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De cara
al sol
por Perla Cartaya COTTA
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Porque el hombre que clama,
vale más que el que suplica:
el que insiste
hace pensar al que otorga.
Y los derechos se toman,
no se piden; se arrancan,
no se mendigan”
J.M. (La Habana, 1879) |

Martí / Ernesto García Peña.
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Al recibir una vez más al mes de la lluvia y de las flores –también el de María–, la memoria, que quiere seguir honrando, evoca el aniversario del holocausto
de Dos Ríos para rastrear en el pasado las huellas que marcaron
la misión martiana.
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I
Desde el 10 de febrero de 1878 había terminado oficialmente la Guerra de los Diez Años.Y como el II artículo del Pacto del Zanjón promulgaba una amplia amnistía para cuantos hubiesen tomado parte directa o indirectamente en la insurrección, José Martí cede ante un anhelo largamente sofocado: desde Guatemala regresa a La Habana (vía Honduras), con Carmen Zayas Bazán, su esposa, el 31 de agosto del mismo año. Las autoridades coloniales desaprueban su solicitud para ejercer como abogado; pero unos meses después lo autorizan para impartir clases de segunda enseñanza. Se vincula de inmediato a los círculos intelectuales empeñados, a pesar del revés, en mantener vivo el sentimiento patriótico. Y el 22 de noviembre le endulza la vida el nacimiento de José Francisco, su único hijo.
Los 13 meses que permanecerá en Cuba serían decisivos en su vida. Percibe ante sí dos caminos: el de la vida hogareña, el disfrute de la infancia de su hijo, ejercer el profesorado, escribir; y otro muy duro: el del sacrificio, el de la entrega de sí mismo. Martí escogió sin vacilación el único camino que un hombre como él podía escoger, ¿acaso no llevaba como compromiso irrenunciable un anillo de hierro con el nombre de Cuba? Y debe haber sido muy doloroso porque bien sabía él que su decisión significaba el derrumbe de su matrimonio.
Lo ovacionan en el Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa por sus conferencias patrióticas. Conspira junto a Juan Gualberto Gómez y otros cubanos. En agosto de 1879 se inicia en Cuba la llamada Guerra Chiquita. Martí recrudece su labor conspirativa, de lo cual se mantenían al tanto los espías del capitán general Ramón Blanco. El 17 de septiembre lo detienen y el día 25 lo deportan, por segunda vez, a España. II
El tiempo de peregrinación de José Martí concluye en enero de 1880, a su llegada a Nueva York, donde residirá –con breves interrupciones– hasta su regreso definidor y definitivo a la patria. Tres meses después tendrá a su lado a Carmen y a su hijo, hasta octubre que regresan a Cuba. En 1882, su hogar parece rehacerse; pero tras otros intentos baldíos, en 1891 se produce la ruptura definitiva: Carmen se marcha con su hijo. De nuevo, a solas con su destino, con su misión.
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Martí / Roberto Fabelo. |
Asume interinamente la presidencia del Comité Revolucionario al partir hacia Cuba una expedición al mando del general Calixto García. La guerra, prácticamente, ha concluido. El centro de su lucha será unir a los revolucionarios para la lucha anticolonialista y contra la anexión. En 1884 se aparta del proyecto de reiniciar la guerra en Cuba, sustentado por los generales Gómez y Maceo, por estar en desacuerdo con aspectos a su juicio medulares para la patria. A raíz de la desagradable situación que se produce entre ellos debido a lo antes expuesto, se observa en Martí un tiempo de retraimiento político, creo que más bien de inteligente espera y de maduración de las condiciones políticas e ideológicas. Y como es cierto que las mismas no estaban listas, se diluye otro proyecto, en 1877, que le llega del brigadier Juan Fernández Ruz. Al año siguiente publica Vindicación de Cuba, en respuesta a un ofensivo artículo, publicado en Filadelfia, sobre las ventajas y desventajas de la compra de Cuba por los Estados Unidos. Estará siempre atento a salirle al paso a todo lo que denigre a la patria.
Un acontecimiento trascendente para la emigración y para su misión, serán los discursos que, a partir de 1887, pronunciará en las celebraciones del 10 de octubre. Escribe cuanto le brota del alma; de esos años son La edad de Oro (1889) y Versos Sencillos (1891). Son tiempos tristes para él: su padre fallece en 1877 (ya están reconciliados), doña Leonor regresa a Cuba, después de acompañarlo dos meses (1888).Y vuelve a quedar solo. |
El hombre de la rosa blanca renuncia, en septiembre de 1891, a las representaciones consulares de varias repúblicas americanas –a pesar de que lo ayudaban a subsistir–, porque no quiere que nada lo sustraiga de sus responsabilidades patrióticas. De Tampa –“corona de laurel y sacrificio”, diría él– lo invitan. Lo recibe la colonia cubana en pleno, el 25 de noviembre de ese mismo año, en la casa de Cornelio Brito para fundar La Liga, institución que tendrá fines similares a la constituida en Nueva York por inspiración del Maestro. Al día siguiente, pronuncia en el club Ignacio Agramonte un discurso que a todos conmueve : “Para Cuba que sufre, la primera palabra”, comienza diciendo; su voz se escucha ardiente, como enamorada de su misión: (…) “Yo traigo la estrella, y traigo la paloma en mi corazón” dice, y todos saben que no miente aquel hombre de buen ver, de modales finos, que viste de negro, les habla con palabra de patria hasta concluir el mensaje: “Con todos, y para el bien de todos” (Discursos pp.148-158).
Lastimarán al Maestro por estos años y los siguientes, incomprensiones, ofensas inmerecidas –como la de Antonio Zambrana y Enrique Collazo–, intrigas, delaciones y hasta infamias sobre su vida personal. Pero él no se detuvo. En enero de 1892 asiste a la reunión de Presidentes de los clubes revolucionarios de Cayo Hueso: quedan aprobadas las Bases y los Estatutos Secretos del Partido Revolucionario Cubano. Será muy intensa la actividad organizativa que despliega. Es como si la intuición le advirtiera que el tiempo se le acababa. El 14 de marzo aparece el primer número de Patria, que él funda y dirige. En abril resulta electo Delegado, el más alto cargo del Partido, y lo ratifican por tres años consecutivos; Benjamín Guerra será el tesorero, y Gonzalo de Quesada, el más joven, será el secretario del Delegado. El Partido es proclamado, el 10 de abril, en Cayo Hueso, Tampa y Nueva York, y queda así constituido.
Mientras tanto, la conspiración avanza por toda la Isla: el Partido llega a ella. Martí, con el auxilio de Serafín Sánchez, logra que la mayoría de los veteranos se incorporen al movimiento revolucionario. Gómez, el mejor amigo de Cuba, es elegido general en Jefe del Ejército que se constituirá. Maceo se incorpora; Collazo también lo hace. Y Martí perdona, aunque quizás le siguieran doliendo, por injustas, las hirientes palabras que aquel le dijera en la carta de 5 de enero de 1892: “Si de nuevo llega la hora del sacrificio, tal vez NO podríamos estrechar la mano de usted en las maniguas de Cuba” (Véase en Gerardo Castellanos: Los últimos días de Martí, p.28). Los conspiradores, bien organizados en Cuba, manteníanse en contacto con Martí, quien ejercía con asombroso dinamismo la dirección del Partido.
El año 1894 será de grandes y peligrosas encrucijadas que pusieron a prueba el talento y la resistencia física e intelectual del Delegado: fomenta la solidaridad con la causa de Cuba, busca recursos económicos para emprender la guerra, prepara la invasión. Se impone una discreción sin fisuras: nada puede filtrarse. Sabe que en Cuba el gobierno colonial ya siente los latidos de rebeldía. El año 1895 halla a Martí en febril actividad organizativa y asombra a todos con su dinamismo: dormía poco y en cualquier lugar, comía menos y se movía mucho. Tres barcos saldrían del puerto de Fernandina hacia Cuba para desembarcar, simultáneamente, en tres lugares; pero cuando casi están a punto de emprender camino, fracasa por la cobardía, diría Martí a Gómez, de Fernando López de Queralta. No tenía tiempo ni fondos para rehacer el proyecto, sólo era posible aprovechar los escasos recursos que quedaban, pero ya la guerra no podría ser fulminante como él la quería. El 29 de enero de 1895, José M. Rodríguez (en representación de Gómez), Enrique Collazo por la Junta de La Habana y José Martí como Delegado, le dirigen a Juan G. Gómez, y en él a todos los grupos de Occidente, una nueva orden de alzamiento, que debe ser simultáneo y producirse en la segunda quincena de febrero.
Desde el 7 de febrero está Martí en Santo Domingo con Mayía Rodríguez, Collazo y Manuel Mantilla, de donde habrán de salir con Gómez hacia Cuba. En las cartas que escribe en esos días a Juan Gualberto, a Gonzalo de Quesada…afloran lúcidas preocupaciones y tristezas, y le dirá a Gonzalo: “Ya Ud. sabe que llevo los ojos claros por este camino sangriento: si me dejan poner vivo el pie en nuestro país ¿quiere que le diga desde ahora cómo y de quiénes, uno por uno, será la campaña, implacable, de la codicia burlada, del miedo de no ser ayudado de mí en el apetito del poder, del desamor natural de ciertos hombres a una honradez más enérgica que su tentación? Viejos y jóvenes, de una región y de otra, odiándose entre sí, y sólo unidos en celarme, se están ya afilando los dientes. Aquí está la carne”. (Cintio Vitier. Vida y obra del Apóstol José Martí, p. 66)
Tal parece como si el destino hubiese querido, casi en vísperas de emprender el camino, lastimar aún más su sensibilidad, poner a prueba la integridad y entereza de su carácter. Maceo avisa que es indispensable para su salida de Costa Rica cinco mil pesos en oro, y sólo se cuenta con dos mil (cantidad igual a la que disponen él y Gómez para su viaje). No tiene otra opción que comunicarle a Maceo el traspaso de la responsabilidad de la expedición a Flor Crombet, quien asevera puede hacerlo con el dinero disponible. Y así ocurrió, pero no sin disgustos.
La casa del general Gómez, situada en la calle Núñez Cáceres, era el cuartel general de la revolución. El día 25 de marzo se reunieron en la sala de la casa, como de costumbre, y Martí escribió de su puño y letra el Manifiesto de Montecristi, que equivale a decir la guerra culta y sin odios. Cuba volvía a la guerra necesaria “con un pueblo democrático y culto”, por eso podía enfrentar sin temores los peligros que lesionaron la independencia de los otros pueblos hispanoamericanos. No creo que exista en la historia otro llamamiento a la guerra que la proclame sin odios. De sus páginas, cada vez que se lee, se recoge savia nueva. Creo que ese día el Apóstol se sintió estremecido. Dirige a la madre carta conmovedora que tiene fama, y a su amigo y hermano Federico Hernández Carvajal le dice: “(...) Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí ya es hora”. (O.C., t.4, pp.110-112)
El día primero de abril, lista la goleta del marino Bastián –que resultó un hombre taimado–, en el puerto de Montecristi, vuelve a escribir a los amigos, entre las cartas está la que envía a Gonzalo de Quesada encomendándole su testamento literario. Será una noche de emociones. Clemencia, hija del Generalísimo, le entrega como recuerdo la cinta azul que atara sus cabellos “porque tiene el azul de la bandera”. A las doce salieron de la casa, de uno en fondo, a la cabeza iba, revólver en mano, Maxito, hijo de Gómez. La recordarían como noche de luna clara. Al fin llegó Bastián: irían a la isla inglesa de Inagua. La ansiedad de llegar a Cuba les hizo creer en aquel lobo de mar. En realidad, no podían hacer otra cosa.
III
La isla de Inagua, del grupo de las Bahamas, distaba unos 70 kilómetros de Cuba. Peligros y nuevas traiciones tendrían que enfrentar los seis expedicionarios: Martí, Gómez, Ángel Guerra, Francisco Borrero, César Salas y Marcos del Rosario. Al fin, logran salir en un barco frutero alemán, el Nordstrand, rumbo a Cuba. Ya de noche cerrada, sin que cese la lluvia, el barco detiene su marcha frente a las costas de la Isla: era el 11 de abril de 1895. Martí escribe en su Diario de Campaña al llegar a la patria: “(…) La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, La Playita (al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último vaciándolo. Salto. Dicha grande…”. De Playitas parte Martí para el final presentido. Va cargado con todo lo necesario, mochila a la espalda, durante catorce días por los campos difíciles de la región de Baracoa. Máximo Gómez dirá que era increíble su resistencia silenciosa. No se manifiesta como un poeta que regresa del destierro –aunque nunca dejó de serlo–, es el peleador que llega con su ejército humilde a luchar por su pueblo. No viene a recoger laureles: viene a cumplir el compromiso de amor que contrajo con la patria. |
Los acontecimientos, a pesar de las distancias y de las difíciles marchas, se desenvuelven con rapidez: el 14 de abril se habían encontrado con la guerrilla de Félix Ruenes, al día siguiente Martí es proclamado Mayor General y el 25 tienen contacto con las fuerzas de José Maceo, muy gentil y cordial con Martí, tanto que hasta le obsequia un precioso caballo blanco. Pero al Delegado y a Gómez les llama la atención que Antonio Maceo no se presente ante ellos. Lo mismo viene ocurriendo con Bartolomé Masó. Localizan a Maceo, se comunican, y Martí le escribe. Él desea, reunidos los tres jefes, echar las bases de la constitución jurídica de la República en Armas, pero no se lo dice en la carta (Jarahueca, 4 de mayo).
La reunión se produce al día siguiente en el ingenio La Mejorana. Maceo llega de prisa “(…) con un caballo dorado, en traje de holanda gris: ya tiene plata la silla, airosa y con estrella…”, primero habló a solas con Gómez, luego lo llaman a él: Maceo tiene otro pensamiento de gobierno: “una junta de los generales con mando, por sus representantes, –y una Secretaría General: la patria, pues, y todos los oficiales de ella, que crea y anima al ejército, como Secretaría del Ejército”. Se van a un cuarto a hablar. Martí no puede desenredarle a Maceo la conversación: “Y me habla cortándome las palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo y su representante (…) Insisto en deponerme ante los representantes que se reúnan a elegir gobierno. No quiere que cada jefe de operaciones mande el suyo, nacido de |
Martí / Carlos Enriquez. |
su fuerza: él mandará los cuatro de Oriente: dentro de 15 días estarán con Ud.– y serán gentes que no me las pueda enredar allá el Doctor Martí”. En la mesa, opulenta y premiosa, de gallina y lechón, vuélvese al asunto: “me hiere, y me repugna: comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marcar, de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar. Mantengo, rudo: el Ejército libre, –y el país, y con toda su dignidad representado. Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir…” (Diario de Campaña, pp.64-65). Allí cerca estaban sus fuerzas, pero no los llevó a verlas: “Por ahí se van ustedes.” – y seguimos, –con la escolta mohina; ya entrada la tarde “(…) sin los asistentes, que quedaron con José, sin rumbo cierto…Y así, como echados y con ideas tristes, dormimos”. (Ibídem)
El 19 de mayo de 1895, sobre el campamento de Dos Ríos se desató el llanto de la Patria: su dicha quedaba postergada, quién sabe hasta cuándo: había muerto el hijo predilecto –en una inesperada escaramuza con la columna al mando del coronel Ximenez de Sandoval–, como él quiso hacerlo: de cara al sol. Es terrible el hecho de que un cubano, el práctico Antonio Oliva, al reconocer a Martí que yacía herido, le disparó el tiro mortal que le atravesó la garganta; reclamando, desde ese momento, la “gloria” de haber sido el autor de ese crimen. De haber vivido Martí para llevar la guerra hasta el final, otra hubiera sido la suerte de Cuba. La historia es maestra no siempre bien entendida.
EPÍLOGO
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