Retornar al "Home Page" ...
 
 

  Unviverso poético de Serafina Núñez
Serafina Núñez
 
 
por Osmany Pérez Avilés

Resultaría imposible escribir sobre Serafina Núñez (La Habana, 1913-2006) sin hablar de ella como persona humana. El tiempo no será capaz de anular la emoción que produjo en mí su amistad.

Cuando la conocía ya hacía varios meses que programaba una visita a su casa. Yo había escuchado que estaba muy delicada de salud a causa de su avanzada edad, que había perdido prácticamente la voz. Esto me entristecía. Recordé a Retamar cuando en 1985 llegó a la Argentina, ávido de encontrarse con Borges para obtener de él su consentimiento respecto a una antología que estaba preparando. Su empeño se vio amenazado por la prensa, cuyas noticias aludían a la enfermedad del autor de Fervor de Buenos Aires, destacando la imposibilidad de recibir a periodistas. La intención de Retamar distaba mucho de la mía, pero ambos tuvimos el regocijo individual de cumplir felizmente nuestro deseo.

Mientras aguardaba por ella, sentí una gran inquietud. Me presenté como el estudiante de Literatura, alumno de su amiga, Alicia Obaya, y le manifesté mi deseo de conversar.

Era jueves. Acordamos la cita para el día siguiente. “A las tres”, dijo con voz tenue, y añadió: “¿Y usted me dijo que es alumno de Alicia Obaya?” A su pregunta respondí que sí, y tras una pausa, me encomendó un mensaje de los que no se olvidan, sentencioso, como su poesía: “Dígale, pues es probable que no la vea más, que le mando un abrazo”.

Estas últimas palabras resonaron en mi oído con una fuerza devastadora. Hablaba con una mujer que sentía el peso del tiempo. Sin embargo, quedé absorto ante la connotación melancólica de aquellas palabras para su amiga y fijando la hora del encuentro recordé los versos de Dulce María: ...en este mediodía, sin relojes, sin tiempo, acaban de sonar lentamente las tres...1

Aquel viernes llegué al apartamento de la barriada del Vedado a la hora prevista. Su hija me invitó a sentar en el sofá de la sala, mientras Serafina se preparaba para recibirme. Después de escasos minutos entré a su habitación.

Aquella mujer a la que sólo reconocía por su voz y que no había visto ni siquiera en los periódicos, ni en las revistas, ni en la contraportada de sus propios libros, despertaba en mí una conmoción nunca antes registrada en mi mente. Reposaba en su cama debido a una caída.

Era entonces, una señora de 88 años. Delgada. Lucía unas motonetas en lo alto de su cabeza gris (donde todavía asomaban cabellos oscuros), que la hacían parecer una niña ingenua y frágil. Llevaba espejuelos, con los que se esforzaba en observar al visitante, una bata blanca y en su mano izquierda, una pulsera verde-amarilla.

El infundado temor de besar su rostro se deshizo en ese saludo grato de una reciprocidad anhelada. A su lado se mecía el sillón, donde hallaría lejanas historias, casi tangibles, por una memoria vigorosa, esa cuerda invisible que ata el pasado con el presente y cuyo encuentro rescataría la época de Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral en La Habana.

De esa tarde conservo preciados recuerdos: el abrazo de la despedida, la invitación a volver y una bendición al modo de nuestros abuelos.

LOS INICIOS DE SU CARRERA LITERARIA

Serafina Núñez inicia su carrera literaria en la década del 30 “con una voz íntima que diluye la sofocada experiencia”2 y “una aquilatada emoción”3 para transitar posteriormente por diversas formas del verso escrito.

Por esos años llegó Juan Ramón Jiménez a La Habana, en el otoño de 1936, invitado por la Institución Hispano Cubana de Cultura para impartir varias conferencias. “En torno a él –señaló Cintio Vitier– se creó un clima de fervor poético que, dadas las tristes circunstancias históricas (españolas y cubanas) en que se produjo, tenía algo de compensación y refugio, pero también de resistencia y de toma de partido por un futuro mejor para Cuba y para España”.4

El visitante convocaría al Festival de Poesía Cubana, de cuyas obras premiadas sobresale la de Serafina Núñez, cuando aquel 14 de febrero de 1937, durante las festividades de San Valentín, leyera su “Canción desesperada de la armonía presentida” en el Teatro Campoamor y, más tarde, editaran algunos de sus versos en la antología La poesía cubana en 1936, compilada y prologada por el escritor español.

Una enorme admiración sentía Serafina –creo que nunca dejó de sentirla– por Juan Ramón Jiménez, hombre modesto y solidario, quien halló en la poetisa la búsqueda de la luz, acaso inconsciente, de aquellos sombríos años; mujer de galas esperanzadoras, que encontró al amigo de su “Mar cautiva” (1938) en el amanecer de una roca, como dijera él en su antigua semblanza.

LA POESÍA DE SERAFINA NÚÑES

En la poesía de Serafina se perciben temas de inquietudes existenciales como la muerte: Y en la urgencia del adagio / queda todo en el presagio / de la muerte consentida (“Invierno”); el tiempo, Su majestad nos viste de cenizas (“Versos al tiempo”); el amor, ...y tú me llegas al corazón / como el río de la noche / al silencio estremecido de las corolas (“Éxtasis”) u otros como la flora, Erguida en fiesta de albura / se detiene su belleza (“A una rosa blanca”) y la fauna, ¿Qué zozobra de luna sumergida / hace de tu trinar linfa de estrella? (“A un sinsonte”), todo lo que contribuye a afirmar que sus motivos líricos son perdurables.

Sería interesante iniciar este recorrido por la temática del tiempo, constante inquietud en la poetisa, defensiva de las redes de lo inerte.

El tiempo te vigila, te sorprende, te encarcela, te anula, nos dice en su poema “Hombre y tiempo”. Es la preocupación del hombre en su tránsito por la vida terrena, que ya desde el siglo xv atormentaba a Jorge Manrique, en las coplas dedicadas a su padre, perturbado, e incluso obsesionado por la amenaza de la muerte.

Él siempre posee el as de oro, máxima que Serafina reviste en imagen de triunfo, triunfo del tiempo contra el hombre, quien (según Jean Paul Sartre en su filosofía existencialista), es una pasión inútil a causa de su finitud. Ningún hombre, por muy poderoso que sea, puede escapar del esquivo dromedario (“Versos al tiempo”), porque el rey de la corona nada facilita la derrota.

El tiempo llega a Serafina con la frescura de una vivencia, inmortalizada por la memoria. En relación con esto, escribe la cubana:

Memoria que nos das lo que perece,
lo que persigue en niebla la locura
y sin embargo tu alimento crece
sustento y desventura
Alimento como recuerdo de experiencias que quizás no volverán, necesario para la vida, en cuya postrera proximidad la senectud vístese de bruma, pero alimentada en otros versos por la luz:
No viajes a las islas de lo oscuro
del despiadado invierno milenario. (“La esperanza”)
Invierno que augura la presencia de la muerte, del descanso eterno, otra de sus claves temáticas. Porque Serafina Núñez también es poeta elegíaca. Ha cantado a los niños muertos en la Guerra Civil Española, a su padre, a la belleza efímera, a sí misma y a sus arrugas:
Yo miro mis arrugas y sonrío,
ellas son la evidencia, el testimonio,

el papiro más fiel testificado: he vivido. (“Pequeña elegía a mis arrugas”)

Esta última frase recordará su “Décima Campesina”, donde se percibe el gozo de los años transcurridos: ¡qué fabulosas arenas / el tiempo de lo vivido!

Pero su mirada no niega la muerte. La muerte es como un paso último de la vida diaria (...) pero la muerte no es el final de la vida. La vida es inmensa, eterna, y a eso es a lo que llaman eternidad...5 Una visión religiosa, sin dudas, donde emergen una vez más sus principios en relación con las acciones del hombre.

EL AMOR COMO MOTIVO DE INSPIRACIÓN

Cuando Juan Ramón Jiménez llegó a La Habana, Serafina Núñez era una jovencita de 23 años. Hermosa, tenía un fugaz noviazgo con el poeta cubano José A. Buesa, quien le había dedicado varios poemas, entre ellos la “Balada en la Alameda”:

Era el silencio miel sobre seda
y era un ungüento de paz la brisa.
Yo iba del brazo con tu sonrisa
por la alameda.6

Para esta mujer de pasiones íntegras, el amor “ha marcado su existencia”.7 No es de extrañar que este tema frecuente su poesía “sin poder llenar sus soledades”,8 dedicando asimismo poemas a los heraldos de su inspiración.

Te llevo desde el tiempo
como un río cantando que entrara por tu pecho
con estrellas y peces;
para respirar bajo tu sueño
traigo la luz del mundo entre el cabello.

“Canción y saludo”, título de este poema, cuyo fragmento pertenece a su tercer libro “Vigilia y secreto”, prologado por su amigo Juan Ramón Jiménez, acaso uno de los versos recordados por Serafina con más emoción, porque como dirá en otro de sus versos el dios devorador trae el callado velar su lumbre eterna (“Palabras al amor”). ¿Quién será, pues, este hombre de...ojos de verde lluvia tibia, por el cual Serafina será río que acendra otro pecho bajo las hojas secas de los otoños de la sangre, reposo de un sueño no en su totalidad inasible, la vigilia del amor que aguarda como una ciudad de veleros a la aurora?

No es Serafina poetisa de cantar al amor como ficción poética u obra de su fino intelecto. Sus versos eróticos, como podrá verse, obedecen a la experiencia de sentimientos reales. Mi corazón ¡canta! en la punta de una aguja, confiesa en “Éxtasis”. Amor puro aunque espinoso, su secreto permanece oculto en las palabras que confinan un poema.
No debe juzgarse, entonces, su hermetismo, porque con certeza, ante privativas circunstancias, vela por ahogar esas espinas a salvo de su sensibilidad. En tal caso, estímese que es una mujer de desasosiegos pasionales acentuando, insoslayablemente, su naturaleza humana.

Bajo el título de “Tu amor”, Serafina dedicará en El herido diamante un poema al escritor Luis Alberto Sánchez.

Tu amor que supo de mi voz más pura
perdió sus arboledas en la espera;
hoy sin márgenes de ilusión supera
ganándole a la luz sutil ternura.

¿Constituye acaso una respuesta al intelectual peruano, quien otrora le escribiera un poema llamado “Penélope”? Las cenizas del tiempo han extraviado esos versos y hoy solo se conserva el fragmento que continúa:

Voz insomne, triunfante del olvido
Voz de nostalgia, irresistible arrullo
Voz de oasis, tu voz tibio murmullo
De ruego, de caricia, de rugido
Voz de ala, caricia impresentida…9

Mirta Aguirre en “Cantares de mal de amores” escribe: ¡Cómo duele lo que fue / por lo que pudo haber sido!10 Pero la posición de Serafina no estará eternamente conminada al dolor, porque hincada con las agujas de Penélope, “la mítica compañera de Ulises”,11 va, sin embargo, ganándole a la luz sutil ternura y tejiendo y destejiendo su historia gozosa dice: ... y vuelvo a ser un nombre, una figura.

LA DÉCIMA DE SERAFINA NÚÑEZ

Serafina Núñez es una poetisa que ha escrito en las diversas formas métricas clásicas y en el verso libre, en el soneto “se muestra como un artífice excelente”;12 pero reparemos ahora sólo en el cultivo de la décima.

Serafina, valga la diferenciación, se sitúa al encuentro de la décima culta. Hay en ella temas comunes con la décima del más importante cultor de este género del siglo xx cubano, Jesús Orta Ruiz, cuando los motivos que la inspiran giran alrededor del amor, la flora y la fauna, aunque también encontramos otras claves semánticas de su poesía, casi siempre intimista, como el mar, la soledad, la vida, la muerte, el alma, el sueño...

En 1956 publica su libro Paisaje y elegía (prologado por el ya mencionado maestro Luis Alberto Sánchez), en cuyas páginas hallamos la primera décima, no retomada hasta 1992 cuando reaparecen sus versos en una nueva publicación: Los reinos sucesivos.13

En esta ocasión su motivo poético será voz de ala, caricia impresentida, la presencia volátil de una paloma que dibuja espejos de brisa (“Paloma la de mi sueño”), antes, en los versos octosílabos de 1956, lo había sido el jazmín, cuya flor era de honda preferencia para la autora.

Su décima muestra la abundancia de motivos alados: el ruiseñor, la paloma, el tomeguín, el colibrí, la garza, el sinsonte, la gaviota y perfumados: el jazmín, la rosa, el clavel, el girasol, el lirio, el jacinto, el loto. Aborda además otros temas con la misma mesura; inspirada fundamentalmente con la llegada del otoño. La poetisa había cumplido 80 años.
Serafina no aparece en la antología de Samuel Feijóo, La décima culta en Cuba, editada por la Universidad Central de las Villas en 1963, donde otra mujer, Rafaela Chacón Nardi, se incluye en el muestrario de este tipo de versificación: en ese momento construía mayormente otras formas estróficas.

Serafina une a su equilibrio estético-literario el gusto por el orden versal clásico, lo que no quiere decir que no encontremos en su décima algunas innovaciones de carácter formal. En su poema “Jazmín” obvia la pausa del cuarto verso por obra del encabalgamiento: Pequeña plaza dichosa,/ prodigio de mi ventana,/ tú me perfumas la gana / de apresar la silenciosa/ eternidad que en ti posa / una clámide de albura (...)

O cuando trabaja la décima endecasílaba en “Una décima a mi modo”, donde se le ha señalado cierta afinidad con la poesía de Chacón Nardi, “no sólo por el uso de la estrofa endecasílaba, sino por el propio tema: el homenaje al pintor de Los girasoles.14

Pero no solamente aquí se integran los versos endecasílabos a la décima de Serafina, sino también la plasticidad que logra con sus versos, además de la sugerencia en imágenes de errantes tornasoles por el cielo ante el augurio de... la vigilia de la rosa (“Décima que es nocturno”). Entre el... paisaje que se pierde en la neblina (“Décima que es elegía por una mariposa”) la primavera de vértigo y gozosa / viene a entregar pequeñas maravillas (“Otra vez primavera”) a la señora que se encuentra a solas en la noche.


En “Décima por un joven héroe”, la poetisa, sensible por el alma que muere a causa de un ideal justo, convierte su décima en una elegía, lo cual recuerda las palabras que le dedicara Juan Marinello a Manuel Navarro Luna: “Es una gran hazaña esa de hacer una elegía en décimas”.15

“Todos los héroes tienen cantores”,16 dice Martí. Pero el joven de Serafina tiene el rostro de muchos jóvenes. Ella canta a los muertos caídos en estas circunstancias, donde “el honor es la dicha y la fuerza”.17

Sin embargo, otro aspecto asombra en “Décima por un joven héroe”. Los heptasílabos, que componen los diez versos del poema en letras de oro altivo, indican el sentir humano de la poetisa, creadora que experimentará una vez más esta innovación en la noche aciaga de mitos / luz del alma defiende (“Fría plata”).


La noche eterna de duendes y dragones que frecuenta la autora, la que en “Anhelo” añorará el sueño como libre huésped de albedrío para vivir su jardín de lumbres / sin que mohosas costumbres / encarcelen mis gaviotas se expresa en una décima con estrambote sin que esta estrofa, ni cualquier otra, abandone la belleza poética.

EPÍLOGO

Aún recuerdo cuando di a la autora de “Rosa de mi mansedumbre” una décima que le había dedicado tras leer sus textos poéticos. Desde aquel primer día lazos afectivos me unieron a ella. Dije adiós a la amiga la tarde del 15 de junio de 2006. Si es cierto que existe otra vida después de la muerte, acaso Serafina intuye desde un lugar ignoto la tristeza con que voy deletreando este momento último. Me embarga la esperanza, un extraño rubor, al tiempo que evoco con gratitud y conmoción el íntimo rostro que conocí. Tengo la certeza de haber vivido una experiencia excepcional.

Vuelvo a su espíritu a través de los versos: reflexión amanecida, serenas horas, seres reales o inciertos –que revolotean desde esparcido amor– figuran en el universo poético de Serafina Núñez.

Notas

1 Dulce María Loynaz: Poesía, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2002, p.160.
2 Salvador Bueno: “Apuntes sobre la poesía en la Cuba del siglo xx”, en antología Con un mismo fuego: poesía cubana, Editora UNESCO, Málaga, España, 1997, p.6.
3 Ídem.
4 Palabras de Cintio Vitier en Leonardo Depestre Catony: 100 famosos en La Habana, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1999, p.141.
5 Osmany Pérez Avilés: “Vivir soñando”, en Revista Palabra Nueva, No.116, febrero, 2003, p.56.
6 Ver a José Ángel Buesa en Nocturnos, baladas, canciones, p.32.
7 Prólogo de Elvira Pérez Nápoles en Serafina Núñez: “Penélope”, Ed. Unicornio, La Habana, 2002, p.vii.
8 Ídem.
9 Serafina Núñez: “Penélope”. Ed. Unicornio, La Habana, 2002, p.11.


10 Antología Con un mismo fuego: poesía cubana, Editora UNESCO, Málaga, España, 1997, p.89.
11 Prólogo de Elvira Pérez Nápoles en Serafina Núñez: “Penélope”, Ed. Unicornio, p.viii.
12 Prólogo “Por el reino del rocío” de Mayra Hernández Menéndez, en Serafina Núñez “Rosa de mi mansedumbre”, Ediciones Capiro, Santa Clara, 2000, p. ix.
13 Serafina Núñez: “Los reinos sucesivos”. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1992.
14 Notas de Mayra Hernández Menéndez en Serafina Núñez: “Rosa de mi mansedumbre”, p.13.
15 Joaquín G. Santana: “Furia y fuego de Manuel Navarro Luna”, La Habana, Ediciones Unión, Colección Contemporáneos, 1975, p.161.
16 José Martí: “Poesía dramática americana”, Guatemala, febrero de 1878, p.174.
17 José Martí: “Carta a Tomás Estrada Palma”. Jurisdicción de Baracoa, 16 de abril de 1895, Epistolario, t..5, p.166.

Regresar al Home
Sumario Breves Religión Sociedad Segmento Internacional Glosas Cubanas Deportes