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San Luis Gonzaga (1568-1591)
Jesuita,
Patrono de la juventud
por padre Frank Dumois Ruíz o.f.m.
San Luis Gonzaga (1568-1591)

Entre los tres jóvenes de la Compañía de Jesús canonizados, san Estanislao de Kotska, polaco, san Juan Berchmans, flamenco y san Luis Gonzaga, italiano, el más famoso es el último.

La santidad está presente en todos los estratos sociales: san Isidro Labrador y san Benito José de Labra, mendigo, entre las clases humildes; san Francisco de Asís y santa Teresita, entre la burguesía y san Luis, rey de Francia, santa Isabel, princesa húngara y san Luis Gonzaga, italiano, entre la nobleza.

La familia Gonzaga era de Mantua (Lombardía). Los tatarabuelos paternos
de Luis fueron Luis III, marqués de Mantua y Bárbara de Hokenzoller, de Branderburgo. Como seguían la costumbre de dividir los feudos entre los hijos, la violencia y la ambición estaban presentes en la historia familiar, así como los heroísmos y los delitos.

Al abuelo de Luis, Luis Alejandro, le tocó Castiglione Delle Stiviere, que pasó a su hijo don Ferrante. La madre de Luis era una noble del ducado de Saboya, Marta Tania, nacida en Chieri (Piamonte). Muy joven la enviaron a la corte de los Valois en París, donde fue elegida como dama de compañía de Isabel (hija del rey Enrique II), cuando se casó con Felipe II de España. En Madrid se conocieron los padres del santo.

El castillo de los Gonzaga, hoy sólo unas cuantas piedras, era en 1565 un complejo de torreones, murallas, salas de armas y escalerillas, algunas excavadas en roca viva.

Luis fue el primogénito. Su nacimiento el 9 de marzo de 1568 fue celebrado con tres días de fiestas espléndidas, sonaron las campanas, atronaron los cañones del castillo, las fuentes manaron vino en la plaza, hubo espléndidos banquetes, felicitaciones, poesías, discursos. Su padre, con el título de Marqués, veía complacido la viveza de su heredero, su alborozo infantil ante los desfiles del campamento y del cuartel.

Doña Marta tuvo otros siete hijos, pero tuvieron un final dramático. Tres murieron niños o muy jóvenes; uno murió apuñalado; a otro lo mató un tiro de arcabuz entre los brazos de su madre; otro será un tirano y homicida repudiado y otro vivía acosado por el odio de sus súbditos. En medio de esa trágica progenie surge la figura angelical del primogénito.

A los cinco años Luis se pasea entre los soldados con su brillante armadura, su espada al cinto y su arcabuz. El padre se siente orgulloso pensando que su hijo daría gloria guerrera a la familia. La madre le enseña a rezar. Y desde niño oraba y hacía caridad hacia los pobres.

Don Ferrante, fue nombrado por Felipe II, jefe de 3 mil infantes para conquistar Túnez. Se llevaría a su hijo para que se adiestrase en la milicia, aún con cinco años.

Luis vivió en el campamento militar en medio de riñas y palabras soeces de los soldados. A veces repetía las palabrotas sin saber su significado, hasta que un día su ayo le informó que aquella manera de hablar era inadecuada. Comenzó a llorar y siempre lloró lo que llamó “gran pecado”.

Entre julio y agosto de 1593 el marqués se dirige a Mesina para incorporarse a don Juan de Austria y atacar Túnez. La incursión naval sólo duró 17 días con brillante éxito. Pero una vez de regreso a Castigliona tuvo que ir a Madrid hasta mediados de 1596.

Al fin regresó a Castigliona, pero sufrió una gran decepción al ver a su hijo de ocho años estudioso y orante. Rezaba la Liturgia de las Horas, los salmos penitenciales, rechazaba en el oratorio los cojines y las alfombras y orientaba su vida hacia Dios.

La marquesa repetía, aún en presencia de Luis, que sería dichosa si tuviera un hijo religioso. Un día Luis le dijo: “Yo tengo que ser ese hijo”.

A fines de 1577 Luis es enviado con un hermano a Florencia a estudiar durante dos años y medio.

En esa estancia florentina decidió confesarse más a menudo y según el consejo de su ayo eligió como confesor al padre de la Torre, S.J., rector del colegio. Hizo confesión general y se propuso comenzar una vida más estrecha. Hay que destacar que por el ambiente familiar, Luis se juzgaba a sí mismo más apto para mandar que para obedecer y se dejaba llevar de la ira, la impaciencia, los juicios temerarios y el descontento. Con todo, oraba, se humillaba y fue cambiando, moldeado por la gracia de Cristo.

Un día en la iglesia del colegio hace voto de virginidad perpetua. Ha tomado conciencia de que Dios lo llama a cosas más altas.

Los dos hermanos regresan a Castigliona. Ya Luis tiene 10 años. Su oración pasa de meramente vocal a afectiva. Pasaba horas orando con don de lágrimas. La servidumbre lo espía por una rendija.
San Luis Gonzaga / Goya.
San Luis Gonzaga / Goya.

En este período lo visita san Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, que le da la Primera Comunión en 1580.

En ausencia de su padre, Luis fue a saludar al cardenal de visita a Castigliona, que intuyó la riqueza espiritual de aquel niño y le preguntó:

— ¿Has hecho la Primera Comunión?
— No –contestó Gonzaga.
—Pues prepárate para recibirla, porque te la voy a dar yo mismo antes de marchar.
El encuentro con Jesús sacramentado significó un hito en la vida del santo, a quien repugnaba cada vez más el ambiente convencional y frívolo de la corte.

Por orden paterna forma parte de la comitiva que acompaña a la emperatriz María, hija de Carlos V y esposa de Maximiliano II, en un viaje a Madrid. En el viaje Luis no mira ni una vez a la cara de la emperatriz.

Al llegar a Madrid en 1582, Luis y su hermano Rodolfo son nombrados “meninos” de don Diego, príncipe de Asturias de 7 años. Luis y Rodolfo tienen 13 y 12 respectivamente.

Las obligaciones de la corte de Felipe II no le dejaban tiempo para sus devociones. El padre Fernando Paternó, S.J. lo orienta. En su viaje por las calles de Madrid controla totalmente la vista. Se complace en usar vestidos viejos y las medias remendadas sobre las rodillas, lo que provoca la ira de don Ferrante por considerarlo un descrédito para los Gonzaga.

Empieza a sentirse inclinado por la Compañía de Jesús, pero ora para confirmarlo hasta que un día de la Asunción, el 15 de agosto de 1580 en la iglesia del Colegio Imperial, orando ante una imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, oyó una voz que le decía que entrara en la orden de san Ignacio de Loyola.

Ese mismo día lo comunicó al padre Paternó y a su madre. Ahora comenzaba la batalla por el consentimiento paterno. Marta habló con don Ferrante que reaccionó airadamente. Que su heredero como marqués de Castiglione y príncipe del Sacro Romano Imperio lo dejara todo para hacerse jesuita, orden recién fundada, sin posibilidad de una dignidad eclesiástica, ¡jamás!

Luis le presentó humildemente su proyecto. El marqués lo miró fijamente y le dijo indignado:

— Vete de aquí; y si no lo haces te mando desnudar y azotar.

Así siguió varios días. Cuando se apaciguó le dijo:

— Hijo, por lo menos busca otra orden en que puedas adquirir una dignidad y honrar tu casa.
Él le respondió que por eso escogía la Compañía. De lo contrario, habría permanecido en su posición de primogénito. Don Ferrante recurrió al padre Francisco Gonzaga, General de los padres franciscanos, que se encontraban en Madrid.

Al cabo de dos horas el fraile le dijo al marqués.

— No es posible dudar: la vocación de Luis viene de Dios.
Luis se fue a su colegio de la Compañía y mandó se lo dijeran a su padre. Pero éste habló con un abogado, que habló con Luis y le hizo regresar al hogar.

Don Ferrante no cejó en su empeño de evitar la entrada de su hijo en los jesuitas. Le propuso un viaje por las cortes de Italia. Luis camina a través de los placeres mundanos sin perder el tesoro de su vida interior. Mientras su séquito se divierte, él ora.

El padre acude al jefe de la familia Gonzaga, el duque Guillermo de Mantua, que decidió acudir a un obispo para disuadir al joven de su propósito. El prelado argumenta que en la Compañía el joven no tendría dignidad. Luis declinó la oferta.

Cuando el joven manifiesta su deseo de servir a Dios en los jesuitas, el padre montaba en cólera. Un día hizo llamar al gobernador de la ciudad y le encomendó que viera lo que hacía el joven. Por una rendija lo vio arrodillado ante el crucifijo, azotándose. Le dijo al marqués: “Si V.E. viera lo que hace don Luis sin duda no le estorbaría sus buenos propósitos”. El gobernador le contó lo que había visto y don Ferrante quedó estupefacto. Aunque no cedió.

Luis oraba y hacía penitencia. Un día en que el marqués se hallaba en cama con su dolencia crónica, la gota, le dijo:

— Padre y señor mío, yo me pongo totalmente en manos de V.E. para que disponga de mí a su gusto, pero le aseguro que Dios me llama a la Compañía y que en resistir a esto resisto a la voluntad de Dios.
Después salió sin esperar respuesta.

El marqués lloró con sollozos tan grandes que los del castillo lo oían. Una vez calmado hizo llamar a su hijo y le dijo que le había atravesado el corazón porque tenía sus esperanzas en él. Pero como Dios lo llamaba no lo quería estorbar. Le dio licencia para su propósito y lo bendijo.

Luis renunció al principado en Mantua en presencia de los miembros de la casa Gonzaga con derecho al feudo. El 3 de noviembre de 1585 se despidió de los dignatarios de Mantua y por la noche, arrodillado en el suelo, pidió la bendición a sus padres que lloraron de nuevo, aunque esta vez aceptaron la decisión. El 4 salió muy temprano con Rodolfo hacia Roma. También el marqués designó una escolta. Al llegar al punto los hermanos se separaron.

El 19 o 20 llegaron a Roma y días después fue al Gesú para presentarse al Padre General, Claudio Acquaviva, al que entregó una carta de su padre.

Después de visitar a los cardenales cercanos a los Gonzaga y al mismo papa Sixto V, OFM, se despidió de su escolta y fue llevado a su habitación de san Andrés del Quirimal.

Se despidió de su indumentaria para hacerse igual a los demás.

Su oración era cada vez más íntima y venía a ser algo connatural en él.

Hizo los dos años de noviciado y pasó dos meses en el Gesú y tres en Nápoles, estudiando metafísica. Por fin el 25 de noviembre de 1581 hizo los votos del bienio de manos del rector del Colegio Romano.

En aquel colegio sus 200 compañeros observan todos sus actos.

Inesperadamente tuvo que interrumpir los estudios para resolver una disputa familiar. Su padre había fallecido en febrero de 1586, sin dejar hijos. La desavenencia entre dos primos había llegado al conflicto armado. En septiembre de 1589 Luis partió para Castiglione para poner la paz, la cual consiguió. Antes de lograrlo vivió en el colegio de Milán en un cuchitril. Allí Dios le comunicó que le quedaba muy poco de vida.

El rector del Colegio Romano pidió al Padre General que Luis estudiara allí para que sus jóvenes vieran un modelo tan elevado. También allí el santo encontró una habitación a su gusto, un cuartucho incómodo encima de la escalera sin otra ventana que una claraboya.

A finales de 1590 y principios de 1591 brotó la peste en la ciudad entera. Los hospitales se abarrotaron. El mismo general Acquaviva, encontró cerca de la casa profesa a dos apestados que yacían en la calle. Mandó recogerlos y él mismo los curó. Llegó a montar un pequeño hospital adosado a la casa general que atendían los jesuitas. Pronto fueron 56 los apestados y movilizó a los jóvenes del Colegio Romano.

Luis se reservó los casos más repugnantes y peligrosos, acudió a todos los hospitales. En febrero ya sumaban 60 mil muertos en una población de 130 mil.

El 3 de mayo se echó encima a un apestado que yacía inconsciente en la calle. Al volver al Colegio Romano se sintió mal, tuvo fiebre alta y presintió la muerte, que aceptó gozosamente.

Preguntó a su confesor san Roberto Belarmino, S.J.

— Padre, ¿pudo haber excesos en esas aspiraciones mías?
— No, hijo mío –respondió el futuro santo cardenal. No hay exceso en el deseo de morir para unirse con Cristo con tal de que sea con la debida resignación.

Al séptimo día se confesó, recibió el viático y la Unción de los enfermos y se dispuso a morir. Entonces le bajó la fiebre y le sobrevino la calentura lenta de la tuberculosis, que lo llevaría a la tumba.

En su lecho de dolor escribió una carta a su madre y dictó una segunda.

Los que lo visitaban en su pequeño cuarto, sobre todo san Roberto Belarmino, salían impresionados por la paz y alegría que expresaba en medio de indecibles dolores. Repetía: “Deseo ser desatado de este cuerpo y estar con Cristo”.

Ese momento llegó después de la medianoche del 20 al 21 de junio de 1591, a los 23 años. Sólo había recibido las órdenes menores. Fue canonizado en 1726.

En la oración colecta se evidencia que “Dios dispensador de los dones celestiales ha querido juntar en san Luis de Gonzaga una admirable inocencia de vida y un austero espíritu de penitencia”. Y en la intercesión se invoca a Dios para “que, si no hemos sabido imitarlo en su vida inocente, sigamos fielmente sus ejemplos en la penitencia”.

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