El azar no existe;Dios no juega a los dados.
Albert Einstein (1879-1955)
Hoy es un día importante, quizás más importante que el más importante de todos aquellos a los cuales, por una u otra razón, yo les haya conferido algún mérito. Y la jerarquía se debe a que es mi primer día de trabajo después de la guerra. Debería estar contento, pero me siento triste: lunes, acabo de iniciar la jornada y ya estoy delante de otra esfera-persona con la cual tengo que chocar, aunque no quiera. Regresé a Cuba hace cuatro meses. Volví apaleado, tan estremecido como una bola de billar impactada por otras muchas mediante unas carambolas, simultáneas o sucesivas, que no puedo clasificar en simples, dobles, triples porque este juego es indescifrable. No tiene reglas, o peor aún: sí, las tiene, pero las impone y las inventa Alguien, Jugador y Coime al mismo tiempo. Entonces atribuyo mi pena a la casualidad, al destino, a la suerte —aun sabiendo que el azar no existe—, porque no preveo las consecuencias de una jugada perfecta. Ahora todo es diferente. Soy quien ha cambiado, por supuesto, aunque en apariencia continúe como antes; pero en mi interior algunos preceptos han dejado de ser y han resurgido otros antiguos, aprendidos en las mañanas de domingo, que había enterrado bajo el légamo de la cotidianidad. (Este es el día más importante de mi vida porque es el de la graduación. Significa la conclusión de muchos años de estudio, con innumerables noches de insomnio, sin descanso. Hoy al sacrificio lo veo adornado con el premio: obtengo el Título de Doctor en Medicina. Ahora sí puedo combatir a la muerte. Estoy seguro.) Cuando niño, el día más importante era el domingo porque no iba a la escuela, a pesar de que estaba planificado con excesiva rigidez. Primero, mi madre me llevaba a la misa de nueve. Después de almuerzo, papá me conducía al salón de billar. Era su pasatiempo favorito y, aunque no era un experto, me miraba risueño cuando podía efectuar una buena jugada. Afirmaba que el billar no era un juego de azar, como tampoco pudiera serlo el tino del francotirador: “ Entrenamiento, no suerte”, repetía. De todas, la bola primordial es el mingo, de color blanco, sin dígito: con el taco se impulsa al mingo y éste golpea a las demás esferas numeradas. Al árbitro se le llama coime y es el personaje más importante en un partido. Era un señor muy viejo, esmirriado y hosco, de barba blanca, que parecía un Dios calificando a los mortales. Su rostro era similar al del techo de la Sixtina, pero sólo el semblante: porque el Dios-Padre de La creación de Adán, posee músculos de halterófilo veinteañero con facciones de octogenario.
Han pasado los años; sin embargo, no he podido olvidar la emoción del juego, ni el movimiento de las bolas predeterminado por la destreza del jugador. (Lo más emocionante de la graduación es la ceremonia del Juramento Hipocrático, en la cual todo egresado debe formular públicamente la añeja obligación. Es un compromiso muy remoto, data del siglo cuatro antes de Cristo. Lo aprendo de memoria para el acto solemne. Considero que es un precepto capital porque instaura la ética del facultativo: Muy fácil de cumplir.) Tal vez porque hoy es domingo, arriban a mi mente las imágenes de la infancia: etapa maravillosa donde se fundieron Dios y el billar. Declina la tarde, y la caravana aún transita por una región desprovista de árboles. El calor es asfixiante. La vegetación está a punto de sucumbir por la falta de lluvia confabulada con la intensidad del sol. El pasto enfermizo, de color verde sequía, sólo es cortado por la línea zigzagueante de la carretera: tal parece el rastro de una bola de billar ciclópea que hubiera desaparecido por una tronera oculta en la lejanía, allá donde comienza la selva. Aún en La Habana, me destinan al hospital de Luanda; al llegar a Luanda, al de Longa, en la provincia de Cuando Cubango. De la capital salgo por vía aérea hasta Lubango, a donde llego con varios días de retraso por culpa del estado del tiempo. Además, las hostilidades se han generalizado en toda la parte sur de la nación, y debo continuar el viaje por tierra. Esto significa ir desde Lubango a Longa en caravana: seiscientos kilómetros por carreteras en pésimas condiciones. La hilera de vehículos debe pasar por los pueblos de Pundo, Quipungo, Gungo, Matala, Dongo, Kuvango, Cutato, Cuchi, Menongue para llegar a Longa. Tengo tiempo para pensar. Soy médico, y juro que el paisaje de la contienda me ha extraviado: no sé para qué estudié. Necesito encontrar una señal que restaure la ética de mi especialidad. (A una señal, todos los graduados, puestos de pie, comenzamos a corear: “Juro por Apolo el Médico y por Asclepios y por Higía y por Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndoles por testigos, que cumpliré, según mi capacidad y mi criterio, este juramento y declaración escrita.”) Me siento sacudido por el mingo misterioso de la causalidad, que me lanza en una dirección preseleccionada por mi dudoso libre albedrío, y voy a dar contra otras esfera-personas a quienes no conozco, las cuales a su vez me golpean por esa ley de acción y reacción que obligatoriamente se cumple también en la conciencia, y me hacen cambiar el rumbo tomado, aquel que al inicio consideré el mejor. La mejor elección, supuse, fue estudiar medicina para combatir a la muerte. ¿Lo he logrado? Quiero acabar con la guerra: ¿Yo podría detener esta carnicería? Llevo pocos días de marcha y lo que he visto resulta escalofriante: cuerpos despedazados, brazos sin torso, hombres sin piernas, cabezas aisladas propietarias de una boca donde alguna vez hubo un beso o una sonrisa. Jirones de mujer y de hombre. Parece el trabajo de un ginecólogo negligente que haya ido lanzando fragmentos legrados a las veras del camino. (“... juro que trataré al que me haya enseñado este arte como a mis progenitores, y compartiré mi vida con él, y le haré partícipe, si me lo pide, de todo cuanto le fuere necesario, y consideraré a sus descendientes como a hermanos varones, y les enseñaré este arte, si desean aprenderlo, sin remuneración ni contrato.”) Sólo ahora, bajo el influjo de la barbarie, comprendo que no existe diferencia alguna entre regulación, legrado y rivanol: en todos hay exterminio. La imaginación me traslada a un paraje similar, aunque nidio y refrigerado, donde me veo arrancando brazos, piernas, cabezas y arrojándolos a la vía: como si yo fuese otro yo despojado de cualquier sentimiento humano.
Me horroriza verificar que he realizado más interrupciones que partos, en una proporción de diez a uno. El hallazgo me sonroja tanto como una bofetada. Siento vértigo, asco: ¿Yo podría detener “mi” carnicería? La guerra no exceptúa a nadie. El aborto tampoco. Sin embargo, aunque el militar esté dispuesto a matar, las Convenciones de Ginebra lo protegen —¿y al feto?—. Al pre-niño que va a ser extirpado nadie le respeta su derecho a la vida a pesar de que no ofende —¿O sí?—. Viajo en un camión donde no debía hacerlo, pero no cupe en el mío porque arribé tarde a Lubango. El nuevo asiento me permite observar la senda que va quedando atrás, y la escudriño detenidamente, como si con la acción pudiera desentrañar los misterios del ser humano, y no sé hasta qué punto ya he dejado de serlo. Acepté el viaje a Angola apremiado por Hipócrates. Partí lleno de planes para aliviar las dolencias ginecobstétricas. Fui el más grande de los ilusos: ignoraba la magnitud de una conflagración. Hasta el momento apenas he atendido a heridos. Intento suavizar el litigio de preceptos, actuales y remotos, tan fastidioso como el ronroneo de los camiones. Hemos cubierto varias jornadas sin incidentes, y la caravana se encuentra entre Gungo y Matala, a unos cuatrocientos kilómetros de mi destino. Nos acercamos a la aldea de Choqui, próxima a la selva. Son pocas chozas muy pobres, kimbos, con paredes de barro y techo de hierba. Ya han atravesado el caserío los primeros vehículos. En ese instante comienza el bombardeo. (“... juro que me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar.”) La agresión se inicia de un modo extraño, como sucede en las películas de ciencia ficción donde el espectáculo está trucado y lo que el observador ve no es lo que es. El transporte marcado con el símbolo de la Cruz Roja, donde viajan el equipo médico y el hospital de campaña, se eleva de improviso varios metros por encima de la carretera, con vida y alas propias, envuelto en una vorágine de fuego, y distingo cómo saltan del averno, simulando un legrado brutal, los cuerpos despedazados de mis colegas. El mingazo titánico hizo diana, trágicamente perfecta, en el sitio donde yo debía estar, pero no estaba porque fui el último en incorporarme a la caravana. La onda expansiva me proyecta contra la baranda del camión. Me aferro al fusil y a la bayoneta como a talismanes contra la iniquidad de los hombres. ¿Continúo vivo por omisión del Halterófilo Octogenario? El huracán es interminable: dos horas o un minuto. Cuando el combate cesa, escucho los gritos de una mujer. Los lamentos proceden de una cabaña que ha sido parcialmente destruida. Penetro en el kimbo: percibo olor a sangre, miedo, impotencia. Es la emanación que sólo un galeno detecta cuando la muerte se avecina. (“... juro que cada vez que entre en una casa, no lo haré sino para bien de los enfermos, absteniéndome de mala acción o corrupción voluntaria, pero especialmente de trato erótico con cuerpos femeninos o masculinos, libres o serviles.”) La habitación se halla en semipenumbras, es casi de noche. Recorro el interior y comienzo a distinguir formas. Imposible encender siquiera un fósforo: sería un blanco fácil desde la selva. Una mujer se halla en el suelo, apoyada sobre el lado izquierdo, de cara a la pared. La rodean unos cinco niños de diversas edades. Advierto una mancha oscura sobre su espalda. Intenta voltearse al escuchar mis pasos por el interior de la vivienda. Su esfuerzo es inútil. Me aproximo y la acuesto boca arriba. Solloza. Le explico quién soy: No se asuste, le ayudaré. Soy médico. Su rostro se anima y responde: Um médico cubano, você tem que salvar o meu filho. ¡Meu filho é um piquinini: não pode morrer! Reviso a los niños, quienes permanecen mudos sin apartarse de la madre. No están heridos. La mujer se percata de mi desconcierto y señalando a su abdomen insiste: ¡Meu filho não pode morrer! Le inspecciono el vientre. La débil iluminación y el nerviosismo no me habían dejado ver el embarazo a término. A continuación examino a la señora: desgreñada; su piel es muy negra, moteada de crúor y de floresta. Tiene una herida en el pulmón. Hemorragia. Hay que trasfundir, pero el plasma voló con el hospital. ¡Meu filho é um piquinini: não pode morrer! Sí, ya lo sé, pero debo atenderla a Usted primero. ¡Médico, não...! (“... juro que no castraré ni siquiera a los calculosos, antes bien, dejaré esta actividad a los artesanos de ella.”) De repente, con el último destello de conciencia, su mano de azabache, sucia de sangre y de selva, se aferra a la mía: ¡Médico, não! ¡Meu filho Felipe não pode morrer! Intento detener la hemorragia. Es imposible. Aprecio a través de mi mano cómo disminuye la presión de la suya. Agoniza. Deja de respirar. Ha muerto. No tengo mucho tiempo, menos de un minuto. Decidido, empuño la bayoneta y le abro el vestido. Estoy a oscuras, ya es de noche. Pongo mis pupilas en la yema de los dedos.
Deslizo la hoja por su abdomen: corto piel, acaricio la herida; escindo tejido celular subcutáneo, palpo; luego incido el cuerpo uterino, tiento; por último tajo amnios y extraigo al niño. De un bayonetazo amputo el cordón umbilical. Elimino los humores externos de su boca y nariz. No respira. Uso la respiración boca a boca para desalojar las secreciones obstructivas internas. ¡Coño, Felipe, respira! Lo sostengo por los tobillos: le propino una nalgada. Su llanto me tranquiliza. ¡Al fin! No tengo que pedir ayuda. Los chillidos de la criatura llaman la atención de los caravanistas. Siente frío. Lo abrazo: percibo olor a sangre, orina, esperanza. Es la emanación que sólo un padre detecta cuando la vida sonríe. Sin embargo, ahora su gemido es por otro dolor: se queja porque no tiene amparo. Me uno a su llanto porque esa pena ya no puedo aliviarla. (“... juro que haré partícipes de los preceptos y de las lecciones orales y de todo otro medio de aprendizaje no sólo a mis hijos, sino también a los de quien me haya enseñado y a los discípulos inscritos y ligados por juramento según la norma médica, pero a nadie más.”) He venido al hospital manejando mi auto nuevo: lo pude comprar por mi condición de médico internacionalista, pero ni el carro me alegra. Pensé que cuando saliera de Angola, dejaría muy atrás la guerra. Imposible. No puedo olvidar la proporción de diez a uno. Ahora estoy a punto de iniciar el primer aborto después del regreso. ¿Para eso estudié? Los enfermeros y la anestesista preparan el instrumental. Aquí no estoy forzado a proceder con rapidez porque de un momento a otro pudiera comenzar un bombardeo. No, en este lugar aséptico y frío me siento seguro, aunque también haya guerra: sin explosiones, pero con muertos. Frente a mí está la paciente, el esferoide que el Gran Jugador ha decidido colocar hoy lunes en mi trayectoria: cabellos suaves y alisados; tez blanca, perfumada, saludable, veintitrés años y con un embarazo de doce semanas. No quiere tener el niño y la ley le permite decidir sobre la vida de su hijo. “¿Yo podría detener...?” (“... juro que no daré ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo, ni supositorios para provocarle aborto, sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y santamente.”) La gestante me observa intrigada: le preocupa mi inacción. ¿Usted se siente mal? No, solo recuerdo. ¿A quién? Si puedo saber... A dos personas muy importantes para mí en esta ocasión: Hipócrates y Felipe. ¿Amigos suyos? No, fueron mis profesores. A continuación miro sus ojos azules y le propongo: Te lo compro. ¿Perdón?, me mira con incredulidad. Sonrío para suavizar la oferta antes de aclarar: Te compro al niño. Yo no puedo venderle a mi hijo, asegura indignada. Pero quieres matarlo. No voy a matarlo porque aún no ha nacido. Aunque no quieras aceptarlo: tu hijo vive; poco importa que no haya nacido. Nacido o no: jamás lo venderé, sería terrible hacer algo semejante. ¿Qué se habrá creído Usted? Bueno, no te alteres. Muchacha, atiéndeme bien: tengo un auto nuevo. ¿Y qué? Te lo cambio por el niño. ¿Estás de acuerdo? No, tampoco estoy de acuerdo. Mi hijo no es una mercancía. ¿Qué desea Usted realmente? No quiero ser el verdugo de tu hijo. Pero si es solo un feto. Pues para mí, que soy ginecólogo y obstetra, es un niño por nacer. Embrión, feto, niño, joven, adulto, anciano: ¿no son eslabones de una misma cadena? ¿Sabes cómo se hace un legrado? No le doy tiempo a responder: En un legrado se raspan las paredes del útero para desprender al feto. Como resultado se talan los brazos, las piernas, la cabeza: se fragmenta lo que hubiera sido un futuro bebé y se extrae de la cavidad uterina. ¿Comprendes ahora? (“... juro que si en mi práctica médica, o aun fuera de ella, viese u oyere, con respecto a la vida de otros hombres, algo que jamás deba ser revelado al exterior, me callaré considerando como secreto todo lo de este tipo.”) Ella asiente menos segura. ¿Entonces? Lo lamento, pero no puedo dejar que nazca. No tengo dónde vivir. Vuelvo al inicio: te lo compro o te lo cambio, me da igual. No, Doctor, no, imposible. ¿Cómo quedaría yo? ¿Y yo? No te esfuerces, te voy a decir cómo quedaríamos: Tú, como una madre pésima y yo, como un mercader de niños. Feos de verdad. De cualquier modo es preferible a un legrado. No olvide, Doctor, que la ley me da esa libertad. Sí, es cierto, aunque dudo que mi preceptor Hipócrates me otorgue la misma autonomía. Tal vez Usted tenga razón, pero no puedo tenerlo. ¿Estás decidida? Sí, me responde con una entonación que no admite réplica. (“... Así pues, si observo este juramento sin quebrantarlo, séame dado gozar de mi vida y de mi arte y ser honrado para siempre entre los hombres; más, si lo quebranto y cometo perjurio, sucédame lo contrario.”)
Doctora, me dirijo a la anestesista, vamos a comenzar. Chequeo los instrumentos: cánula, aspiradora, fórceps, chispea el bisel de la legra. Todo en orden, inmaculado: otra vez dispuesto para un pre-infanticidio. La especialista le inyecta la droga. Vigilo el rostro de la embarazada: empieza a manifestar los síntomas de la anestesia. Está a punto de quedarse dormida. De repente, con el último destello de conciencia, su mano de nácar, sucia de sangre y de selva, se aferra a la mía:
—¡Médico, não! ¡Meu filho Felipe não pode morrer!
Regla, jueves, 08 de marzo de 2007.