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  Cuarenta años después de
Cien años de soledad
texto: Miguel SABATER
El pasado 6 de marzo un grupo de admiradores de Gabriel García Márquez llegaron a su casa en un barrio residencial de México para homenajearlo en su 80 aniversario. Llevaban la intención de darle una emotiva sorpresa, pero los sorprendidos fueron ellos.

Su hijo Gonzalo y uno de sus empleados domésticos se limitaron a decir que el escritor estaba bien de salud pero no se encontraba en casa. Aquella mañana había partido hacia un ignoto recorrido que terminaría en Colombia.

Mientras el célebre ingeniero de Macondo se dirigía quién sabe a qué sitios del mundo, impelido por los numerosos compromisos que le ha impuesto la llegada de sus 80 años, los 40 de Cien años de soledad y los 25 del Premio Nobel, allá en la humilde Aracataca donde él nació el 6 de marzo de 1928 a las ocho y media de la mañana, se disparaban 80 cañonazos, en cada uno de los cuales sus ciudadanos confirmaban el orgullo infinito de ser auténticos coterráneos del padre de los Buendía.

Aracataca era entonces un pueblo costeño del Atlántico colombiano cuyo aspecto daba la impresión de ser uno de esos sitios que no cuentan en la historia del mundo. Poco después de que el escritor naciera aquí sus padres decidieron ir a vivir a Riohacha, y el pequeño quedó con sus abuelos. El contacto con ellos definiría sustancialmente su universo literario. Lo afectó de tal manera que, según él, su abuelo fue la persona más importante que conoció en su vida, y aquella rara casona donde iban y venían los fantasmas y supersticiones de la abuela fue todo lo que necesitó para hacer más atractivas sus obras.

Cursando estudios de Derecho tuvo la certidumbre feliz de que lo suyo no era andar por las cortes de justicia sino enfrascarse en el abismo de las páginas en blanco para llenarlas con literatura y periodismo. Y se fue a Barranquilla, donde se instaló en una pésima habitación que formaba parte de un edificio eufemísticamente conocido como El Rascacielo. En aquel rinconcito empezó a escribir su primera novela: La hojarasca, cuya idea original era la de Cien años de soledad; pero ésta se opuso a salir entonces.
Cien años de soledad.


Gabriel García Márquez.
Gabriel García Márquez.
Al mismo tiempo ejerció el periodismo con una maestría avalada por su auténtica vocación literaria que le hizo ganar la admiración de lectores y colegas desde la aparición de sus primeras crónicas y reportajes. Mientras día a día afilaba sus sesos para entregar su columna, intentaba también sus cuentos y novelas.
Pero este quehacer literario más o menos exitoso era, en rigor, el intento de un ensayo inconsciente para hallar las notas que iluminaran las tinieblas donde, en algún secreto rincón de su vida, pervivía Macondo, cuyo relieve por entonces el Gabo no tenía claro, pero lo presentía como una especie de efluvio paradisíaco.

Muchos años después, en enero de 1965, habiendo padecido la angustia causada por una infertilidad literaria que se extendió a cinco años, Gabriel García Márquez, más conocido entonces como periodista que como literato, mientras viajaba en su auto con su esposa y sus hijos cuando se dirigían de México hacia Acapulco, se estremeció por un súbito relámpago de extraña lucidez.
El Amor en Tiempos del Cólera

—Vuelvo a casa –le dijo a su esposa Mercedes–. Voy a sacarme ese libro que hace años está incomodándome por dentro.

Durante el trayecto de regreso, García Márquez apenas habló, tratando de conservar aquel estado de gracia con que lo habían tomado las fuerzas inescrutables de la inspiración. Y en cuanto llegó a la casa se sentó a la máquina, y soltó de una vez:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a lo largo de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas…”
Era, definitivamente, la bendita hora de Cien años de soledad.

A partir de ahí, y durante 18 meses, la novela fue creciendo hasta alcanzar proporciones insospechadas por su propio hacedor, quien no salía de un asombro tras otro dominado por la autoridad con que sus personajes se aprovechaban de él en las horas que escribía para hacer y deshacer en los predios de Macondo. La insólita autonomía con que la historia novelesca se impuso a García Márquez fue tal que, llegado el momento de sacar de la trama al patriarca de la estirpe, José Arcadio Buendía, tuvo que hacerlo contra su voluntad, y lo lloró con lágrimas de hijo.

Cuando la novela se publicó en 1967, los ejemplares de la primera edición y de las siguientes se vendieron como pan caliente (García Márquez diría como salchichas).

Fue traducida a 35 idiomas. Gustó en países tan diversos como China, Australia, Rusia y la India. Hubo quien la leyó hasta diez veces. Una campesina siberiana casi se la aprendió de memoria. Numerosos escritores empezaron a escribir con su estilo, y algunos de ellos se hicieron famosos. Macondo, que por los días de infancia del Gabo había sido el nombre de una finca sin gloria de Aracataca, se convirtió en un término regional tan nombrado como Londres, París, Madrid o New York…
Aunque García Márquez sospechaba que había escrito una novela singular, no pudo dejar de impresionarse por la abrumadora dimensión de su éxito que, como un bombazo, lo lanzó al complejo universo de la fama. Sin embargo, su pretensión literaria no parecía ser tan ambiciosa. Al tener que comentar la novela declaró muchas veces:
“Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia, que transcurrió en una casa grande, muy triste, con una hermana que comía tierra y una abuela que adivinaba el porvenir, y numerosos parientes de nombres iguales que nunca hicieron mucha distinción entre la felicidad y la demencia.”
Cien años de soledad
es uno de esos libros infrecuentes
que, después de terminarse de leer,
se tiene la agradable sensación de que
ya uno no es igual al que lo empezó.

Tiene –entre tantas virtudes–
la propiedad de devolvernos
la inocencia.

Quince años después de haberse publicado aquel portento literario de nuestra América, su autor fue homenajeado con el Premio Nobel de Literatura. Al recibirlo lo hizo con una camisa típica de caribeño para que a nadie se le fuera a ocurrir que, después de tanto bombo y platillo, hubiera olvidado sus orígenes.

“Me atrevo a pensar –dijo en aquella memorable ocasión– que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Éste es el nudo de nuestra soledad.”

Además de la camisa caribeña, en aquella ocasión García Márquez sostenía en su mano una de esas tantas flores amarillas que según él le han garantizado la buena suerte.

El conocido director cinematográfico Anthony Quinn le ofreció a Márquez uno o dos millones de dólares –no sé bien– por sólo consentir que se llevara Cien años de soledad al cine; pero el escritor no lo pensó dos veces: se negó, y tal vez lo haya prohibido hasta en su testamento. El Gabo está claro, porque Macondo y los Buendía jamás podrán ser igual en otro medio a como él los concibió en el insuperable ámbito de esta novela.

Leí Cien años de soledad cuando ya no era noticia. El retardo se explica: en 1967, cuando se publicó por primera vez, yo vivía la mágica edad de siete años, y mis preocupaciones fundamentales se concretaban en revisar el interior del televisor de mi casa a escondidas de mi madre para ver dónde era que se metían los muñequitos de los animados y los artistas que luego se reflejaban en la pantalla.

Gabriel García Márquez, durante un homenaje en el recién finalizado Congreso de la Lengua.
Gabriel García Márquez, durante un homenaje en el recién finalizado Congreso de la Lengua.
Leer Cien años de soledad fue un acontecimiento único en mi vida. Con ella experimenté todas las emociones probables. Es uno de esos libros infrecuentes que, después de terminarse de leer, se tiene la agradable sensación de que ya uno no es igual al que lo empezó. Tiene –entre tantas virtudes– la propiedad de devolvernos la inocencia al presentarnos como veraces las situaciones más inverosímiles que pudieran concebirse sobre la faz de este pragmático mundo; como es la pasmosa historia tan natural de Macondo, donde, cuando murió José Arcadio Buendía, durante mucho tiempo lloviznó flores amarillas.

Cien años de soledad también nos deja la esperanza de que las grandes obras literarias todavía son posibles.

Cuando terminé de leerla me quedé con la avidez de conocer a Gabriel García Márquez. Sucedió años después, una noche de otoño de 1985, al presentarse en La Habana su novela El amor en
los tiempos del cólera. El escritor estaba sentado a una mesa situada entre el frente del Palacio del Segundo Cabo y un lateral de la Plaza de Armas. Había tantas personas reunidas para escucharlo y luego adquirir el libro –entre ellas algunos funcionarios de Estado y conocidas figuras del orbe artístico–, que dudé que yo pudiera alcanzar un ejemplar. Pero fue posible.

A pesar de las notables figuras asistentes, un grueso nudo de personas se empujaba alrededor del escritor para que le firmaran sus ejemplares. Se los mostrábamos con la misma ansiedad con que los limosneros extienden su cesta implorando una moneda. Una famosa soprano cubana, olvidada totalmente de su talante, por nada me arranca la manga de la camisa en su frenesí de abrirse paso para llegar al escritor quien, atolondrado, escogía libros al azar.
Por fin agarró el mío. No le dije mi nombre. Firmó: Gabriel, y no escribió la fecha. Yo tampoco la puse ni la recuerdo exactamente. Pero eternicé el momento.

El único tiempo que Gabriel García Márquez jamás sabrá que me dedicó en su vida, aquel fugaz par de segundos en que me firmó el libro, pensé decirle gracias. Pero no pude. Mi instante con él se me fue mirándole las manos, que, por cierto, nunca pude recordar cómo eran, tal vez porque lo menos que me importaba entones era observar su apariencia sino ver por donde había salido el prodigio sinfónico de Cien años de soledad.

Cuando me entregó mi ejemplar tomó otro y yo pasé inmediatamente a una de esas tantas páginas de su historia personal donde figuran sus millones de lectores anónimos. Abandoné aquel nervioso tumulto de admiradores que seguía alrededor del escritor agitando sus ejemplares suplicantes, alejándome de la Plaza de Armas rumbo a alguna de las calles de La Habana Vieja con aquel tesoro de su firma debajo del brazo, y la triste certidumbre de que probablemente nunca más habríamos de coincidir sobre la faz de la Tierra.

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