| “Vivir entre llagas
---y cultivar flores.”
por Yarelis Rico Hernández
fotos: Orlando Márquez
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La higiene es uno de los signos distintívos del Hospital de San Lázaro.
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— ¡Al Mariel! ¡Al agua, sí que nos quieren echar…!
El presentimiento lanzado como grito de horror y de certeza viene de los enfermos del leprosorio de San Lázaro. El edificio que hasta ahora les ha amparado en medio del dolor y el rechazo ha sido enajenado y deben trasladarse al Mariel, a unos viejos barracones que el gobierno |
español utilizara para cuarentena de inmigrantes, mientras esperan porque se concluyan las obras del nuevo hospital, que se ubicará en las afueras de La Habana, en el poblado del Rincón. Ruegan, exigen, imploran como única garantía para emprender el viaje que las Hijas de la Caridad embarquen con ellos.
Todas subieron a bordo, después, todos los enfermos… Acompañarlos era placer para quienes nunca pensaron en abandonarlos. La superiora, sor Ramona Idoate, va frente al grupo. Transcurre el año 1916.
Las escenas de los días por venir no tendrán mejor sitio para sucederse que el más terrible círculo del infierno dantesco. Y ese sitio en la tierra lo tienen aquellos barracones del Mariel: allí no hay nada, ni camas, ni ropas, ni alimentos… El frío, el hambre y la miseria se pegan al cuerpo de los enfermos, se ciñen también a la piel de las hermanas. Sin mayor riqueza que perder, sólo la dignidad de su pobreza, los leprosos prenden fuego a los barracones…
“Nuevo éxodo, sin medios adecuados; en carretas; en planchas, camino ya del nuevo y definitivo hospital, a medio construir, lejos de la población, y sin recursos de ninguna clase (…) en medio de un campo cenagoso, sin agua, sin luz, sin calles, sin enfermería, sin casa para las Hermanas, un esqueleto de Lazareto, no más.”1
CONSAGRACIÓN AL POBRE
El ir y venir de los hechos, contados a grandes rasgos, develan la entrega sin límites de una congregación religiosa fuertemente ligada al Hospital de San Lázaro desde sus inicios. Las Hijas de la Caridad, en figuras y nombres diversos, se han mantenido durante 152 años dentro de esta institución, convirtiéndose –con todo respeto a su calladísima modestia– en fieles centinelas de las almas enfermas y espíritu que contagia con su caudal de pasiones la entrega de quienes desde sus profesiones y oficios consagran parte importante de sus vidas a este mundo de dolor.
Constatar tal realidad y no permitirme los sinsabores de las anécdotas de segunda mano, fue todo un hecho para mí un jueves de principios de mayo. Hasta entonces me acompañaba la simple mirada de quien visita el Santuario del Rincón y observa desde lejos los pabellones que hacen rememorar construcciones similares pertenecientes a los hospitales más antiguos y de mayor relevancia arquitectónica de La Habana. Sin embargo, aquel misticismo se transformaba en hielo cuando imaginaba el dolor inmenso de las personas que habitaban dentro de sus paredes, recluidas en su mayoría por una crisis de la enfermedad, pero injustamente condenadas al rechazo social por toda la aureola de superstición que envuelve este padecimiento, incomprendido desde siglos
Una vez dentro, la contemplación exhausta conduce al asombro y hasta el embebecimiento. La legendaria institución, convertida hoy en un gran hospital dermatológico, que lleva por nombre “Doctor Guillermo Fernández Hernández-Baquero”, atiende fundamentalmente a los pacientes aquejados por la llamada enfermedad de Hansen (lepra) y en menor medida a personas con otras patologías de la piel, albergados todos en higiénicos, amplios y frescos pabellones de un solo piso y con frente en su mayoría a la calle central.
En lo que podría calificarse como pequeña ciudad, se inserta también la casa de las Hijas de la Caridad. Ellas son “el corazón de este sitio”, según afirman trabajadores y enfermos, pues aunque después de 1959 su presencia se ha limitado a una colaboración en la atención al paciente, la realidad demuestra que su permanencia junto al infectado deja en él un bálsamo curativo que sobrepasa la mejoría física y cura también las llagas y sufrimientos del alma. La misericordia y espíritu de sacrificio de las hermanas, como servidoras de un ideal divino, envuelve también al simple obrero del Rincón, alienta a los médicos y consagra al personal de enfermería.
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Sor Martha Calvo. |
Incontables son las historias que servirían para ilustrar el altruismo de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en el Hospital de San Lázaro… Nombres como el de sor Ramona Idoate se inscriben con letra mayúscula dentro de su historia. Fundadora de la actual institución, fue ella quien impulsó y asumió por iniciativa propia una serie de construcciones que mejoraron las condiciones de aquel esqueleto de hospital que tomaran como refugio los enfermos salidos del Mariel. Acudiendo a la caridad pública, la entonces superiora del leprosorio, que tuvo como sucesora a sor Antonia Barbero, logró levantar nuevos pabellones, a los que continuaron otras obras como la ejecución de cuartos de cristales para las operaciones en enfermerías de uno y otro sexo, sala de niñas y otra para niños, así como un depósito de cadáveres. Este esfuerzo dotó también a la clínica de un instrumental moderno y abundante material de medicina. |
A toda esta energía emprendedora sumaban las hermanas otras tareas: curar a los enfermos (según especialistas son las curaciones el rostro más terrible de la lepra); registrar las entradas y salidas de la despensa, el control de víveres, la distribución de medicamentos y el riguroso seguimiento al personal administrativo y profesional a fin de que se cumplieran todas las prescripciones médicas y se aseguraran las condiciones de vida al paciente.
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Eugenio Rodríguez, 72 años. Paciente del
antiguo hospital de San Luis de Jagua,
en la región oriental del país.
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| Todo este ajetreo de funciones absorbía el día sin dejar tiempo al descanso. Fue así, y entre sus leprosos que pasó 45 años de su vida sor Ramona Idoate. La muerte de esta heroína de la caridad suscitó el llanto de los enfermos, quienes de acuerdo con una narración de la época se agrupaban angustiados en los portales o buscaban cobija en los rincones, abatidos por la partida de la hermana consagrada. Muchos de ellos se arrodillaron junto al cadáver para rogar por el alma que se iba. No era sino, la expresión de agradecimiento a la madre que los curó, los consoló, los mimó… La madre que vivió junto a ellos el dolor físico y les ayudó a soportar el sufrimiento moral del aislamiento y la soledad a que eran condenados.
EL ESTIGMA DE LA LEPRA |
La bibliografía le describe como uno de los males más antiguos que recuerda la humanidad. Refiere, incluso, que durante siglos se le señaló como una maldición o un castigo divino, lo que provocó represalias contra las víctimas a quienes también llamaban llagados. Como costumbre, a los leprosos se les confiscaban todos sus bienes y hasta se les privaba del derecho a heredar. En ciertas culturas, a los infectados solteros se les prohibía casarse y en ocasiones eran condenados a morir sometidos a terribles castigos.
Tal fue el rechazo, que para identificar a un leproso se le obligaba a vestir con ropas de tela gruesa, usar un bastón para señalar con él lo que quería adquirir y una campanilla para anunciar su condición de infectado
Con el paso de los años, la persecución se hizo cada vez más violenta, y sensibilizadas con el inenarrable sufrimiento que vivían los contagiados, algunas órdenes religiosas crearon leprosorios, o sitios para internarlos, bien alejados de las poblaciones.
Ya en 1873, un destacado médico noruego, Gerhard Henrik Armaeur Hansen identifica al Mycobacterium Leprae como causante de la enfermedad, pero no es hasta los años 80 del pasado siglo que aparecen nuevos medicamentos para combatirla y curarla. Sin embargo, todavía hoy la lepra sigue siendo un estigma para quien la padece.
Científicamente, clasifica como una enfermedad infecciosa y crónica del hombre. Sus principales manifestaciones externas son manchas y cambios de color en la piel. A ello le acompañan lesiones en los nervios, vísceras y huesos.
Aunque es común en muchos países del mundo, es más frecuente en los climas templados, tropicales y subtropicales. En Cuba, de acuerdo con estadísticas de Salud Pública con cierre en el año 2006, se diagnostican entre 250 y 300 casos por año. Camagüey es la provincia de mayor incidencia, seguida de cerca por Santiago de Cuba y con menores índices les continúan Guantánamo, Ciego de Ávila, Granma y Pinar del Río.
En nuestra conversación con la actual superiora de la comunidad religiosa del Rincón, sor Martha Elena Calvo Martínez, y una de las seis hermanas que allí trabajan, sor María de Jesús Santillana Abreu, supimos que además de una predisposición genética, la falta de higiene y una mala o inadecuada alimentación pueden confluir como causas para la aparición de la enfermedad.
“Dicen que el enemigo número uno de la lepra es el agua y el jabón. Por tanto, como medidas preventivas se aconseja una alimentación sana y mantener una higiene adecuada”, asegura la hermana María de Jesús, que continúa precisando algunas particularidades del tratamiento:
“Este es un mal curable, pero requiere de un diagnóstico temprano para evitar esas complicaciones de la lepra por la que fue y es tan rechazada, y que responden a etapas avanzadas de la patología. Junto con el procedimiento médico se debe reforzar muy bien la alimentación del infectado. Una vez que el bacilo de Hansen muere se le da el alta al paciente, y se le dice que está curado o negativizado… Pero el gran misterio de la lepra –que por ahora no lo vamos a saber– estriba, precisamente, en que cada persona responde de manera diferente al tratamiento.”
Resulta oportuno aclarar que nadie se muere de lepra. Y aunque cualquier persona puede enfermar, entre las dolencias infecciosas ella es quizás la menos contagiosa. Lo demuestra el hecho de que ninguna de las hermanas se ha infectado en los más de 150 años de estancia en el hospital.
APOYO EN MEDIO DEL DOLOR
El 24 de enero de 1998, en ocasión de su viaje a Cuba, el Papa Juan Pablo II visitó el Santuario del Rincón. Durante el encuentro con los enfermos, el Santo Padre recordaba que era el dolor quien llamaba al amor, y que sólo un sentimiento tan puro habría de generar solidaridad, entrega, generosidad en los que sufren y en aquellos que se sienten llamados a acompañarlos y ayudarlos en sus penas.
Así como existen olores, objetos, frases, expresiones que nos recuerdan a una persona o un acontecimiento, en el hospital del Rincón cada espacio descubre la presencia de alguna hermana... diríamos mejor, su huella de amor. Esta vez el nombre de sor Mercedes Sánchez aviva una nueva anécdota que sor Martha rememora con la admiración de un discípulo:
“Un paciente, casi al morir, clamaba por su mamá. La madre no tuvo el valor de ver nuevamente a su hijo luego de haberlo abandonado por largos años. Sor Mercedes acompañó al moribundo diciéndole: ‘Tu mamá está aquí’. Él creyó que ella era su madre, pues permanecía a su lado sin separarse un solo instante de su cama. Murió en paz, feliz…Pero la mamá nunca llegó.”
Justo el abandono familiar y el rechazo social impiden que un buen número de pacientes aquejados por la enfermedad de Hansen logren una recuperación emocional satisfactoria. Ante esta realidad, las Hijas de la Caridad cubren con su entrega la falta de comprensión y de amor con la misma capacidad de sacrificio y altruismo personal que por años ha identificado el trabajo de esta congregación religiosa en el Hospital de San Lázaro.
“Hace sólo unas noches –comenta la actual superiora– visitaba a un paciente que está en estado terminal y me decía que en más de 70 años que llevaba enfermo siempre había recibido el apoyo de las hermanas, el trato bueno de ellas. Y es que ellos necesitan mucho de ese apoyo, alguien que los quiera, que no les tenga miedo. Poder hacer eso da mucha gratitud, mucho gozo… Es algo tan hermoso poder estar con ellos, no rechazarlos. Uno llega a quererlos muchísimo, quizás por esa misma pobreza de ellos, por su gratitud…
”Hay servicios muy especiales como es el de curaciones, donde ves que quizás no se remedien pues son lesiones difíciles de sanar, pero sólo aliviarlos, que estén limpios, es algo que no puede expresarse fácilmente. Es un servicio muy hermoso.” |
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El recuerdo de sor Gloria
acompaña a Rubert Legrá, paciente que se tatuó
en su brazo el rostro del la religiosa. |
Una ayuda que no se limita a este tipo de paciente ni a la labor asistencial, aunque, sin duda alguna, esta es la obra más conocida de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en Cuba. En territorios como Baracoa, Matanzas, Madruga y Pinar del Río también desarrollan un trabajo pastoral, destacándose su labor en barrios marginales, donde logran llegar a personas en desventaja económica y a niños con problemas sociales. En La Habana poseen dos hogares para ancianos, Santa Susana, en Bejucal, y el de San Francisco de Paula, en la barriada de la Víbora. En ambos, la congregación religiosa asume la administración y atienden al paciente en todas sus dimensiones.
Al igual que en el Hospital de San Lázaro, las Hijas de la Caridad colaboran con el Ministerio de Salud Pública cubano en la asistencia al paciente dentro del Hogar para niños con retraso severo en el desarrollo y el conocimiento “La Edad de Oro”, una obra igual o más |
sacrificada que la entrega al cuidado del enfermo de lepra y que prueba, una vez más, la proeza de espíritu de esta congregación femenina.
SACRIFICIO EN EL TIEMPO
Cuando en plena y lozana juventud, sor Martha inclinaba su inquietud profesional hacia la pastoral, visitó el Rincón y definió su vocación de por vida… ¿qué pudo suceder para que tomara una decisión que aún hoy le conmueve hasta el suspiro?
“Vine aquí con sor Fara. Era el año 1975, recuerdo... Al llegar, hallé a una hermana siria, que consagró 49 años de su vida a este lugar, llorando. Me la encontré en un banco, lloraba mucho. Cuando pudo hablar me dijo que había muerto el Nene.
”El Nene había sido un paciente que ella había atendido desde niño. A ella los pacientes le decían mamita, porque fue, de verdad, la madre de todos los enfermos. Cuando yo vi a sor Esperanza, llorando tan senti-damente, me dije, ‘esto sí es servicio de vida’. Aquel era su hijo, indudablemente. Pensé: ‘si ella ha incorporado a un paciente como su hijo y lo llora como su hijo es porque vale la pena’. Aquel pasaje me enganchó vocacionalmente.”
Sor Martha estuvo en el Hospital del Rincón los primeros nueve años como Hija de la Caridad, desde 1978 hasta 1988. Hace cuatro años que regresó. Con la seguridad de quien conoce el dolor ajeno porque lo vive desde adentro nos habla de sus pacientes…
“Tenemos casos que están aquí desde que eran niños. Hay dos viejitas que llegaron al hospital cuando tenían, una nueve, y la otra, diez años. Otros entraron siendo muy jóvenes. Por lo general son rechazados por la familia que sin reparos se niega al encuentro con ellos pensando que se les va a pegar la enfermedad, que se contagiará…
”Sigue siendo un padecimiento muy señalado. Caso concreto, tenemos un matrimonio que vive en las casitas. Cuando ella fue diagnosticada, la propia trabajadora de higiene fue a la casa de sus familiares y les dijo que no fueran a visitarla pues tenía lepra y eso se pegaba. Les pidió, sobre todo, que no fueran a llevarles los niños. O sea, la misma representante de Salud Pública le creó un pánico terrible a la familia…
”Por supuesto que el enfermo tiene que proteger a sus seres queridos, y la familia debe cuidarse, así como nos cuidamos nosotras… Pero tampoco es una cosa que se coja al vuelo. Sin embargo, cuando dices lepra, sigue siendo lepra… sin la campanita como antes, pero sigue siendo un tabú, sigue siendo la peste.”
Aún cuando todos los hospitales del país pueden recibir a enfermos de lepra, el prestigio que ha alcanzado el de San Lázaro lo convierte en centro obligado de referencia por el cuidado y seguimiento al paciente que se halla en un estadio más avanzado de la enfermedad y a aquellos que muestran un nivel mayor de complicación o entran en crisis. Según aclara sor María de Jesús “llegan por decisión propia porque se enteran de que es aquí donde se trata especializadamente la enfermedad, o porque su médico los remite”.
La dedicación de las hermanas dentro de una institución adminis-trativamente estatal es otro punto a su favor… Sor Martha explica:
“Durante años, diría más, durante siglos, muchas personas han identificado este hospital como nuestro. Nunca lo ha sido. Antes del triunfo de la Revolución era una junta civil la que lo adminstraba, dirigía y gobernaba, claro, había muchas hermanas con autoridad, estaban en cada departamento y tenían mayor libertad de hacer. Después llegó la Revolución y la administración la tomó el gobierno completamente. Fue una situación difícil pues se comenzaron a situar enfermeras graduadas, no permitiéndosele a las hermanas atender a los enfermos por no tener el conocimiento especializado o el título que las acreditara para desempeñar estas funciones.
”Nos vimos muy limitadas, al punto de entrar a las salas y preguntar a la enfermera ‘¿qué hago hoy?’. Las respuestas eran: ‘échenle las goticas a fulano’, o simplemente, ‘ustedes no pueden curar, no tienen técnica.”
Con la llegada de las enfermeras graduadas se quiso apartar a las monjas, pero las que vivieron aquella etapa tremendamente injusta supieron asumirla de manera tan elevada y sublime que gracias a ellas la congregación logró la única y mayor riqueza a la que aspiraba: mantenerse junto al paciente de lepra.
“Hoy la situación es distinta –advierte sor Martha. Quieren que estemos más, y por parte nuestra reciben lo que está a nuestro alcance. Además de las contribuciones de los fieles devotos de San Lázaro a los enfermos, gran parte de la reparación del hospital está corriendo por nosotras, el refuerzo de la alimentación. Nuestra casa mantiene una merienda diaria a los enfermos, los condimentos para cocinar… Ya el Ministerio de Salud Pública acepta nuestra presencia, pero hubo tiempos que no.
“En estos momentos, sor Olga es la única que está en el cuarto de curaciones, yo tengo uno pero voy cuando puedo, somos sólo seis hermanas; algunas ya algo mayores y una se encarga de atender el santuario. El hospital es grande, ocho pabellones y las casitas de matrimonios. Y aunque no todos los pacientes se curan, nuestro trabajo va más allá, incluye el consejo, buscar una medicina que haga falta, atender al enfermo externo al que les prestamos, de requerirlo, una ayuda material, escuchar al que se le presentó un problema de última hora y precisa de nuestro apoyo para solucionarlo.”
Es ahora, sor María de Jesús, quien agrega:
“Yo siento que ellos nos reclaman, a veces no sólo por ese apoyo incondicional que reciben de nosotras, sino por el hecho de vivir aquí mismo. Es un poco como la seguridad de que a la hora que sea la hermana está, y que cuando esté muy necesitado ella le va a acompañar. Que la hermana no lo abandona porque vive aquí mismo…”
…Y porque hay un historial de más de 150 años que las actuales Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl han heredado, y que arrastra una cadena muy bonita de entrega, sacrificios, heroicidad que no comprende de límites.
Nota:
1 Hilario Chaurrondo, Pbro. C.M., Las Hijas de la Caridad en el Hospital de San Lázaro, La Habana, 1954.
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Alexander González Aleaga.
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Yo ingresé el día 12 de septiembre del año 2006. Llegué a este hospital y no caminaba.
Estaba trabajando en un contingente, me sentía muy mal, y le dije a mi hermano que yo pensaba que tenía el SIDA. Me habían salido unos nódulos y las piernas las tenía muy hinchadas. Me daba fiebre de la cintura para abajo. Mi hermano me trajo y aquí me descubrieron el Hansen. Ingresé y estuve cerca de siete meses, me fui, pero tuve que regresar porque empecé con los nódulos otra vez y a darme fiebre.
Mi papá me rechazó cuando vino a La Habana, ni llegó a venir porque le tenía miedo a la enfermedad.
Para regresar de Granma, mi provincia, tuve que llamar a la monja para que me girara dinero. Allá en mi casa sí tenía un cuarto donde estar, pero para todos era como un apestado, y hasta mis hermanos le cogieron miedo a la enfermedad. Mi mamá no, porque ella está muerta. La perdí a los 16 años, si yo la tuviera viva, hubiera sido otra vida…Estoy seguro que ella estuviera donde yo estuviese, así como están ahora conmigo las monjas… |
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El 8 de septiembre cumplo 30 años en este hospital. Cuando llegué la superiora de las hermanas era sor Isabel. Recuerdo otros nombres: sor María de los Ángeles, sor Cándida, sor Carmen Campos, todas me enseñaron mucho. Hubo una bien especial para mí porque fue madre y maestra, sor Esperanza, que nosotros le decíamos mamaíta. Era de esas personas que cuando hablan siempre enseñan y con una dulzura que te hipnotizaba.
Ella me enseñó a disfrutar el trabajo, no con una clase especial, pues para lograrlo la única y más importante condición era amar al paciente. Más que hablar, yo aprendía de su manera de hacer. Era un sacrificio gozoso, sin horarios, con un cariño propio sólo de una madre con su hijo.
Cuando llegué al Rincón lloré muchísimo, porque las características del hospital no me gustaban. Me mandaron para cumplir con el servicio social y resulta que aquí me quedé y aquí, con toda seguridad, me retiro. El paciente de Hansen es muy agradecido, pues tiene por lo general una carencia muy grande de cariño y comprensión. Tal vez esa sea la razón mayor por la que prefieren a las hermanas y confían tanto en ellas. |
América de la Caridad
Cabezas Gómez
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Emilia Castillo (paciente).
Fui trabajadora de este lugar, y luego me asilé como enferma.
A los 13 años me detectaron la enfermedad. Ahora tengo 66. No tengo complejo, Dios me dio esto y tengo que aceptarlo. Mi familia me ha brindado mucho apoyo dentro de este sufrimiento tan grande. Hice mi vida, me casé con un hombre sano que murió a causa de otra enfermedad, tuve mis hijos que también son sanos… Estuve 40 años casada.
Decidí vivir aquí porque ya soy mayor y no quiero ser una carga para ellos, y porque en el hospital, en el Pabellón Fe del Valle tengo a mi mamá que también está enferma, muy delicada de salud, y me gusta estar cerca de ella. |
Vivo en una de las casitas matrimoniales de mutuo acuerdo con otro paciente al cual me une una gran amistad. Nos traen la comida en cantina, el desayuno, la merienda… En la casa nos visita la familia, el médico y sobre todo las monjas con las que mantengo muy buenas relaciones humanas. No me gustaría dejar de mencionar una hermana, sor Gloria, pues ella fue un gran apoyo para mí…Cuando mi papá murió, sor Gloria, me resolvió el pasaje para que yo fuera a Ciego de Ávila. |
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Elvira Teresa Gutiérrez Medrano.
Estoy en este sitio desde que tenía nueve años. Soy natural de Santa Clara, y fui la única que enfermé de la familia. Cuando era muy niña me trajeron a este hospital porque tenía la circulación muy mala y graves problemas de columna. Apenas podía caminar. Aquí me curaron, aquí hice mi primera Comunión, y la hermana sor Antonia Barbero fue mi madrina de Confirmación.
Cuando estuve restablecida salí del hospital, y permanecí 25 años fuera de él. Gracias a las hermanas compré una casita en Alturas de la Lisa. Pero ya me era difícil valerme por mi misma y decidí regresar. Aunque soy mucho más vieja que todas las hermanas, yo digo que ellas son las madres mías…
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