¿Respeto o imposición?
“Un niño no es un hombre un poco más pequeño
y un poco más tonto”
Claude Roy
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por Anette Jiménez Marata
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La infancia constituye la primera etapa de la vida de todo ser humano. En ella se comienzan a construir los valores y rasgos que definirán la personalidad del individuo.
Desde diferentes enfo-ques y perspectivas ha sido analizado, en reite-radas ocasiones, el papel de la familia en la educa-ción de los más pequeños. No obstante, a diario se observan actitudes o patrones de conducta que marcan, con signo ne-gativo, la relación entre la niñez y los que ya sobrepasaron la edad de oro.
¿Por qué en los cumpleaños infantiles no se piensa primero en los intereses y gustos del agasajado y sus contemporáneos, en vez de priorizar las preferencias de padres, tíos, abuelos y demás acompañantes? ¿Desearía que sus colegas de trabajo lo invitaran a una celebración donde, sin contar con su criterio, se escuchara toda la noche música destinada al público infantil? ¿Por qué, entonces, fuerza |
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a sus hijos a que “se diviertan” con los más recientes éxitos del hit parade nacional y extranjero? Indague, pregunte, cuente con ellos. Quizás tienen una opinión que usted no ha escuchado aún.
La literatura, como manifestación artística, ofrece también ejemplos prácticos de cuán importante resulta la relación armónica niños-adultos. No sólo en lo concerniente a la creación y motivación del hábito de la lectura (que encuentra en el plano familiar el terreno propicio para nacer, crecer y desarrollarse) sino también en lo relativo a la función mediadora de los padres. Son los progenitores quienes adquieren el libro que luego obsequiarán y leerán a sus hijos: son ellos, por tanto, eslabones intermedios entre la obra literaria y sus receptores por lo que, quieran o no, los textos seleccionados están sujetos a sus gustos estéticos y a lo que, de modo muy particular, conciben como “correcto” y “apropiado”.
No violente, con lecturas inadecuadas para su edad, las capacidades cognitivas del niño en pos del logro de una obliga-toria erudición (que tal vez afectará su estado psicológico y emocional), pero tampoco someta al pequeño a las leyes de la extrema simpleza y la ramplonería. Más que textos con lenguajes excesivamente edulcorados y ñoños, la infancia necesita literatura que comunique, enseñe y produzca placer. Más que diminutivos hacen falta vocablos que les abran, a los niños, los caminos de la realidad y la imaginación, del conocimiento y la sensibilidad.
Como responsable de la formación física, psicológica, intelectual y moral de los más chicos puede que sus intenciones educativas sean muy loables, pero en ellas también debe haber un margen de atención y diálogo con ese individuo que ahora comienza a conocer el mundo. El respeto, la sinceridad, la confianza y un ambiente familiar estable y equilibrado pueden contribuir mucho a mejorar y afianzar las relaciones entre los niños y los adultos que los rodean.
Impongamos menos, escuchemos más. Hagamos silencio: ellos quieren opinar. |
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