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Pax Animae
Señor, por el camino que conduce a la muerte,
llevo tal pesadumbre letal en la jornada,
que, presa de cansancio senil, el alma fuerte
busca el sumo reposo, la quietud de la nada.
En mis pasados días jamás pudo la suerte
darme tranquilas horas de vida sosegada.
¿Dónde encontrar el yermo páramo de lo inerte?
¿Dónde mi árido sueño encontrará posada?
¿Habrá sobre los mares, habrá sobre la Tierra
un lugar de descanso donde en continua guerra
no se viva y se muera en ambición tenaz?
Señor de los dolores, Señor de la tristeza,
¡decidme dónde pueda reclinar mi cabeza;
decidme dónde encuentre un refugio de paz! |
Hacia la montaña
A Luis G. Urbina
Después de oír misa con unción muy grave
en dominicales días de fortuna,
con nuestros cestitos llenos de merienda
¡hacia la montaña!, ¡hacia la montaña!
Tocaban a gloria –la gloria del día–
las campanillas de la Primavera.
¡Qué bello es el Cielo, y el Sol, cuando brilla
tras áridos días sin Sol y sin Cielo!
Sobre los molinos se despeña el agua
que con incesante furia se desata
y atruena los aires con miles de ruidos;
después, rumorosamente pasa y pasa...
Al ardor silvestre, nuestro ardor salvaje;
al cantar del ave, nuestro ingenuo grito;
con algo de incienso en los corazones
¡hacia la montaña!, ¡hacia la montaña!
Todo hueco obscuro tiene algún misterio;
cada escarabajo su grey y su rito,
y allá en la ladera lejana y bravía
las flores azules, la piedra, el espino...
En la cumbre, el viento sonoro; en la cumbre,
el Cielo más cerca; y el pueblo, allá abajo...
¿Por qué no vivían los hombres arriba
en el mundo libre de los montes altos?
Al caer la tarde –con nuestros cestitos
vacíos–, cansados, volvemos al pueblo,
mientras la montaña se puebla de sombras
que aun en pensamiento nos llenan de miedo. |