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OPINION

  por Orlando MÁRQUEZ
En un viejo libro de aforismos martianos titulado Espíritu de Martí he encontrado la siguiente frase:
“Suele pasar a los pueblos lo que a las casas enemigas de médicos, llaman al fin al médico, pero demasiado tarde”
 
A lo cubano
 

La alerta sonó entre nosotros hace varios meses, si bien los síntomas de la enfermedad se manifiestan desde hace años. Pero la alerta ha sonado definitivamente, desde niveles altos y más de una vez, con cierta insistencia periódica pero no tanta como para aparentar desesperación. Bien, es válido el método, pero hace falta la acción del “médico”, creo que es urgente.

Es notable la reciente proliferación de trabajos en la prensa nacional que tratan sobre temas tan importantes y sensibles para la sociedad y que, aparentemente, eran soberanamente ignorados. No sólo sobre corrupción, también sobre el transporte, algunas tendencias juveniles negativas, descontroles administrativos, entre otros. No es todo, pero es algo, y realmente no estábamos habituados a leer o escuchar desde esas tribunas lo que vivimos. No obstante, más allá de los trillados llamados a la conciencia ciudadana, no se ofrecen las correspondientes soluciones, o posibles propuestas según los tiempos que corren. A los periodistas quizá no corresponde dar soluciones sobre estos temas, pero sus esfuerzos quedan inconclusos si la oferta incluye sólo hechos y retórica. Es que no basta reconocer el error, o los errores, la corrupción o ciertas tendencias al individualismo, del reto que representa una juventud con “más información y expectativas de consumo”, o con menos “memoria histórica”, según términos empleados por el ministro cubano de Relaciones Exteriores en un discurso ante la Asamblea Nacional a fines de 2005. Hablar públicamente del mal es un modo de manifestarse dispuesto a recorrer el camino para enmendarlo, pero hay que caminar, y probar nuevas rutas. En efecto, ha pasado el tiempo, y los retos de hace 40 años son bien distintos a los de hoy, como las expectativas, o el interés de vivir la propia historia. Las respuestas, por tanto, han de ser distintas.

Desde que el hombre vive en comunidad, que es la mejor forma de vivir, han sido inevitables las comparaciones y referencias. No está mal, porque de todo se aprende, si bien las comparaciones no son siempre válidas. En numerosos encuentros con personas de varias latitudes, al tratar el tema de la experiencia eclesial en Cuba y los modos difíciles de ir desbrozando caminos en los años transcurridos después de 1959, no pocos refieren el caso de la Iglesia en Polonia, un ejemplo del que –dicen– “deberíamos aprender”. Si bien comprendo su ignorancia sobre la historia de Cuba y su Iglesia, no puedo menos que preguntarme qué electrodo tienen suelto en la cabeza como para impedirles razonar que Cuba no es Polonia, ni los cubanos polacos. Pero no tiene sentido molestarse por eso, porque el simplismo racional abunda, porque pienso que después de todo quieren comprender y, lo más importante, no albergo la menor duda de que la Iglesia en Cuba se ha esforzado por actuar del modo que corresponde según las circunstancias, y continúa actuando.

Recuerdo lo anterior precisamente ahora que, dentro y fuera de Cuba, oímos hablar de comparaciones y posibles modelos a seguir para mejorar la situación social y económica en el país. Hace varias semanas leí en el diario Granma un artículo titulado “La táctica de las comparaciones”, una especie de respuesta impresa lanzada a quien pueda interesar, o contra una pregunta que revolotea sobre la Cuba actual: ¿es el modelo chino, con su centralización política y decidida reforma económica, la solución para nuestros problemas? Si bien el artículo en cuestión responde sólo en parte la pregunta, pues refuta la comparación y no adelanta nada sobre lo que llama un “modelo cubano” para salir de la crisis actual, coincido con su autor en que, “como cada país parte de situaciones diferentes, las soluciones y los medios para el logro de los objetivos tienen que ser distintos”. Y comparto, en parte, el criterio de que el gran éxito económico de China se debe a “la sapiencia de sus dirigentes comunistas”. Digo en parte porque, en mi modesta opinión, considero que la sabiduría de los líderes comunistas chinos de hoy tiene menos dosis de marxismo y más de confucianismo, con sus soportes éticos, su concepción del orden social, la autoridad, el papel del Estado y la familia y aquello de tomar lo mejor del pasado. Si es cierto o no que Deng Xiaoping –quien fuera una vez “tronado” y luego regresara para iniciar las reformas en China hace más de veinte años– expresó que “enriquecerse es glorioso”, no tiene gran importancia, en la práctica es el deseo no sólo de muchos chinos, sino del mismo gobierno cuya Asamblea Nacional aprobó hace unas semanas una ley que protege, y estimula, la propiedad privada.

Pero al parecer sí es cierto que dijo algo mucho más pragmático, un slogan heredado y, en buena medida, practicado por sus sucesores: “da igual que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones”. La actitud de los “sabios comunistas chinos” revela la antigua tesis de que el gobierno y el Estado, de la línea que sea, existen para crear y mantener las estructuras que satisfagan las necesidades de todos los ciudadanos y mejorar su calidad de vida, pues no hay Estado, ni ideología ni interés político más importante que la persona misma.

No somos chinos, no practicamos el confucianismo ni tenemos una población tan numerosa como aquella capaz de estimular el interés por desatar todas las potencialidades para convertirnos en una superpotencia, o provocar una atracción desmesurada de inversionistas de todo el mundo. Pero salvadas las grandes diferencias, a la postre nos vemos ante el mismo dilema moral que debe enfrentar cualquier sociedad y Estado moderno: el equilibrio entre los principios políticos y las necesidades sociales de los individuos.

Las manifestaciones negativas de nuestra sociedad, tan crecientes que merecen un espacio en la prensa nacional –individualismo, robo, descontrol, irrespeto a la autoridad e indisciplinas, corrupción, doble moral, el rechazo a la maternidad–, y otras no publicadas hasta hoy pero tan reales como aquellas –como el elevado número de candidatos a la emigración–, no son otra cosa que expresiones de desafíos a las estructuras sociales, porque estas no cumplen ya su función de satisfacer ciertas necesidades de los ciudadanos cubanos de hoy. Los intereses de hoy no son los mismos de hace 40 años. Los intereses de un pueblo alfabetizado son bien distintos de los de un pueblo analfabeto. La potenciación de los niveles de instrucción o de salud ha despertado nuevos apetitos, nuevos intereses, nuevas necesidades en los cubanos, y eso exige nuevas respuestas, lo que se traduce en nuevas, o renovadas, estructuras sociales. Cambiar las estructuras no es quitar las columnas para que caiga el techo de la casa, como alguien pudiera pensar, sino modificar las columnas, las vigas y los espacios para seguir ampliando y levantando la casa, de acuerdo con las necesidades de todos sus ocupantes.

No creo haber descubierto nada. Me parece que algo así pensaba el ministro cubano de Relaciones Exteriores cuando, en el antes citado discurso, habló de “cambiar lo que haya que cambiar”. Ciertamente añadió que esos cambios debían hacerse “dentro de las ideas del socialismo”, pero ¿qué es el socialismo hoy día?, ¿el de la China de economía explosiva?, ¿el de Vietnam que sigue los pasos de su vecino?, ¿el de Venezuela que descansa en el petróleo y la agitación?, ¿el de Brasil, que se somete al límite del juego democrático, procura justicia social, mercado y buenas relaciones con todos?, ¿el de Corea del Norte, con hambrunas y afanes nucleares?, ¿el de Chile, mesurado y progresivo?, ¿el de Zapatero en España?

Ciertamente hay más de una idea sobre socialismo, como también las hay de capitalismo. No son religiones. Los principios políticos no son dogmas al servicio de una religión, sino tendencias epocales limitadas que tratan de satisfacer necesidades humanas, y cuando así no ocurre, se transforman y modifican, o son superados por otros principios políticos más coherentes con la realidad.

Para un cristiano, como es mi caso y el de muchos otros, sabedor de que la plenitud no se alcanza en este mundo pero que en este mundo vive y se compromete, lo más importante no es quién gobierna sino cómo gobierna, y es esto lo que condiciona la mayor o menor participación en los asuntos políticos. Pero del mismo modo piensan muchos no cristianos, sean mahometanos, budistas o ateos, quienes experimentan en carne propia la felicidad o la insatisfacción en dependencia de la posibilidad o no de ver satisfechas sus necesidades básicas: seguridad, desarrollo, identidad reconocida y respetada y acceso político. La mejor sociedad –socialista, capitalista o una mezcla de ambas–, es la que satisface mejor las necesidades de los ciudadanos. Evocando el slogan del reformista Den, podríamos decir la que mejor “cace ratones”.

Si antes copiamos el modelo soviético, hoy no se trata de copiar al calco el modelo chino o el brasilero, aunque sí lo mejor de cada uno de ellos, o de otros, que se adapten a nuestras circunstancias. Pero lo más interesante será desarrollar lo mejor que está aquí, entre nosotros. Sin muchos recursos naturales disponibles –al menos hasta ahora–, con una población decreciente, con tanta gente que “se cansa” y “emigra” –según el mismo discurso del señor ministro cubano–, pero al mismo tiempo con tanta gente talentosa y deseosa de poner a prueba sus posibilidades y conocimientos adquiridos precisamente aquí, está claro que se requieren respuestas renovadas.

Conocemos nuestro mal y nuestras necesidades, podemos ser nuestro propio médico desarrollando un modelo propio actualizado y coherente, nacional sin excesos nacionalistas, a lo cubano: desde lo auténticamente cubano a lo universalmente cubano. Y para los cubanos, especialmente para aquellos que se cansan, los que no encuentran otra solución que emigrar, los que tienen más expectativas de consumo o progreso personal y los de menos memoria histórica, o sea, los que están tan empeñados en mejorar su propia historia.

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