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por Miguel Sabater |
Hoy 13 de junio por la mañana recibí una carta de lo más atenta del lector Luis F. Vázquez. De ella me interesa citar lo siguiente:
“En fin, señor Sabater, que usted siempre inserta en sus escritos esas pizcas de experiencias personales, y yo no sé si usted hace periodismo o literatura, pero de cualquier modo me gustaría que escribiera sobre el pésimo estado en que están nuestras calles…”
No se preocupe, Luis. Yo tampoco sé si hago periodismo o literatura. Ni siquiera me inquieta si lo que escribo sean crónicas o reportajes. Lo que más me interesa es escribir, y como mejor me siento haciéndolo es con algunas de mis experiencias personales.
Ahora, volviendo a su carta, donde me dice que es chofer y le preocupa tanto el mal estado de las calles, le cuento que yo también he sufrido las consecuencias de los baches.
Sucedió un día en que yo viajaba de La Habana a Guanabo en uno de esos museables almendrones. Había llegado a Cuba un andaluz amigo mío a quien invité a comer a casa. No sé por qué habían abierto un hueco en la calle donde está el parque de los |
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Las afectaciones de las calles en La Habana
han llegado a tal extremo, que no sería un disparate pensar en publicar
un directorio provincial
de baches
para ayudar a orientarse
a los choferes. |
caballitos de Guanabo (que uno se aferra a llamarlo así pero hace años que no hay caballitos). Le cuento que habían abierto aquel hueco y pasaban los días y no lo cerraban. Ya estábamos a unas cuadras de la casa. El andaluz, un tipo muy conversador, iba mascando chicle y comentándome una novela del valenciano Manuel Vicent cuando el carro se mete en el bache y el impacto le dislocó la quijada. Cuando lo miré quedé hueco por dentro. Tenía la cara tan deformada que parecía le hubieran metido en la boca una bigornia de zapatero. Fue lo que se me ocurrió pensar de pronto, sinceramente
Tuvimos que virar en el mismo carro para el Calixto García, donde el ortopédico que lo atendió no creyó que el accidente lo ocasionara un bache. Sospechó que le habían dado un piñazo, y como era extranjero mandó a buscar a la policía… . |
Aquello se complicó de tal manera que tuvimos que hacer la historia de cómo nos habíamos conocido para demostrar que éramos amigos, y explicar que había sido un bache, increíblemente un bache, la causa del accidente, y no un puñetazo como se le ocurriera pensar a aquel galeno esquizoide.
Pero este, apreciado Luis, no es el único caso. Siguiendo la línea de Guanabo donde viví un par de años, le informo que en la esquina de la calle 5ta D y 482, cerca del cine, hay un bache tan, pero tan grande que cualquiera que no esté familiarizado con nuestro medio ambiente pudiera creer que es una auténtica laguna. En sus
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fangosas márgenes ha crecido la hierba y se pueden coger lombrices rosadas y gruesas, ideales para pescar guabinas y tilapias. Pervive allí una asombrosa comunidad de felices renacuajos, ranitas, ranas y sapos que en las húmedas noches elevan al firmamento un apoteósico coro.
Al lado de la casa que yo habitaba vivía una señora enferma de los nervios. Al escuchar a la multitud de estos anfibios entraba en crisis de delirium tremens y se cerraba en el baño porque, según ella me contaba al día siguiente, le daba la sensación de que aquellos animalitos iban a invadir el territorio y apoderarse de su casa, como los marcianos.
Mire hasta donde han llegado las afectaciones de las calles en La Habana que no hubiera sido un disparate pensar en publicar un directorio provincial de baches para ayudar a orientarse a los choferes.
Es cierto que, mientras de un lado se acometió una indispensable campaña de control y medidas para prever infracciones del tránsito, por otro, con el notable abandono de las calles, se ha dado margen a cuantiosas averías de vehículos y accidentes.
No sé si alguien llegó a conocer alguna vez por qué las calles padecían sin remedio. No dudo que las quejas llegaran a todas las instancias oficiales posibles. Pero las calles seguían rompiéndose, y para colmo de males ellas rompían los carros.
Los carros, al mismo tiempo, no tenían otra alternativa que transitar y seguir rompiendo las calles. Y en esta curiosa lucha a pleno nivel del asfalto, la balanza se inclinó definitivamente a favor de las calles, algunos tramos de las cuales quedaron intransitables y se declararon territorio libre de carros.
Durante mucho tiempo las calles doblegaron a los carros obligándolos a tener que evadir sus baches o hacer colas para pasarlos cautelosamente en el horario pico del tránsito urbano. Sin embargo los carros, a pesar de su condición de perdedores, esperaban su día bajo la promesa de ese verídico refrán que dice que no van lejos los de adelante si los de atrás corren bien.
Su carta ha llegado a mí precisamente cuando han empezado a aparecer camiones con asfalto y chapapote, temerarias aplanadoras y una legión de hombres que invaden las vías del tránsito dispuestos a todo tren a tapar los baches.
Cada santo tiene su día, y parece que llegó el de los carros. Ahora pueden pasar tranquilos por algunas de las calles remendadas con asfalto. A ellas, por supuesto, no les gusta ni un poquito su nueva apariencia, pero es la solución radical contra una epidemia que bien podemos llamarle el mal del cráter.
Se agradece ese trabajo. Lo que hace falta es que la campaña contra el bache no se limite a las avenidas principales. Que los tapen todos, sin olvidar a los que existen en las arterias interiores de los barrios.
Con esto, estimado Luis, cumplo lo que me pide. Como ve, tampoco me fue posible tratar el tema sin que pudiera sustraerme a mis experiencias. Si le parece periodismo o literatura, o ambos géneros al mismo tiempo, no se caliente los metales. A fin de cuentas lo que usted quería es que yo escribiera sobre el tema. Lo que importa es el fin y no los medios. Que se acaben los baches y no haya más cuento. |
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