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INTERNACIONAL

Kosovo en la encrucijada
por Lázaro J. ÁLVAREZ
A ocho años de la guerra de Kosovo, la provincia se debate entre su permanencia dentro de Serbia o la independencia que, de modo no declarado, le augura una propuesta de la ONU.
Kosovo
en la encrucijada



Por razones tristes, la palabra Kosovo se hizo familiar en la prensa durante el año 1999. Aviones de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y barcos de guerra desplegados en el mar Adriático, lanzaron decenas de miles de bombas y misiles contra la entonces República Federativa de Yugoslavia entre el 24 de marzo y el 10 de junio de ese año.

El motivo para los bombardeos era el hostigamiento del ejército yugoslavo hacia la población de origen albanés en la sureña provincia, donde los albaneses representan el 90 por ciento, frente a un 5 por ciento de serbios.

En ese momento, las fuerzas armadas de Belgrado se enfrentaban al grupo albanokosovar Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), al que el gobierno de Estados Unidos incluyó en su lista de organizaciones terroristas entre 1997 y 1998.

Respecto a esa organización, el semanario británico The Sunday Times reveló el 12 de marzo de 2000 que “agentes estadounidenses han admitido haber ayudado a entrenar al ELK antes de los bombardeos de la OTAN”. “Algunos líderes (de la banda) tenían el número de celular del general Wesley Clark, el comandante de la OTAN”, añadía la publicación.
Kosovo es,
por distintas razones, parte
del patrimonio histórico de
serbios y albaneses.

A inicios de la Edad Media, buena parte de sus tierras pertenecía a
la Iglesia Ortodoxa serbia, y la mayoría de su población
era eslava.


En los choques con dicho grupo paramilitar, las fuerzas serbias también hicieron blanco en la población civil albanokosovar, que comenzó a desplazarse atemorizada hacia Macedonia y Albania. Otro tanto hacía el ELK contra la minoría serbiokosovar, obligada a huir hacia otras zonas del país.

Fue en este contexto que irrumpieron los bombardeos de la OTAN, que se cebaron lo mismo en las iglesias y monasterios serbios, que en las escuelas, fábricas y puentes de Belgrado, en la propia Pristina, la capital de la provincia, y hasta en columnas de refugiados albaneses que huían del teatro de operaciones.

En su mensaje de Pascua, el 4 de abril de ese año, el Papa Juan Pablo II deploraba tanto las acciones del ejército yugoslavo como las de la Alianza Atlántica: “¿Cómo hablar de paz, cuando se obliga a huir a las poblaciones, cuando se da caza a los hombres y se incendian las viviendas, cuando el cielo se estremece con el estruendo de la guerra, cuando resuena sobre las casas el silbido de los proyectiles y el fuego destructor de las bombas devora las ciudades y aldeas? ¡Basta con la sangre del hombre, derramada cruelmente! ¿Cuándo se quebrará la espiral diabólica de las venganzas y de los absurdos conflictos fratricidas?”

Con todo, la agresión se prolongó por más de dos meses desde el clamor de paz lanzado por el Papa. El 12 de junio, el ya fallecido ex presidente yugoslavo Slobodan Milosevic aceptó el despliegue de fuerzas de la OTAN en Kosovo, bajo el mando de la ONU.

Hasta hoy, tal ha sido el modo en que se ha regido la provincia. Pero el pasado 2 de febrero, el enviado especial de la ONU, Martti Ahtisaari, propuso un plan sobre el futuro estatus de ese territorio. ¡Y ni a serbios ni a albaneses les gustó…!

UNA RAÍZ EN LA
HISTORIA DE AMBOS

Kosovo es, por distintas razones, parte del patrimonio histórico de serbios y albaneses. A principios de la Edad Media, buena parte de sus tierras pertenecía a la Iglesia Ortodoxa serbia, y la mayoría de su población era eslava.

La población civil albanokosovar fue blanco del conflicto.
Fue solo en 1691, ante el empuje del Imperio Otomano, que grandes masas de serbios –entre 30 mil y 40 mil familias– según fuentes de la Enciclopedia Británica– se vieron forzadas a emigrar muy al norte, lo que favoreció que el territorio fuera ocupado por los vecinos albaneses.

Pasados algunos siglos y contiendas, en 1913, cuando terminó la Primera Guerra Balcánica, Kosovo fue internacionalmente reconocida como parte de Serbia, que en 1918 se integró en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (la primera Yugoslavia). Pero durante la Segunda Guerra Mundial, Alemania e Italia dividieron el territorio yugoslavo, con lo que Kosovo quedó incluida en la “Gran Albania”, ocupada por las tropas de Mussolini.


Al terminar el conflicto, la Yugoslavia del mariscal Tito retomó el control de la provincia, algo contra lo que pugnó la ya entonces mayoritaria población albanesa, que aspiraba a la separación definitiva. Lo más que obtuvo, años después, fueron ciertos niveles de autonomía, suprimidos totalmente en 1989 por la revisión constitucional que impulsó el después presidente Slobodan Milosevic.

NO LO DICE, PERO…

En la propuesta de Ahtisaari no se menciona por ninguna parte la palabra “independencia”, tan anhelada por los albaneses. Sin embargo, realidades dicen más que palabras.

Según el documento, Kosovo tendrá la tutela de un representante de la Unión Europea, con poder de veto sobre las decisiones de las autoridades locales. Además, contará con una Constitución, himno, bandera y ejército propios, y podrá solicitar su ingreso a las organizaciones internacionales, incluida la ONU, como si fuera un Estado más.

Evidentemente, la reacción de las autoridades de Belgrado fue de rechazo total. “Serbia y yo nunca aceptaremos la independencia de Kosovo”, expresó el presidente Boris Tadic, mientras el primer ministro Vojislav Kostunica, que en su momento fue el más tenaz opositor de Milosevic, se negó incluso a recibir a Ahtisaari, al no comprender cómo instancias ajenas al país arreglan iniciativas que van contra el elemental principio de soberanía. De igual manera se pronunció el Parlamento serbio el 15 de febrero.

Del lado albanés, el rechazo fue por motivos bien distintos: el texto, protestaron varios, no contempla la independencia, o al menos no la llama por su nombre. No obstante, habría que tomar nota de lo dicho por el actual presidente de la provincia, el albanokosovar Fatmir Sejdiu, para quien la propuesta de estatuto futuro dará lugar a que “se convierta en un Estado independiente”, según dijo tras reunirse con el enviado especial de la ONU.

Y claro, la OTAN también hará sentir sus presiones. Lo confesó su secretario general, Jaap de Hoop Schefer durante una visita a Pristina, la capital kosovar, el 15 de febrero, al pedirle a Serbia que coopere de manera constructiva con el nuevo estatus, pues “no hay otra alternativa”. Esto es algo sobre lo que volveremos.

El jefe de la Alianza Atlántica también dijo que las fuerzas de la OTAN presentes allí –unos 17 mil uniformados– no permitirán nuevos desórdenes, quizás en alusión a los enfrentamientos internos entre el 17 y el 18 de marzo de 2004. Según un informe de Amnistía Internacional, “al menos 19 personas murieron –11 de etnia albanesa y ocho serbias– y más de 100 resultaron heridas. Asimismo, sufrieron daños o fueron destruidas unas 730 viviendas de miembros de minorías, en su mayoría serbios de Kosovo, y 36 iglesias, monasterios y otros centros religiosos y culturales ortodoxos. En menos de 48 horas, 4 mil 100 personas pertenecientes a minorías se vieron desplazadas de nuevo; de ellas, el 82 por ciento eran serbias”.

En el mismo texto, la mencionada organización hace saber su “preocupación por la falta de rendición de cuentas de la Misión de Administración Provisional de las Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK) y la Fuerza Internacional de Seguridad en Kosovo (KFOR), dirigida por la OTAN, así como por el hecho de que ambas continúen negándose a asumir toda responsabilidad en la falta de protección de los derechos de las minorías durante los disturbios interétnicos que se produjeron en Kosovo en aquellos días”.

¿Y LA “INVIOLABILIDAD
DE LAS FRONTERAS”?

De las palabras del jefe de la OTAN, en que indirectamente da su empujoncito a Serbia, se pueden sacar algunas conclusiones.

La primera es que los apuros sobre Belgrado no son compatibles con la resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU, del 10 de enero de 1999, en el que se estipula el compromiso “de todos los Estados Miembros con la soberanía y la integridad territorial de la República Federal de Yugoslavia y de otros Estados de la región, según el Acta Final de Helsinki”.

“Cualquier solución al dossier Kosovo debe garantizar la estabilidad duradera (…) y contar con la aceptación sin reservas de serbios y albaneses”...
¿Y qué dice este último documento, suscrito en 1975 por los miembros de los dos bloques adversarios europeos? Pues, entre otras cosas, su capítulo III estipula la “inviolabilidad de las fronteras”, entendido ello como la prohibición de alterar los límites territoriales de un Estado, sin el pleno consentimiento de todas las partes afectadas.

No hay que forzar entonces a Belgrado a aceptar lo que naturalmente rechaza: que se le otorguen a Kosovo poderes de Estado, echando a un lado la soberanía serbia reconocida en la resolución 1244; y que se alteren las fronteras del país balcánico sin su beneplácito.

Por otra parte, una nota: no es Milosevic quien está al mando en Serbia, sino un gobierno de claro signo pro-europeo. ¿También se habrá de anatematizar a las nuevas autoridades, que solo piden respeto para sus fronteras, como lo haría cualquier Estado soberano?

Con muy pocas esperanzas reales de llegar a un pacto, y bajo la advertencia de Rusia de que vetará en el Consejo de Seguridad de la ONU cualquier fórmula que implique la separación de Kosovo, el pasado 21 de febrero se reunieron en Viena los representantes de la comunidad albanesa y el gobierno serbio, para sostener consultas con el enviado Ahtisaari.

En la capital austriaca, Ahtisaari confesó sus escasas esperanzas de lograr un acuerdo en torno a su propuesta, toda vez que no se había producido el deseado acercamiento entre las partes.

Siendo más exacto en sus palabras, el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, reiteró su oposición a una solución forzada para la provincia serbia, además de fustigar la gestión del enviado de la ONU.

“Cualquier solución al dossier Kosovo debe garantizar la estabilidad duradera (…) y contar con la aceptación sin reservas de serbios y albaneses”. “El señor Ahtisaari –añadió– es mediador, es decir, su papel es acercar el parecer de las partes involucradas, y no imponer soluciones. Las decisiones las tomará el Consejo de Seguridad”, en el que, desde luego, Moscú es miembro permanente.

En el diálogo, que debía continuar hasta marzo, los albano-kosovares reiteraron que no fueron a la mesa de conversaciones a hablar de su independencia, pues ésta “ya quedó clara tras el final de la guerra en 1999”, sino sólo del reconocimiento internacional a un Kosovo independiente. Por su parte, Serbia volvió sobre su oferta de crear una entidad autónoma en la provincia, y su rechazo a cualquier forma de independencia que afecte su integridad territorial y soberanía.

Así, presumiblemente el ajedrez de Kosovo no se jugará en rapid transit, y no se deben esperar recetas de un día para una cuestión de siglos. El camino no acabará en Viena. En realidad, apenas comienza…

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