Milton Hershey vino a Cuba por primera vez en 1915. Cuatro años después ya había erigido sobre la colina de Santa Cruz del Norte un pequeño y curioso pueblo donde construyó un notable central, numerosas instalaciones comerciales, educativas, recreativas, de servicio público y un novedoso ferrocarril eléctrico.
Por sus numerosas empresas industriales y la envergadura humana de sus proyectos comerciales y sociales, Mr. Hershey –como aquí se le llamaba– fue reconocido por diversas instituciones cubanas, entregándole, entre otras distinciones, la Gran Cruz de la Orden Nacional Carlos Manuel de Céspedes en 1933. También fue declarado Hijo Adoptivo de Matanzas y de la Isla a propuesta del gobierno de la Atenas de Cuba y del Senado de la República, respectivamente.
Milton Hershey nació el 13 de septiembre de 1857 en una aldea cercana a Hockersville en Pensilvania. Sus padres descendían de una familia de inmigrantes menonitas procedentes de la parte alemana de Suiza.
Desde niño trabajó con su familia en diversos quehaceres de la granja. Con la decisiva influencia educativa de su madre, la señora Anna Hershey, aprendió varios oficios hasta descubrir su pasión industrial por las confituras.
En 1883 ya trabajaba en la Casa Huyler, famosa por sus confituras. Allí, con una manía comparable a la de un científico de laboratorio, experimentaba y aprendía. Once años después ya había creado en Lancaster una magnífica fábrica de confituras con sucursales en New Yok y Chicago, y exportaba sus productos a lugares tan lejanos como Japón, China y Australia.
Por esas curiosas paradojas de la vida –que nos hacen decir que Dios escribe derecho en reglones torcidos–, sobre los mismos cimientos de las tierras donde muchos vieron nacer y crecer al niño de escasos recursos, Milton Hershey construyó una portentosa fábrica de confituras desde la cual universalizó sus chocolates, creando al mismo tiempo una comunidad social que llevó y aún lleva su nombre, como también haría en Cuba.
En 1915, después de perder a su esposa Kitty (Gatito), Hershey emprendió una serie de exitosos proyectos que ambos habían soñado hacer, entre ellos el central azucarero y el pueblo de Hershey en Cuba, y construyó escuelas para huérfanos y pobres.
En 1937, cuando con motivo de su 80 cumpleaños, más de 6 mil trabajadores suyos lo homenajeaban en la Arena Deportiva de Pensilvania, Hershey no pudo resistir la conmoción y sufrió un infarto que lo limitaría cada vez más durante los 8 años que perduró. En aquellos últimos tiempos pasaba sus días en la terraza de su apacible mansión en compañía de dos enfermeras a quienes contaba sus recuerdos, mientras observaba con la sencillez que siempre lo caracterizó, sus empresas dentro de aquella comunidad social que un día fuera tierra de pastizales. Se dice fácil pero es un hecho tremendo.
Hoy, 13 de septiembre, al escribir esta nota, el pueblo de Hershey en Pansilvania festeja el 150 aniversario del natalicio de su fundador, pero en Cuba, donde tanto hizo, el silencio es total. Su central, desolado, y la paulatina destrucción de aquella pequeña y casi mágica comunidad que él edificó, lo dicen todo.
Perdona nuestro silencio. Este aparente olvido no le quita el más mínimo brío a la enorme gratitud con que todavía se te recuerda. |