Con esta confesión de Natanael el encuentro con los discípulos llega a su clímax. El que es un verdadero israelita, como si hablara en nombre de todo el pueblo elegido, completa la presentación de Jesús llamándolo Rabí (Maestro), Rey de Israel, Hijo de Dios. Natanael es un símbolo de todo judío que acepta a Jesús y de todo cristiano que cree en Él. Fijémonos en el arte de escribir de san Juan; lo hace en dos planos distintos: informando los sucesos históricos y llevando al lector a recorrer el camino de los discípulos que van avanzando hasta llegar a reconocer en Jesús al enviado de Dios.

Recordemos que los dos discípulos que siguieron primero a Jesús fueron Andrés y Juan, que estaban con el Bautista y al pasar Jesús vieron que él lo señaló como el Cordero de Dios. Cuando Andrés invita a Pedro para que conozca a Jesús, le dice “hemos encontrado al Mesías”. Los discípulos reconocen, pues, en Jesús al Cordero de Dios, al Rabí (o sea al Maestro), al Mesías, al Hijo de Dios y Rey de Israel. Y cuando Natanael le da estos títulos Jesús le responde: “cosas más grandes verán, verán a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre”.

Éste es el último título, el que Jesús añade y el que Él emplea casi siempre para referirse a sí mismo: Hijo del Hombre. Y así nosotros, los lectores, somos introducidos por Juan en el misterio de Jesús: Él es todo lo que expresan esos títulos. Además, en Él los cielos permanecen abiertos. Jesús es el lazo que une el cielo con la tierra. En Él vemos a Dios.

Juan quiere que nosotros leamos el evangelio en la clave de los ángeles que bajan del cielo y suben a él. No quiere que nuestra mirada sobre Jesús sea horizontal; sería el maestro que nos muestra el sendero correcto para un creyente. Jesús es más que eso: entramos en su casa, en su intimidad, lo sabemos Hijo del Hombre, e Hijo de Dios, vemos el cielo abierto sobre Él y nuestra mirada adquiere una calidad totalmente nueva, porque Jesús nos abre los cielos y nos consagra en el misterio de Dios. Viviremos en el mundo, pero con una visión sobrenatural del mundo. Se iniciará nuestro diálogo de amigos con Jesús, lo contemplaremos y escucharemos silenciosamente en nuestra oración. Eso y no otra cosa es la espiritualidad del discípulo.

S.M.I. Catedral de La Habana,
7 de marzo de 2007.


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