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Benedicto XVI:
Un hermoso programa de Pontificado

Homilía pronunciada. por S.E. cardenal Jaime Ortega, por el II aniversario del Pontificado de Su Santidad el Papa Benedicto XVI.

S.M.I. Catedral de La Habana,
23 de abril de 2007.

Benedicto XVI: Un hermoso programa de Pontificado.
 
Queridos hermanos y hermanas:

Ya van quedando atrás los ecos del Cónclave-relámpago en el cual fue elegido el Cardenal Joseph Ratzinger para asumir la Cátedra de Pedro. En la historia bimilenaria de la Iglesia dos años parecen ser sólo un instante y ante la eternidad divina aún más, pues frente a ella “mil años son como un ayer que pasó, una vela nocturna” dirá el Salmo.
Sin embargo, el tiempo del hombre no se mide sólo por su duración, sino por la intensidad con que se vive.

Aquel cónclave fugaz tuvo una densidad espiritual indescriptible para cuantos participamos en él. La huella que deja un hecho en la memoria y en el corazón no depende de su prolongación en el tiempo, sino de su peso específico, que lo convierte en acontecimiento perdurable por su significado.

Para quienes debíamos elegir al Papa, la fe guiaba nuestros pasos, desde la invocación a Dios y el acto de votar, hasta postrarnos reverentemente ante el elegido por nosotros mismos, reconociendo en él al nuevo obispo de Roma, Vicario de Cristo en la tierra.

No era éste, sin embargo, el camino que recorrían los observadores inmediatos o a distancia. Podrían ser éstos: hombres y mujeres de Iglesia, con mayor o menor adhesión al magisterio eclesiástico, periodistas, historiadores, el mundo político y cultural con todo su abanico de intereses y opiniones, los admiradores y simpatizantes del inolvidable Juan Pablo II, los que siempre esperan cambios impactantes, o los que desde sus concepciones tradicionales ven con temor todo cambio, incluido el de un Pontífice, los críticos de siempre, los detractores de siempre, que están prestos a hallar mal tanto la premura de un cónclave como su demora, y dispuestos a analizar críticamente el pensamiento del nuevo Pontífice, sea cual sea, pues muchos de los que se acercaban con curiosidad a la Plaza de San Pedro o a los televisores del mundo entero no lo hacían con inquietudes de fe que podrían animar u oprimir sus pechos, sino con otras variadas motivaciones muy bien suministradas, con frecuencia, por los medios de comunicación.

Y mientras las campanas sonaban para Roma, y para el mundo vía satélite, nosotros echábamos las últimas hojas de votaciones en el fuego de la estufa, con la sustancia productora de aquel humo blanco que se elevaba allá fuera, indicando que teníamos Papa. Esperábamos después que él apareciera vestido de blanco, y nos dijera algunas palabras; ésas, sus primeras palabras como Pontífice supremo de la Iglesia, fueron breves, íntimas, serenas.

Ya nos había dicho antes el nombre que llevaría y por qué lo escogía, se llamaría Benedicto, sería así el Papa que, con el número 16, llevaría ese nombre. Su predecesor homónimo fue Benedicto XV, uno de los grandes Pontífices del siglo xx, elegido cuando estaba al desatarse la Primera Guerra Mundial en 1914. Había hecho llamados continuos a los gobiernos Europeos para que no se desencadenara el terrible conflicto. Fue considerado un mártir incruento que luchó y sufrió por la Paz.

El nuevo Pontífice se inspiraba en él para tomar su nombre y decía la razón para hacerlo: fue un Pontificado breve, pero conciliador.

Retomó el tema en su primera audiencia general, que tuvo lugar el 27 de abril de 2005. Dijo en ella el Pontífice:
“He querido llamarme Benedicto XVI en referencia al Papa Benedicto XV, que guió a la Iglesia en un período difícil, a causa del primer conflicto mundial. Fue un profeta de Paz, valiente y auténtico, e hizo lo posible para evitar la guerra y limitar sus consecuencias nefastas. Como él, deseo poner mi ministerio al servicio de la reconciliación y armonía entre los hombres y los pueblos, con el profundo convencimiento de que el gran bien de la Paz es sobre todo un don de Dios, frágil y precioso, que hemos de invocar, defender y construir entre todos”.

Benedicto XVI ha intentado situar su misión desde el inicio, en un mundo cargado de problemas, y con un futuro incierto, inspirándose en su predecesor del mismo nombre. Para esto el Papa propone como luz de esperanza el misterio de Dios hecho hombre en Cristo Jesús.

También en aquella primera audiencia general del miércoles 27 de abril de 2005 el Papa añadió una segunda razón para escoger su nombre. Decía en esa ocasión el Santo Padre:

“El nombre de Benedicto evoca la extraordinaria figura del monacato occidental, San Benito de Nursia (en italiano y francés no hay diferencia entre Benedicto y Benito), Patrono de Europa junto con los Santos Cirilo y Metodio”. Es bueno hacer notar la larga relación del nuevo Papa con la Orden Benedictina. Hay al respecto un hecho poco conocido:

Mientras se prolongaba la agonía del Papa Juan Pablo II en el atardecer del 1º de abril de 2005, fue el entonces Cardenal Ratzinger, como en una escapada, a recoger un “Premio a la Promoción de la Familia y de la vida en Europa” que le era otorgado por los Benedictinos de Subiaco, lugar donde San Benito se retirara a orar antes de fundar su primer monasterio.

Allí el Cardenal Ratzinger pronunció una conferencia. No era un público numeroso, no hablaba con un texto escrito. Gracias a un periodista presente se han recopilado algunos párrafos de sus palabras que revelan su honda relación con la espiritualidad de San Benito, que ahora, durante su Pontificado, inspira su quehacer. Habló el futuro Papa, unos días antes de su elección, de los “grandes problemas planetarios” que él describía así: “desigualdades, creciente pobreza, explotación de la tierra y de sus recursos, hambre, enfermedades, choque entre culturas”. Y añadía:

“Todo esto demuestra que no corresponde al crecimiento de nuestras posibilidades un igual desarrollo de nuestra energía moral. La mentalidad técnica confina a la moral a un ámbito subjetivo, mientras que lo que de verdad necesitamos es una moral pública que sepa hacer frente a las amenazas que se ciernen sobre las vidas de todos nosotros. El peligro más verdadero y más grave está, precisamente en este momento, en el desequilibrio entre posibilidades técnicas y energía moral. A fin de cuentas, la seguridad que necesitamos como base de nuestra libertad y de nuestra dignidad no puede venir de sistemas técnicos de control, sino que únicamente puede originarse en la fuerza moral del hombre. Si ésta falta, o escasea, el poder que el hombre tiene se transforma cada vez más en poder de destrucción”. (Hasta aquí la cita). Quedaba así delineado el eje del pensamiento político-social del actual Pontífice.
En vísperas de la fiesta de San Benito, el miércoles 11 de julio de 2005 el Santo Padre habló del Patrono de Europa en estos términos:

“Entre las cenizas del Imperio romano, Benito, buscando ante todo el reino de Dios, plantó, acaso sin ni siquiera darse cuenta, la semilla de una nueva civilización…”.Y sigue el Papa diciendo: “Hay un aspecto típico de su espiritualidad…. Benito no fundó una institución monástica cuya finalidad principal fuese la evangelización de los pueblos bárbaros, como otros grandes monjes misioneros de la época, sino que propuso a sus seguidores como finalidad fundamental, más bien única, de la existencia, la búsqueda de Dios… buscar a Dios. El sabía bien que cuando se entra en relación profunda con Dios no es posible contentarse con vivir de manera mediocre, al amparo de una ética minimalista y de una religiosidad superficial” (hasta aquí el Papa). Así valora el Santo Padre la espiritualidad benedictina, que tiene como lema fundamental: “No anteponer nada al amor de Cristo”. ¡Cuánto inspira ella el ministerio del Papa Benedicto!
El nombre escogido por el Santo Padre, que es el de sus inspiradores, constituye de por sí un programa que Benedicto XVI ha cumplido con singular delicadeza en estos dos años.

“El nuevo Papa no se presentó desde el inicio como protagonista, sino frágil y evangélico, dispuesto a escuchar a la Iglesia”. Así constataron muchos analistas.

Desde sus primeros pasos como Pontífice universal se ha notado que el Papa no aspira a que la Iglesia ocupe primeras páginas de los periódicos, ni las informaciones de apertura en noticieros de Televisión. El Papa desea que la mirada de la Iglesia que pastorea se fije en Jesucristo y es el primero en dar testimonio de fidelidad a ese proyecto con su vida y sus enseñanzas. Su proyecto conciliador abraza con bríos renovados a ortodoxos y protestantes, buscando, con la mirada fija en Cristo, la unidad de los cristianos. También con la mirada fija en el Señor aprobó la Celebración de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano para que los discípulos de Jesús en este continente tengan vida en Él.

Cuando muchos esperaban del nuevo Papa un mensaje programático que tratara los problemas acuciantes del cristianismo en el mundo actual y las perspectivas de la Iglesia para responder a esos desafíos, el Papa Benedicto XVI publica una encíclica en la cual no define a Dios, Dios es indefinible, pero nos describe cómo es el Dios en quien creemos, con las esenciales e insondables palabras bíblicas: “Dios es amor”, y nos explica lo que es el amor y lo que son los amores y nos propone sabiamente la integración de todos nuestros amores en el gran amor a Dios, para superar el amor posesivo, el amor pasional, para que la misma fuerza del amor erótico contribuya a dar un impulso transcendental a la vida humana y se corone además de altruismo.

Muchos opinaron que no era programática la encíclica, que no ofrecía análisis de situación ni líneas de acción, aunque reconocían su belleza, su originalidad, su honda matriz religiosa y cristiana.
Pero, sí, hay un programa en la encíclica. Sucede que estamos habituados a programar desde la economía, los problemas sociales, las corrientes de pensamiento que agitan a nuestro mundo. Se ha hecho casi obligado en toda programación un análisis previo de situación para llegar después con nuestro mensaje a esbozar soluciones. Vivimos siempre dando respuestas y, muchas veces, ante la postración moral del mundo, que lleva a la mediocridad o a estilos de vida falsos, nos vemos obligados a decir no.

Pero el Papa Benedicto XVI sigue otras pistas en su diálogo con el hombre posmoderno. Antes de su visita a Valencia, España, para la Jornada Mundial de la Familia, el Papa declaraba: la Iglesia no debe presentarse ante el mundo siempre con un no, “yo voy a España a proponer, no a imponer”. En otra ocasión el Papa habló de modo más explícito aún, diciendo que la Iglesia debe acercarse al hombre de hoy proponiéndole la belleza del cristianismo.

Y esto fue lo que hizo el Papa Benedicto al entregarnos su primera encíclica. No partió de desafíos para dar respuestas, propone al hombre y a la mujer de hoy la belleza del camino cristiano, con la centralidad del Amor que tiene en Dios su exponente perfecto. Pero, ¿acaso nuestros habituales puntos de partida para abordar al hombre y al mundo, la economía, la sociología o la misma filosofía, podrán ser tan abarcadores e integradores como el amor? ¿No estarán los males del mundo y el mismo futuro de la humanidad en relación más estrecha con el hombre mismo y su capacidad de amar que con las ciencias sociales y las técnicas económicas?

¿No debe ser el amor el que crea y vivifica la vida familiar, el que introduce la noción de sacrificio en las relaciones humanas, el que descubre y potencia la belleza y la poesía, el que impulsa las buenas decisiones en el orden moral? ¿No es el amor el que supera la frialdad de la estricta justicia? ¿No se comprenden mejor muchos de los males de hoy por la ausencia de amor en las relaciones interpersonales, sociales, entre pueblos y culturas? ¿No han dicho pensadores y escritores que el mundo sin amor sería el infierno?

El Papa Benedicto XVI ha dibujado un hermoso programa para su Pontificado y para nuestro mundo, agobiado por el hambre, la desigualdad, las guerras y el terrorismo. No es el saber mucho lo que puede salvar a la humanidad, sino el mucho amor, que ponga a disposición de todos, los conocimientos que sirvan para procurar el bien. No son la abundancia de bienes o la acumulación de riquezas las que harán un mundo mejor, sino la disponibilidad de distribuir con equidad cuanto poseemos. Y el amor es la única fuerza que puede mover corazones para transformar estructuras, generar soluciones, actuar con creatividad.

Un chispeante periodista andaluz comentó así la nueva encíclica: Desde que se anunciara la primera encíclica del pontificado del Papa Benedicto XVI “progresía y parte de la ortodoxia estaban en espera de un Ratzinger flamígero, tronante contra los pecados de la modernidad, azote del relativismo”. En cambio el Papa los sorprendió con “un texto hermoso, bien plumeado, sereno, sobre la fuerza del amor como motor del mundo”.

No sólo eso, dice el periodista, “encima les mete leña a los fundamentalismos religiosos y morales, elogia las organizaciones humanitarias, pide distancia entre la Iglesia y el Estado y muestra respeto hacia el eros como expresión de la capacidad amorosa”.

Es así fiel el Santo Padre a la misión de Pedro, que describe alegóricamente la lectura del libro de los Hechos proclamada en esta ocasión: “No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar”. Así dijo Pedro al paralítico que le suplicaba. También Benedicto XVI invita al mundo a ponerse en movimiento por la fuerza del amor, quiere darle al mundo lo que le falta y lo que sólo la fe en Cristo puede dar con ventajas.

La misión del Sucesor de Pedro se funda en el amor. ¿No había preguntado tres veces Jesús Resucitado a Pedro si lo amaba, si lo quería, para encomendarle la misión de Pastor universal? No le habló Jesús en aquel momento de la seria decisión que con firme voluntad debía tomar, no lo interrogó sobre su sabiduría, no hizo alusión a sus dotes de líder, sólo le preguntó si lo amaba. El amor tiene, pues, un lugar central en el cristianismo, porque es la fuerza del alma, el eje que sustenta las acciones humanas, el único que puede coronar con belleza aún lo que nos repugna o tememos: el sacrificio, el martirio, la Cruz.

El amor es la fuerza y la propuesta del Pontificado del Papa Benedicto XVI; ese es su programa que él ha presentado al mundo y que ha ido desarrollando magistralmente en sus dos años de Pontificado. Pienso que con amor está acogiendo la Iglesia su propuesta.

Damos gracias a Dios por el don que ha hecho a la Iglesia en la persona del Papa Benedicto XVI y pedimos, como tradicionalmente ha hecho la Iglesia por sus Pontífices, que el Señor lo conserve y lo colme de vida, lo haga feliz en la tierra y lo libre de sus enemigos. Así sea.

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