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Género Ensayo
Quevedo en Martí
Autor: David Leyva González |
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Hay algo de hidalgo español en la concepción ética de José Martí; algo de espíritu de héroe, de juntura de armas y letras, honra y aventura que hace que se equipare el creador y el guerrero en un solo cuerpo como en Esquilo, Sócrates o Platón quienes combatieron por Grecia Antigua, como Lord Byron que luchó por la Grecia Romántica o como los ilustres escritores españoles que fueron diestros en las armas: Garcilaso, el infante Don Juan Manuel, el magnífico Manco de Lepanto y el esgrimista Francisco de Quevedo, tan filoso con su sátira como con su espada.
Martí no empleó ni el tercio de la sátira de Quevedo, conocía menos de la mitad de lo que sabía el español de esgrima, y sin embargo, llegó a organizar una guerra. La conspiración política del cubano con los emigrados tuvo más éxito que la de Quevedo con el duque de Osuna. No alcanzó Martí el latín ni el saber teológico del español, pero su perspectiva de la religión era más amplia y jamás dejó a un escritor con tan graves heridas de palabras como hizo de manera casi cruel Quevedo con Góngora. A la pluma, ambos sacaban una cabeza al resto en lo que concierne al control de sus respectivos imperios estilísticos. El cubano contuvo bilis y desbordó entrega, mientras Quevedo se desgastó en rencillas de corte y vislumbró tarde la real fatuidad de nombres y greguescos.
En las dos crónicas que escribió Martí sobre el centenario de la muerte de Calderón de la Barca, existe como una intencionada ambientación de los Siglos de Oro, a través del estilo y el lenguaje algo ampuloso y arcaico en que fueron escritas. Se muestra consciente del gran conflicto del barroco español referido al ser y al parecer del hidalgo. “Tiempos híbridos” llama a esta época “en que de los cabellos de sus damas hacían trenzas para sus sombreros los galanes, y en vivo añil teñían sus cartonados cuellos, y en cárceles de perfumados untos mantenían de noche, para que lanceasen así mejor al día siguiente corazones de damas, los rebeldes bigotes”.1
Quevedo fue quien llevó a límites insospechados la grotesca hibridez del ser y la apariencia con las desventuras y picardías de su buscón don Pablos. Y mostró una miseria, que aunque hiperbolizada en lo grotesco, fue reflejo de la más cruda decadencia de los Austrias españoles. El propio Martí sintió el roce de la miseria y de la escasez que se hace grotescamente graciosa a ojos del creador que trata de restarle, de alguna forma, su real significancia. Tal es el caso del año 1887 cuando pudo reencontrase con su madre en Nueva York, y en carta a su amigo Mercado, establece un paralelismo entre él y el mundo del Buscón:
“Sólo una palabra, y, por rareza, feliz. Mamá está conmigo. Ha venido a hacerme una visita de dos meses, que procuré en cuanto tuve un peso libre en estas arcas mías, donde andan los pesos como los garbanzos en la olla que daba a sus pupilos el maestro del Gran Tacaño.”2
El estudiante español al estilo del Buscón es uno de los grandes personajes del grotesco de los Siglos de Oro. En él se encarna la picaresca y la miseria festiva que hasta el propio Martí añora en la crónica que titulara “Los estudiantes españoles”, para el periódico The Hour: “Nadie cree que los actores que trabajan en el Teatro de Booth son verdaderos estudiantes españoles. Esos no existen ya. Ni en España se encuentran, excepto en los libros de Quevedo (…)”.3
El propio Martí rememoró un poco la gracia del estudiante quevediano cuando aprovecha la breve libertad de prensa decretada en 1869 en Cuba, para fustigar a los españoles con su mismo vino satírico. Escoge de modelo literario al barroco hispano, en específico la novela de las andanzas del estudiante Cleofás con el Diablo Cojuelo de Luis Vélez de Guevara; y tomando la persona de diablo con muletas, habla en fina ironía sobre lo que hay detrás de la ley de libertad de prensa.4 Y a pesar de que el estudiante pícaro y festivo de Quevedo yace extinto a finales del siglo xix, también ve rezagos de éste en una crónica de 1888, en la cual describe las jergas de los estudiantes de Columbia y las mascaradas estrepitosas que hacían para enterrar el año;5 así como una grotesca majestad de carnaval que vio en Nueva York montado en tristísimo caballo cubierto de cebollas y ajos que recuerda la escena en que Pablos hace de “rey de gallos” en tiempos de Carnestolendas.6
El personaje del pícaro tampoco fue ajeno a Martí, aunque él distinguió que los buscones, guzmanes, rinconetes y cortadillos navegaban, en la época moderna, con los vaivenes de la política que viene a ser la nueva corte. A la par de los héroes y de su trascendencia, no descuida el cubano la presencia de los oportunistas y bribones que se adosan al poder y a la historia de las naciones. El dilema del ser-parecer que existía en el barroco español o el pícaro escondido en máscaras, emerge en los espacios neoyorquinos de fines del siglo xix. Y más de una vez, vemos al escritor cubano en función del desenmascaramiento.
En lo que respecta a la sátira, no creemos que Martí compartiera el empleo sistémico que hizo de ella Quevedo; eso se observa también en su gusto francés al preferir a Rabelais por encima de Voltaire que viene siendo un equivalente del español en cuanto a fuerza satírica.7 Para Martí tenían mayor preponderancia los escritores que lograban una risa humanista. En su estética, el escritor que cultive un humor asentado enteramente en lo humano y que se acerque jocosamente a las abundancias y sequías del hombre, alcanzará el calificativo de risa; mientras que el escritor que busque afanosamente el humor en la sátira y que muestre más distanciamiento y frialdad lúcida en su expresión sobre el hombre será igualmente genio, mas genio de la sonrisa. Y es por ello que en el caso de la literatura española, para él, Cervantes se hace de la risa y Quevedo de la sonrisa: “Quevedo, a quien sobró corte y faltó pobreza, para ser tan grande como Cervantes”8 o cuando dice: “Se ha de llegar por el conocimiento y serenidad supremos, a la risa de Cervantes, y a la sonrisa de Quevedo”.9
Sin embargo, Martí se movió en ocasiones bajo la cuerda de la sonrisa quevediana, y aunque no cultivó seriamente la sátira, los influjos de la mordacidad de Quevedo y el ejemplo de ironía periodística de Mariano José de Larra, hicieron que la prosa martiana tomara, en ocasiones, un jocoso tono de rebajamiento de figuras elevadas, rasgo característico de la estética grotesca que hacía que algunos de sus textos salpicaran, por momentos, de frescura y de humor culterano.
Al leer la prosa martiana se siente que el escritor cubano tenía suficiente fuerza imaginativa y riqueza de lenguaje para hostigar aun más a tipos de personas y a vicios de su tiempo como hiciera Quevedo en su época con los médicos, sastres, barberos, alguaciles, alcahuetas, cornudos, mujeres de trato fácil y adversarios políticos y literarios, modalidad esta última que contuvo Martí de forma admirable. De hecho Rubén Darío sentenció que el cubano era “amable león, de pecho columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar, fue siempre seda y miel hasta con sus enemigos”.10
De los Siglos de Oro hay, además, en Martí, una curiosa atención por el manejo de la lengua; y no por gusto se considera que las letras hispánicas alcanzaron una exquisitez de empleo suprema en estos años de festín de las artes y miserias humanas. Todo parece indicar, que en lo que respecta a lengua, hay mayor influjo del conceptismo de Quevedo, Gracián y Calderón en la escritura martiana que de retruécanos gongorinos. La sintaxis de Martí tiene más de la telaraña y dinamismo del pensamiento que del gusto por el esteticismo formal. Al respecto Fina García Marruz, en su libro Quevedo, extracta una frase del mordaz español donde habla que “más pronto hiere al alma el lenguaje natural que el del arte”, entendiendo “hiere al alma” como sinonimia de “sensibiliza al alma”, y esta idea la enlaza a la martiana: “Contra el verso retórico y ornado, el verso natural”.11
La lengua viva, rica en neologismos, grotescamente llena de creacionismos lingüísticos y humor de trasfondo, lengua que Quevedo pudo atrapar y ser de los pocos escritores en poder emplearla continuamente sin disipar su fuerza expresiva, no fue ajena a Martí que tenía también el neologismo como una de sus armas formales y que sabía la futuridad que encerraba la estilística quevediana, al extremo de llegar a decir: “Quevedo, que ahondó tanto en lo que venía, que los que hoy vivimos, con su lengua hablamos”.12 Unido a esto, el modelo lingüístico de genios como Rabelais, Cervantes y Quevedo sirve a Martí para comprender poéticas recientes a él que pasaban desapercibidas por el esteticismo burgués del final decimonónico: tal es el caso de la manera en que enseñó al mundo hispano la riqueza expresiva de Walt Whitman.
En cuanto a la descripción Quevedo se mostraba cual Bosco, ensartando a cada cuerpo una infinidad de objetos o confundiéndolo con disímiles animales. Es un pionero en nuestra lengua de la caricatura en palabras y cada región corporal que sobresale puede asociarla con lo que se le antoje, poetizarla y hacer de ella una auténtica imagen grotesca. La descripción de Quevedo tiene su apoyatura real y su modelo deforme, mas él exagera las deformidades, las vincula y satiriza; también Martí busca ciertos rasgos del grotesco corporal en los hombres y mujeres que describe: muestra interés en lo profuso, en lo desbordado y amenazante de los cuerpos, pero él no siempre lo hiperboliza ni lo asocia de forma endiablada, sino que generalmente ilumina los rasgos corporales y hace de ellos un retrato incompleto y curioso de los personajes que se cruzan a su paso. En el caso que establezca alguna asociación, Martí siempre será, en su hipérbole fantástica, más medido y humano que Quevedo.
Martí desarrolló, además, en sus anotaciones de viajes y en sus postreros diarios un tipo de retrato sintético, sin asociaciones a lo Quevedo, pero con la misma intención de la caricatura de resaltar rasgos específicos que tipifican a la persona. Estas breves descripciones son especie de bocetos corporales, resueltos con maestría a través de breves trazos y colores turbios como salidos de Goya que es, en cuanto a estética grotesca, el seguidor genuino de la poética de Quevedo.
En el diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos aparecen personajes centelleantes, resueltos en dos líneas y donde se busca iluminar grotescamente partes deformes del cuerpo y la vestidura. Se fija Martí, con especial atención, en las piernas, la mirada, el calzado y el rostro de los hombres que se le cruzan; y emerge entonces una especie de caricatura hermosa o poética. Y hablamos de caricatura, por el dinamismo y la síntesis de la pintura de palabras de estas descripciones; por el conocimiento que mostraba Martí de este arte como lo demuestra sus valoraciones en la Revista Universal, sobre un caricaturista mexicano;13 por sus referencias a las caricaturas de la revista Puck, uno de los más famosos magazines humorísticos que existieron en lengua inglesa en el siglo xix,14 por su comentario sobre las “monstruosas caricaturas” que le hacían a Sara Bernhardt15 y porque sus propios autorretratos, como dibujante, fueron caricaturas como lo demuestra su rostro de cabeza y frente inmensa en forma de corazón.
Se ha centrado nuestro estudio en el propósito de unir a Francisco de Quevedo y José Martí en lo referente a la estética del grotesco; para ello hemos buscado en la prosa del Apóstol ecos de temas quevedianos tales como: el personaje del pícaro y el estudiante, el manejo de la hipérbole con intenciones satíricas, el lenguaje natural que equipara alta y baja cultura y la descripción corporal que eleva y valoriza partes corporales e indumentarias extravagantes –que en una estética obstinadamente académica– pasarían como inoportunas.
Sin embargo, sabemos que los nexos entre ambos escritores son más ricos y espirituales, pues los genios son como grandes órganos de registros polifónicos. Los une el cristianismo, que es igual que la constante preparación, certeza y cercanía de la muerte; y si Cristo es, además, reflejo de amor, los sonetos sobre la muerte y el amor de Quevedo dialogan, en cuanto a sensibilidad cristiana, con la ética martiana. Amaron más que nada a sus patrias y la estética grotesca que mostraron en ocasiones sus escrituras se debe al desengaño y dolor que sintieron por el destino de sus naciones y la propia raza humana. De manera similar sus pensamientos tuvieron nexos con el estoicismo, uno bebió más en Séneca, mientras el otro fue más influenciado por Kraus. En fin, Martí era consciente de que la poética de Quevedo es de las pocas y mejores herencias que nos pudo legar España y nuestra forma de ser americana, unido al idealismo de Cervantes, tiene también de la desfachatez satírica, rebeldía e imaginación del aquel que se hacía llamar “Señor de La Torre de Juan Abad”.
Notas
1 José Martí. Obras Completas. La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1975, t. 8, p. 115.
2 José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 20, p. 118.
3 José Martí. Obras Completas Edición Crítica. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2003, t.7, p. 39.
4 Ver: José Martí. Obras Completas Edición Crítica. Ob. cit., t.1, p. 4.
5 Ver: José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 11, p. 475.
6 Ver: Ver: José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 10, p. 309.
7 “¡Oh, Rabelais, grandísimo maestro! Riéndote con risa más sana y saludable que la de Voltaire, pondría yo su efigie culminante en cada plaza pública: para que los hombres se avergonzasen de no serlo y despertasen a sí, con lo que empezarán a ser felices” (José Martí. Obras Completas. Ob. Cit., t 9, p. 489.)
8 José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 21, p. 383.
9 José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 21, p. 409.
10 Rubén Darío. Los raros, Buenos Aires, Ed. Losada, 1929, p. 237.
11 Ver: Fina García Marruz. Quevedo, México, Ed. Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 72-73.
12 José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t.8, p. 131.
13 Ver: José Martí. Obras Completas Edición Crítica. Ob. cit., t. 4, p. 299.
14 Ver: José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 10, p. 159 y t. 23, p. 37.
15 Ver: José Martí. Obras Completas. Ob. cit., t. 14, p. 37.
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