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GLOSAS CUBANAS

por Perla Cartaya COTTA

Un General de las tres guerras. Dos veces ofendido.
Calixto García Íñiguez

“Por Cuba se muere ahogado o de un tiro”
C.G.I.(l896)

Calixto García Íñiguez.

El hombre a quien dedico estas cuartillas nació el 4 de agosto de 1839 en la acogedora ciudad que tiene entre sus tradiciones y bellezas la loma de la Cruz. En su villa natal recibió los primeros conocimientos.

Desde pequeño era un niño precoz, dinámico y emprendedor. Tal vez esas características lo condujeron, tempranamente, a emplearse como dependiente en una tienda de Bayamo –allí vivía entonces con su familia–, dedicada a vender ropa y mercaderías. Pero trabajar no alejó al adolescente del saber. Hombres de su tiempo han afirmado que por la vía autodidacta adquirió una notable cultura.


I

Cuando Carlos Manuel de Céspedes inicia en La Demajagua la guerra que duraría diez años, el joven holguinero se encontraba en Jiguaní (Oriente) atendiendo negocios propios. No vacila: era el momento que su fervor patriótico, compartido con sus amigos, esperaba. El 13 de octubre se une a Donato Mármol y, acompañados de un centenar de hombres, casi todos sin armas y carentes, por supuesto, de experiencias militares, a golpe de coraje logran tomar Jiguaní, Santa Rita y Baire; los dos últimos pueblos gracias a las armas que el novel general Mármol había logrado en el asedio a Jiguaní. A partir de ese momento, su audacia y disciplina le granjearán méritos y ascensos militares que lo sorprenderían gratamente.

El general García era como un mito. Entre las acciones más relevantes de su historia en esa guerra no debo soslayar: su participación en la invasión a Guantánamo que, en 1871, concibe y dirige el Generalísimo Máximo Gómez. Cuando el Generalísimo es destituido del mando militar –debido, según parece, a una respuesta fuera de tono que le dio a Céspedes–, asume el 20 de junio de 1872 la jefatura de la provincia de Oriente, en contra de su voluntad, porque consideraba imposible que otros oficiales pudieran desarrollar con éxito un plan de campaña concebido y estudiado en sus mas mínimos detalles por el incomparable estratega dominicano. Sin embargo, en tales circunstancias realiza sus más brillantes hechos de armas: ataca a Manzanillo, Guisa y Holguín; libra reñidos combates en Cupeyal, Zarzal y Santa María; realiza una de las más brillantes jornadas de la epopeya, el 10 de abril de 1873, al asaltar con éxito el centro militar de Auras, y tres días después sus fuerzas se enfrentaron victoriosamente con una columna enemiga de mil hombres. Se afirma que cuantiosos fueron los pertrechos de guerra que sus tropas lograron en las operaciones realizadas.

No estuvo exento, como cualquier otro prócer, de cometer errores. Es cierto que estos abundan en nuestra historia, como también sucede en la historia de otros pueblos. Pero hay errores que tienen una significación más dolorosa para la patria y entre ellos, a mi juicio, se encuentra la destitución de Carlos Manuel de Céspedes, primer presidente de la República de Cuba en Armas. La Cámara de Representantes tenía la facultad constitucional de nombrar y separar libremente al presidente. Desde Guáimaro los diputados querían ejercer toda la autoridad, y Céspedes no podía resignarse a ser mero instrumento de aquellos legisladores. De acuerdo con Jorge Ibarra, hubo intrigas contra Céspedes en la emigración, por parte de Miguel Aldama y su grupo. Pero un hecho que debe haber impulsado a la Cámara a consumar la destitución del hombre que prefirió perder para siempre a su hijo antes que entrar en negociaciones con los enemigos, fue la muerte de Ignacio Agramonte, el 11 de mayo de 1873 en el combate de Jimaguayú, pues El Mayor, que así lo llamaban, le había reiterado su apoyo al ejecutivo en varias ocasiones. El general Calixto García había sido persuadido por los miembros de la Cámara de la urgencia de sustituir a Céspedes, pero no apoyó esa decisión movido por ambiciones políticas, de poder: a su juicio, era vital para el curso de la guerra la unificación del mando militar de Oriente, a los efectos de lograr utilizar las fuerzas locales donde conviniera a las necesidades e intereses de la contienda; pero a esto se oponía Céspedes porque sabía que el jefe designado por la Cámara sería adicto a ella.

Así, con el respaldo decisivo del general García, jefe militar de la provincia, desde su campamento en Bijagual (jurisdicción de Jiguaní), donde se concentraban más de tres mil soldados, la Cámara llevó a cabo la injusta afrenta al Padre de la Patria, herida imborrable en el alma de Cuba. El tiempo le daría la razón a Céspedes: la Cámara fue incapaz de conducir a la revolución por el camino de la victoria. Pero entonces ya él había muerto.
El 5 de octubre de 1874, el general holguinero avanzaba en compañía de veinte hombres cuando fueron sorprendidos por una columna enemiga. En tan difíciles circunstancias enfrenta con serenidad el combate hasta que, aniquilados sus compañeros, entendiendo que un general cubano no debía ser capturado con vida, se dispara un tiro de revólver por debajo de la barba que no logró apagar su vida. Los españoles se ocuparon de sanarlo, y una vez recuperado lo enviaron preso a Valencia (España); y allí permaneció hasta que, algo después del Pacto del Zanjón, se abren para él las rejas de la cárcel.

I I

El patriotismo del general García no podía conformarse con la paz sin independencia. Con noticias de que en Nueva York la emigración revolucionaria cubana había constituido un Comité Revolucionario, llega a esa ciudad. Ante su presencia, el Comité, integrado por cinco hombres conocedores de su prestigio, le ceden espontáneamente la dirección del mismo. Pronto la labor del Comité despertó de nuevo el entusiasmo de los cubanos, dentro y fuera de Cuba, creándose clubes revolucionarios para recaudar fondos y organizar el reinicio de la lucha. Todos acatan la jefatura del general García. Se conspira en Las Villas, en Colón y en La Habana y, por supuesto, en Oriente. Pero todo tiene su tiempo y su momento, y aquel no era todavía el indicado para volver a la guerra.

Es cierto que hubo esfuerzos notables, pero también problemas de indisciplinas y falta de unidad. Tampoco faltaron las delaciones, las detenciones y las deportaciones a España. El estallido insurreccional, por esas razones, sólo se produjo en Oriente, sin esperar a que llegasen los generales Calixto García y Antonio Maceo, que eran esperados al frente de grandes expediciones. Calixto García tendría la jefatura suprema del nuevo ejército libertador. Pero el Partido Liberal Autonomista había divulgado la falsa noticia de que la guerra iniciada el 26 de agosto era una guerra de negros contra blancos. Al tanto de esa situación, Calixto García determinó que la primera expedición armada a la provincia de Oriente no la encabezara Antonio Maceo, en su lugar vendría un camagüeyano de apellido Benítez, desconocido en Oriente. Esta decisión del general García ha sido calificada, creo que con razón, de imprudente y desacertada, y me parece que evidenció escasa visión política al pretender de esa manera contrarrestar la infame propaganda española.

La expedición de Calixto García, sujeta a tremendos percances, logró llegar a Cuba el 7 de mayo de 1890, desembarcando por la vertiente sur de la sierra Maestra; cuando ya los alzados de agosto, tras nueve meses de acoso incesante, habían tenido que aceptar la capitulación. Al mes del desembarco, las fuerzas expedicionarias habían sido reducidas a seis hombres descalzos, harapientos, enfermos de paludismo y sin armas. El general García no logró reembarcar clandestinamente rumbo al extranjero, había visto desaparecer uno a uno a sus compañeros y, sin otra alternativa, rinde su estandarte. España lo espera de nuevo: primero enfrenta la prisión, más adelante la miseria, hasta que logra empleo como profesor de idiomas y en el Banco de Castilla. Con los recursos que su trabajo le proporciona sostiene a su familia: con la mano enérgica que supo guiar a sus tropas en los combates, le indicará a sus hijos el difícil camino del deber.

III

El 24 de febrero de 1895 halla a Calixto García con su familia en Madrid. Tan pronto le fue posible viaja a los Estados Unidos, poniéndose a disposición de la delegación del Partido Revolucionario Cubano; aceptados sus servicios, enfrentará fuertes contratiempos que dificultaron su decisión irrevocable de volver a pelear por la independencia de la patria: una expedición que es descubierta por las autoridades estadounidenses…otra que naufraga: se trataba del Howkins, la más grande que hasta entonces se había equipado, se hundió con todo su cargamento, salvándose unos pocos hombres milagrosamente... Hasta que al fin, el 24 de marzo de 1896 logra besar de nuevo el suelo cubano, en compañía de un buen contingente de hombres.

Cuando el general Gómez tiene noticias de su desembarco, le confía la Jefatura del Departamento de Oriente. Y como tal, organiza las tropas cubanas que operan en el territorio; bate a los españoles sin tregua; toma a Guáimaro; incendia a Jiguaní; destruye a Guamo; asedia y rinde a Victoria de las Tunas, proyecto largo tiempo estudiado por él y su jefe de Estado Mayor, el brigadier Mario G. Menocal, cuya realización, según el testimonio de Horacio Ferrer que a la sazón actuaba como capitán ayudante en el Regimiento Vega de la Brigada de Tunas, requirió de ingentes esfuerzos. En ese combate participó el teniente coronel Carlos García Vélez, hijo del general García. Al entrar en Tunas por la parte sur y encontrar a su hijo junto a la trinchera que, durante la noche, había levantado en la calle Campoamor, lo abrazó fuertemente “(…) Yo, que estaba allí, –dice Ferrer en su obra Con el rifle al hombro, p. 89– pude darme cuenta de que los ojos del viejo caudillo estaban llenos de lágrimas”. La toma de Tunas fue uno de los más brillantes hechos de armas de la guerra de Independencia.

En otros momentos he dedicado Glosas a la coyuntura histórica en que se produjo la intervención de los Estados Unidos en la guerra de Cuba contra España, ocasión en que el Consejo de Gobierno de la República de Cuba en Armas, a partir de lo acordado en la sesión de 11 de marzo de 1898, ordenó al General en Jefe, Máximo Gómez, y al Lugarteniente General, Calixto García, que se pusieran a las órdenes de los jefes del Ejército norteamericano (12 de mayo). Ambos próceres acataron, no sin reconvenciones y recelos, la orden de aceptar la jefatura del alto mando norteamericano, es decir, las fuerzas cubanas se subordinaban a las norteamericanas.

Los hechos que se produjeron a raíz de esa decisión fueron , no pocos de ellos, humillantes para la dignidad de los cubanos, y a ellos se refirió el Lugarteniente General de las fuerzas cubanas, en la carta dirigida al Mayor General Shafter, fechada el 17 de julio de 1898 : mantuvo constituidas en Santiago a las autoridades españolas contra las cuales habían luchado los cubanos; no le informaron sobre las negociaciones de paz y los términos de la capitulación propuesta por los españoles; no fue invitado, su Estado Mayor, para representar al ejército cubano en ocasión tan solemne: “(…) yo hubiera dado mi ardiente cooperación… guardando el orden público… hasta que hubiera llegado el momento de cumplir el voto solemne del pueblo de los Estados Unidos, para establecer en Cuba un gobierno libre e independiente”. Tampoco le permitieron entrar en Santiago de Cuba con el Ejército del pueblo cubano por temor a represalias y venganza contra los españoles: “(…) Permítame Ud. que proteste contra la más ligera sombra de semejante pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada… a semejanza de los héroes de Saratoga y Yorktown, respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía.” (H. Pichardo: Documentos para la historia de Cuba, T.I,pp. 516-517). Por todo lo antes expuesto, Calixto García consideró que no podía seguir cumpliendo las órdenes del Consejo de Gobierno, renunciando ante el Generalísimo a su alto cargo militar.

El 8 de septiembre de 1898 el general A. Cabrero, por orden del general Calixto García, con todo el Estado Mayor, celebraron el triunfo de Cuba sobre España en una Misa Solemne ante la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre.

EPÍLOGO

En cumplimiento del artículo 38 (título IV) de la Constitución de La Yaya (2 de septiembre de 1897, territorio de Guáimaro, provincia de Camagüey), la Asamblea de Representantes del Ejército Libertador, reunida en Santa Cruz del Sur (Camagüey), había designado una comisión, presidida por el general Calixto García e integrada por Manuel Sanguily, el general José Miguel Gómez, el coronel José Ramón Villalón y José Antonio González Lanuza, para que gestionara ante el gobierno de Washington los recursos suficientes para el licenciamiento del Ejército Libertador; y a esa ciudad llegaron el 21 de noviembre. Calixto García se esforzó para hacer todo lo que era posible con respecto a los propósitos de aquella visita. Pero su tiempo se diluía. Néstor Carbonell asevera en Próceres que el general emprendió ese viaje presintiendo la muerte. Si fue así, no se equivocó. El destino tiene cosas increíbles: sobrevivió a tres contiendas y a fuertes naufragios, y le arrancó la vida una aguda pulmonía provocada por el rudo invierno. Tras breves días de agonía entregó su espíritu, lejos de su hogar, el 11 de diciembre de 1898. El 9 de febrero de 1899, arribó el cuerpo del querido prócer a la patria que lo lloraba

Durante su sepelio, el Gobernador Militar John Brooke y sus allegados, sorpresivamente, ocuparon el lugar que tras el armón le correspondía, por derecho propio, a la Asamblea de Representantes, compañeros de armas, amigos... De nada valieron los reclamos discretos, y hasta se afirma que caballos de la escolta del gobernador atropellaron a algunos asistentes... La vejación –inaudita, cruel–, en altanera demostración de poder, llegaba una vez más al hombre que ya no podía rebelarse.


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