Algo más que una sentencia |
por Orlando Freire SANTANA
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| A finales de 1988 visité Nicaragua, como parte de una reducida representación de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba (ANEC) que asistió a un congreso de auditores internos celebrado en Managua. El tiempo que quedaba libre después de participar en las sesiones del evento, que tuvieron lugar en el espacioso Centro de Convenciones Olof Palme, era aprovechado casi siempre para recorrer la ciudad y otros sitios cercanos. La belleza del lago Managua, la capital con las huellas aún visibles del terremoto que devastó a la ciudad 16 años atrás (no quedaban edificios altos en pie, se notaban espacios vacíos donde hubo construcciones que no resistieron el embate del fenómeno, así como otras semidestruidas con enormes grietas), y lo imponente del volcán Masaya fueron imágenes que llamaron poderosamente mi atención. |
Ya en el hotel donde nos hospedábamos, buena parte del tiempo lo dedicaba a la lectura de la prensa diaria, y en especial el vespertino La Prensa, que era propiedad de la familia Chamorro y constituía el órgano de la oposición al gobierno sandinista. Algunos de mis compañeros no concebían cómo un gobierno revolucionario, al que veían muchas similitudes con el cubano, permitía la circulación de un periódico que todas las tardes “envenenaba” a la población con informaciones tendenciosas. En uno de los números de ese diario leí unas palabras del economista ruso Wassily Leontief que fueron probablemente el hecho que más impacto produjo en mí durante mi permanencia en tierras centroamericanas: “Al productor no lo puede evaluar su jefe, sino el cliente”.
Leontief era en la economía más o menos lo que Alexander Solchenitzen en la literatura. Había obtenido en 1973 el Premio Nobel de Economía al haber perfeccionado un Balance Intersectorial creado en el siglo xviii por el francés Francois Quesnay, el cual explicaba la circulación de los productos. Vivía exiliado en los Estados Unidos, y por tanto era casi un desconocido para los jóvenes economistas cubanos que habíamos sido formados únicamente al calor de los postulados de Marx, Lenin, los programas económicos de los partidos comunistas y obreros, así como los mecanismos de funcionamiento del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). Entonces, y en primer término por tratarse de Leontief, esas palabras podían parecernos subversivas, algo así como si se hubiesen transmitido por Radio Martí. Confieso que al leerlas no les otorgué de inmediato visos de certeza pero quedaron grabadas en mi mente.
Por esa fecha el punto de vista que prevalecía en nuestro país era diametralmente opuesto al indicado por el economista ruso. Lo fundamental para las empresas era cumplir el plan de producción, sin importar mucho si lo producido era aceptado o no por el mercado, pues no existían muchos mecanismos que retroalimentaran al productor con los criterios del consumidor. Al apenas haber competencia entre las entidades, este último se enfrentaba a menudo con un dilema que no le ofrecía alternativa a la hora de adquirir un bien producido o un servicio a recibir: lo tomas o lo dejas.
Ello concordaba con la proyección internacional de la economía cubana, un contexto en el que más del 85 por ciento de nuestro intercambio comercial era con la Unión Soviética y los países de la comunidad socialista. Estábamos casi al margen del sistema de precios y de los mercados internacionales, y en consecuencia apenas conocíamos si nuestros costos de producción nos permitían competir allende las fronteras nacionales, o si los artículos que fabricábamos poseían un nivel óptimo de calidad. De acuerdo con el discurso oficial de la época, tal situación era muy ventajosa para Cuba debido a que nos libraba de las leoninas condiciones del intercambio desigual –se decía que era un paradigma de vínculo entre una nación desarrollada y otra subdesarrollada–, así como garantizaba precios preferenciales para nuestros rubros exportables y facilidades para adquirir las materias primas y el combustible que necesitábamos.
En el plano conceptual hubo omisiones que hoy parecerían increíbles. Por ejemplo, durante el lapso de mi estancia en el Alma Máter (1976-1981) –muy próximo al famosísimo “quinquenio gris” de la cultura– no escuché mencionar el vocablo marketing, esa valiosa técnica que le posibilita al productor un acercamiento a su posible cliente. Al parecer se debía al hecho de que el marketing se consideraba una técnica capitalista de dirección. Después, y como mismo han cambiado tantas cosas en este país, a alguien se le ocurrió suprimir de la definición el adjetivo “capitalista” y dejarla solo en lo que siempre debió ser: una técnica de dirección. La ideología, obviamente, la pone el hombre que la aplica.
Mas, en el fondo, únicamente habíamos heredado un estado de cosas que inauguró Lenin en 1918 al iniciar el monopolio del comercio exterior ruso, y después completó Stalin en 1927 con el proceso de rápida industrialización del país. Para los dirigentes soviéticos era indispensable alcanzar una especie de semiautarquía que aislara la nación del entorno capitalista en que tenía que desenvolverse. La Unión Soviética se fue desvinculando gradualmente de los centros económicos internacionales, hasta tal punto que hacia 1930 su participación en el comercio mundial fue solo del 1,2 por ciento, cuando en 1914, antes de la Revolución, se había registrado el 3,7 por ciento.1
En un inicio, semejante recogimiento fue interpretado como una victoria soviética, puesto que coincidió el crecimiento económico experimentado en el primer Plan Quinquenal (1928-1932) con la gran depresión que estalló en 1929 en las principales economías de Occidente. Esa contraposición, sin dudas, alentó a los simpatizantes tempraneros del estalinismo, para los cuales el hecho de que la Unión Soviética hubiese escapado de la crisis era una prueba inequívoca de las bondades del sistema. Al restablecerse el sistema económico mundial con los acuerdos de Breton Woods en 1944, el retraimiento soviético permutó su tono rosado por otro más sombrío, y poco a poco iría exhibiendo su verdadero rostro. Los Estados que construían el “socialismo real” podían alcanzar crecimientos económicos, incluso colocarse a la vanguardia en algunos renglones de la industria pesada, pero su modelo económico estaba diseñado para que el consumidor llevara la peor parte, un elemento que contribuyó sobremanera a minar la adhesión al sistema: sus monedas no eran convertibles (una de las causas por la que los ciudadanos no podían viajar libremente al exterior), los artículos de consumo eran de baja calidad, la escasez estaba a la orden del día, las colas constituían una presencia habitual… |
| Y algo parecido nos sucedió a partir de 1991. Trocamos ese mundo virtual en que nos habíamos sumergido por otro más realista cuando desapareció la Unión Soviética y su bloque político, y debimos insertarnos en la economía mundial. Nos pasó lo que a un niño que nunca ha salido solo porque sus padres siempre han guiado sus pasos, pero que de momento precisa enfrentarse a la vida sin una preparación adecuada para ello. Sobrevino el lacerante período especial sobre el que tanto se ha hablado y escrito, y que aún proyecta su presencia en algunos casos y sus secuelas en otros para nuestra sociedad. |
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Nos dimos cuenta de que los precios debían desempeñar un papel más activo en la dirección de la economía, de que las empresas debían luchar por alcanzar los niveles de eficiencia de sus contrapartes en el exterior, de que el marketing era una herramienta muy eficaz, de que nuestras entidades debían poseer un nivel superior de autonomía y gestión, y de que el objetivo fundamental del trabajo de las empresas no era cumplir los planes de producción ni incluso obtener ganancias, sino satisfacer al cliente. Si se consigue esto último, los otros dos propósitos vendrán auto-máticamente. ¡Qué razón tenía usted, profesor Leontief!
Nota
1. Las cifras fueron tomadas del libro El fin de la globalización, de Harold James. Editorial Océano de México, S.A., 2003. |
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