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  La Habana tiene
 
Con el propósito de evocar los aromas y olores coloniales cubanos se inauguró en el Centro Histórico de la ciudad la casa Habana 1791, un vistoso establecimiento donde la historia y la poesía se abrazan en la sugerente fragancia del perfume.
La Habana tiene fragancias...
     
 
texto: Miguel SABATER
fotos: Orlando Márquez.

 
     
     
Corría el siglo xviii y en los alrededores del puerto habanero palpitaba un ambiente de mercado donde podían adquirirse desde unos raros ganchos para el cabello y furtivas meretrices hasta ofertas de vino, frutas, pescados y carnes saladas que contagiaban a la ciudad de una abrumadora fetidez.

Las familias de fortuna asentadas en San Cristóbal de La Habana tenían tan pésimo gusto que anteponían a sus fastuosas residencias los almacenes de víveres y la caballeriza cuyo mal olor invadía el entorno.

Además del gran consumo de tabaco, el comercio de pieles curtidas, las excrecencias de los animales, el mar… formaban una especie de portento alquímico que convirtió a La Habana en un permanente manantial de efluvios diversos.

Sin embargo, fuera de la ciudad, la fragancia del azahar, del guayabo, la lima o el limonero, de jazmines, rosas y picualas se mezclaba, entre otras, con las tonalidades de verde de nuestros campos que enaltecían el espíritu.

LA CASA HABANA 1791

Con el paso del tiempo, la idea de evocar los aromas y olores coloniales cubanos no escapó al afán de rescatar nuestra historia. Con ese fin se inauguró la casa Habana 1791, un vistoso establecimiento situado en la calle Mercaderes esquina a Obrapía, cuya fundadora y directora es Yanelda Mendoza López.

El recinto lleva en la fachada una tarja de bronce con el nombre Habana 1791, y una vez que usted ha pasado sus puertas de cristal, es invadido por un efluvio que impone al alma del visitante un estado de súbita exquisitez.

Etiquetas manufacturadas Habana 1791.
Una de las empleadas mezcla esencias para obtener una nueva fragancia.
Una de las empleadas mezcla esencias para obtener una nueva fragancia.
Es una casa colonial con vitrales que recrean la época, y llena de antiguos frascos de perfume, que en diversas vidrieras exhiben los productos únicos que se elaboran allí.

Poco más allá, en salón aparte, se extiende una mesa cubierta de envases con aceites esenciales, cestos con pétalos de flores, raíces y otros elementos.

Para saber cómo es que funciona este universo odorante, he venido esta mañana a la oficina de Yanelda, cuya puerta da al patio interior de la casa.

“La idea de crear este espacio en La Habana Vieja fue del historiador de la ciudad ya avanzados los años 90 –empieza ella a contarme–. Hasta entonces mi trabajo estaba relacionado con los quehaceres de la perfumería, pero no hasta el grado de como hoy la aplico. Desde niña fui sensible a la naturaleza, y en especial a las flores. Además me gustaba la química, y llegué a estudiarla. Pero mi vida profesional se desempeñaba en el laboratorio, y hasta cierto momento no se me ocurrió concebir que mi trabajo pudiera ser otro que aquel.

”Cuando me proponen este proyecto comienzo a trabajar en la farmacia Taquechel, donde, al mismo tiempo que experimentaba para obtener ciertas fragancias de uso tradicional en Cuba, me dedicaba a estudiar los olores de La Habana. Leí en fuentes periódicas y libros cuáles eran nuestras modas y costumbres, y llegué a saber que en el ambiente de la ciudad había una mezcla de olores expedidos por los productos del comercio ambulante, de las industrias y hasta de la propia región, como es el caso de la humedad y de los efluvios del puerto, y las fragancias que usaban las damas y los hombres de fortuna, pero también el olor que caracterizaba a las circunstancias de la vida de los pobres.

”Advertí que ese trabajo se relacionaba mucho con mi interés por la química pero también con mi sensibilidad por la naturaleza y mi tendencia a imaginar a partir de hechos concretos de la realidad.
Vidriera con las fragancias exclusivas de Habana 1791.
Llenado del frasco con una de las fragancias.

”Mientras experimentaba en Taquechel y aprendía lo que te he dicho, se habilitaba esta casa, hasta que en el 2004 la inauguramos.”

El nombre de Habana 1791, sugerido por el Doctor Eusebio Leal, se explica. Es el año en que se construye el Palacio de los Capitanes Generales y se abre una época de cambios importantes en la vida cultural del país, sobre todo en La Habana. Se crea el primer periódico, se funda la Sociedad Económica de Amigos del País y empiezan a notarse los signos que caracterizarán a nuestro país como nación.

La oficina de Yanelda no rebasa los diez metros cuadrados. Tiene un pequeño buró en cuya superficie se destaca un libro con el título: El gran libro de los aceites esenciales. Guía práctica para recuperar la vitalidad, el bienestar y la belleza.

En las paredes penden varios cuadros. Uno de ellos de Zaida del Río que ilustra flores y lleva escrito esta frase de Yanelda: “Las flores son jeroglíficos de la naturaleza. Nos dicen cuánto somos amados. Su perfume es Amor que se ha vuelto visible”.
Frasco de Esencia Habana 1791.

La casa ofrece varios servicios: elaboración de perfumes personalizados que se expenden en graciosos frascos, aromas para ambientar espacios domésticos y aplicación de tratamientos con aromaterapia, entre otros.

Además de dirigir la casa, Yanelda se ocupa de hacer los perfumes personalizados y recibir visitantes que desean conocer detalles del trabajo del establecimiento. Es el tipo de persona que no tiene distinciones con el cliente. Cordial y locuaz. Siente el mismo placer atendiendo a un cubano que a un extranjero, hecho que –lamentablemente– no suele ocurrir siempre con todos nuestros dependientes.
Vidriera con las fragancias exclusivas de Habana 1791.

En su quehacer investigativo ha elaborado los olores de ciertos hoteles habaneros que hoy día expenden su fragancia. Hizo el olor del Ballet Nacional a solicitud y con sugerencias de su directora Alicia Alonso. También el de la prestigiosa galería Wifredo Lam cuyo aroma ha llegado hasta Nueva York.
Le pido que me describa cómo ella hace un perfume.

“Es una experiencia que no puede describirse totalmente. La idea nace como esas inspiraciones de los artistas. Es un acto maravilloso que tiene un poco de científico, un poco de artesano y otro poco yo diría de espiritual, casi de divino…”

De la idea de hacer un olor a su realización hay detalles insospechados. Recrear un aroma o inventarlo es prácticamente lo mismo que hacer una obra de arte cuyos materiales –en este caso– son los aceites esenciales que el perfumista va combinando, como el pintor combina en su paleta los colores convenientes para un cuadro, o el poeta funde sus imágenes en versos y el músico sus acordes para que suene armónica la orquesta.
Con este proceder maravilloso donde la ciencia confluye y se mezcla con el arte, es como Yanelda hace sus fragancias.

“Esta no es una casa especialmente comercial. Los olores que hacemos aquí están ligados a nuestra historia. El sentido de nuestro servicio es ofrecer a los visitantes una impresión de nuestro entorno a través de los aromas.
”Por eso hice los olores que evocan a cuatro personalidades que han tenido que ver con La Habana: el olor que sugiere la personalidad de Gertrudis Gómez de Avellaneda, el de la Condesa de Merlín, el de José Bonaparte y el de Frederika Bremer. Para lograrlo tuve que indagar en los rasgos de su carácter, de sus costumbres y gustos. En el caso, por ejemplo, de la Avellaneda, para hacer su perfume tuve en cuenta su temperamento ardiente, su tendencia a buscar la independencia personal y su intrepidez. Por eso su fragancia lleva tonos consistentes. En el caso de Frederika, amante de nuestra naturaleza, traté de que su aroma evocara el bosque. Lo logré básicamente con esencias de maderas con olores suaves, porque ella era una mujer muy delicada.

”También hice una fragancia que evocara a La Habana. La obtuve recreando los diversos olores de la ciudad, que es una mezcla de olores a maderas, a humedad que viene de la bahía, a vejez de la ciudad… y de ahí salió el perfume.

”Para hacer un perfume personalizado primero indago en la persona que lo solicita. Le pregunto su edad, su mes de nacimiento, sus gustos y costumbres… Y a través de ese cuestionario voy creando mentalmente una fórmula, tratando siempre de concordar el conjunto de gustos de la persona con las esencias que tengo para mezclarlas y hacer la fragancia. Mientras experimento el olor, se lo voy ofreciendo al cliente para que lo evalúe hasta que quede satisfecho. Luego escoge el envase, se le sella con cera y se le pone una tarjeta que lleva el nombre de la casa y un verso.

Jabones fabricados artesanalmente en la casa Habana 1791.
Jabones fabricados artesanalmente en la casa
Habana 1791.
Yanelda Mendoza López, directora de la casa Habana 1791.
Yanelda Mendoza López,
directora de la casa Habana 1791
”Además de estos servicios ofrecemos el de aromaterapia, que es la aplicación de esencias vegetales para aliviar o curar dolencias físicas o espirituales. Muchos de los casos los tratamos en coordinación con especialistas de Salud Pública. Está probado que el olor surte efectos sanatorios en el organismo. Hemos tenido casos de pacientes muy favorecidos por la aplicación de tratamientos con terapia de olores.

”En Cuba tenemos algunas plantas y maderas muy buenas para perfumes. Están las rosas y el jazmín, los azahares, la picuala, ciertos árboles, raíces y arbustos; pero otros materiales tenemos que adquirirlos en mercados extranjeros, como el almizcle, la sánsara, que son productos caros. Aquí en la casa los tenemos todos para formar los más variados gustos y aplicarlos en aromaterapias.

”En Cuba no hay una casa como ésta. Y no lo digo por vanidad. Es un hecho que se explica por su función cultural en este contexto de la Oficina del Historiador. En el mundo se conocen algunas instalaciones que crean olores antiguos, como los establecimientos de Grasse en Francia, que es el lugar más selecto de la perfumería mundial. Pero no hacen perfumes personalizados como nosotros, sin que con ello quiera insinuar que no sean casas de gran prestigio. Por lo contrario. De ellos también hemos aprendido y debemos seguir aprendiendo.”

Después de recorrer las diferentes instalaciones de la casa donde soy informado de las funciones que allí ejercen con suma cordialidad sus dependientes, no hay lugar a duda de que lo mejor de Habana 1791 es el servicio de difusión cultural que aquí se ofrece.

Situado este edificio en el casco histórico de La Habana colonial, su razón de ser y de permanecer se aviene muy bien a esa voluntad sostenida por salvar hasta lo más aparentemente insignificante de nuestra historia.

Los olores son parte de la identidad de los pueblos. Este sitio lo confirma. En él la historia y la poesía se abrazan en el sugerente lenguaje que provocan las fragancias.
Habana 1791. Aromas Coloniales. Habana. Cuba

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