
El padre Lusarreta, junto a una de las ancianas
del
Hogar La Milagrosa.
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La creación de un hogar de día o residencia diurna para abuelos en la Iglesia La Milagrosa, en la comunidad de
Santos Suárez, cambió la historia de muchos ancianos, que dadas sus deterioradas condiciones de vida y salud habían optado por asumir su vejez como un fracaso.
Envejecer
en los brazos de Dios
por Yarelis Rico HERNÁNDEZ
fotos: Orlando Márquez
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No es el correr del tiempo el único culpable del desánimo de muchos abuelos, a un gran número de ellos la familia le desatiende, otros quedan solos, existe también quien, sin alternativa, acepta ser reducido a una fantasmal silueta en un viejo sillón, mientras sus manos cansadas acarician una y otra vez su arrugado rostro.
Llegan a pensar, incluso, que ser viejo es delito, quizás una ofensa o una mala palabra, cuando en realidad se trata de una etapa más que da continuidad a la vida, en la que se repasa exhausti-vamente el pasado, lo que se hizo y sobre todo, lo que quedó por hacer. Añoranza, melancolía, tristeza, asoman como sentimientos recurrentes en muchos ancianos que no encuentran en las personas más allegadas el apoyo necesario para continuar adelante, sentirse útiles, amados y comprendidos.
Disfrutar de una vejez digna, más que deseo, debiera ser un hecho para los muchos afortunados que llegan a ella. El mismo andar y desandar por la vida, asumiendo responsabilidades y deberes cada vez más exigentes, hace que merezcan una buena atención por parte de la familia, los amigos, sus propios vecinos, las autoridades del país, en fin, la sociedad de la que todavía siguen formando parte.
Justo en el año 1993, una misión popular cristiana que buscaba llevar la Iglesia al barrio, puso su mirada sobre esta realidad. Por esa fecha, el padre Jesús María Lusarreta, de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl (paúles), emprendió un interesante proyecto que comprendía la creación de una casa misión por cuadra en la comunidad de Santos Suárez, lo que le permitiría a la parroquia conocer de cerca los problemas sociales más acuciantes de la zona y contribuir a aliviarlos o solucionarlos.
En un primer momento descubrieron un grupo de ancianos que estaban solos y sin atención, pero según se sucedían otras acciones, la cantidad de abuelos aumentaba. Ya en el año 1995, llegaba a 80. Con el paso de los meses también crecían las casas misión. Por consiguiente la caridad de la Iglesia se hacía más real, más efectiva, más directa…
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PENSAR EN GRANDE...
Parece que éste fuera el lema del padre Lusarreta, quien no esconde su preferencia por las metas altas, sobre todo si llevan implícitas la atención y dedicación al pobre o necesitado. “Es un sacerdote incansable”, refiere una señora, mientras otra que le acompaña le identifica como un “párroco muy cercano a su comunidad, diáfano, valiente”. Suya fue la idea de crear una casa de abuelos aledaña a la parroquia La Milagrosa, que garantizara la atención de los ancianos durante el día, pues aunque se les visitaba desde las casas misión, la mayor parte del tiempo seguían permaneciendo solos.
Primero fueron 20 ancianos, luego 40, 60, 80…
“Y cuando llegamos a 80 –recuerda el padre Lusarreta– la situación se nos hizo muy difícil. No teníamos de dónde sacar los alimentos ni los medios para mantener a los abuelos. Teníamos recursos económicos (enviados desde el exterior), pero cada vez se nos hacía más complicado adquirir cualquier tipo de cosas, ya fuera por los precios exorbitantes o lo complicado de ciertos mecanismos de compra y venta.
”Escribí entonces al presidente, Fidel Castro. En la carta le reiteré una y otra vez mi intención de colaborar con esta obra social tan bonita que es la atención a los ancianos, pues además de mi fe cristiana, había meditado en las palabras de José Martí cuando expresó que quería echar su suerte con los pobres de la tierra, y en mi caso, dada la necesidad de un grupo de ancianos mayores de 70 años en desventaja social, intentaba llevar adelante un hogar de día donde ellos recibirían alimentación adecuada, distracción y una serie de atenciones que les permitirían mejorar su calidad de vida.
”Pedí mucho en oraciones al Señor para poder seguir con la casa de abuelos. El 15 de agosto de 1997, Día de la Virgen de la Asunción, Fidel me contestó, dos meses después de enviarle mi carta.”
Pero si bien la obra continuó, los años sucesivos pusieron a prueba la creatividad y perseverancia de quienes iluminados e inspirados por Cristo no dudaron en enfrentar incompren-siones, carencias materiales e injusticias, que no pudieron frenar el proyecto, pero impidieron por algún tiempo su crecimiento.
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Diversos juegos de mesa
cuentan entre las preferencias
de muchos ancianos
durante el horario de la mañana. |
La sala de Fisioterapia permite a los ancianos recibir el tratamiento adecuado para
sus patologías. |
En las
trabajadoras
sociales,
los abuelos encuentran
ayuda
y compañía. |
El primer presupuesto que el Gobierno destinó a la casa llegó en el año 2001 y se adecuaba para 120 ancianos, pero la cifra real sobrepasaba ese número. Para el 2005, se le asignó a la residencia una nueva cuenta que comprendía a 160 abuelos. Hoy, la casa atiende a 196 ancianos, y aunque el presupuesto estatal no llega a cubrir todos los gastos sí permite garantizar alimentos básicos como el arroz, los granos, la leche, entre otros.
VIVIR CON DIGNIDAD
Muchos son los beneficios con que cuentan los abuelos en su residencia de la parroquia La Milagrosa. Además de la alimentación, pueden participar en actividades recreativas que incluyen paseos, bailables, juegos, tiempo de computación o disfrute de películas en una pequeña sala de video creada también dentro del hogar. A ello se suman otros servicios como lavandería y planchado, peluquería, arreglo de uñas, barbería, fisioterapia, estomatología, consulta especializada de psicología, etcétera.
A la residencia se incorporan temprano en la mañana. Desayunan, van a misa, meriendan (dos veces al día) y almuerzan ya cerca de las dos de la tarde. A las 4:30 p.m. regresan a sus casas. Durante su estadía en el hogar salen o entran cuando lo deseen y tienen la libertad de participar o no en las actividades programadas. Se trata de una residencia abierta donde permanecen durante el día y van a dormir a sus hogares. De ahí parte entonces el “proyecto techos” como una iniciativa que persigue arreglar las cubiertas de las casas de los abuelos, priorizando, sobre todo, tres espacios: el baño, la cocina y el dormitorio. No se trata de hacerles la casa nueva, sino que vivan con dignidad.
Organizados en 14 grupos, los ancianos se reúnen los lunes y miércoles para recibir las clases de catequesis, ello, además de adentrarles en el Evangelio, les ayuda a relacionarse y conocerse mejor, hasta verse como una gran familia.
Expresa el padre Lusarreta que el eje de esta obra tan humana, noble y necesaria es la Caridad, pues “es mucho más misionera que la Palabra”.
“El primer ministerio de la Iglesia –advierte el sacerdote– es la Caridad. Como estilo de trabajo de nuestra parroquia, asumimos la Caridad como eje fundamental, después está la Palabra, y la cenicienta (por decirlo de alguna manera) es la Liturgia. Digo cenicienta en el sentido de que no podemos ir a una Liturgia muy formativa y tener falta de amor. Hoy se conoce más la parroquia por los abuelos que por las casas misión. Son como altavoces.
”Cuando llegan, todos los días, les saludo... uno por uno, y hay hasta quien se pone bravo si le olvido. De ahí van a la misa, y si al principio buscaban los últimos asientos para acomodarse, hoy se acercan al altar, y siempre en un banco donde estén sentados otros hermanos.
”Cuando fallece un abuelo voy al cementerio. Soy el cura que más ha ido al cementerio, pero eso les da la seguridad de que no les abandonamos nunca. Ellos dicen que aquí no se les deja hasta la muerte. Si se ingresan, la trabajadora social va al hospital. Si no tienen familia, buscamos una persona que les atienda y se ocupe de ellos.
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El servicio de peluquería, con productos de primera calidad,
es uno de los más
visitados por las ancianas. |
”Para mí esto ha sido una realización como sacerdote y como persona humana. Aunque en otras partes se hable de la Iglesia de los pobres, y lo repitas una y mil veces, pocas veces se tiene la experiencia de tocar la cara de un pobre, de hacerle una caricia, de quererle.”
UN RUMBO DIFERENTE
La vida de Pilar Hernández cambió desde que llegó al hogar. Vivía sola, su esposo había fallecido. Únicamente salía al cementerio para visitar la tumba de su esposo, conversar con él, sentir su compañía:
“Uno de esos días me desmayé en el cementerio, alguien me recogió, no sé… A la semana pasé por la iglesia y me interesé por el hogar, hablé con la trabajadora social y le conté de mi vida, de mi soledad. Me dijo que pronto me visitaría. Al día siguiente la tenía en la casa. Conversamos más y le pregunté que cuándo yo podía incorporarme a la residencia. Me respondió: ‘Mañana mismo usted está allá’. Así fue, y ya llevo tres años en el hogar. Soy muy feliz. Aquí me dan abrigo, amor, comida…”
Tener 91 años no es impedimento para Hilda Prieto, una anciana que baila al ritmo de un buen son cubano. Llega temprano todos los días al hogar y es la última en marcharse:
“Ojalá esto fuera interno. Yo vivo en un albergue, no tengo casa, ésta es mi casa, mi hogar. Tengo familia, pero no me atiende… El padre redactó una carta para que me dieran una casa que él me la arreglaba, pero el Estado no autorizó. Por eso me baño aquí y aquí me lavan y me planchan toda mi ropa. Esto es una bendición de Dios.”
Mientras converso con Hilda, una abuela delgada y de piel oscura se acerca al padre Lusarreta. Pega su rostro al del sacerdote, le besa con cariño y entre ambos comienza a sucederse un pequeño diálogo:
— Padre, tengo que ir a confesarme.
— Ah, sí… ¿Tienes muchos pecados?
— A esta edad, padre, qué pecado puedo cometer…
— No haber amado al prójimo.
La señora es Mayeya. Tiene 92 años. Lleva sólo un mes en la casa, pero “a conciencia de ver las cosas tan grandes que aquí se hacen. En este lugar he encontrado el amor verdadero. Yo andaba por ahí vendiendo percheros, de eso vivía. La trabajadora social me preguntó si quería venir, me trajo y aquí estoy. De salud estoy muy bien y de espíritu ni se diga.”
Una de las dos trabajadoras sociales, Elisa Filtres Mariño, asegura que su relación con los abuelos le ha ayudado a ser mejor persona, incluso a asumir la tercera edad con una visión diferente, dejar atrás los resabios, ser más justa a la hora de valorar a los demás, comprender mejor a su propia familia y a pensar en la vejez como una etapa más de la vida, bella en sí porque encierra la experiencia y la felicidad de los años.
“Soy trabajadora social, pero mi función no se limita a atender a los ancianos, aquí lo mismo limpio el piso, cocino, friego, en fin, lo que haga falta… Cuando un abuelo no puede venir porque está enfermo o es impedido, además de enviarle su almuerzo, nos preocupamos por limpiarle la casa, acompañarle al médico o sencillamente estar con ellos un rato.”
Explica el padre Lusarreta que para traspasar la puerta del Hogar La Milagrosa no importa la ideología que defienda el anciano, pero una vez dentro, el respeto a la Iglesia, sus conceptos, su mirada al dolor, se convierte en clave que ayuda a mantener e impulsar una misión que sólo busca la felicidad de los abuelos. |

Área donde
lavan y planchan
la ropa de
los ancianos. |

Sala de costura,
otro de los servicios
con que
cuenta la Residencia. |
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