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por Jorge Domingo Cuadriello
Por su decidida entrega a la causa separatista Bonifacio Byrne (1861-1936) fue llamado El Poeta de la Guerra. Se vio obligado a marchar al extranjero tras iniciarse en 1895 la gesta emancipadora y en los Estados Unidos publicó Efigies, sonetos patrióticos (1897) y libró intensas campañas en favor de nuestra independencia. Su muy conocido poema “Mi Bandera” resulta emblemático de la frustración nacional ante la primera intervención norteamericana, pero ha dejado en un plano secundario otras composiciones suyas igualmente valiosas que apuntan hacia el misterio de Dios y el de la muerte. Como ejemplos de esa faceta oculta de su producción poética presentamos los siguientes sonetos.
Bonifacio Byrne
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¿POR QUÉ?
¡Ni lágrimas, ni quejas! Mi pupila
contempla el imponente sacrificio;
el cristal, insensible, a mi suplicio,
ver su faz no me deja y me aniquila.
Los amigos... El séquito...La esquila...
Pésames...Luego comenzó el bullicio...
Y de la puerta me quedé en el quicio
en la actitud de un barco que vacila...
La tarde... ¡Cuánta luz! ¡Cuánto reflejo!
Entre el cielo y mi pena, ¡qué contraste!
Fue designio de Dios y no me quejo.
Pero, sin lenitivo que me baste,
así pregunto, con amargo dejo:
- ¡Señor! ¡Señor! ¿Por qué me la quitaste?
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LA VOZ DE JOB
Son patrimonio del que nace fuerte,
el valor, la entereza y la energía...
¡Es preciso que el ánimo sonría
aunque nos venga a visitar la muerte!
Ante el adverso fallo de la suerte
hay que elevar la frente todavía...
¡Dichoso el que viviendo en la agonía
sin pesadumbre a los demás no advierte!
¡Señor! ¡Señor! Tu excelsitud proclamo
por más que con la diestra arrebataste
la flor más perfumada de mi ramo...
¡Gracias te doy, porque me castigaste!
¡Nada te pido, nada te reclamo!
¡Tú me la diste! ¡Tú me la quitaste! |
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¿CÚAL SERÁ...? |
Se fue del mundo sin decirme nada!
Cesaron en su pecho los latidos,
sin que su voz llegase a mis oídos,
triste, como una antífona sagrada.
En su alcoba revuelta y enlutada
quedaron sus recuerdos esparcidos,
como quedan las plumas de los nidos,
si el ábrego sacude la enramada. |
Dios, para quien no existe un solo arcano,
únicamente contestar podría
esta pregunta que formulo en vano:
“Su último pensamiento, ¿cuál sería,
cuando, muriendo, me apretó la mano
y cruzó su mirada con la mía?” |
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